viernes, 31 de julio de 2026

Tormenta.

Y el viento comenzó sacudiendo las nubes,
como si quisiera arrancarlas del cielo
para dejar al mundo suspendido
en un instante sin tiempo.
Las nubes fueron cubriendo las estrellas,
una tras otra, hasta que la luna,
con la timidez de quien conoce un secreto,
se fue escondiendo lentamente
detrás de aquel inmenso telón gris.
La habitación quedó envuelta
en una oscuridad apenas interrumpida
por los relámpagos lejanos
que, por un segundo,
dibujaban el contorno de nuestros cuerpos.
La ventana al balcón permanecía cerrada.
No hacía falta abrirla.
La lluvia entraba igual,
convertida en música,
en perfume de tierra mojada,
en el rumor incesante
que parecía marcar el compás
de cada respiración compartida.
Entonces me acerqué a vos.
Y te besé
como si aquel beso
fuera el último refugio
antes de que el universo dejara de girar.
Vos, lentamente,
con la calma de quien conoce el camino,
me abrazaste como si fuera la primera vez
que dos cuerpos desnudos
se descubrían en la penumbra,
sin promesas, sin relojes,
sin otro destino que el de permanecer juntos.
La lluvia golpeaba los cristales
con una paciencia infinita.
Cada gota parecía escribir
una palabra distinta
sobre la ventana empañada.
Y nuestros silencios decían mucho más
que cualquier conversación.
Un trueno desgarró el cielo.
Su voz profunda
interrumpió por un instante
la melodía del agua.
Pero apenas duró un segundo.
Porque enseguida volvimos
a encontrarnos, como dos mares
que conocen desde siempre
el camino hacia la misma orilla.
Tu respiración cambió de ritmo,
y una sonrisa luminosa,
nacida del placer y de la confianza,
encendió tu rostro más que cualquier relámpago.
El tiempo perdió su forma,
los minutos pasaron al galope,
como caballos desbocados cruzando la noche.
Otro trueno y casi al unísono,
entre risas, decidimos abandonar por un momento
el refugio de la cama.
Caminamos descalzos por el living silencioso,
mientras la tormenta seguía escribiendo su concierto
del otro lado de los vidrios.
Dos tragos compartidos, un beso robado.
Algunas caricias que parecían continuar
la conversación que habían iniciado nuestros labios.
La mesa fue testigo de nuestras sonrisas,
de las miradas largas, de esa complicidad
que sólo conocen quienes han aprendido
a desnudarse mucho antes que quitarse la ropa.
Después volviste a buscar mi boca.
Y entre un beso y otro,
con una voz apenas audible,
pediste regresar a la cama,
como quien vuelve
al lugar donde los sueños
se confunden con la realidad.
La lluvia comenzó lentamente
a disminuir su canto.
Las gotas ya no corrían con furia.
Ahora caían despacio,
como si el cielo también quisiera descansar.
Y mientras la tormenta
se despedía del amanecer,
el silencio de la habitación
se llenó de respiraciones entrelazadas,
de abrazos largos, de piel tibia
y de esa paz que sólo nace
después de haber amado intensamente.
Permanecimos así,
abrazados durante largos minutos,
con el cansancio dulce
de quienes han recorrido
un largo viaje sin moverse del mismo lugar.
Afuera, la primera claridad del día
comenzó a filtrarse entre las cortinas.
Las nubes abrían lentamente
un pequeño camino para la mañana.
La lluvia ya era apenas un recuerdo.
Y comprendimos,
sin necesidad de decir una sola palabra,
que algunas noches no terminan cuando amanece.
Permanecen para siempre
en la memoria de la piel,
en el perfume de una habitación,
en el eco lejano de los truenos,
en la música de la lluvia
y en ese abrazo final
que convierte una tormenta
en un recuerdo imposible de olvidar.

miércoles, 29 de julio de 2026

Secretos incendios.

