La noche se quedó dormida
abrazando tu cintura,
como si supiera que ningún amanecer
podría separarnos.
La luna fue escondiéndose despacio,
dejando que un sol tímido, casi transparente,
Intentará despertar el día.
Pero las nubes, cómplices de nuestro deseo,
cubrieron el cielo
y una llovizna comenzó a bordar de cristal
las calles de Buenos Aires,
mis cuadras, mis esquinas,
los viejos árboles que se mecían
bajo el suave aliento del invierno.
Era un domingo hecho para amar.
La ciudad se refugiaba del frío,
mientras nosotros descubríamos
que el único clima capaz de vencer al invierno
es el calor de un abrazo.
Debajo del acolchado,
el mundo desaparecía.
Solo un pequeño velador permanecía encendido,
derramando una luz color miel
que acariciaba tu rostro,
dibujaba la curva de tus hombros,
la dulzura de tu sonrisa,
el brillo sereno de tus ojos
que encontraban los míos
como si nunca hubieran dejado de buscarlos.
Aquella luz no iluminaba la habitación.
Nos iluminaba el alma.
Podíamos vernos despacio,
sin apuro,
descubriendo en cada mirada
Tus manos buscaban las mías
como quien regresa al único puerto conocido,
y cada caricia tenía la ternura
de las primeras veces y la certeza
de los amores destinados a quedarse.
Afuera, la lluvia golpeaba los techos,
las veredas, las esquinas,
con una fuerza que parecía no tener final.
Adentro, en cambio,
solo existía el suave latido de nuestros corazones.
El velador seguía encendido.
Su luz temblaba apenas,
como si también respirara contigo,
como si quisiera guardar para siempre
la imagen de tu cabello desordenado,
de tus labios sonriendo muy cerca de los míos,
de tus ojos diciéndome todo aquello
que las palabras jamás consiguen nombrar.
El invierno podía quedarse cuanto quisiera.
Que lloviera sobre Buenos Aires.
Que el viento barriera las calles.
Que el cielo escondiera el sol.
Nosotros habíamos encontrado otro amanecer.
Uno que nacía en un beso,
crecía entre dos abrazos
y se volvía eterno
cada vez que la luz del pequeño velador
nos permitía contemplarnos, muy cerca,
como si el amor hubiera inventado la noche
solo para regalarnos ese instante.
Y mientras la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad,
comprendimos que el verdadero hogar
no era aquella habitación,
ni el acolchado, ni el invierno.
Era la forma en que tus ojos se encendían
cada vez que la tenue luz del velador
descubría nuestros cuerpos abrazados,
haciendo del amor la única estación
donde jamás existe el frío

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