sábado, 25 de julio de 2026

 Los adoquines de Buenos Aires sudan
cuando la lluvia vuelve,
y en el último piso
siempre llueve en la misma esquina,
como si el cielo conociera
el camino de los recuerdos.
Aprendí que el valor de la palabra
pesa mucho más
que millones de dólares.
Una promesa dicha de frente
vale más que cualquier fortuna,
porque el tiempo jamás logra devaluarla.
Hay frases de mis poesías
que vuelven una y otra vez
a través de los años.
No son simples versos;
son huellas que, sin saberlo,
marcaron mi vida
y quedaron para siempre
escritas en la memoria.
Está el Delta,
el inmenso Paraná,
el Carapachay,
esa casa inolvidable
llamada El Pájaro Loco,
y aquella lancha, Enlace,
que nos llevaba despacio
por los rincones ocultos del río,
donde el silencio
también aprendía a navegar.
Está la Escuela Técnica Raggio,
con sus talleres,
sus sueños de juventud
y ese grupo de amigos
que el tiempo no pudo separar.
Los años pasaron,
cada uno siguió su camino,
pero seguimos encontrándonos,
conversando, riendo como entonces,
demostrando que la amistad
también sabe vencer al calendario.
Y está mi barrio.
El de siempre, mi avenida,
el café de la esquina,
las veredas gastadas,
las conversaciones interminables,
los abrazos, los nombres que nunca se olvidan,
los rostros que forman parte
de la historia de todos los días.
Todo eso soy.
Un pedazo de mi mundo,
hecho de calles, de ríos, de amigos,
de palabras y de recuerdos.
Porque, al final, la verdadera riqueza
no se guarda en un banco
ni se mide en dinero.
Se guarda en los lugares
que nos hicieron felices,
en las personas
que caminaron a nuestro lado,
y en las historias
que todavía seguimos escribiendo
cada vez que el corazón decide volver a casa.

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