Cuando tenía veinte años, los sábados domingos a la tarde tenían otro ritmo.
No existía la ansiedad de llegar rápido a ningún lado ni los teléfonos ocupando cada silencio.
Bastaba con llamar a alguna chica que uno venía viendo, arreglar un encuentro simple y tomar el colectivo hacia la costa de San Isidro, allá abajo, donde el río parecía respirar distinto.
El Paseo del Águila todavía conservaba algo salvaje.
Entre el viejo Águila Club y el bar Malloys había un espacio abierto donde el verde se mezclaba con la barranca, los juncos y el olor húmedo del Río de la Plata.
Uno llegaba caminando despacio por Alvear y ya desde arriba podía verse el agua marrón moviéndose tranquila, los veleros pequeños balanceándose y las parejas sentadas mirando el atardecer.
Había familias tomando mate sobre el pasto, chicos andando en bicicleta y pescadores silenciosos mirando el río como si esperaran algo más importante que un pez.
Y nosotros, con veinte años y pocas certezas, nos sentábamos cerca de la costa a tomar algo mientras el sol empezaba a bajar detrás de los árboles.
A veces entrábamos a Malloy, otras veces nos quedábamos afuera, caminando.
Lo importante no era el lugar sino esa sensación de libertad que daba la ribera.
El viento fresco llegaba desde el agua y despeinaba todo: las conversaciones, los pensamientos, los miedos de juventud.
Recuerdo especialmente una tarde de otoño.
El cielo estaba gris claro y el río parecía de metal.
Ella llevaba un suéter enorme color crema y tenía las manos frías. Caminábamos despacio bordeando el agua mientras las hojas secas se acumulaban contra las piedras.
Hablábamos de cualquier cosa: música, viajes imposibles, departamentos que jamás podríamos pagar, películas viejas.
Pero en realidad lo que importaba era otra cosa, era sentir que el tiempo todavía sobraba.
En aquellos años, la costa de San Isidro tenía rincones donde uno podía perderse sin que nadie molestara.
Había sectores más oscuros, senderos de tierra, bancos gastados mirando al río y árboles enormes que parecían guardar secretos de otras épocas.
El lugar tenía algo de pequeño refugio para quienes buscaban escaparse un rato de la ciudad.
Con el tiempo todo empezó a cambiar.
Algunos bares desaparecieron, otros crecieron demasiado.
Llegaron proyectos inmobiliarios, discusiones políticas, planos, ordenanzas y nombres técnicos para hablar de algo que nosotros simplemente llamábamos la costa.
Empezaron las peleas sobre qué debía hacerse con esos terrenos: si protegerlos, urbanizarlos, llenarlos de caminos nuevos o mantenerlos como estaban.
Y quizás todos tengan un poco de razón.
Porque ese lugar siempre fue especial.
No solamente por el paisaje, sino porque ahí convivían muchas cosas al mismo tiempo: el río abierto, los árboles, la memoria de los vecinos, los amores de juventud y esa sensación de estar lejos de la ciudad sin haber salido nunca de ella.
Hoy, cuando vuelvo por ahí, todavía busco algo de aquellas tardes. A veces el viento trae el mismo olor al río y por un instante todo parece intacto.
Entonces recuerdo mis veinte años, los domingos lentos, las charlas interminables y alguna chica apoyando la cabeza sobre mi hombro mientras el sol caía despacio sobre el agua.
Y entiendo que ciertos lugares no se quedan en la memoria por lo que fueron urbanísticamente ni por las discusiones que generan. Permanecen porque alguna vez nos hicieron felices.

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