 Su sonrisa alegra el día, 
le pone sol a las nubes y se lleva el mal clima
como el viento que baja de las montañas. 
No conozco tormenta capaz de quedarse a su lado; 
cuando aparece, hasta la lluvia se vuelve una caricia 
sobre los balcones de Buenos Aires.
Hay una sabiduría antigua 
en la extensión de su sonrisa, 
como si hubiera nacido para enseñarme 
que la felicidad cabe en un instante, 
en una mirada, 
en el roce distraído de sus manos sobre mi piel.
Cuando la intimidad nos encuentra, 
el mundo parece perfecto durante un largo tiempo. 
Las horas dejan de existir y el silencio 
aprende a respirar entre nuestros cuerpos. 
Entonces descubro que su piel 
guarda todos los paisajes que jamás imaginé recorrer.
Su cuerpo es como la ruta cuarenta, 
infinita y maravillosa, atravesando desiertos y primaveras, invitándome a perderme en cada una de sus curvas 
como quien contempla la inmensidad de esta Argentina 
bella que me habita el pecho. 
Hay en ella montañas donde quisiera descansar mis labios y horizontes que despiertan mis más secretos incendios.
Su presencia es el remedio contra la hipocresía de los días grises,
el susurro que vence a los gritos
que escapan de un Buenos Aires enfermo de prisas y nostalgias. Ella llega y la ciudad cambia de nombre; 
las calles se vuelven más tibias, 
las ventanas se llenan de luna y 
las estrellas deciden quedarse un poco más en el cielo.
En las noches en que la luna derrama su luz sobre nosotros, 
mi deseo la recorre lentamente, 
como el río que busca el mar sin apresurarse jamás. 
Su perfume se queda conmigo hasta el amanecer, 
y su respiración tiene la dulce costumbre 
de ordenar todos mis desvelos.
Hay mujeres que son un poema. 
Ella es la poesía completa, 
la que se pronuncia con los ojos cerrados, 
la que eriza la piel con un simple suspiro, 
la que convierte una caricia en un universo.
Y una noche cualquiera en un recuerdo imposible de olvidar.
Y mientras el mundo continúa girando allá afuera, 
yo me quedo contemplando la forma 
en que su sonrisa sigue poniéndole sol a mis nubes. 

martes, 28 de julio de 2026

Con o sin Faina.

 El tiempo nos jugó rápido,
como juegan los bondis cuando uno corre bajo la lluvia
y el chofer decide que todavía vale la pena esperarte.
Nos jugó rápido.
Un día éramos dos desconocidos
preguntándonos pavadas,
inventándonos futuros que no tenían dirección ni código postal,
y al otro día
ya sabíamos cómo le gusta el café al otro,
de qué lado de la cama duerme,
qué canción escucha cuando el mundo le queda demasiado grande
y cuál es la cicatriz que todavía no aprendió a mostrar.
Saltamos de la cocina al comedor,
del comedor al dormitorio,
como quien cambia de estación en la radio
hasta encontrar esa canción
que parece escrita para uno.
Y de repente, sin que nadie nos avisara,
pasamos de un sábado de paseo
a maratones de series que nunca terminan,
a dejar una prenda olvidada,
a compartir la contraseña del wifi,
los silencios y las ganas de quedarse.
Porque el amor, al menos en Buenos Aires,
no entra vestido de poeta romántico.
El amor entra con humedad.
Con las zapatillas mojadas.
Con olor a café recién hecho.
Con el subte B explotado un lunes a las ocho.
Con una bolsa de libros comprados sobre Corrientes
y dos porciones de muzzarella, comidas de parado
mirando cómo la ciudad se niega a dormirse.
Pasamos los resfríos, las medias gripes,
las alergias del otoño y las ojeras del invierno.
Esas pequeñas epidemias domésticas
que del ajeno se hacen propias
y de propias se vuelven nuestras.
Porque un día descubrís
que ya no te importa enfermarte
si eso significa quedarte abrazando al otro.
Y aunque intentemos evitarlo,
siempre volvemos al mismo vicio.
Besarnos con ese color frutilla que tienen algunos besos,
como si fueran el primero
y al mismo tiempo el último.
Besarnos como si el tiempo fuera una moneda falsa,
como si mañana no existiera,
como si todavía nos sorprendiera encontrarnos desnudos
en la mitad de una madrugada cualquiera.
Los días corren, como corre el Río de la Plata
cuando se pone gris y parece mar.
Corren como los taxis vacíos después de las tres.
Como las agujas del reloj del Once.
Como las hojas de los libros usados
que alguien dejó olvidados en una librería de viejo.
Corren como la vida.
Y un día nos encontramos conversando.
No importa demasiado sobre qué.
Puede ser sobre política,
sobre un disco que escuchábamos a los veinte,
sobre por qué las plantas del balcón se nos siguen muriendo,
o sobre la mejor manera de hacer milanesas.
Porque el amor también es eso,
tener con quién discutir si la pizza se come con fainá o sin ella.
Mientras hablamos, alguien nos mira.
Otros nos ignoran.
Pero eso también es la vida.
La ciudad sigue girando alrededor nuestro
sin preguntarnos absolutamente nada.
Hay una pareja besándose en el subte.
Un hombre duerme sobre un diario viejo.
Un músico callejero desafina un tango hermoso.
Una mujer se ríe sola leyendo un mensaje.
Y nosotros seguimos caminando.
Por Corrientes.
Entre teatros que no se resignan,
entre librerías abiertas hasta tarde,
entre la grasa gloriosa de las pizzerías,
entre fantasmas de poetas borrachos,
de tangueros enamorados
y rockeros que todavía creen que una canción 
puede salvarte una noche.
Buenos Aires tiene esa costumbre,
te rompe un poco el corazón
para enseñarte a querer mejor.
Y nosotros,
que llegamos sin saber demasiado,
terminamos aprendiendo a abrazarnos 
en esta ciudad húmeda,
hermosa y ligeramente rota.
Nos vamos a dormir tomados de la mano.
Sin luna.
Con la humedad pegándose a las persianas,
con algún colectivo pasando a lo lejos,
con un perro ladrándole vaya uno a saber qué fantasma.
Y pienso que el amor no era aquello que 
me prometieron las películas.
No era París, no era Venecia.
No era un vals perfecto.
Es Buenos Aires un martes cualquiera.
Es encontrar tus medias mezcladas con las mías.
Es esperarte mientras te lavás los dientes.
Es que me preguntes si tengo frío.
ES caminar Corrientes a las once de la noche 
buscando un libro que no necesitamos comprar.
ES quedarnos abrazados mientras la televisión ilumina 
Apenas la pieza, compartir los resfríos, compartir el tiempo.
Porque el tiempo nos jugó rápido,es cierto.
Nos empujó de golpe hacia la costumbre.
Pero qué hermosa palabra cuando está hecha de amor.
Que se haga costumbre tu mano buscando la mía.
Que se haga costumbre el ruido de tus llaves en la puerta.
Que se haga costumbre escucharte respirar.
Y cuando la ciudad finalmente cierre los ojos,
cuando los bares apaguen sus luces
y el último colectivo se pierda en la madrugada,
quiero que nos encuentre así, abrazados,
un poco despeinados, con olor a lluvia y a café,
escuchando algún viejo rock nacional 
que nos recuerde quiénes fuimos,
mientras Buenos Aires,
esa vieja tanguera que nunca aprendió a dormirse,
nos mire desde la ventana y sonria......

