viernes, 24 de julio de 2026

 Me gusta navegar en silencio.
No por tristeza, ni por soledad,
sino porque hay momentos
en que el río habla despacio
y uno necesita escucharse por dentro.
Entonces dejo que la lancha avance sola,
cortando apenas el agua marrón del Delta,
mientras las palabras empiezan a enhebrarse
como ramas sobre la corriente.
Y ahí aparecés vos.
Siempre.
En el reflejo suave de la tarde,
en la humedad tibia del aire,
en el movimiento lento de las hojas
cuando el viento baja cansado entre los sauces.
Te recuerdo en silencio.
En la curva mínima de tu sonrisa,
en cada comisura de tus labios
que creo conocer casi de memoria,
como quien aprende un camino
de tanto recorrerlo.
Conozco el pliegue legítimo de tu piel,
ese gesto pequeño que nace cerca del cuello
y se pierde detrás de la oreja
cuando girás apenas la cabeza para mirarme.
Y aunque vos no lo creas,
hay partes tuyas que viven en mi memoria
con la precisión con la que un isleño
recuerda cada arroyo del río.
Me gusta acariciarte despacio.
Las piernas, la espalda,
la forma en que tu cuerpo descansa
cuando dejás de defenderte del mundo.
Y en cada lunar encuentro señales,
como si fueran pequeñas islas secretas
que mis manos aprendieron a descubrir
antes incluso que mis ojos.
Después descanso en vos.
En tus partes más íntimas,
no desde la urgencia
sino desde la necesidad de comprenderte.
Porque hay cuerpos que no se recorren 
solamente con deseo, sino también con asombro.
Entonces el tacto empieza a dibujar mapas
que solo pueden leerse con los ojos cerrados.
Y así avanzo sobre tu piel
como avanzo sobre este río.
Despacio, con respeto, escuchando.
Porque del río habla mucha gente,
pero pocos lo conocen de verdad.
Muchos ven el paisaje.
Pocos saben en qué curva creció primero un ceibo,
qué perro ladra siempre desde el mismo muelle
moviendo la cola como si saludara a un viejo amigo,
o cuál es la casa escondida detrás de los álamos
donde una radio suena desde temprano.
Yo sí lo sé.
Sé qué perro me sigue ladrando
hasta el próximo arroyo.
Sé dónde el agua cambia de color,
dónde la corriente engaña,
dónde el silencio se vuelve más profundo.
Y con vos me pasa igual.
Muchos podrían mirarte, hablar de tu belleza,
nombrar apenas lo evidente.
Pero yo conozco tus mareas.
Tus silencios, tus inviernos.
La manera en que tu respiración cambia
cuando apoyás la cabeza sobre mi pecho.
Sos única como el río, irrepetible.
Y quizás por eso
los amo de maneras parecidas
aunque distintas.
Porque el río acompaña mis días
con su corriente antigua, sus orillas húmedas
y esa forma sabia de seguir andando
aunque todo alrededor cambie.
Y vos acompañás mi vida
con la ternura simple de tu cuerpo cercano,
con tu voz rompiendo el cansancio,
con tus manos buscando las mías
cuando cae la noche sobre el agua.
A veces pienso que terminé pareciéndome al río.
Lleno de remansos, de corrientes escondidas,
de lugares donde solamente unos pocos
pueden entrar sin perderse.
Y vos, sin darte cuenta, aprendiste a navegarme.
Por eso cuando el sol cae
y el Delta empieza a oscurecerse despacio,
me gusta quedarme quieto,
dejando que la lancha flote apenas,
escuchando el agua golpear contra la madera
mientras el cielo se llena de sombras violetas.
Entonces cierro los ojos y podría recorrer de memoria
cada arroyo, cada rama inclinada, cada rincón del río.
Igual que podría recorrerte a vos.
Porque hay amores
que se aprenden como los paisajes verdaderos,
viviéndolos lentamente, volviendo siempre,
dejando que el tiempo los transforme en parte de uno mismo.
Y así sigo, navegando entre la niebla y el deseo,
entre el agua y tu recuerdo,
entendiendo que algunas personas
no llegan a la vida para quedarse quietas,
sino para volverse río dentro de nosotros.

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