sábado, 25 de julio de 2026

 Había una época en la que la libertad tenía apenas trece años, un uniforme impecable, un escudo sobre el corazón y un puñado de monedas bien apretadas en el bolsillo. No existían los celulares para avisar que habíamos llegado ni los mensajes para tranquilizar a nuestros padres. Bastaba un beso antes de salir de casa, una recomendación de último momento y la certeza de que el colectivo nos llevaría, una vez más, hasta nuestra segunda casa, la escuela.
Todo comenzaba en la esquina de Núñez y Tronador. 
Allí aparecía aquel bondi de poco más de veinte asientos, la vieja línea 405, que con el tiempo se convertiría en la 156. 
Para muchos era simplemente un colectivo; para nosotros era mucho más. Era el primer salón de clases del día, el lugar donde empezaban las risas, las bromas, las discusiones por un asiento junto a la ventanilla y las historias que se seguirían escribiendo durante años.
Desde primer año hasta sexto, recorrimos el mismo camino. 
De lunes a viernes, y muchas veces también los sábados, cuando había fogones, encuentros, partidos o alguna actividad especial. 
El viaje nunca era una obligación; era parte de la aventura de crecer.
Éramos apenas chicos de trece años cuando comenzamos ese recorrido. 
Hoy cuesta imaginarlo: atravesábamos barrios completamente solos, sin que nadie nos acompañara, llevando únicamente un guardapolvo o un uniforme, un portafolio cargado de cuadernos y sueños, y esas monedas que alcanzaban para pagar el boleto. Primero una de diez pesos; después una de diez y dos de un peso. Eran tiempos en los que la confianza viajaba con nosotros y la responsabilidad llegaba mucho antes que la mayoría de edad.
Cada parada sumaba una cara conocida. 
Subían compañeros con el sueño todavía pegado a los ojos, otros ya hablaban sin parar desde la primera cuadra, alguno terminaba la tarea a las apuradas y siempre estaba el que hacía reír a todo el colectivo. 
Sin darnos cuenta, ese pequeño bondi se convertía cada mañana en una familia rodante.
El recorrido por Núñez, el Bajo y la estación Rivadavia fue dibujando una geografía que todavía vive en la memoria. 
Frente a la estación estaba el bar Primavera, donde más de una vez compartimos un café o una charla, y donde también conocíamos a los choferes, que ya sabían quiénes éramos. 
Nos saludaban por el nombre, preguntaban por algún compañero que faltaba o simplemente sonreían al ver subir otra vez a aquella banda de adolescentes que, día tras día, ocupaba buena parte del colectivo.
El escudo en el pecho no era un simple bordado. 
Era un orgullo. Era sentirse parte de algo mucho más grande que nosotros. Cada viaje reforzaba ese sentido de pertenencia, esa amistad que se construía entre frenadas, semáforos, charlas interminables y ventanillas empañadas durante los inviernos.
Con los años llegaron los primeros amores, las confidencias, los secretos, los nervios antes de un examen y las carcajadas después de aprobarlo. 
El colectivo fue testigo silencioso de todo eso. Nos vio crecer sin decir una palabra. Nos llevó siendo casi niños y nos dejó, seis años después, convertidos en jóvenes con el corazón lleno de recuerdos.
Hoy las ciudades cambiaron. Los tiempos cambiaron. Tal vez resulte impensado que un chico de trece años recorra solo kilómetros para ir a estudiar. Pero nosotros lo hicimos. Y nunca sentimos miedo; sentíamos la emoción de empezar un nuevo día, de encontrarnos con los amigos y de vivir otra pequeña aventura sobre ruedas.
A veces creemos que los recuerdos más importantes nacen de los grandes acontecimientos. 
Sin embargo, muchas de las páginas más hermosas de la vida fueron escritas en aquellos asientos gastados de un colectivo común, entre el ruido del motor, el timbre que anunciaba una parada y las conversaciones que parecían no terminar nunca.
Aquel viejo 405, que después fue el 156, no solo nos llevaba desde Núñez hasta la escuela. Nos llevaba hacia la adolescencia, hacia la amistad verdadera, hacia los primeros sueños y las primeras responsabilidades. Sin saberlo, nos enseñaba que crecer también era animarse a recorrer el camino solos.
Y todavía hoy, cuando algún colectivo pasa frente a la estación Rivadavia o recorre aquellas calles de siempre, es imposible no mirar por la ventanilla imaginaria y volver a ver a ese grupo de chicos de trece años, con el uniforme impecable, el escudo en el pecho, el, portafolio cargado de ilusiones y el mundo entero esperándolos al final del viaje. Porque aquel bondi nunca fue solamente un medio de transporte; fue el puente que nos condujo hacia algunos de los recuerdos más felices e imborrables de nuestra vida. 

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