lunes, 3 de agosto de 2026

El Hogar.

 Donde el viento despliega toda su inmensidad
y las hojas de los álamos comienzan a deslizarse,
es justo allí, en ese instante detenido,
cuando tu sonrisa busca el abrigo
y tus ojos se iluminan con el regreso al hogar.
Dejamos atrás la orilla del río,
encendemos los leños uno a uno,
y el fuego, paciente, aprende nuestros nombres
mientras el mundo queda afuera,
tan lejano como un sueño olvidado.
Entonces somos uno,
sin relojes, sin distancias,
solo el crepitar de la madera
y el viejo tocadiscos girando a 33 revoluciones,
dejando escapar nuestra canción,
esa de siempre,
la que aprendió a vivir en nuestros abrazos.
Tus labios encuentran los míos
como si nunca hubieran conocido otro destino,
y cada beso despierta en mi pecho
el mismo temblor de la primera vez.
Tu cuerpo florece junto al mío,
y el latido de tu amor
se confunde con el de mi corazón,
porque basta mirarte
para comprender que la felicidad
tiene el sonido del río,
el aroma de la leña encendida
y el milagro de volver a encontrarnos.
Mientras la noche se queda velando la ventana,
agradezco en silencio al viento,
a los álamos, al río y al destino,
por regalarme este refugio
donde tu amor y el mío
son el único universo que necesito.

Cuando te Miro.

 Cuando te miro,
esas gotas de sudor dibujan en tu piel
un idioma que sólo mi corazón comprende.
Es el instante más hermoso del día,
aun cuando tus ojos no busquen los míos;
porque en el silencio de tu mirada
ya está escrita la invitación.
Una leve mueca,
un gesto apenas nacido en tus labios,
y todo queda dicho.
Vos y yo entendemos la señal,
como en la última partida de truco,
con el ancho escondido en la mano
y la sonrisa como única apuesta.
Entonces la casa deja de ser paredes,
se transforma en un universo secreto,
en un juego imposible de explicar
y maravilloso de vivir.
La pasión no necesita palabras;
le alcanza con el roce del aire,
con la respiración que se acerca,
con la promesa de un abrazo
que siempre encuentra el camino de regreso.
Y mientras el tiempo pasa,
nos sigue encontrando del mismo lado,
descubriéndonos una y otra vez,
como si el amor tuviera la extraña costumbre
de volver a elegirnos en cada mirada,
en cada silencio, en cada latido

domingo, 2 de agosto de 2026

Gracias.

Me detengo a contemplarte,
como quien descubre que el tiempo
también sabe regalar eternidades.
Agradezco el habernos cruzado,
tal vez tarde...
o quizás en el único instante
que el destino tenía escrito para nosotros.
Fue en aquella vereda,
cuando tu beso se infiltró en mi cuerpo
como la lluvia en la tierra sedienta,
y tu ser encontró en el mío
un refugio para quedarse.
Desde entonces,
mis manos aprendieron tu geografía,
mi piel pronuncia tu nombre en silencio
y mi alma reconoce la tuya
como si siempre hubiera sido su hogar.
No sé si existen palabras
capaces de nombrar lo inmenso de este amor.
Solo una vuelve una y otra vez,
humilde, sincera, infinita...
Gracias por habitar mis días,
por hacer de un abrazo un universo,
y de cada latido compartido
la certeza de que hay encuentros
que no llegan tarde...
Llegan exactamente
cuando el amor decide comenzar.

Asi es Ella.

Una aguja perdida en un pajar,
una botella de agua en el desierto,
una nube que se atreve
a cruzar el imperio del sol.
Una estrella derramada en mi café,
una lágrima nacida del sentimiento,
una certeza imposible
que el destino dejó sobre mi pecho.
Así es ella.
Se entrega con el alma abierta,
sin disfraces,
sin esconder la verdad de su piel
tras la absurda oscuridad de las máscaras.
Y por eso es más hermosa,
porque habita su cuerpo
como quien habita un milagro.
Me pierdo cuando la pienso,
cuando su voz pronuncia mi nombre,
cuando el silencio se sienta a nuestro lado,
cuando sus brazos encuentran los míos
y el mundo deja de tener fronteras.
Entonces el tiempo se vuelve agua,
los relojes olvidan su oficio,
los minutos se derriten
como cera bajo la llama de un deseo antiguo.
Nos descubrimos lentamente,
como dos mares que aprenden
el idioma de sus propias mareas.
Cada roce es una promesa,
cada latido una puerta,
cada suspiro un universo.
El calor dibuja sobre la piel
pequeños ríos transparentes,
y el amor nos hace navegar
sin miedo al naufragio.
En sus ojos encuentro refugio,
en su abrazo la eternidad,
y en la profundidad de su existencia
me extravío feliz,
como ella se pierde en la mía.
Si amar así no es un milagro,
si dos almas fundidas en un mismo instante
no son la más perfecta de las maravillas,
entonces que alguien me explique
por qué el universo entero
parece detenerse
cada vez que ella me ama con su presencia.

Ella Sonríe.

Es esa sonrisa la que me alegra el día,
la que despierta la luz donde la sombra dormía.
Ese gesto sencillo, casi un secreto,
que convierte un instante en un universo completo.
Es la dulzura que sólo conocen tus ojos,
traviesos, cómplices, llenos de antojos;
con la picardía de saber cuándo y cómo,
de qué forma rozar el alma sin decir el nombre.
Después de tal cosa... antes de tal otra,
siempre encontras el momento exacto
para regalarme esa risa que desarma mis silencios.
Y esos hoyuelos, mostrando lo justo...
apenas lo justo para invitarme a imaginar el resto.
Y ese resto...
ese que no necesita palabras,
porque significa todo, el refugio, la calma, el deseo,
la certeza de que el mundo, por un instante,
cabe entero en tu sonrisa.
Si algún día me preguntan
dónde aprendí la felicidad,
no señalaré un lugar ni un camino;
diré simplemente que la vi nacer
en la curva de tus labios
mientras tus ojos, sonriendo primero,
me enseñaban a creer en los milagros.



Donde tu Piel me Nombra

Tu sonrisa tiene el abuso
de saber que, cuando apoyás
la tibieza desnuda de tu pecho sobre el mío,
el mundo olvida su antiguo idioma.
Todo cambia.
El color se derrama por las paredes,
la música nace donde antes había silencio,
y el clima gira, rotundamente,
hacia el norte de tu cuerpo.
Basta un roce.
Apenas la caricia distraída
de tu piel buscando refugio en la mía,
para que el tiempo se quede inmóvil
mirando cómo dos latidos
aprenden a respirar al mismo compás.
Tu abrazo no pide permiso;
entra en mi pecho
como la lluvia entra en la tierra sedienta,
dejando un perfume nuevo
en cada rincón de mi deseo.
Y entonces comprendo
que no es el cuerpo quien enciende el incendio,
sino esa manera tuya de acercarte,
de sonreír, de convertir un simple contacto
en un universo entero.
Porque cuando descansás sobre mí,
ya no existen distancias,
solo el milagro de dos pieles
que descubren, sin decir una palabra,
que el amor también sabe hablar
con el lenguaje silencioso de un roce.

La Camisa Blanca.

