Fue un viaje más en la lancha colectiva, de esos que para muchos son apenas un trayecto rutinario entre las islas y Tigre.
La misma embarcación que pasa todos los días frente a mi casa, o mejor dicho, por el muelle donde comienza y termina buena parte de mi vida.
Aquella mañana decidí ir al continente.
Necesitaba comprar algunas cosas que allá se conseguían más baratas que en la lancha almacén.
No tenía ningún otro plan, ninguna expectativa especial.
Era simplemente uno de esos días comunes que parecen destinados a repetirse una y otra vez.
Subí a la lancha, saludé al timonel y avancé por el pasillo buscando un lugar donde sentarme. Entonces la vi.
A no más de dos metros de la entrada estaba ella. Miraba fijamente el agua gris del río y, por momentos, la costa opuesta. Tenía la mirada perdida en algún sitio mucho más lejano que las orillas que desfilaban lentamente frente a nosotros.
Había un asiento libre a su lado; me senté.
Durante varios minutos fingí observar el paisaje, aunque de reojo no podía dejar de mirarla.
Había algo en su expresión que llamaba la atención, una tristeza silenciosa, profunda, de esas que no necesitan palabras para hacerse notar.
De pronto una lágrima comenzó a deslizarse por su mejilla. Luego otra y otra más.
Ella permanecía inmóvil, con la vista clavada en el río.
Saqué mi pañuelo y se lo ofrecí.
Lo tomó con suavidad, se secó el rostro sin decir una sola palabra.
Intenté iniciar una conversación; al principio fue imposible. Las respuestas eran apenas gestos o monosílabos; pero el río tiene sus tiempos y la lancha también. Poco a poco el silencio comenzó a aflojarse y las palabras fueron encontrando su camino.
Antes de llegar a Tigre ya conocía el motivo de aquellas lágrimas.
Desembarcamos y seguimos caminando mientras conversábamos. Sin darnos cuenta llegamos hasta la esquina de Cazón.
Allí terminamos sentados frente a dos tazas de café.
Mientras hablábamos, la niebla comenzó a levantarse sobre el río. El sol abrió lentamente un claro entre las nubes y la mañana se volvió luminosa.
Todavía hoy no recuerdo qué era exactamente lo que había ido a comprar ese día.
Tampoco sé en qué momento dejé de pensar en mis mandados para concentrarme solamente en aquella mujer que horas antes era una desconocida.
Lo único que recuerdo con absoluta claridad es que no compré nada.
Cuando cayó la tarde, tomamos juntos la última lancha que salía de la Estación Fluvial y regresamos a las islas.
Han pasado muchos años desde aquel viaje.
De gran parte de lo que hablamos ese día ya no queda memoria. Las palabras se las llevó el tiempo, como el río se lleva las hojas que caen sobre su superficie.
Pero algo quedó.
Hoy, diez años después, compartimos la misma casa, el mismo muelle, las mismas mañanas y los mismos atardeceres.
Compartimos libros abiertos sobre la mesa, mates que pasan de una mano a otra, canciones que suenan mientras cae la tarde y silencios que ya no necesitan explicación.
Los días transcurren sencillos, como transcurre el agua frente a nuestra ventana.
Y muchas veces, cuando veo pasar la lancha colectiva rumbo a Tigre, pienso que aquella mañana yo creía estar viajando para comprar algunas cosas.
No sabía que el destino tenía preparado algo mucho más importante.
Aquel día no regresé con mercadería ni con encargos.
Regresé con la compañera con la que, diez años después, sigo compartiendo los días más felices de mi vida.

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