viernes, 24 de julio de 2026

 Amanece el domingo y el sol acompaña la mañana,
mientras el rocío se derrama desde los techos de chapa
y la niebla, lenta y silenciosa,
se dispersa entre las calles que recién despiertan.
Las ramas desnudas de los árboles
parecen siluetas esperando ser decoradas,
y el ocre de las hojas sobre las veredas
inunda cada paso con un sonido crocante,
como si la estación escribiera su propia música.
Desde lejos te pienso,
te dibujo en letras y en silencios,
como si estuvieras escribiendo a mi lado,
compartiendo la calma de esta hora temprana,
cuando el mundo todavía conserva
algo de sueño en los ojos.
La mañana transcurre despacio.
El aroma del mate invade los hogares,
se escapa por puertas y ventanas,
y las facturas se reparten sobre las mesas
entre saludos, sonrisas
y los besos sencillos de un buen día.
El domingo comienza a correr,
sereno y luminoso,
como corren mis pensamientos hacia vos,
como viajan mis manos en la distancia
buscando abrazarte,
como llegan mis besos,
atravesando calles, plazas y recuerdos,
hasta encontrar el refugio de tu piel.
Y mientras el sol asciende lentamente,
las campanas del mediodía empiezan a sonar,
despertando por completo al día.
Entonces comprendo que este domingo,
con su luz tibia y sus hojas doradas,
lleva tu nombre escondido entre sus horas,
porque aun lejos,
cada instante encuentra la manera
de acercarme a vos.
Y así, entre mates, campanas y veredas de otoño,
el tiempo sigue su marcha,
mientras mi corazón permanece detenido
en ese lugar donde te imagina,
sentada a mi lado,
escribiendo conmigo
la poesía sencilla y eterna
de un domingo otoñal en Buenos Aires...

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