domingo, 26 de julio de 2026

Un Mundo sin Ruido.

 No grita ni insulta.
Las nubes pasan despacio
y se olvidan de fabricar tormentas
sobre el techo de su casa.
Parece que hasta el viento
camina de puntillas
cuando ella se asoma a la ventana.
Vive cada día
como si fuera el primero
y también el último,
sin pedirle explicaciones al pasado.
Desde el amanecer
hasta la última hora de la noche,
su sonrisa sostiene la alegría;
igual que una lámpara encendida
en una calle vacía.
Sus ojos guardan una luz
que no conoce el cansancio,
y cuando me miran
el mundo deja de hacer ruido.
Es única e irrepetible.
No hay otra capaz
de ordenar el desorden de mi alma;
con la simple caricia de su presencia.
Y hoy,
que el cielo amaneció nublado,
brilla mucho más que el sol.
No porque quiera vencerlo,
sino por su luz
nace de un lugar
donde las sombras no llegan.
Si algún milagro existe,
debe parecerse a ella:
a su risa tranquila,
a sus ojos abiertos,
y a la forma en que convierte
un día gris
en la más hermosa de las mañanas. 

sábado, 25 de julio de 2026

Afuera, la Lluvia.

 La noche se quedó dormida
abrazando tu cintura,
como si supiera que ningún amanecer
podría separarnos.
La luna fue escondiéndose despacio,
dejando que un sol tímido, casi transparente,
Intentará despertar el día.
Pero las nubes, cómplices de nuestro deseo,
cubrieron el cielo
y una llovizna comenzó a bordar de cristal
las calles de Buenos Aires,
mis cuadras, mis esquinas,
los viejos árboles que se mecían
bajo el suave aliento del invierno.
Era un domingo hecho para amar.
La ciudad se refugiaba del frío,
mientras nosotros descubríamos
que el único clima capaz de vencer al invierno
es el calor de un abrazo.
Debajo del acolchado,
el mundo desaparecía.
Solo un pequeño velador permanecía encendido,
derramando una luz color miel
que acariciaba tu rostro,
dibujaba la curva de tus hombros,
la dulzura de tu sonrisa,
el brillo sereno de tus ojos
que encontraban los míos
como si nunca hubieran dejado de buscarlos.
Aquella luz no iluminaba la habitación.
Nos iluminaba el alma.
Podíamos vernos despacio,
sin apuro,
descubriendo en cada mirada
la infinita belleza de estar juntos.
Tus manos buscaban las mías
como quien regresa al único puerto conocido,
y cada caricia tenía la ternura
de las primeras veces y la certeza
de los amores destinados a quedarse.
Afuera, la lluvia golpeaba los techos,
las veredas, las esquinas,
con una fuerza que parecía no tener final.
Adentro, en cambio,
solo existía el suave latido de nuestros corazones.
El velador seguía encendido.
Su luz temblaba apenas,
como si también respirara contigo,
como si quisiera guardar para siempre
la imagen de tu cabello desordenado,
de tus labios sonriendo muy cerca de los míos,
de tus ojos diciéndome todo aquello
que las palabras jamás consiguen nombrar.
El invierno podía quedarse cuanto quisiera.
Que lloviera sobre Buenos Aires.
Que el viento barriera las calles.
Que el cielo escondiera el sol.
Nosotros habíamos encontrado otro amanecer.
Uno que nacía en un beso,
crecía entre dos abrazos
y se volvía eterno
cada vez que la luz del pequeño velador
nos permitía contemplarnos, muy cerca,
como si el amor hubiera inventado la noche
solo para regalarnos ese instante.
Y mientras la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad,
comprendimos que el verdadero hogar
no era aquella habitación,
ni el acolchado, ni el invierno.
Era la forma en que tus ojos se encendían
cada vez que la tenue luz del velador
descubría nuestros cuerpos abrazados,
haciendo del amor la única estación
donde jamás existe el frío