Tu figura, envuelta apenas
en mi camisa blanca,
parece nacida de la luz
que entra despacio por la ventana.
La tela cae sobre tus hombros
como una nube de verano,

y debajo de ella
la imaginación completa
lo que los ojos apenas alcanzan.
La bombacha blanca
es un destello de espuma,
como el primer instante
en que el champán despierta
y sus burbujas ascienden
celebrando un momento
que solo pertenece a dos.
Me gusta observarte
cuando finges no darte cuenta.
Esa sonrisa discreta,
esa manera de cruzar las piernas,
de acomodar la camisa
como si quisieras cubrirte...
y al mismo tiempo
dejar que el misterio permanezca.
Hay un lenguaje
que no necesita palabras.
Habla en la forma
en que nuestras miradas se buscan,
en la respiración que se vuelve lenta,
en la distancia que poco a poco desaparece
hasta que solo queda
el silencio de dos corazones
marcando el mismo compás.
Nuestra casa conoce ese idioma.
La mesa ha sido testigo
de conversaciones interminables,
de risas compartidas,
de brindis improvisados
y de abrazos que comenzaron
sin que ninguno de los dos
supiera exactamente cuándo.
También el suelo
guarda la memoria de nuestros pasos,
la tibieza de los pies descalzos,
el perfume que queda suspendido
cuando el tiempo decide detenerse
para regalarnos un instante
que parece no tener final.
No es la prisa
la que escribe nuestra historia.
Es el recorrido.
Es cada pausa,
cada caricia insinuada,
cada beso que demora su llegada,
porque ambos sabemos
que los momentos más intensos
no nacen del apuro,
sino de la paciencia
con que dos almas
aprenden a encontrarse una y otra vez.
Y mientras el mundo
continúa su carrera interminable,
nosotros inventamos un refugio
entre paredes sencillas,
donde una camisa prestada
puede convertirse en el vestido más hermoso,
y una noche cualquiera
en el recuerdo que más vale conservar.
Entonces te miro
como si fuera la primera vez.
Descubro en tus ojos
la misma complicidad de siempre,
esa promesa silenciosa
de seguir caminando juntos,
de seguir sorprendiéndonos,
de seguir encontrando belleza
en los pequeños detalles.
Porque al final,
lo que hace inolvidable nuestro amor
no son los lugares, ni las horas,
ni siquiera los recuerdos.
Es saber que, cuando te acercas
con mi camisa sobre la piel
y esa sonrisa que solo me pertenece,
el universo entero parece detenerse
para contemplar,
aunque sea por un instante,
la sencilla y maravillosa felicidad
de dos personas
que siguen eligiéndose cada día.

El pequeño universo de los dos.

Apenas cerramos la puerta,
el mundo dejó de existir.
No hubo relojes, ni ciudades,
ni nombres, ni urgencias.
Sólo ese departamento
que parecía demasiado pequeño
para contener tanta vida.
La ropa fue cayendo
como caen las certezas
cuando el amor decide hablar sin palabras.
Aquella tanga negra,
ese viejo slip gastado,
quedaron tendidos sobre el piso
como la prueba de que,
para encontrarnos,
no hacían falta más disfraces
que la verdad de nuestra piel
y la confianza de nuestros abrazos.
La miré y descubrí que existen silencios
capaces de decir mucho más
que todos los poemas escritos.
Entonces llegó el café, oscuro y perfumado,
abriendo la noche como quien abre un libro
que sabe de memoria pero vuelve a leer
porque nunca deja de emocionarlo.
Después fue el whisky, lento, color ámbar,
derramando calor en la garganta
mientras las palabras se volvían más suaves,
más profundas, más nuestras.
Hablamos de la vida.
De los dolores que ya no dolían tanto.
De las derrotas
que habían aprendido a convertirse
en caminos.
De los sueños que todavía esperaban
con la paciencia de los enamorados.
Y entre una historia y otra
el mate fue ocupando su lugar.
Siempre hay un mate cuando dos personas
han descubierto que conversar
es otra forma de acariciarse.
El agua comenzó a llenar la bañera.
Su murmullo parecía un arroyo
escondido en medio de la ciudad.
Entramos despacio,
como si el tiempo pudiera asustarse
con cualquier movimiento brusco.
El vapor dibujaba nubes diminutas
sobre los azulejos.
Sus ojos brillaban
con esa mezcla de ternura
y deseo sereno que sólo conocen
quienes aprendieron
que el amor verdadero no necesita apurarse.
Los mates siguieron acompañándonos.
El termo fue entregando,
gota tras gota, todo su calor.
Y cuando el último mate
anunció que ya no quedaba agua,
la bañera pareció comprender
que era su turno de abrazarnos un poco más.
Nos reímos, nos besamos.
Nos quedamos en silencio.
Porque existen besos
que prefieren escuchar los latidos del otro.
Cuando salimos, ninguno tuvo apuro por secarse.
Algunas gotas permanecían
dibujando pequeños caminos sobre la piel.
Pero el calor de nuestros cuerpos
fue haciendo el resto.
No era el aire, no era la noche.
Era esa manera suya de acercarte despacio,
como quien vuelve a casa.
Era esa costumbre mía de encontrarte en cada abrazo
como si el universo hubiera sido creado
para conducirnos exactamente hasta ese instante.
La música comenzó a sonar.
Una melodía lenta, de esas que no piden bailar,
sino quedarse muy cerca.
Y bailamos, no con los pies.
Bailaron las miradas, las sonrisas.
Las manos buscándose, los corazones
que parecían conocerse desde mucho antes
de haber pronunciado sus primeros nombres.
Afuera, la noche iba encendiendo
una por una sus estrellas.
Adentro, la única luz necesaria
nacía de sus ojos.
Comprendí entonces
que el amor no siempre llega
con fuegos artificiales.
A veces llega en un departamento pequeño.
En una taza de café, en un vaso de whisky compartido.
En un mate que pasa de una mano a otra.
En una bañera tibia, en una canción lenta.
En dos cuerpos que descubren que el verdadero refugio
no son las paredes, sino el abrazo.
Y mientras la ciudad
seguía corriendo detrás de sus relojes,
nosotros permanecíamos inmóviles,
construyendo un universo hecho de besos,
de risas, de conversaciones interminables
y de esa maravillosa costumbre
de mirarnos como si el amor
acabara de inventarnos.
Porque hay noches
que no terminan cuando amanece.
Hay noches que siguen viviendo
en la memoria, en la piel,
en el aroma del café,
en el sabor del último mate,
en la música que vuelve
sin que nadie la llame.
Y cada vez que sucede,
vuelvo a abrir aquella puerta.
Vuelvo a dejar el mundo afuera.
Y vuelvo a encontrarte, descalzo de miedos,
vestido únicamente
con esa infinita ternura
que convirtió un pequeño departamento
en el lugar más inmenso
que hayan habitado nuestros corazones.

Ventana al mar de tu cuerpo.

