Hoy, sábado, Buenos Aires amaneció con ese frío húmedo
que sube desde el río y se queda flotando entre los edificios
como un fantasma educado.
Todavía no eran las diez
y ya había vecinos apurados comprando facturas,
en la 9 de Julio, mujeres caminando
con las manos escondidas en los bolsillos
y cafeterías llenándose lentamente
de gente que buscaba más calor que café.
Es el sábado previo al veinticinco de mayo.
La ciudad lo sabe, por Corrientes, el viento baja filoso,
haciendo flamear algunas banderas celestes y blancas
colgadas antes de tiempo en balcones antiguos,
mientras los kiosqueros acomodan diarios
con titulares demasiado grandes para una mañana tan gris.
En Cabildo las palomas parecen discutir asuntos importantes
entre turistas congelados y taxis que pasan
dejando detrás un ruido tibio de motor cansado.
Hay olor a café recién molido, a pan caliente,
a subte húmedo, a bufandas guardadas
desde el invierno pasado.
Y también está esa melancolía inexplicable
que aparece solamente los sábados fríos en Buenos Aires,
cuando la ciudad parece caminar más despacio
como si recordara algo.
Un hombre lee sentado junto a la ventana empañada de un bar.
Una pareja cruza la avenida en silencio.
Alguien tararea un tango casi dormido
Entonces sucede eso tan porteño,
tan imposible de explicar,
la tristeza empieza a parecer belleza.
Tal vez porque en esta ciudad
hasta el frío tiene memoria.
Y hoy, justamente hoy,
Buenos Aires respira lenta,
blanca de invierno prematuro,
esperando el feriado patrio
como quien espera una visita antigua
que siempre promete volver y nunca llega del todo.
Mientras tanto, el sábado sigue ahí,
temblando detrás de los vidrios empañados,
en una mesa con dos pocillos vacíos,
en el humo que sale de las alcantarillas,
en la voz de un mozo diciendo buen día,
con una nostalgia que podría haber escrito
García Márquez una mañana cualquiera.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
"Gracias por comentar mis letras....espero tu próxima visita....."