El Delta tiene Magia.

 El sabor del Delta en invierno
tiene ese crujiente frío de las mañanas,
cuando el aire despierta despacio
entre los sauces dormidos
y el río respira una neblina de plata.
Tiene aroma a pan tostado,
a manteca que se derrite lentamente,
a azúcar que endulza el primer mate
mientras el silencio canta
con la voz de los juncos.
Y están tus ojos...
Ese brillo único e inconfundible
cuando, aún tibia entre las mantas,
espiás el río desde la cama
como quien descubre por primera vez
que la felicidad existe.
Pedís más leña.
La salamandra comienza a arder,
las llamas dibujan colores sobre la madera
y el invierno deja de ser frío,
porque tu presencia basta
para encender toda la isla.
Tu cuerpo se desliza despacio,
con perfume a yerba recién humedecida,
mezclándose con el humo dulce del quebracho,
con el murmullo del agua,
con la caricia de una mañana que parece eterna.
Entonces comprendo
que el Delta tiene magia.
La misma que vive en vos.
Una magia que no se compra,
que no se explica,
que sólo se siente
cuando el río abraza la costa,
cuando el viento acaricia la piel
y tus manos encuentran las mías.
Entre las entrañas del Delta
anda escondida la felicidad.
No hace ruido.
Se oculta en un mate compartido,
en una tostada partida al medio,
en una salamandra encendida,
en el perfume de la leña,
en el reflejo del sol sobre el agua,
en un beso que demora el tiempo.
Hay que buscarla sin apuro.
Seguir los arroyos,
escuchar el canto de los pájaros,
dejar que el corazón navegue
como una vieja lancha entre los canales,
hasta encontrar ese rincón
donde el mundo parece olvidarse de existir.
Y cuando por fin aparezca,
no habrá que pedirle nada.
Sólo acurrucarse en sus brazos,
como dos enamorados que descubrieron el secreto del río,
dejando que el invierno pase despacio,
que la salamandra siga encendida,
que el mate nunca se enfríe,
que tus ojos continúen iluminando la mañana.
Porque amar en el Delta
es aprender que la vida no necesita más.
Basta el río, basta el invierno.
Bastan tus ojos.
Y ese milagro sencillo de despertar a tu lado,
mientras el Paraná sigue su viaje eterno
y nosotros elegimos quedarnos,
para vivir, para soñar,
para amarnos...
como se ama en el Delta,
con el alma llena de río
y el corazón convertido en hogar

Dedos de Plata.

 Esa luz tenue
que rebota en el techo
como un rezo antiguo,
desciende despacio
hasta encontrar el contorno sereno
de tu figura.
La habitación
parece una catedral construida
con silencios y respiraciones,
donde cada sombra
consagra la belleza
de tu cuerpo dormido entre mis ojos.
Tu cabello
es un río oscuro
que la penumbra peina lentamente,
mientras la luna,
curiosa y cómplice,
se cuela por las rendijas
para acariciar tu perfil
con dedos de plata.
No hace falta hablar.
El aire conoce
el idioma de nuestros cuerpos,
esa lengua sin palabras
que sólo pronuncian
las miradas que se aman.
La respiración se vuelve pausada,
como la marea
que besa la orilla sin apuro;
otras veces se acelera,
buscando en el pecho del otro
el refugio donde el tiempo
renuncia a seguir su camino.
Entonces la luz desaparece.
Ya no importa
si la habitación permanece a oscuras,
porque detrás de los párpados
nacen constelaciones imposibles,
estrellas de colores indefinidos
que sólo existen
cuando dos almas
se acercan hasta confundirse.
Cada roce es una promesa.
Cada beso, una eternidad diminuta.
Cada abrazo,
el milagro de dos universos
hallando el mismo horizonte.
Y cuando el instante alcanza
su más profundo silencio,
ni la luna, ni la noche,
ni el cielo entero
consiguen distinguir
dónde termina tu aliento
y dónde comienza el mío.
Sólo queda un único suspiro,
largo como el amor,
ardiente como el deseo,
sereno como la certeza
de que incluso la oscuridad
aprendió a encenderse
al contemplarnos. 

