El sol se filtraba entre los álamos,
dibujando sobre el césped
sombras irreales y gigantescas,
como si la tarde quisiera detenerse
para contemplar nuestro silencio.
Lentamente corrían las horas,
y el río, con su voz antigua, nos llamaba.
Hacia él fuimos, sin apuro,
siguiendo el murmullo de sus aguas
como quien sigue un destino escrito desde siempre.
La malla era apenas un pretexto,
la última frontera entre la piel y el río.
Cada tanto, una pequeña ola,
despertada por el paso ligero de una lancha,
nos mecía suavemente,
un poco más al instante.
No sé cómo ni cuándo ocurrió.
Tal vez fue el agua,
tal vez el viento que jugaba entre los juncos.
Lo cierto es que las mallas quedaron olvidadas
en un escalón del muelle:
la tuya, la mía,
como dos banderas rendidas
ante la libertad más profunda que conocimos.
Durante largo rato cruzamos el río,
de una orilla a la otra,
abrazados por la corriente,
bajo un cielo que parecía inmenso
y una felicidad imposible de medir.
Ahora tu cabello húmedo
se dibuja sobre la sombra de la pared,
mientras la habitación guarda todavía
el perfume del agua y de la tarde.
Y allá arriba, la luna,
blanca y serena, nos invita otra vez.
Invita al río, al silencio,
a las aguas que reflejan su luz.
Después de habernos entregado mutuamente
el tiempo, las palabras y los sueños,
la noche abre sus brazos sobre el Delta,
y el río espera.
Como si supiera que aún quedan caminos de plata
sobre el agua dormida,
y que dos almas enamoradas
siempre encontrarán la manera
de volver a nadar libres bajo su luz.

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