El sol, el vagón del último tren,
avanza despacio sobre los techos,
sin gritos, sin despedidas,
como una escalera tendida hacia la luna.
Una poesía llena de perfume a democracia
camina las veredas de un sábado en Buenos Aires,
mientras la soledad permanece sentada en un umbral,
allí donde alguna vez estuvo la vieja esquina,
con su buzón rojo y sus secretos de barrio.
y el eco de Luis Alberto Spinetta se escapa por la ventana abierta
de una casa que todavía guarda jazmines en el patio.
La ciudad respira melodías antiguas y futuras,
mezclando bandoneones con guitarras eléctricas.
Un taxi cruza lentamente la avenida,
buscando a un pasajero que abandonó la aplicación
y volvió a caminar las calles,
como se caminaban antes los amores y las nostalgias.
Buenos Aires,
tu recuerdo es un beso y una flor,
una lluvia que cae solamente en la avenida,
mientras el sol ilumina un rostro querido
y una sonrisa alcanza para encender el día.
Entonces la ciudad deja de ser ciudad
y se vuelve refugio,
un café compartido con la memoria,
una conversación con los árboles de la plaza,
un tango perdido en el viento del río.
Y en medio de tanta prisa,
de tantos relojes y destinos,
todavía queda un rincón donde el alma descansa,
donde la luna baja por su escalera de plata
y el último tren regresa cargado de sueños.
Buenos Aires, entre tu lluvia y tu sol,
entre el rock y el bandoneón,
sigues siendo esa poesía interminable
que perfuma la tarde
y le da sentido a la esperanza.

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