Geografía de Tu Piel.

 Por debajo de la puerta,
donde el burlete parece raspar una pluma
y el taparrollo deja pasar un cabello de viento,
se cuela este julio invernal
que va helando los rincones,
las manos,los silencios.
El frío se adueña de la casa
como un huésped que jamás fue invitado,
dibujando escarcha en los vidrios
y haciendo temblar hasta los recuerdos.
Pero hay un lugar
donde el invierno pierde todas sus batallas.
Son tus besos.
Son tus abrazos,
camperas tejidas con nubes tibias,
que envuelven el alma hasta hacerle olvidar
la crueldad del viento.
Mientras el continente sur
se encoge bajo el hielo de julio,
el norte se derrite de calor;
allá los ríos sonríen entre chapuzones,
aquí la nieve ensaya su danza silenciosa
sobre los techos y los caminos.
Quizá también sonría la nieve,
pero no la cambio
por la geografía de tu piel.
Prefiero esquiar despacio por tu cuerpo,
recorrer sus montañas y sus valles
sin más destino que tus latidos.
Y cuando la noche cierre las ventanas
y el viento vuelva a buscar rendijas,
no habrá escarcha capaz de alcanzarme.
Dormiré bajo el acolchado de tus besos,
abrigado por el calor de tu ternura,
hasta que el invierno comprenda, por fin,
que ningún julio es tan frío
cuando un amor verdadero
enciende su propio verano

Bondi por Tronador.

 Había una época en la que la libertad tenía apenas trece años, un uniforme impecable, un escudo sobre el corazón y un puñado de monedas bien apretadas en el bolsillo. No existían los celulares para avisar que habíamos llegado ni los mensajes para tranquilizar a nuestros padres. Bastaba un beso antes de salir de casa, una recomendación de último momento y la certeza de que el colectivo nos llevaría, una vez más, hasta nuestra segunda casa, la escuela.
Todo comenzaba en la esquina de Núñez y Tronador. 
Allí aparecía aquel bondi de poco más de veinte asientos, la vieja línea 405, que con el tiempo se convertiría en la 156. 
Para muchos era simplemente un colectivo; para nosotros era mucho más. Era el primer salón de clases del día, el lugar donde empezaban las risas, las bromas, las discusiones por un asiento junto a la ventanilla y las historias que se seguirían escribiendo durante años.
Desde primer año hasta sexto, recorrimos el mismo camino. 
De lunes a viernes, y muchas veces también los sábados, cuando había fogones, encuentros, partidos o alguna actividad especial. 
El viaje nunca era una obligación; era parte de la aventura de crecer.
Éramos apenas chicos de trece años cuando comenzamos ese recorrido. 
Hoy cuesta imaginarlo: atravesábamos barrios completamente solos, sin que nadie nos acompañara, llevando únicamente un guardapolvo o un uniforme, un portafolio cargado de cuadernos y sueños, y esas monedas que alcanzaban para pagar el boleto. Primero una de diez pesos; después una de diez y dos de un peso. Eran tiempos en los que la confianza viajaba con nosotros y la responsabilidad llegaba mucho antes que la mayoría de edad.
Cada parada sumaba una cara conocida. 
Subían compañeros con el sueño todavía pegado a los ojos, otros ya hablaban sin parar desde la primera cuadra, alguno terminaba la tarea a las apuradas y siempre estaba el que hacía reír a todo el colectivo. 
Sin darnos cuenta, ese pequeño bondi se convertía cada mañana en una familia rodante.
El recorrido por Núñez, el Bajo y la estación Rivadavia fue dibujando una geografía que todavía vive en la memoria. 
Frente a la estación estaba el bar Primavera, donde más de una vez compartimos un café o una charla, y donde también conocíamos a los choferes, que ya sabían quiénes éramos. 
Nos saludaban por el nombre, preguntaban por algún compañero que faltaba o simplemente sonreían al ver subir otra vez a aquella banda de adolescentes que, día tras día, ocupaba buena parte del colectivo.
El escudo en el pecho no era un simple bordado. 
Era un orgullo. Era sentirse parte de algo mucho más grande que nosotros. Cada viaje reforzaba ese sentido de pertenencia, esa amistad que se construía entre frenadas, semáforos, charlas interminables y ventanillas empañadas durante los inviernos.
Con los años llegaron los primeros amores, las confidencias, los secretos, los nervios antes de un examen y las carcajadas después de aprobarlo. 
El colectivo fue testigo silencioso de todo eso. Nos vio crecer sin decir una palabra. Nos llevó siendo casi niños y nos dejó, seis años después, convertidos en jóvenes con el corazón lleno de recuerdos.
Hoy las ciudades cambiaron. Los tiempos cambiaron. Tal vez resulte impensado que un chico de trece años recorra solo kilómetros para ir a estudiar. Pero nosotros lo hicimos. Y nunca sentimos miedo; sentíamos la emoción de empezar un nuevo día, de encontrarnos con los amigos y de vivir otra pequeña aventura sobre ruedas.
A veces creemos que los recuerdos más importantes nacen de los grandes acontecimientos. 
Sin embargo, muchas de las páginas más hermosas de la vida fueron escritas en aquellos asientos gastados de un colectivo común, entre el ruido del motor, el timbre que anunciaba una parada y las conversaciones que parecían no terminar nunca.
Aquel viejo 405, que después fue el 156, no solo nos llevaba desde Núñez hasta la escuela. Nos llevaba hacia la adolescencia, hacia la amistad verdadera, hacia los primeros sueños y las primeras responsabilidades. Sin saberlo, nos enseñaba que crecer también era animarse a recorrer el camino solos.
Y todavía hoy, cuando algún colectivo pasa frente a la estación Rivadavia o recorre aquellas calles de siempre, es imposible no mirar por la ventanilla imaginaria y volver a ver a ese grupo de chicos de trece años, con el uniforme impecable, el escudo en el pecho, el, portafolio cargado de ilusiones y el mundo entero esperándolos al final del viaje. Porque aquel bondi nunca fue solamente un medio de transporte; fue el puente que nos condujo hacia algunos de los recuerdos más felices e imborrables de nuestra vida. 

