Buenos Aires se peina en las baldosas mojadas,
y la noche enciende su garganta de bandoneón.
Por Corrientes bajan las horas apuradas,
mientras el Obelisco, centinela de la ciudad,
vigila nuestros pasos con su antigua vocación.
Vos y yo caminamos de la mano, despacito,
mirando vidrieras, marquesinas y libros abiertos;
como si cada página guardara un infinito,
como si el amor tuviera domicilio cierto
entre una librería y un teatro encendido.
Güerrín nos llama con aroma de pizza compartida,
las mesas conversan en un idioma de amistad,
y las luces de la avenida, tercas y encendidas,
nos recuerdan que esta ciudad
nunca aprendió del todo a dormir.
Dónde tomamos un café, me preguntás.
Y yo pienso en ese milagro tan argentino,
ese café que acompaña, que atarea, que acerca,
que entibia la noche de un viernes peregrino
y le pone una pausa al vértigo de la tierra.
Porque juntos, vos y yo, y todos los argentinos,
somos un abrazo difícil de explicar;
incomparables cuando el corazón marca el camino,
capaces de cantar, de llorar y de brindar,
como si el alma hubiera nacido en un mismo destino.
Qué lástima, me digo, que a veces la unidad
nos visite solamente con un Mundial de por medio.
Y no cuando hace falta empujar la realidad,
poner el hombro al sueño, sin discursos ni remedios,
para sacar este país adelante, entre todos, de verdad.
Pero será una locura mía, una espina sin olvido,
que no me puedo arrancar del pecho ni del pensamiento.
Por más tango que escuche, por más rock que haya vivido,
por más poesías que escriba para engañar al tiempo,
siempre vuelvo a esta pregunta que me deja suspendido.
Y entonces te miro.
Y Buenos Aires nos devuelve la respuesta.
el Obelisco sigue en pie, Corrientes sigue cantando,
un mozo deja dos cafés sobre la mesa,
y mientras la noche se va, lentamente, deshojando,
comprendo que este país también se construye así,
de a dos, de a miles, de la mano,
bajo una marquesina, en un viernes de Julio,
porque, al fin y al cabo, Buenos Aires sabe decir
con un tango en la garganta y esperanza de paisano,
que todavía estamos juntos, y eso no es poco, hermano.
y la noche enciende su garganta de bandoneón.
Por Corrientes bajan las horas apuradas,
mientras el Obelisco, centinela de la ciudad,
vigila nuestros pasos con su antigua vocación.
Vos y yo caminamos de la mano, despacito,
mirando vidrieras, marquesinas y libros abiertos;
como si cada página guardara un infinito,
como si el amor tuviera domicilio cierto
entre una librería y un teatro encendido.
Güerrín nos llama con aroma de pizza compartida,
las mesas conversan en un idioma de amistad,
y las luces de la avenida, tercas y encendidas,
nos recuerdan que esta ciudad
nunca aprendió del todo a dormir.
Dónde tomamos un café, me preguntás.
Y yo pienso en ese milagro tan argentino,
ese café que acompaña, que atarea, que acerca,
que entibia la noche de un viernes peregrino
y le pone una pausa al vértigo de la tierra.
Porque juntos, vos y yo, y todos los argentinos,
somos un abrazo difícil de explicar;
incomparables cuando el corazón marca el camino,
capaces de cantar, de llorar y de brindar,
como si el alma hubiera nacido en un mismo destino.
Qué lástima, me digo, que a veces la unidad
nos visite solamente con un Mundial de por medio.
Y no cuando hace falta empujar la realidad,
poner el hombro al sueño, sin discursos ni remedios,
para sacar este país adelante, entre todos, de verdad.
Pero será una locura mía, una espina sin olvido,
que no me puedo arrancar del pecho ni del pensamiento.
Por más tango que escuche, por más rock que haya vivido,
por más poesías que escriba para engañar al tiempo,
siempre vuelvo a esta pregunta que me deja suspendido.
Y entonces te miro.
Y Buenos Aires nos devuelve la respuesta.
el Obelisco sigue en pie, Corrientes sigue cantando,
un mozo deja dos cafés sobre la mesa,
y mientras la noche se va, lentamente, deshojando,
comprendo que este país también se construye así,
de a dos, de a miles, de la mano,
bajo una marquesina, en un viernes de Julio,
porque, al fin y al cabo, Buenos Aires sabe decir
con un tango en la garganta y esperanza de paisano,
que todavía estamos juntos, y eso no es poco, hermano.
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