había un mundo entero latiendo.
Una iglesia, una escuela,
un grupo scout con pañuelos al viento,
y un cine que encendía los fines de semana
como un corazón enorme de barrio.
Los sábados eran sagrados.
Tres películas seguidas
y, cuando caía la noche,
esas prohibidas para menores
con Porcel y Olmedo
haciendo reír a escondidas
entre silbidos, carcajadas
y algún vecino haciéndose el distraído.
Por la tarde pasaban
Canuto Cañete, Bienvenida Primavera,
el Club del Clan, y la infancia se acomodaba
en butacas gastadas mientras afuera el otoño
llenaba la vereda de hojas
y el invierno traía bufandas, manos heladas
y ganas de quedarse un rato más.
Qué cine aquel, lleno de gritos,
de amigos, de primeros amores,
de niñod corriendo y un caramelo compartido
como si fuera un tesoro.
En esa cuadra pasábamos tardes eternas.
La iglesia marcaba las horas con campanas vivas,
campanas que se movían de verdad,
y hasta la soga parecía bailar al ritmo del barrio.
Por la noche muchos vecinos
se instalaban para ver a Susana, a Moria,
brillando en la pantalla en ropa interiro
mientras las propagandas de los negocios del barrio
aparecían en los programas
que repartia el acomodador.
Santa María fue eso, un universo pequeño
donde cabían la fe,el cine,la escuela,
las risas,los scouts,los enamorados bajo los árboles
y las charlas largas cuando el sol ya se escondía.
Hoy, a las doce del mediodía,
todo suena electrónico.
Ya no tiemblan las campanas como antes.
Ya no vibra la cuadra con el mismo pulso.
Pero hay historias que siguen caminando despacio
entre las veredas viejas.
Historias de barrio
que muchos recordarán con lágrimas suaves
y otros recién ahora descubrirán,
como quien encuentra una fotografía antigua
guardada en un cajón.
Y entonces comprenderán
que en una sola cuadra
también podía entrar el mundo entero.

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