Aroma lejano a Tabaco.

 Domingo de sol,
de recuerdos que nunca aprendieron a irse,
de mundiales que pasaron sin pena ni gloria
y de otros que quedaron clavados en la memoria
como la lluvia golpeando los ventanales del último piso.
Todavía flota ese gusto amargo de la derrota,
mezcla de alcohol, insultos, efedrina
y una lágrima silenciosa que cae desde un balcón
hasta perderse en la esquina.
Pero también existe la sonrisa de un sábado compartido,
el fútbol, el café, el triunfos,
la paz que aparece sin pedir permiso
cuando el corazón decide hacer un alto.
Llueve cuando la tormenta lo ordena,
y sale el sol cuando el día amanece dispuesto
a devolverle la esperanza a la ciudad.
Buenos Aires despierta y se adormece
entre avenidas que conocen todas las historias,
mezcla extraña de sexo sin alcohol,
de abrazos que duran una noche
y promesas que sobreviven un invierno.
Y todavía llega, por debajo de la puerta,
ese aroma lejano a tabaco,
como un fantasma amable
que se niega a abandonar la casa
porque también fue parte de la felicidad.
La luna se acuesta sobre el barrio,
las persianas bajan lentamente,
y vuelve a llover en el último piso.
Entonces comprendo
que la vida es un camino interminable,
hecho de domingos luminosos,
de noches eternas, de mundiales, derrotas y victorias,
de cafés compartidos,
de silencios que hablan más que los gritos,
y de un insulto perdido en la frontera del olvido,
mientras la ciudad sigue respirando.
Porque al final,
cuando todo parece haber terminado,
siempre habrá una ventana abierta,
un recuerdo esperando volver,
una lluvia escribiendo sobre los techos
y un domingo de sol
dispuesto a comenzar otra historia,
siempre tomados de la mano,
mezclando el café con el mate.
y la gaseosa con el wuisky.

Un fuelle Respira en la Esquina.

 La luna, en cuarto creciente,
enciende de plata la avenida.
En la mano par duerme la calma;
en la impar, una tormenta única e irrepetible
se prepara para desbastar árboles,
para caer sobre vehículos dormidos,
como si el cielo quisiera recordar
que toda ciudad tiene un corazón indómito.
Esa es la magia de la avenida.
De un lado, la esquina nos reúne
para conversar hasta la madrugada,
convencidos de que entre un café, un mate
y unas cuantas palabras
todavía es posible arreglar el mundo.
Del otro lado,
los gritos se empapan bajo una lluvia de insultos;
las voces chocan como relámpagos,
y el agua arrastra promesas rotas
por el cordón de la vereda.
Entonces, un fuelle respira en la esquina.
El bandoneón derrama notas de un tango
que se mezclan con la lluvia,
con las luces amarillas,
con el perfume del asfalto mojado
y con la nostalgia de quienes regresan
sin saber muy bien de qué huyen.
En la soledad de un sábado
escribo la letra de mi último tango.
No habla de derrotas, ni de bares vacíos,
ni de copas olvidadas.
Habla de ella.
Porque entre la luna creciente,
la tormenta, las discusiones de la esquina
y el rumor de la ciudad que nunca termina de dormirse,
ella sigue siendo la única protagonista.
Es la melodía que el bandoneón persigue,
la luz que ninguna nube consigue apagar,
el verso que siempre encuentra
la forma de volver.
Y mientras la avenida divide
la mano par de la mano impar,
la calma del vendaval,
el abrazo del desencuentro,
mi tango elige un solo destino,
pronunciar su nombre para 
que la noche lo guarde
como la luna guarda su luz
hasta el amanecer.