Sobre la mesa
las rabas y los mejillones empanados
todavía conservaban
la memoria salada del océano.
El limón abría su corazón
sobre la carne tibia del mar,
la cerveza levantaba
una espuma breve
como la respiración de la tarde,
y la gaseosa,
con su inocencia de cristal,
guardaba pequeñas constelaciones
que temblaban entre mis dedos.
Entonces sonreíste.
Y comprendí
que una sonrisa puede derrumbar
las fortalezas que el tiempo construye.
Hay sonrisas
que hablan más que todos los idiomas,
más que todos los libros,
más que todas las despedidas.
La tuya tenía el rumor de las olas
cuando encuentran una playa
que esperaron durante siglos.
Qué extraño es el destino,
dos viajeros.
Dos almas fatigadas.
Dos cuerpos que bajaron
en la misma parada del bondi,
como si la ciudad,
cansada de vernos caminar solos,
hubiera decidido detener un instante
su respiración para cruzarnos.
Veníamos huyendo.
Cada uno llevaba su tormenta
como se lleva una vieja valija
llena de inviernos.
La lluvia conocía nuestros nombres.
El viento había aprendido
la forma de nuestras tristezas.
Y sin embargo, aquella noche,
la tormenta quedó del otro lado del vidrio,
mirándonos con la resignación
de quien acaba de perder.
Nos sentamos.
No solamente frente a una mesa.
Nos sentamos frente a la posibilidad.
Y la conversación
comenzó a caminar descalza.
Había palabras, había silencios.
Había secretos, esos secretos
que sólo se entregan
cuando el alma reconoce
el puerto donde puede descansar.
Entonces te miré.
No con los ojos.
Con esa parte del pecho
que nunca aprendió a mentir.
Tu cabello como una noche
que hubiera olvidado terminar.
Tu rostro tenía la serenidad
de las lunas llenas sobre el agua.
Tu cuerpo...
No era solamente un cuerpo.
Era una geografía.
Una costa todavía sin descubrir.
Una playa donde el deseo
no llegaba corriendo,
sino lentamente,
como llega la marea
cuando sabe
que nadie podrá detenerla.
Y comprendí
que la verdadera belleza
no estaba en la perfección de tus formas.
Vivía debajo, en la mujer.
En la manera de escuchar el mundo.
En el temblor apenas visible
cuando alguna confidencia
rozaba antiguas heridas.
En la valentía de seguir creyendo.
El café llegó después.
Humeaba entre nosotros
como un pequeño altar.
Cada sorbo era una pausa.
Cada mirada
una palabra que ninguno pronunciaba.
Afuera,
la avenida seguía viviendo.
Los autos pasaban.
Las luces nacían y morían.
La ciudad corría detrás de sus relojes.
Nosotros no.
Nosotros habíamos abierto
una ventana distinta.
Una ventana
hacia la avenida de la vida.
Y desde allí
mirámos pasar
todo aquello que alguna vez nos dolió,
como quien observa un río
llevándose lentamente
las viejas piedras del corazón.
Hubo un instante.
Breve, inmenso.
En que tu mano
descansó cerca de la mía.
No hizo falta tocarte.
Hay distancias
que ya son abrazos.
Hay proximidades
que desnudan más
que cualquier desnudez.
Entonces entendí
que el amor no siempre llega
haciendo ruido.
A veces se sienta frente a uno,
prueba una raba,
parte un mejillón empanado,
levanta un vaso de cerveza,
sonríe,
habla de sus miedos,
confiesa sus noches,
y sin pedir permiso
comienza lentamente
a habitar cada rincón del pecho.
Si anoche
el mar hubiera entrado por la ventana,
no habría encontrado diferencia
entre sus olas
y el movimiento de tu cabello.
Si el viento hubiera pronunciado tu nombre,
habría sonado igual
que el deseo cuando aprende
a convertirse en ternura.
Y mientras el café
iba dejando vacío su perfume,
yo llenaba de vos
los lugares donde antes
solamente había silencio.
Porque algunas mujeres
no llegan para cambiar un día.
Llegan como el mar.
Retroceden apenas
para volver con más fuerza.
Cubren la arena del alma.
Borran las huellas del abandono.
Y dejan sobre la piel
esa sal invisible
que nunca se seca,
porque pertenece
al único océano
que vale la pena navegar:
el de dos corazones
que, después de tantas tormentas,
descubren que habían estado buscándose
desde mucho antes de bajar,
por casualidad,
en la misma parada del mundo.

Refugio Dulce.

 Sublime el entorno de tu cintura
cuando caminamos juntos,
cuando la noche se vuelve avenida,
costanera, boulevard infinito
donde el mundo desaparece
y sólo queda la tibieza de tus manos
apretando las mías
como quien conoce el destino
y aun así decide quedarse.
Hay un río latiendo en cada paso,
un murmullo de ciudad dormida
mientras tus ojos brillan
con el sudor suave de la madrugada,
esa luz pequeña y secreta
que vuelve eterna cualquier esquina.
Mujer de las noches interminables,
de los días con aroma a café recién hecho,
de los mates compartidos
entre silencios que dicen más
que todas las palabras del mundo.
Y esa sonrisa, esa sonrisa única
que se dibuja despacio entre tus dedos,
mostrando las uñas
como pequeñas lunas encendidas,
capaces de rasgar la tristeza
y dejarme el pecho lleno de verano.
Somos un cuento interminable,
una vida suspendida
entre el día y la luna,
entre el deseo y la calma,
entre tu respiración cercana
y mis ganas de no soltarte nunca.
Porque afuera
las redes se llenan de gritos,
de sombras buscando atención,
de palabras vacías
que duran apenas un instante.
Pero vos…
vos no sos contenido.
Sos la poesía.
La caricia que permanece.
La mujer que transforma la noche
en un refugio dulce,
sensual,
y profundamente humano.
y cuando camino junto a vos
por cualquier calle del mundo,
entiendo que el amor verdadero
a veces tiene la simple forma
de dos manos entrelazadas
negándose al olvido. 

Entre Mates.

 El río se descontrola suavemente sobre la orilla,
como si quisiera entrar despacio en la tarde
para quedarse a vivir entre los juncos.
El muelle cruje bajo el peso de la humedad
y tus pies descalzos hacen sonar la madera
con esa música pequeña
que sólo conocen las islas al anochecer.
Un mate más.
Las hojas caen lentas sobre la escalera,
girando en el aire
como cartas escritas por el otoño.
El bote vuelve a amarrarse con el leve zumbido del agua,
golpeando apenas los pilotes cansados,
mientras el río respira profundo
debajo de la noche que empieza a crecer.
Allá lejos, una lancha colectiva se acerca lentamente.
La última del día.
Trae luces amarillas, voces apagadas,
algún saludo perdido entre la bruma
y el cansancio de los isleños que regresan.
En tus labios la sonrisa endulza la tarde
como azúcar morena derritiéndose en el mate caliente.
Y entonces todo parece sencillo:
la ropa colgada en el alambre,
el perfume húmedo de la madera,
las ramas inclinándose sobre el arroyo,
el humo tímido escapando de alguna chimenea vecina.
Un mate más.
La línea se recoge vacía, sin carnada,
porque a veces el río decide guardar sus secretos
y ninguna paciencia alcanza para convencerlo.
Pero poco importa.
Hay tardes en las que pescar
es apenas una excusa para quedarse mirando el agua
mientras el tiempo afloja lentamente sus nudos.
La brisa comienza a molestar.
Se mete por las mangas, desordena el pelo,
apaga las palabras.
Y el cielo,
que hace un rato era de cobre encendido,
empieza a ponerse gris oscuro,
como un viejo sobretodo colgado detrás de la puerta.
Un mate más.
El sol se esconde detrás de los sauces,
dejando apenas un reflejo cansado
sobre el río que se mueve lento, espeso,
como un animal antiguo buscando dónde dormir.
Entonces decidimos entrar.
La casa de madera nos recibe
con olor a humedad noble,
a leña guardada, a invierno viejo.
Encendemos la salamandra
y el fuego comienza a crecer despacio,
iluminando tus piernas,
las tazas, las paredes,
las fotos desteñidas por el tiempo.
Afuera el Delta sigue respirando.
Las lanchas dejan de pasar.
Los perros ladran lejos, muy lejos, en otra isla.
El agua golpea apenas el borde del muelle
y las ramas raspan el techo
como dedos suaves queriendo entrar.
Un mate más.
Y se va lentamente el día.
La noche cae sobre el río
igual que una manta oscura y silenciosa.
Tus ojos reflejan el fuego de la salamandra
mientras acomodás las piernas sobre la silla
y yo entiendo, sin decir nada,
que existen amores hechos de ciudades,
de vértigo y de ruido,
pero también existen otros.
amores construidos con mates compartidos,
con el crujir de un muelle mojado,
con hojas cayendo sobre la escalera,
con la última colectiva cruzando el arroyo
y con el simple milagro
de quedarse juntos
mientras el día se apaga lentamente sobre el Delta.

