La mañana en el Carapachay despierta despacio,
como si el mundo aprendiera nuevamente
el antiguo oficio de la belleza.
La bruma se levanta desde el agua
y se enreda entre los sauces,
mientras los pájaros anuncian el día
con un canto tan cercano
que parece nacer dentro del corazón.
El mate espera sobre la mesa,
la pava suspira su vapor hacia el cielo
y dibuja formas caprichosas en el aire,
como recuerdos que todavía no han ocurrido,
como promesas que flotan
sobre la corriente mansa del arroyo.
Entonces aparecés vos.
con la naturalidad del agua que busca su cauce,
con la gracia de una gaviota
que conoce cada rincón del río.
Hermosa mujer de los días del Delta,
hay algo en tu presencia
que acomoda el universo.
Tu sombra ordena las cosas sencillas;
los mates compartidos, las manos que se buscan,
los besos demorados, las miradas que hablan
sin necesidad de palabras.
Y así, de los mimos nacen los besos,
de los besos el deseo de abrazarte,
del abrazo el camino hacia el muelle,
y del muelle la certeza de que el paraíso existe.
Porque está ahí,
en ese rincón del Carapachay
donde el agua conversa con los pilotes,
donde las lanchas dejan apenas una estela,
donde la mañana se refleja en tus ojos
como una luz imposible de olvidar.
Mientras la ciudad se consume
entre bocinas, relojes y apuros,
nosotros contemplamos el río.
Y el tiempo parece detenerse.
El termo pasa de una mano a la otra,
las hojas de los álamos susurran secretos,
y el sol comienza a dorar lentamente
la superficie del arroyo.
Entonces comprendo que el Delta y vos
forman parte de la misma maravilla.
Que hay mañanas que no se cuentan por horas,
sino por momentos compartidos.
Que existe una forma de felicidad
tan simple como verte sonreír
mientras sostenés un mate caliente
frente al agua.
Y que si alguna vez me preguntaran
cómo es la perfección,
no hablaría de palacios ni de riquezas.
Hablaría de una mañana en el Carapachay,
del canto de los pájaros,
del perfume húmedo de las islas,
de un muelle perdido entre los sauces,
y de vos,
llegando descalza hacia la luz del río
para completar, una vez más,
la belleza de todos mis sábados

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