Un poco de Mí.

 Los adoquines de Buenos Aires sudan
cuando la lluvia vuelve,
y en el último piso
siempre llueve en la misma esquina,
como si el cielo conociera
el camino de los recuerdos.
Aprendí que el valor de la palabra
pesa mucho más
que millones de dólares.
Una promesa dicha de frente
vale más que cualquier fortuna,
porque el tiempo jamás logra devaluarla.
Hay frases de mis poesías
que vuelven una y otra vez
a través de los años.
No son simples versos;
son huellas que, sin saberlo,
marcaron mi vida
y quedaron para siempre
escritas en la memoria.
Está el Delta,
el inmenso Paraná,
el Carapachay,
esa casa inolvidable
llamada El Pájaro Loco,
y aquella lancha, Enlace,
que nos llevaba despacio
por los rincones ocultos del río,
donde el silencio
también aprendía a navegar.
Está la Escuela Técnica Raggio,
con sus talleres,
sus sueños de juventud
y ese grupo de amigos
que el tiempo no pudo separar.
Los años pasaron,
cada uno siguió su camino,
pero seguimos encontrándonos,
conversando, riendo como entonces,
demostrando que la amistad
también sabe vencer al calendario.
Y está mi barrio.
El de siempre, mi avenida,
el café de la esquina,
las veredas gastadas,
las conversaciones interminables,
los abrazos, los nombres que nunca se olvidan,
los rostros que forman parte
de la historia de todos los días.
Todo eso soy.
Un pedazo de mi mundo,
hecho de calles, de ríos, de amigos,
de palabras y de recuerdos.
Porque, al final, la verdadera riqueza
no se guarda en un banco
ni se mide en dinero.
Se guarda en los lugares
que nos hicieron felices,
en las personas
que caminaron a nuestro lado,
y en las historias
que todavía seguimos escribiendo
cada vez que el corazón decide volver a casa.

Elijo.

 Elijo el color de tus ojos
y el color de mi bandera.
Elijo creer cuando el mundo duda,
y sembrar palabras donde otros levantan piedras.
Elijo conversar y no gritar,
debatir sin herir, escuchar sin condenar.
Porque los insultos son cenizas del orgullo,
y el amor siempre encuentra otra manera de hablar.
Elijo caminar abrazado a tu cintura,
que me regales un cuento, aunque sea una mentira,
si en tu voz encuentro refugio
y en tu sonrisa comienza el día.
Elijo los besos apasionados de una noche,
antes que la sombra constante del ayer;
porque el pasado es un libro ya leído,
y vos sos todo lo que me queda por conocer.
Elijo llegar a una final sin concesiones,
sin deberle al destino más que mis convicciones.
No elegiré jamás saludar desde un balcón
cargando favores en el corazón.
Elijo el camino que mira hacia delante,
y si la lluvia nos sorprende al andar,
debajo de la caricia del agua y del viento,
elijo tu mano y volver a empezar.
Y si me critican, elijo el silencio;
confrontar a la ignorancia es perder el tiempo.
La vida pasa ligera, como un río sin regreso,
y prefiero gastarla en un abrazo, no en un enfrentamiento.
Elijo a los amigos, a las tardes compartidas,
a las poesías que nos nombran sin hablar.
Y cuando el tiempo nos encuentre más despacio,
seguiré eligiendo lo mismo, una y otra vez:
Creer, creer en vos, creer en nosotros.
Creer que mientras caminemos juntos,
ninguna tormenta podrá dejarnos atrás.

Con Zapatos de LLuvia.

 Buenos Aires camina, canta y sonríe,
con zapatos de lluvia sobre el empedrado,
y un tango nostálgico se descuelga
de los balcones mojados.
La llovizna acaricia las veredas,
los faroles se visten de nostalgia,
y los bares encienden sus refugios
contra el frío que abraza la ciudad.
Un café entre las manos
es el mejor aliento de la noche,
un pequeño fuego compartido
mientras el invierno conversa
con los cristales empañados.
Pero allá arriba,
en el último piso,
donde las ventanas parecen tocar las nubes,
la lluvia golpea los vidrios
con su música de recuerdos.
Y qué pena desperdiciar
el hermoso placer de caminar bajo la lluvia,
de perderse entre las calles,
de mojar los sueños,
de dejar que las gotas recorran la piel
como versos recién nacidos.
Sin embargo,
en esa altura donde la ciudad se vuelve infinita,
la lluvia pierde su magia,
las luces se derraman sobre el asfalto,
las avenidas parecen ríos de estrellas,
y Buenos Aires baila lentamente
su eterno tango de invierno.
Entonces la noche se vuelve abrazo,
el café se vuelve ternura,
y mientras la lluvia sigue cayendo
sobre techos, plazas y adoquines,
los corazones descubren
que la primavera puede nacer
mucho antes de que termine el invierno

Cuerpo Escondido.