KATIA.

 La acompañé y ella me acompañó.
Parece una frase sencilla, pero encierra una historia inmensa. Una historia hecha de horas compartidas, de silencios que hablaban, de conversaciones que parecían no tener fin y de una presencia que, aun sin estar físicamente cerca, llenaba cada rincón de mis días.
Recuerdo cuando me senté junto a ella sobre su cama. 
Mientras el mundo seguía girando afuera, me fue contando su vida paso a paso, día tras día, como quien abre lentamente las páginas de un libro que ha guardado durante años. 
Cada recuerdo tenía un color, un aroma, una emoción. 
Me habló de sus alegrías, de sus luchas, de sus sueños y de sus miedos. Y mientras la escuchaba, sentía que me estaba entregando algo mucho más valioso que una simple historia, me estaba mostrando su alma.
Después me llevó a conocer su mundo.
Desde el asiento de su auto recorrimos juntos las calles por las que transitaba cada día. 
Me mostró dónde vivía, los rincones de su barrio, el condominio, las avenidas, los árboles, el movimiento del tránsito y esos pequeños lugares que sólo conocen quienes los habitan. 
Yo observaba todo con la atención de quien descubre un territorio nuevo, porque cada esquina tenía algo de ella, cada paisaje estaba unido a algún recuerdo suyo.
Y así como ella me abrió las puertas de su mundo, también conoció el mío.
Fuimos compartiendo esos secretos íntimos que pocas veces se confiesan. Esas verdades que desnudan el corazón mucho más que cualquier otra cosa. 
Historias guardadas durante años, dolores que habían dejado cicatrices y sueños que todavía seguían vivos.
La distancia nos obligaba a inventar formas de encontrarnos.
A veces el baño se convertía en nuestro lugar de conversación. 
Ella vertía el shampoo sobre su hermoso cabello, lo masajeaba lentamente y luego lo enjuagaba mientras seguíamos hablando.
El vapor empañaba los espejos y, sin embargo, nuestras palabras seguían encontrando el camino para acercarnos.
Era curioso cómo podíamos compartir momentos tan cotidianos y hacerlos extraordinarios.
Yo la acompañaba mientras armaba aquellos rompecabezas maravillosos sobre la pequeña mesa del living. 
Observaba cómo buscaba cada pieza, cómo sonreía cuando encontraba la correcta y cómo la imagen iba apareciendo poco a poco bajo sus manos pacientes. 
No necesitaba tocar ninguna pieza para sentir que estaba construyéndolo junto a ella.
También estaba allí cuando se acomodaba a leer en el jardín vidriado. La luz entraba suave por los ventanales, iluminando las páginas de sus libros y dibujando reflejos sobre su rostro. 
Había algo profundamente hermoso en verla leer. Era como contemplar a alguien conversar con otros mundos mientras permanecía en el suyo.
Ella es realmente única.
Y así, durante muchos días y muchos meses, nos fuimos conociendo mucho más de lo que habíamos imaginado cuando comenzó nuestra relación.
Porque no es fácil mantener una relación virtual.
No es sencillo acompañar a alguien desde una pantalla, desde un teléfono celular, desde una computadora o una tablet. No es fácil reemplazar abrazos con palabras, ni silencios compartidos con llamadas. Sin embargo, nosotros aprendimos a hacerlo.
Aprendimos a estar presentes.
Su voz era tan dulce que todavía hoy me parece escucharla. 
A veces surge inesperadamente en mi memoria y llena el aire de una habitación vacía. 
Hay momentos en que creo reconocer su risa entre otros sonidos, y por un instante vuelvo a sentir que está cerca.
la he extrañado más de una vez.
Muchas más de las que podría contar.
Pero la vida siguió su curso. Ella acomodó su vida, encontró nuevos caminos, nuevos proyectos. 
Ahora escribe, como intento hacerlo yo. Y cada palabra que escribe me recuerda a la mujer extraordinaria que siempre conocí.
Sabe que desde aquí sigo escuchándola.
Sabe que, aunque la distancia nos haya cambiado, una parte de mí continúa pendiente de sus alegrías y de sus tristezas. No porque espere nada, sino porque algunas personas se vuelven parte de uno para siempre.
Cada tanto me escribe y yo le escribo.
Mensajes sencillos, palabras breves, pequeñas señales de que todavía existe ese puente construido entre dos almas que un día decidieron confiar la una en la otra.
Ella es, sin dudas, mi gran amor y sé que para ella tampoco fui solamente una imagen detrás de una pantalla.
Fuimos mucho más que eso, fuimos compañía, fuimos refugio, fuimos presencia.
Fuimos dos personas que encontraron la manera de acompañarse aun cuando el mundo insistía en mantenerlas separadas.
Y cuando la recuerdo, a veces una lágrima cae sobre el teclado mientras escribo. 
Una lágrima silenciosa, convertida en poesía.
Entonces imagino que ella la seca con la misma sabiduría con la que tantas veces supo entenderme, porque sabe que siempre estaré allí, sentado en la cama donde tantas veces conversamos.
Sentado junto al sillón donde leía, junto a la mesa donde armaba sus rompecabezas.
En la cocina, observándola mientras prepara alguna receta y compartiendo historias.
En algún rincón del baño, acompañando sus pensamientos mientras el agua cae sobre sus hombros.
En los momentos felices, en los momentos difíciles, cuando sonríe.
Y cuando llora, porque hay amores que no dependen de la cercanía física para existir.
Amores que encuentran refugio en la memoria, en las palabras y en los recuerdos.
Amores que permanecen vivos en los pequeños detalles.
Y aunque el tiempo pase, aunque los caminos cambien y aunque la vida continúe llevándonos por rutas diferentes, seguirá existiendo un lugar donde siempre podremos encontrarnos.
Ese lugar donde viven los recuerdos, ese sitio donde habitan las almas que alguna vez se reconocieron.
Ese espacio donde ella seguirá siendo única y donde yo seguiré. . . 

sábado, 1 de agosto de 2026

En Una Esquina Cualquiera.

 Niebla sobre el río
de un sábado por la tarde.
Un mensaje… y vos.
Esa manantial de ternura
que se acuna en el día
y se encuentra en la noche,
donde el café se confunde entre palabras
y el hielo le pone calor
a nuestro encuentro,
en una medida de alcohol
y miles de besos.
Solo con vos,
ese café con tres de azúcar
se diluye con la luna,
y asoma en tus labios
mientras los beso despacio.
En seis cuerdas,
una viola entona el mejor tango
en una esquina cualquiera,
cuando el semáforo se pone en rojo…
y yo,
te beso.

Un Tango Dudoso.

 El sol se posó en tus labios,
y fue verano de golpe,
como si el río en bajante
nos contara una historia antigua
que sólo nosotros supimos escuchar.
Sentí el calor de tu boca en la mía,
y no fue magia, no . . . 
fue un tango hecho melodía,
apoyado en un jazz lento e inolvidable,
de esos que no se bailan,
se respiran.
Esa música la oímos solos,
entre la lluvia que caía donde nadie mira el sol,
y los gritos lejanos de quienes no conocen el diálogo,
ni el silencio que también dice.
Ahí, en ese borde difuso,
nació una poesía
que todavía no terminamos de escribir.
A veces nos acercamos,
como quien vuelve a una esquina conocida,
y la pasión —caprichosa—
nos desorienta,
nos empuja a buscar otro camino
sin querer dejar el anterior.
Somos eso:
un tango que duda,
una melodía que se rompe y se rehace,
dos cuerpos que insisten
en encontrarse en la misma nota.
Y aunque nunca la terminemos,
esa poesía nos nombra,
nos espera,
y nos sigue escribiendo. 

