sábado, 25 de julio de 2026

 Detrás de los cristales llueve,
y la lluvia parece conocer sus nombres.
No cae del cielo, desciende lentamente sobre la noche
como un largo suspiro de agua
que busca el calor de la tierra,
del mismo modo en que sus cuerpos
se buscan en la penumbra.
Adentro, una suave vibración
mueve lentamente el vaso sobre la mesa de luz.
El agua dibuja círculos diminutos,
como si quisiera imitar el movimiento de sus respiraciones.
Todo se ha puesto de acuerdo esta noche.
El velador derrama sobre la madera
una luz dorada y temblorosa,
la lámpara del techo se balancea apenas,
como una luna suspendida sobre los amantes,
y el respaldo de la cama ejecuta notas agudas,
una música imposible que sólo conocen
los cuerpos cuando se aman.
Hasta la puerta del placard,
curiosa y silenciosa,
se ha abierto un instante para mirar el milagro
y volvió a cerrarse lentamente,
guardando el secreto entre sus bisagras.
Ellos permanecen allí,
a pocos centímetros del infinito.
No hacen falta las palabras.
Las palabras suelen llegar tarde
cuando el amor decide hablar con la piel.
Podrían llamarlo deseo.
Podrían llamarlo ternura.
Podrían llamarlo incendio,
universo, eternidad, o simplemente lluvia.
Pero la noche, que conoce los nombres verdaderos,
ha elegido para ellos
una sola palabra de pocas letras:
Amor.
Y el amor comienza siempre así:
con unas manos que se encuentran
como dos pájaros cansados del invierno,
con unos labios que aprenden a decirse secretos
sin pronunciar una sola sílaba,
con el lento descubrimiento
de la geografía más hermosa del mundo:
la piel de quien amamos.
Sus cuerpos se confunden entre las sombras.
El sudor se desliza sobre las sábanas
con la misma lentitud con que resbala la lluvia
por los cristales de la ventana.
Sus manos se abren y se cierran,
se buscan, se reconocen,
se aferran dulcemente al instante,
como si temieran despertar
de un sueño demasiado hermoso.
La noche los envuelve.
Sus respiraciones se vuelven una sola música,
sus silencios adquieren el mismo ritmo,
y el tiempo, generoso por una vez,
decide detener sus relojes.
La lluvia continúa cayendo.
El vaso continúa temblando.
La lámpara continúa balanceándose.
Y ellos continúan descubriéndose
como si fueran el primer hombre y la primera mujer
que aprendieron a amar bajo la lluvia.
Él recorre con ternura los senderos de su espalda
como quien lee un antiguo poema escrito por la luna.
Ella se entrega al instante
como una flor que se abre lentamente al amanecer,
guardando todavía el perfume de todos sus secretos.
No hay prisa en la oscuridad.
La oscuridad sabe esperar.
Sabe que el amor verdadero
no necesita anunciarse con grandes gestos,
porque basta un roce,
una mirada que nadie más ha visto,
el temblor de unos dedos entrelazándose,
para convertir una habitación cualquiera
en el lugar más hermoso del universo.
La lluvia golpea los cristales
como si quisiera entrar y abrazarlos.
El viento escucha detrás de la ventana.
La noche guarda silencio.
Y mientras el mundo continúa girando allá afuera,
ellos inventan un tiempo distinto,
un tiempo hecho de caricias lentas,
de piel estremecida,
de suspiros que se mezclan con el perfume de las sábanas
y con la tibieza de los cuerpos enamorados.
Entonces comprenden que el amor
también posee movimiento.
Se mueve en el agua del vaso,
en la luz del velador,
en la lámpara que danza sobre sus cabezas,
en la lluvia que desciende sobre los cristales.
Se mueve en la manera en que ella pronuncia su nombre.
Se mueve en la forma en que él la abraza
como si intentara protegerla del paso del tiempo.
Y cuando la madrugada finalmente llega,
no quedan dos cuerpos sobre la cama.
Queda una sola respiración.
Un solo latido.
Un solo movimiento.
Y una sola palabra, pequeña y eterna,
que la lluvia seguirá escribiendo sobre los cristales
mucho después de que la noche haya terminado. 

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