Había un tiempo en que las noches de Buenos Aires podían vivirse dentro de un automóvil.
No hacía falta entrar a una sala elegante ni acomodarse en una butaca numerada. Bastaba con manejar hasta la General Paz, atravesar el ingreso custodiado por la estructura de un enorme Falcon rojo y dejarse llevar por esa extraña mezcla de cine, ruta y libertad que ofrecía el Autocine Buenos Aires.
Desde lejos ya podía verse la pantalla gigante levantándose sobre el descampado como un faro blanco en medio de la oscuridad.
Los autos ingresaban lentamente, acomodándose en filas perfectas sobre el playón, mientras las familias bajaban apenas las ventanillas para dejar entrar el aire tibio de las noches de verano.
Los chicos correteaban entre los vehículos hasta que comenzaban los noticiarios previos y alguien, desde adelante, pedía silencio tocando bocina.
Otros niños ni siquiera aparecían, iban escondidos en los baúles para entrar sin pagar o para colarse en películas prohibidas para su edad.
Todo tenía algo de sueño americano, pero hecho a la manera argentina.
Había olor a combustible, a pasto húmedo y a hamburguesas recién preparadas en el Toc-Toc Snack Bar, que prometía superproducciones en sándwiches y bebidas de película.
Las parejas jóvenes buscaban los sectores más alejados y oscuros, donde los vidrios terminaban empañándose mucho antes del final de la función.
A veces bastaba un juego de luces altas y bajas para que apareciera una mesera caminando entre los autos, llevando gaseosas, cafés o papas fritas como si estuviera atravesando una pequeña ciudad nocturna construida alrededor del cine.
La magia empezaba realmente cuando la película tomaba la pantalla y el sonido llegaba a través de la radio AM del auto.
Pero el lugar tenía una particularidad imposible de olvidar, muy cerca estaban los cuarteles del Ejército y las transmisiones se mezclaban.
En medio de una escena romántica o una persecución policial podían filtrarse voces militares, órdenes incomprensibles o conversaciones del Batallón 601.
Era una interferencia extraña, casi absurda, que terminaba formando parte de la experiencia del autocine y de aquellos años oscuros de la Argentina.
Y no era el único, también estaba el Autocine Panamericano, en Olivos, enorme y moderno, capaz de recibir cientos de autos cada noche.
Desde la autopista podían verse las luces de la pantalla brillando en medio de la oscuridad, como una ciudad paralela construida para soñadores nocturnos.
Muchas familias del norte del Gran Buenos Aires hacían allí el ritual del fin de semana: cargar nafta, comprar algo para comer y pasar horas mirando películas sin bajar del auto.
Más al sur, cerca de la vieja Ciudad Deportiva de Boca, funcionaba el Autocine de la Ribera.
Allí el aire era distinto; llegaba mezclado con olor a río, a puerto y a gasolina de los barcos. Las noches tenían un tono más salvaje y melancólico, con el agua oscura moviéndose detrás de los terrenos ganados al Río de la Plata. Las parejas estacionaban mirando la pantalla gigante mientras a lo lejos brillaban las luces del puerto y de la ciudad.
Parecía un cine levantado en el borde mismo de Buenos Aires, donde terminaba la tierra y empezaba el río.
Cada autocine tenía su personalidad.
Buenos Aires, con su Falcon rojo y la cercanía inquietante de los cuarteles.
Panamericano, amplio y familiar, símbolo del progreso de una clase media que todavía soñaba en grande.
El de la Ribera, más nostálgico, más cercano al agua y al viento del sur.
Pero todos compartían algo: la sensación de libertad.
Las noches allí parecían suspendidas en otro tiempo. La ciudad se apagaba detrás y cada auto se convertía en un pequeño mundo privado.
Adentro sucedían historias mínimas: adolescentes enamorándose, matrimonios intentando salvar costumbres, amigos riéndose hasta tarde, padres compartiendo películas con hijos dormidos en el asiento trasero.
Después llegaron otros tiempos, las salas cerraron, las ciudades crecieron y los autocines desaparecieron poco a poco, devorados por nuevas construcciones, autopistas y supermercados.
El Autocine Buenos Aires quedó abandonado durante años, convertido en un paisaje de hierros oxidados y vegetación salvaje, como si la naturaleza hubiera decidido borrar lentamente aquel sueño de neón y motores.
Sin embargo, quienes vivieron aquellas noches todavía las recuerdan con una claridad extraña.
Porque los autocines no eran solamente lugares donde se proyectaban películas.
Eran escenarios donde la vida también ocurría.
Y quizás por eso todavía sobreviven en la memoria de Buenos Aires, en una radio antigua buscando una frecuencia perdida, en el vidrio empañado de un Falcon detenido bajo las estrellas, o en la nostalgia de una ciudad que alguna vez supo mirar cine a cielo abierto mientras el mundo parecía, por unas horas, un lugar mucho más simple.

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