Del Otro Lado Del Cordon.

 El viento se acuesta despacio
en la vereda gastada del viernes,
como si supiera
que el fin de semana llega con ruido de motor
y nostalgia en punto muerto.
Un rugido lejano…
la Fórmula Uno dibuja curvas en el aire
y Buenos Aires, caprichosa,
se cree Mónaco por un instante,
mientras el frío entra de golpe,
afilado, como un sobrepaso sin permiso.
En algún balcón alguien grita,
nadie sabe a quién ni por qué,
pero el eco se mezcla con los colectivos,
con el humo, con ese cansancio
de ciudad que nunca duerme
aunque cierre los ojos.
Y sin embargo, en medio de todo,
la noche se desliza
como un bandoneón que respira.
Buenos Aires susurra.
Otra vez, siempre otra vez.
Y ahí aparece la luna, esa misma
que alguna vez miramos juntos
cuando el mundo no tenía apuro
ni amenazas de tormenta.
Pero el sábado se nubla,
como se nublan las certezas,
como se empañan los recuerdos
cuando el amor queda 
del otro lado del cordón.
Un tangorock suena lejos,
mezcla de herida y electricidad,
y en cada acorde late tu nombre,
aunque ya no lo diga.
El otoño cae en las manos,
frío, inevitable, y en esta ciudad
que no perdona olvidos
ni perdona ausencias, todavía queda algo
una esquina, una luna, y el eco de dos que fueron
más que un instante
en la respiración de Buenos Aires.
Vos y yo, solos…
caminando por Corrientes.

Tus Manos.

 Esas manos que enlazan,
que enhebran y reúnen lo disperso,
como si supieran el secreto
de todo lo que se rompe.
Esas manos que abrazan y contienen,
que no preguntan,
que simplemente están
cuando el mundo se vuelve incierto.
Esas que siembran en silencio
y cosechan con paciencia,
que conocen los tiempos
de la tierra y del alma.
Esas manos que indican el camino,
que protegen sin imponer,
que guían apenas,
como quien confía.
Esas manos, sin duda,
son las tuyas.
Y en ellas descansa
algo más que un gesto,
una forma de estar en el mundo,
una manera de cuidar,
una certeza suave
de que todo, incluso lo frágil,
puede sostenerse. 

Atrevido y Permitido

 Somos el puente entre lo atrevido y lo permitido,
la respiración compartida en una noche de verano,
el sudor que se queda en la piel
y la sábana que nos envuelve como un secreto.
Somos ese abrigo que no es de tela,
sino de brazos que se buscan sin pensarlo,
mientras en la pantalla se apaga
el último capítulo de una historia cualquiera
que ya no importa.
Porque afuera, por la ventana,
la ciudad sigue viva;
un grito de gol corta el aire,
una bocina se mezcla con el tránsito,
y en algún rincón de Buenos Aires llueve.
Pero acá, en esta penumbra tibia,
tus besos me llevan de la mano
hasta la orilla de un río
donde alguna vez juré no volver,
y sin embargo, regreso,
como vuelven las cosas que importan.
De fondo, un tango se enreda con un rock,
como si la ciudad no supiera elegir
entre la nostalgia y el impulso,
y nosotros tampoco.
Somos eso, un poco de cada cosa,
un instante suspendido
entre el ruido y el silencio,
entre la noche y la primera luz.
Y cuando el sol asome,
tal vez no quede nada más
que esta certeza leve, casi invisible,
que en algún lugar de la ciudad
la luna nos regaló una poesía
y nosotros la hicimos cuerpo.

Tamborini y Tronador.

En la esquina de Tamborini y Tronador
quedó colgado un tiempo que ya no está,
un buzón de testigo, medio torcido,
y el umbral de la carne que olía a hogar.
El quiosco abierto a sueños de madrugada,
la panadería tibia como un querer,
la peluquería de Miguel charlando
de un mundo chico que quería crecer.
Y la bombita pobre que nos alumbraba,
como luna de barrio, sin pretensión,
nos juntaba en la esquina, entre risas
y algún picado bravo de corazón.
Fiuli, Roberto, el Tano, Avelino y el Tobi,
los hermanos Pascual, Daniel, Paccha
y tantos mas armando la rueda,
un mundo de caracteres, de ilusiones a flor de piel.
El umbral que fue tribuna de historias,
refugio y trinchera de alguna ocasión,
y aquella corrida de la cana en la siesta
por romperle el silencio a la modorra del sol.
Los picados eternos contra la vereda,
la pelota gastada, la voz del gol,
y después, apoyados frente al buzón,
la vida pasando… sin ningún control.
De pibes a no tan pibes, sin darnos cuenta,
se agrandaba el mundo, se iba a escapar,
cada cual con su rumbo, con su pelea,
con promesas que el viento supo llevar.
Era una esquina más, como tantas,
de Buenos Aires y de cualquier lugar,
pero guardaba historias que sólo el tiempo
se anima, de a poco, a desenterrar.
Antes de que la tecnología invadiera
con soluciones frías para la vida,
éramos carne y risa, barro y vereda,
presente puro… sin prisa medida.
Hoy vuelvo despacio por esa esquina
y no encuentro nada de lo que fue,
ni el buzón, ni la luz, ni la voz de Miguel,
ni el pan calentito, ni aquel café.
Sólo queda en el aire, como un suspiro,
la sombra de todo lo que se amó…
Tamborini y Tronador, esquina mía,
donde el tiempo, en silencio, nos olvidó.

La Escuela, Bar.

