Valderrama entre Tronador y Plaza,
casi llegando a la esquina de Tronador,
guardaba historias sencillas
que el tiempo no pudo borrar.
Delante del camión de don Pedro,
descansaba aquel viejo furgón verde,
pintado a pincel, sin apuro,
como se pintaban antes las cosas
que estaban hechas para durar.
Antes de que amaneciera,
cuando la noche todavía abrazaba al barrio,
Arnaldo padre y Arnaldo hijo
partían rumbo a Mataderos.
Volvían cargados de aromas:
chorizos colorados y bondiolas,
tesoros cotidianos de la mesa porteña.
Vestidos de blanco, prolijos,
como quien honra su oficio,
recorrían las calles del centro,
donde cada día los esperaban.
Al regresar, la esquina volvía a ser escenario.
Los tachos de acero inoxidable brillaban bajo el agua,
la caja del furgón era lavada con paciencia,
y el hidrante, trabado con un palo de escoba,
dejaba correr un pequeño río
por la vereda de Valderrama.
El agua se llevaba el trabajo del día,
pero nunca los aromas.
Mi viejo les compraba para la parrilla,
y entre la mercadería y las conversaciones
siempre aparecía Platense,
esa pasión que llevaba Arnaldo en el corazón
mientras pasaba el rodillito verde sobre la caja del furgón.
Un día faltó Arnaldo padre.
Se fue demasiado joven,
dejando un vacío que el barrio sintió.
Entonces Arnaldo hijo siguió adelante,
repitiendo cada madrugada el mismo camino,
como quien mantiene encendida una luz
para que la historia continúe.
Hoy cierro los ojos
y todavía veo aquella esquina.
El furgón verde recién pintado,
el agua corriendo hacia la alcantarilla,
los vecinos conversando en la vereda,
las puertas abiertas de las casas,
los chicos jugando hasta que cayera la noche.
Entonces el barrio era una gran familia
y la calle era una prolongación del hogar.
Hoy vivimos más encerrados.
La modernidad cambió costumbres,
la inseguridad levantó rejas,
y muchas veces desconocemos
el nombre de quien vive enfrente.
Pero el pasaje sigue ahí,
custodiando recuerdos que el tiempo no pudo llevarse.
Y mientras alguien recuerde
a Arnaldo padre y Arnaldo hijo,
el viejo furgón verde,
el agua del hidrante,
los aromas de Mataderos
y las charlas sobre Platense,
la esquina de Valderrama seguirá viva.
Porque hay lugares que no permanecen por sus paredes,
sino por la gente sencilla que les dio alma.

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