En Saavedra había nombres
que no necesitaban cartel luminoso
para quedarse en la memoria.
Bastaba decir Costantini,
Lino o Colomina,
y enseguida aparecía el barrio entero
reflejado en una vidriera.
No eran solamente negocios.
Eran parte de la vida.
Ahí estaba la heladera
que iba a conservar los domingos familiares,
el lavarropas que giraría durante años
lavando guardapolvos, sábanas y overoles,
la cocina donde hervirían los inviernos
entre ollas y tuco casero, y el televisor
frente al que un país entero
descubrió el primer Mundial en colores.
Cuántas noches.
La novela empezaba
Las familias cenaban mirando la pantalla
mientras la luz azulada del televisor
iluminaba los rostros cansados del día.
Y todo eso, de alguna manera,
había salido de aquellos locales del barrio.
Locales modestos, con ventiladores de techo,
pisos gastados y vendedores que conocían
más historias familiares que muchos parientes.
Porque en Saavedra
comprar no era solamente comprar.
Era conversar.
El dueño preguntaba por la abuela,
por el trabajo del padre,
por el hijo que empezaba la secundaria
o por la chica que se iba a casar.
Y así, entre cuotas anotadas a mano,
boletas guardadas en cajones de madera
y consejos sobre marcas “que duran toda la vida”,
el comerciante terminaba siendo amigo,
vecino,casi parte de la familia.
Había una confianza simple
que hoy parece lejana.
La heladera llegaba días después
envuelta en cartón y sogas,
y todo el barrio sabía
que en esa casa había alegría nueva.
Porque los electrodomésticos, entonces,
no eran objetos descartables.
Eran conquistas.
Acompañaban cumpleaños, mudanzas,
Navidades, discusiones de cocina,
camisetas transpiradas dentro del lavarropas
y madrugadas frente al televisor
viendo pelear a Monzón
o gritar goles eternos.
Costantini,,Lino,,Colomina.
Tres nombres que todavía resuenan
como viejos tangos comerciales
en la memoria del barrio.
Y aunque muchos locales ya no existan,
aunque las persianas hayan cambiado de dueño
y las grandes cadenas quieran parecerse a todo,
hay algo que jamás van a vender:
esa forma antigua de entrar a un negocio
y sentirse en casa.
Porque Saavedra, antes que un barrio,
fue una conversación entre vecinos.
Y en cada cocina encendida,
en cada plancha caliente,
en cada televisor encendido durante la cena,
todavía queda un poco de aquellos comercios
que ayudaron a construir
la vida cotidiana de la gente común.
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