 Todavía quedan rincones donde Buenos Aires se reconoce en el espejo de su propia memoria; lugares que no necesitan vidrieras brillantes ni nombres extranjeros porque les alcanza con el perfume del café recién molido, con una medialuna verdadera, con el rumor de una charla que empieza a la mañana y, si nadie la interrumpe, puede seguir hasta que la tarde se entregue mansamente a la noche.
Uno de esos lugares vive en mi barrio.
Cada tanto entro buscando un café y termino encontrando mucho más que eso. 
Llego con la idea de escribir un poema y, como ocurre siempre en los cafés de verdad, descubro que primero hay que dejar que hablen las mesas, que murmuren las paredes, que el barrio acomode los recuerdos sobre el piso antes de que la lapicera se anime a decir una sola palabra.
Porque los versos, igual que los tangos, no nacen del apuro.
Nacen del silencio compartido, del tintinear de una cucharita contra la porcelana, del diario abierto sobre una mesa, del vecino que entra saludando a todos por el nombre y del humo invisible de las historias que nunca abandonaron ese salón.
Y detrás de todo eso está Kike.
Siempre está Kike.
Abriendo la persiana como quien abre la puerta de su propia casa, esperando que los primeros parroquianos ocupen las mesas de siempre, acomodando las sillas con ese gesto aprendido durante toda una vida, saludando con una sonrisa que no se ensaya porque pertenece a esa raza de bolicheros porteños que parece estar desapareciendo.
Él no pregunta solamente qué va a tomar cada uno.
Pregunta cómo anda la vida, cómo siguió aquel problema.
Cómo salió el nieto en la escuela.
Y mientras la máquina resopla preparando otro café, va repartiendo palabras cordiales con la misma naturalidad con la que sirve un cortado o alcanza un vaso de soda.
No hay clientes para Kike.
Hay vecinos, hay amigos.
Hay historias que vuelven todos los días a sentarse en la misma mesa.
Más de una vez entré con la cabeza llena de ideas desordenadas y bastó escucharlo decir un sencillo "¿Cómo andás?
 Sentate tranquilo... para sentir que el barrio todavía conservaba un lugar donde uno podía descansar un rato del mundo.
Ese saludo vale más que cualquier decoración elegante.
Porque los bares no los hacen las paredes.
Los hacen las personas, las manos que sostienen el pocillo, las miradas que reconocen.
Las conversaciones que nadie programa y, sin embargo, aparecen todas las mañanas como si también ellas fueran parte del mobiliario.
En un rincón alguien discute de política con la pasión de quien todavía cree que las palabras pueden cambiar algo; en otra mesa dos viejos reconstruyen un gol imposible de Platense como si hubiera ocurrido apenas ayer; un muchacho abre un libro mientras una pareja comparte un café con leche y una sola medialuna, y en la radio se escapa un tango que parece haber encontrado allí su última casa.
Entonces uno comprende que el barrio todavía respira.
Que todavía existen lugares donde el tiempo no se mide por la velocidad sino por la calidad de la conversación.
Ahí el reloj pierde importancia.
Nadie apura un café, nadie obliga a levantarse.
Las horas se acomodan al ritmo de las charlas y las amistades.
Quizás por eso me gusta ir, no siempre escribo.
Muchas veces simplemente miro, escucho, espero.
Porque aprendí que los mejores poemas no se inventan; se dejan encontrar, igual que un viejo tango que uno creía olvidado y de pronto vuelve a sonar desde el fondo de la memoria.
En estas mesas seguramente nacieron declaraciones de amor, reconciliaciones, proyectos, despedidas, promesas imposibles y sueños que todavía siguen esperando su oportunidad.
Cada marca guarda una historia, cada silla conoce ausencias.
Cada rincón conserva la risa de alguien que ya no está y que, sin embargo, continúa acompañando las sobremesas.
También está Platense.
No como un simple cuadro colgado en la pared, sino como un modo de entender la vida.
Porque ser calamar es aprender a resistir.
Es saber que la fidelidad vale más que las modas, es llevar con orgullo esos colores marrón y blanco que durante generaciones hicieron del barrio una enorme familia.
Entre un café y otro siempre aparece alguna discusión sobre el último partido, alguna cargada futbolera o el recuerdo de aquellas tardes inolvidables cuando el barrio entero caminaba hacia la cancha con la misma ilusión.
Y Kike sonríe, escucha, opina, se ríe.
Porque sabe que un café sin fútbol sería como Buenos Aires sin bandoneón.
Los años pasaron, muchos bares bajaron para siempre sus persianas.
Llegaron las cadenas, las franquicias, las luces iguales en todas las esquinas y los locales donde nadie conoce el nombre del que entra.
Pero este rincón sigue de pie.
Resiste, no por capricho.
Resiste porque todavía hay hombres como Kike que entienden que un boliche de barrio nunca fue solamente un comercio.
Es un refugio, es una esquina donde las tristezas pesan menos.
Es una casa prestada para el que necesita hablar o simplemente quedarse un rato en silencio.
Mientras exista un hombre capaz de abrir cada mañana esa persiana con la misma esperanza con que la abrió el primer día; mientras haya un café servido con cariño y una palabra cordial esperando al que cruza la puerta; mientras el tango encuentre un lugar donde seguir respirando y Platense continúe siendo tema de conversación entre amigos, Buenos Aires no habrá perdido del todo su alma.
Yo seguiré regresando, a veces con un cuaderno, a veces con una lapicera.
A veces solamente con ganas de pensar.
Porque ya entendí que no siempre voy al bar para escribir un poema.
Muchas veces voy simplemente para recordar que todavía existen personas como Kike, cafés como éste y barrios donde la amistad sigue sirviéndose caliente, en un pocillo blanco, junto a una medialuna y a un sentate tranquilo, hay tiempo...
Y mientras esa escena continúe repitiéndose cada mañana, habrá esperanza.
Porque los verdaderos cafés nunca cierran del todo.
Siguen abiertos en la memoria de quienes encontraron allí un amigo, un abrazo, una conversación inolvidable o el verso que llevaban años buscando sin saber que los estaba esperando, silenciosamente, del otro lado de la barra. 

Sabor a Limon.

Entre tus jardines de color carmesí
mis labios encontraron un instante eterno.
Me detuve despacio,
como quien teme romper el hechizo de un suspiro.
Entonces te escuché,
tu respiración cambió de ritmo,
como un mar que despierta bajo la luna,
como un corazón pronunciando un nombre sin palabras.
Tus labios guardaban un leve sabor a limón,
fresco y dulce,
y cuando alcé la mirada
tus ojos brillaban con la quietud de una noche sin descanso.
Permanecí allí,
donde el tiempo dejó de existir
y el silencio aprendió a decirlo todo.
Hasta que el fuego besó mis labios
y el amanecer abrió sus manos.
El sol comenzó a dibujar tu cuerpo desnudo
en la penumbra de la habitación,
vistiendo de oro lo que la noche
había cubierto de deseo.
Y comprendí,
mientras nacía la luz entre nosotros,
que hay amaneceres
que no llegan desde el horizonte,
sino desde la piel
de quien aprendemos a amar.

viernes, 31 de julio de 2026

Tormenta.

Y el viento comenzó sacudiendo las nubes,
como si quisiera arrancarlas del cielo
para dejar al mundo suspendido
en un instante sin tiempo.
Las nubes fueron cubriendo las estrellas,
una tras otra, hasta que la luna,
con la timidez de quien conoce un secreto,
se fue escondiendo lentamente
detrás de aquel inmenso telón gris.
La habitación quedó envuelta
en una oscuridad apenas interrumpida
por los relámpagos lejanos
que, por un segundo,
dibujaban el contorno de nuestros cuerpos.
La ventana al balcón permanecía cerrada.
No hacía falta abrirla.
La lluvia entraba igual,
convertida en música,
en perfume de tierra mojada,
en el rumor incesante
que parecía marcar el compás
de cada respiración compartida.
Entonces me acerqué a vos.
Y te besé
como si aquel beso
fuera el último refugio
antes de que el universo dejara de girar.
Vos, lentamente,
con la calma de quien conoce el camino,
me abrazaste como si fuera la primera vez
que dos cuerpos desnudos
se descubrían en la penumbra,
sin promesas, sin relojes,
sin otro destino que el de permanecer juntos.
La lluvia golpeaba los cristales
con una paciencia infinita.
Cada gota parecía escribir
una palabra distinta
sobre la ventana empañada.
Y nuestros silencios decían mucho más
que cualquier conversación.
Un trueno desgarró el cielo.
Su voz profunda
interrumpió por un instante
la melodía del agua.
Pero apenas duró un segundo.
Porque enseguida volvimos
a encontrarnos, como dos mares
que conocen desde siempre
el camino hacia la misma orilla.
Tu respiración cambió de ritmo,
y una sonrisa luminosa,
nacida del placer y de la confianza,
encendió tu rostro más que cualquier relámpago.
El tiempo perdió su forma,
los minutos pasaron al galope,
como caballos desbocados cruzando la noche.
Otro trueno y casi al unísono,
entre risas, decidimos abandonar por un momento
el refugio de la cama.
Caminamos descalzos por el living silencioso,
mientras la tormenta seguía escribiendo su concierto
del otro lado de los vidrios.
Dos tragos compartidos, un beso robado.
Algunas caricias que parecían continuar
la conversación que habían iniciado nuestros labios.
La mesa fue testigo de nuestras sonrisas,
de las miradas largas, de esa complicidad
que sólo conocen quienes han aprendido
a desnudarse mucho antes que quitarse la ropa.
Después volviste a buscar mi boca.
Y entre un beso y otro,
con una voz apenas audible,
pediste regresar a la cama,
como quien vuelve
al lugar donde los sueños
se confunden con la realidad.
La lluvia comenzó lentamente
a disminuir su canto.
Las gotas ya no corrían con furia.
Ahora caían despacio,
como si el cielo también quisiera descansar.
Y mientras la tormenta
se despedía del amanecer,
el silencio de la habitación
se llenó de respiraciones entrelazadas,
de abrazos largos, de piel tibia
y de esa paz que sólo nace
después de haber amado intensamente.
Permanecimos así,
abrazados durante largos minutos,
con el cansancio dulce
de quienes han recorrido
un largo viaje sin moverse del mismo lugar.
Afuera, la primera claridad del día
comenzó a filtrarse entre las cortinas.
Las nubes abrían lentamente
un pequeño camino para la mañana.
La lluvia ya era apenas un recuerdo.
Y comprendimos,
sin necesidad de decir una sola palabra,
que algunas noches no terminan cuando amanece.
Permanecen para siempre
en la memoria de la piel,
en el perfume de una habitación,
en el eco lejano de los truenos,
en la música de la lluvia
y en ese abrazo final
que convierte una tormenta
en un recuerdo imposible de olvidar.

