viernes, 24 de julio de 2026

 La mañana amanece cerrada sobre el Delta,
como si el río hubiera decidido
guardar el mundo detrás de la niebla.
No se ve más allá
de unos pocos remos de distancia,
y entonces los ojos ya no alcanzan,
son los sonidos
los que empiezan a guiar la vida.
Primero, a lo lejos,
el rumor cansino de la lancha colectiva,
abriéndose paso entre la bruma
como quien conoce de memoria
cada recodo del agua.
Después, la lancha almacén,
con su motor más pesado,
trayendo pan, verduras, diarios,
y conversaciones que viajan
de muelle en muelle.
Y uno aprende a no equivocarse.
A reconocer cada embarcación
por la manera en que el motor respira,
por el golpe del agua contra el casco,
por la pausa breve antes de doblar el arroyo.
Entonces sé que el vecino de enfrente se acerca
con su pequeña lancha, mate en mano,
atravesando despacio la neblina
como si flotara dentro de un sueño.
Y en medio de ese silencio húmedo,
entre el frío y el otoño, te escribo en poesías.
Te recuerdo en besos que todavía viven tibios
sobre la memoria de mi boca,
y cuento los minutos
para volver a encontrarte.
Allá, donde el río se deja llevar
y se transforma en camino hacia tu casa.
Porque en el Delta las distancias no se miden en cuadras
ni en relojes, sino en agua, en esperas,
en motores que se acercan lentamente
entre la niebla.
Y sé que cuando llegue,
habrá mates humeando, una manta sobre las piernas,
las manos buscando otras manos
para espantar el frío.
Entonces volveremos a compartir la niebla,
el otoño, la humedad pegada a las ventanas,
las ramas mojadas inclinándose sobre el arroyo,
y esa manera tan nuestra de conversar la vida
mientras el río sigue pasando.
Porque hay amores que no necesitan cielos despejados.
Les alcanza con una lancha avanzando despacio,
un mate caliente entre los dedos
y dos personas esperándose del otro lado de la niebla.

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