Mantas, abrigos y bufandas.
El cuerpo escondido del frío,
mientras un reloj anuncia que, pasadas las cinco de la tarde,
la oscuridad comienza a adueñarse de la calle.
Buenos Aires parece dormirse bajo la luna,
que ilumina la noche del mismo modo
Debajo de una manta descubrí tu cuerpo,
enroscado en busca de calor,
esperando, quizás sin decirlo,
que el invierno se retire lentamente
y deje paso a los colores nuevos.
Entonces llegará la primavera.
Brillará en el café del desayuno,
en los mates compartidos de media mañana,
y en el sol que se derrama sobre el Carapachay,
dibujando sombras entre las hojas,
acariciando flores recién abiertas
sobre las orillas silenciosas del Delta.
Y cuando el aire vuelva a ser tibio,
ya no habrá mantas ni bufandas que oculten la estación.
La primavera estará en los jardines,
en el río, en la luz,
pero sobre todo en esa sonrisa tuya
capaz de convertir cualquier invierno
en un eterno amanecer.

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