miércoles, 29 de julio de 2026

Secretos incendios.

 Su sonrisa alegra el día, 
le pone sol a las nubes y se lleva el mal clima
como el viento que baja de las montañas. 
No conozco tormenta capaz de quedarse a su lado; 
cuando aparece, hasta la lluvia se vuelve una caricia 
sobre los balcones de Buenos Aires.
Hay una sabiduría antigua 
en la extensión de su sonrisa, 
como si hubiera nacido para enseñarme 
que la felicidad cabe en un instante, 
en una mirada, 
en el roce distraído de sus manos sobre mi piel.
Cuando la intimidad nos encuentra, 
el mundo parece perfecto durante un largo tiempo. 
Las horas dejan de existir y el silencio 
aprende a respirar entre nuestros cuerpos. 
Entonces descubro que su piel 
guarda todos los paisajes que jamás imaginé recorrer.
Su cuerpo es como la ruta cuarenta, 
infinita y maravillosa, atravesando desiertos y primaveras, invitándome a perderme en cada una de sus curvas 
como quien contempla la inmensidad de esta Argentina 
bella que me habita el pecho. 
Hay en ella montañas donde quisiera descansar mis labios y horizontes que despiertan mis más secretos incendios.
Su presencia es el remedio contra la hipocresía de los días grises,
el susurro que vence a los gritos
que escapan de un Buenos Aires enfermo de prisas y nostalgias. Ella llega y la ciudad cambia de nombre; 
las calles se vuelven más tibias, 
las ventanas se llenan de luna y 
las estrellas deciden quedarse un poco más en el cielo.
En las noches en que la luna derrama su luz sobre nosotros, 
mi deseo la recorre lentamente, 
como el río que busca el mar sin apresurarse jamás. 
Su perfume se queda conmigo hasta el amanecer, 
y su respiración tiene la dulce costumbre 
de ordenar todos mis desvelos.
Hay mujeres que son un poema. 
Ella es la poesía completa, 
la que se pronuncia con los ojos cerrados, 
la que eriza la piel con un simple suspiro, 
la que convierte una caricia en un universo.
Y una noche cualquiera en un recuerdo imposible de olvidar.
Y mientras el mundo continúa girando allá afuera, 
yo me quedo contemplando la forma 
en que su sonrisa sigue poniéndole sol a mis nubes. 

martes, 28 de julio de 2026

Con o sin Faina.

 El tiempo nos jugó rápido,
como juegan los bondis cuando uno corre bajo la lluvia
y el chofer decide que todavía vale la pena esperarte.
Nos jugó rápido.
Un día éramos dos desconocidos
preguntándonos pavadas,
inventándonos futuros que no tenían dirección ni código postal,
y al otro día
ya sabíamos cómo le gusta el café al otro,
de qué lado de la cama duerme,
qué canción escucha cuando el mundo le queda demasiado grande
y cuál es la cicatriz que todavía no aprendió a mostrar.
Saltamos de la cocina al comedor,
del comedor al dormitorio,
como quien cambia de estación en la radio
hasta encontrar esa canción
que parece escrita para uno.
Y de repente, sin que nadie nos avisara,
pasamos de un sábado de paseo
a maratones de series que nunca terminan,
a dejar una prenda olvidada,
a compartir la contraseña del wifi,
los silencios y las ganas de quedarse.
Porque el amor, al menos en Buenos Aires,
no entra vestido de poeta romántico.
El amor entra con humedad.
Con las zapatillas mojadas.
Con olor a café recién hecho.
Con el subte B explotado un lunes a las ocho.
Con una bolsa de libros comprados sobre Corrientes
y dos porciones de muzzarella, comidas de parado
mirando cómo la ciudad se niega a dormirse.
Pasamos los resfríos, las medias gripes,
las alergias del otoño y las ojeras del invierno.
Esas pequeñas epidemias domésticas
que del ajeno se hacen propias
y de propias se vuelven nuestras.
Porque un día descubrís
que ya no te importa enfermarte
si eso significa quedarte abrazando al otro.
Y aunque intentemos evitarlo,
siempre volvemos al mismo vicio.
Besarnos con ese color frutilla que tienen algunos besos,
como si fueran el primero
y al mismo tiempo el último.
Besarnos como si el tiempo fuera una moneda falsa,
como si mañana no existiera,
como si todavía nos sorprendiera encontrarnos desnudos
en la mitad de una madrugada cualquiera.
Los días corren, como corre el Río de la Plata
cuando se pone gris y parece mar.
Corren como los taxis vacíos después de las tres.
Como las agujas del reloj del Once.
Como las hojas de los libros usados
que alguien dejó olvidados en una librería de viejo.
Corren como la vida.
Y un día nos encontramos conversando.
No importa demasiado sobre qué.
Puede ser sobre política,
sobre un disco que escuchábamos a los veinte,
sobre por qué las plantas del balcón se nos siguen muriendo,
o sobre la mejor manera de hacer milanesas.
Porque el amor también es eso,
tener con quién discutir si la pizza se come con fainá o sin ella.
Mientras hablamos, alguien nos mira.
Otros nos ignoran.
Pero eso también es la vida.
La ciudad sigue girando alrededor nuestro
sin preguntarnos absolutamente nada.
Hay una pareja besándose en el subte.
Un hombre duerme sobre un diario viejo.
Un músico callejero desafina un tango hermoso.
Una mujer se ríe sola leyendo un mensaje.
Y nosotros seguimos caminando.
Por Corrientes.
Entre teatros que no se resignan,
entre librerías abiertas hasta tarde,
entre la grasa gloriosa de las pizzerías,
entre fantasmas de poetas borrachos,
de tangueros enamorados
y rockeros que todavía creen que una canción 
puede salvarte una noche.
Buenos Aires tiene esa costumbre,
te rompe un poco el corazón
para enseñarte a querer mejor.
Y nosotros,
que llegamos sin saber demasiado,
terminamos aprendiendo a abrazarnos 
en esta ciudad húmeda,
hermosa y ligeramente rota.
Nos vamos a dormir tomados de la mano.
Sin luna.
Con la humedad pegándose a las persianas,
con algún colectivo pasando a lo lejos,
con un perro ladrándole vaya uno a saber qué fantasma.
Y pienso que el amor no era aquello que 
me prometieron las películas.
No era París, no era Venecia.
No era un vals perfecto.
Es Buenos Aires un martes cualquiera.
Es encontrar tus medias mezcladas con las mías.
Es esperarte mientras te lavás los dientes.
Es que me preguntes si tengo frío.
ES caminar Corrientes a las once de la noche 
buscando un libro que no necesitamos comprar.
ES quedarnos abrazados mientras la televisión ilumina 
Apenas la pieza, compartir los resfríos, compartir el tiempo.
Porque el tiempo nos jugó rápido,es cierto.
Nos empujó de golpe hacia la costumbre.
Pero qué hermosa palabra cuando está hecha de amor.
Que se haga costumbre tu mano buscando la mía.
Que se haga costumbre el ruido de tus llaves en la puerta.
Que se haga costumbre escucharte respirar.
Y cuando la ciudad finalmente cierre los ojos,
cuando los bares apaguen sus luces
y el último colectivo se pierda en la madrugada,
quiero que nos encuentre así, abrazados,
un poco despeinados, con olor a lluvia y a café,
escuchando algún viejo rock nacional 
que nos recuerde quiénes fuimos,
mientras Buenos Aires,
esa vieja tanguera que nunca aprendió a dormirse,
nos mire desde la ventana y sonria......

