Esa luz tenue
que rebota en el techo
como un rezo antiguo,
desciende despacio
hasta encontrar el contorno sereno
de tu figura.
La habitación
parece una catedral construida
con silencios y respiraciones,
donde cada sombra
consagra la belleza
de tu cuerpo dormido entre mis ojos.
Tu cabello
es un río oscuro
mientras la luna,
curiosa y cómplice,
se cuela por las rendijas
para acariciar tu perfil
con dedos de plata.
No hace falta hablar.
El aire conoce
el idioma de nuestros cuerpos,
esa lengua sin palabras
que sólo pronuncian
las miradas que se aman.
La respiración se vuelve pausada,
como la marea
que besa la orilla sin apuro;
otras veces se acelera,
buscando en el pecho del otro
el refugio donde el tiempo
renuncia a seguir su camino.
Entonces la luz desaparece.
Ya no importa
si la habitación permanece a oscuras,
porque detrás de los párpados
nacen constelaciones imposibles,
estrellas de colores indefinidos
que sólo existen
cuando dos almas
se acercan hasta confundirse.
Cada roce es una promesa.
Cada beso, una eternidad diminuta.
Cada abrazo,
el milagro de dos universos
hallando el mismo horizonte.
Y cuando el instante alcanza
su más profundo silencio,
ni la luna, ni la noche,
ni el cielo entero
consiguen distinguir
dónde termina tu aliento
y dónde comienza el mío.
Sólo queda un único suspiro,
largo como el amor,
ardiente como el deseo,
sereno como la certeza
de que incluso la oscuridad
aprendió a encenderse
al contemplarnos.

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