Se emocionó de tal manera,
que en su rostro comenzaron a cambiar los colores
hasta dibujar nuestra bandera.
La noche, rendida ante el milagro,
se vistió de celeste y blanco,
y el cielo pareció inclinarse
para escuchar el grito de un pueblo.
Lo vimos alto y flaco, como siempre,
custodiando los sueños de generaciones;
pero esta vez, el Obelisco no era de piedra;
latía con el corazón de miles de personas
saltando a su lado.
La avenida se inundó de amigos,
de abrazos nacidos en el instante,
de lágrimas que nadie quiso esconder.
acariciándolo como el viento acaricia al río,
hasta que el Obelisco se infló de alegría,
estalló de emoción,
y nosotros lo vimos cantar a nuestro paso.
Entonces, ella tomó mi mano.
Yo tomé su hombro,
como quien sostiene un recuerdo
antes de que el tiempo se lo lleve.
Y juntos festejamos un triunfo inolvidable,
sin saber si celebrábamos un partido
o la inmensa fortuna de estar vivos
en la misma noche.
La multitud nos empujaba hacia adelante,
pero nosotros permanecíamos quietos,
escondidos entre millones,
como si el universo hubiera detenido el reloj
para dejarnos existir un momento más.
Y cuando la madrugada comenzó a apagar los cantos,
sin separarnos del todo,
nos alejamos por unas horas,
con la promesa silenciosa
de volver a encontrarnos en la próxima ocasión.
Porque hay victorias que se guardan en las vitrinas,
y otras que se quedan para siempre en el alma.
Y yo sé que, cuando vuelva a teñirse la ciudad
con los colores de nuestra bandera,
buscaré su mano entre la multitud,
mientras el Obelisco, alto y flaco como siempre,
nos mire pasar y vuelva a cantar con nosotros. Ver menos

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