domingo, 26 de julio de 2026

Un Mundo sin Ruido.

 No grita ni insulta.
Las nubes pasan despacio
y se olvidan de fabricar tormentas
sobre el techo de su casa.
Parece que hasta el viento
camina de puntillas
cuando ella se asoma a la ventana.
Vive cada día
como si fuera el primero
y también el último,
sin pedirle explicaciones al pasado.
Desde el amanecer
hasta la última hora de la noche,
su sonrisa sostiene la alegría;
igual que una lámpara encendida
en una calle vacía.
Sus ojos guardan una luz
que no conoce el cansancio,
y cuando me miran
el mundo deja de hacer ruido.
Es única e irrepetible.
No hay otra capaz
de ordenar el desorden de mi alma;
con la simple caricia de su presencia.
Y hoy,
que el cielo amaneció nublado,
brilla mucho más que el sol.
No porque quiera vencerlo,
sino por su luz
nace de un lugar
donde las sombras no llegan.
Si algún milagro existe,
debe parecerse a ella:
a su risa tranquila,
a sus ojos abiertos,
y a la forma en que convierte
un día gris
en la más hermosa de las mañanas. 

sábado, 25 de julio de 2026

Afuera, la Lluvia.

 La noche se quedó dormida
abrazando tu cintura,
como si supiera que ningún amanecer
podría separarnos.
La luna fue escondiéndose despacio,
dejando que un sol tímido, casi transparente,
Intentará despertar el día.
Pero las nubes, cómplices de nuestro deseo,
cubrieron el cielo
y una llovizna comenzó a bordar de cristal
las calles de Buenos Aires,
mis cuadras, mis esquinas,
los viejos árboles que se mecían
bajo el suave aliento del invierno.
Era un domingo hecho para amar.
La ciudad se refugiaba del frío,
mientras nosotros descubríamos
que el único clima capaz de vencer al invierno
es el calor de un abrazo.
Debajo del acolchado,
el mundo desaparecía.
Solo un pequeño velador permanecía encendido,
derramando una luz color miel
que acariciaba tu rostro,
dibujaba la curva de tus hombros,
la dulzura de tu sonrisa,
el brillo sereno de tus ojos
que encontraban los míos
como si nunca hubieran dejado de buscarlos.
Aquella luz no iluminaba la habitación.
Nos iluminaba el alma.
Podíamos vernos despacio,
sin apuro,
descubriendo en cada mirada
la infinita belleza de estar juntos.
Tus manos buscaban las mías
como quien regresa al único puerto conocido,
y cada caricia tenía la ternura
de las primeras veces y la certeza
de los amores destinados a quedarse.
Afuera, la lluvia golpeaba los techos,
las veredas, las esquinas,
con una fuerza que parecía no tener final.
Adentro, en cambio,
solo existía el suave latido de nuestros corazones.
El velador seguía encendido.
Su luz temblaba apenas,
como si también respirara contigo,
como si quisiera guardar para siempre
la imagen de tu cabello desordenado,
de tus labios sonriendo muy cerca de los míos,
de tus ojos diciéndome todo aquello
que las palabras jamás consiguen nombrar.
El invierno podía quedarse cuanto quisiera.
Que lloviera sobre Buenos Aires.
Que el viento barriera las calles.
Que el cielo escondiera el sol.
Nosotros habíamos encontrado otro amanecer.
Uno que nacía en un beso,
crecía entre dos abrazos
y se volvía eterno
cada vez que la luz del pequeño velador
nos permitía contemplarnos, muy cerca,
como si el amor hubiera inventado la noche
solo para regalarnos ese instante.
Y mientras la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad,
comprendimos que el verdadero hogar
no era aquella habitación,
ni el acolchado, ni el invierno.
Era la forma en que tus ojos se encendían
cada vez que la tenue luz del velador
descubría nuestros cuerpos abrazados,
haciendo del amor la única estación
donde jamás existe el frío

El Delta tiene Magia.

 El sabor del Delta en invierno
tiene ese crujiente frío de las mañanas,
cuando el aire despierta despacio
entre los sauces dormidos
y el río respira una neblina de plata.
Tiene aroma a pan tostado,
a manteca que se derrite lentamente,
a azúcar que endulza el primer mate
mientras el silencio canta
con la voz de los juncos.
Y están tus ojos...
Ese brillo único e inconfundible
cuando, aún tibia entre las mantas,
espiás el río desde la cama
como quien descubre por primera vez
que la felicidad existe.
Pedís más leña.
La salamandra comienza a arder,
las llamas dibujan colores sobre la madera
y el invierno deja de ser frío,
porque tu presencia basta
para encender toda la isla.
Tu cuerpo se desliza despacio,
con perfume a yerba recién humedecida,
mezclándose con el humo dulce del quebracho,
con el murmullo del agua,
con la caricia de una mañana que parece eterna.
Entonces comprendo
que el Delta tiene magia.
La misma que vive en vos.
Una magia que no se compra,
que no se explica,
que sólo se siente
cuando el río abraza la costa,
cuando el viento acaricia la piel
y tus manos encuentran las mías.
Entre las entrañas del Delta
anda escondida la felicidad.
No hace ruido.
Se oculta en un mate compartido,
en una tostada partida al medio,
en una salamandra encendida,
en el perfume de la leña,
en el reflejo del sol sobre el agua,
en un beso que demora el tiempo.
Hay que buscarla sin apuro.
Seguir los arroyos,
escuchar el canto de los pájaros,
dejar que el corazón navegue
como una vieja lancha entre los canales,
hasta encontrar ese rincón
donde el mundo parece olvidarse de existir.
Y cuando por fin aparezca,
no habrá que pedirle nada.
Sólo acurrucarse en sus brazos,
como dos enamorados que descubrieron el secreto del río,
dejando que el invierno pase despacio,
que la salamandra siga encendida,
que el mate nunca se enfríe,
que tus ojos continúen iluminando la mañana.
Porque amar en el Delta
es aprender que la vida no necesita más.
Basta el río, basta el invierno.
Bastan tus ojos.
Y ese milagro sencillo de despertar a tu lado,
mientras el Paraná sigue su viaje eterno
y nosotros elegimos quedarnos,
para vivir, para soñar,
para amarnos...
como se ama en el Delta,
con el alma llena de río
y el corazón convertido en hogar

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...