 Mantas, abrigos y bufandas.
El cuerpo escondido del frío,
mientras un reloj anuncia que, pasadas las cinco de la tarde,
la oscuridad comienza a adueñarse de la calle.
Buenos Aires parece dormirse bajo la luna,
que ilumina la noche del mismo modo
en que tu presencia ilumina los días sin sol.
Debajo de una manta descubrí tu cuerpo,
enroscado en busca de calor,
esperando, quizás sin decirlo,
que el invierno se retire lentamente
y deje paso a los colores nuevos.
Entonces llegará la primavera.
Brillará en el café del desayuno,
en los mates compartidos de media mañana,
y en el sol que se derrama sobre el Carapachay,
dibujando sombras entre las hojas,
acariciando flores recién abiertas
sobre las orillas silenciosas del Delta.
Y cuando el aire vuelva a ser tibio,
ya no habrá mantas ni bufandas que oculten la estación.
La primavera estará en los jardines,
en el río, en la luz,
pero sobre todo en esa sonrisa tuya
capaz de convertir cualquier invierno
en un eterno amanecer.

Volver a Brillar.

 A tu lado todo volverá a brillar,
las veinticuatro horas del día,
como si el tiempo se detuviera
para contemplar nuestra alegría.
Juntos esperaremos pacientes
que el clima nos vuelva a regalar
esos caminos de Buenos Aires
que tanto nos gusta andar.
De la mano recorreremos sus calles,
como ya lo hicimos alguna vez,
guardando en cada esquina un recuerdo
y en cada mirada, una nueva piel.
Corrientes encenderá sus luces
para acompañar nuestro andar,
y el Obelisco, cómplice de los sueños,
un guiño nos volverá a regalar.
Solo para vos y para mí,
entre el rumor de la ciudad,
entre abrazos, risas y silencios,
entre amor y complicidad.
No habrá invierno que nos detenga,
ni distancia que pueda vencer,
porque donde florecen tus ojos
siempre hay un nuevo amanecer.
Y mientras la ciudad nos observa,
entre luces, noches y emoción,
Buenos Aires seguirá escribiendo
como yo, versos para vos. 

Perfume de la Tarde.

 El sol, el vagón del último tren,
avanza despacio sobre los techos,
sin gritos, sin despedidas,
como una escalera tendida hacia la luna.
Una poesía llena de perfume a democracia
camina las veredas de un sábado en Buenos Aires,
mientras la soledad permanece sentada en un umbral,
allí donde alguna vez estuvo la vieja esquina,
con su buzón rojo y sus secretos de barrio.
Suena un tango con acordes de rock,
y el eco de Luis Alberto Spinetta se escapa por la ventana abierta
de una casa que todavía guarda jazmines en el patio.
La ciudad respira melodías antiguas y futuras,
mezclando bandoneones con guitarras eléctricas.
Un taxi cruza lentamente la avenida,
buscando a un pasajero que abandonó la aplicación
y volvió a caminar las calles,
como se caminaban antes los amores y las nostalgias.
Buenos Aires,
tu recuerdo es un beso y una flor,
una lluvia que cae solamente en la avenida,
mientras el sol ilumina un rostro querido
y una sonrisa alcanza para encender el día.
Entonces la ciudad deja de ser ciudad
y se vuelve refugio,
un café compartido con la memoria,
una conversación con los árboles de la plaza,
un tango perdido en el viento del río.
Y en medio de tanta prisa,
de tantos relojes y destinos,
todavía queda un rincón donde el alma descansa,
donde la luna baja por su escalera de plata
y el último tren regresa cargado de sueños.
Buenos Aires, entre tu lluvia y tu sol,
entre el rock y el bandoneón,
sigues siendo esa poesía interminable
que perfuma la tarde
y le da sentido a la esperanza. 

Acercandonos.

 El sol se filtraba entre los álamos,
dibujando sobre el césped
sombras irreales y gigantescas,
como si la tarde quisiera detenerse
para contemplar nuestro silencio.
Lentamente corrían las horas,
y el río, con su voz antigua, nos llamaba.
Hacia él fuimos, sin apuro,
siguiendo el murmullo de sus aguas
como quien sigue un destino escrito desde siempre.
La malla era apenas un pretexto,
la última frontera entre la piel y el río.
Cada tanto, una pequeña ola,
despertada por el paso ligero de una lancha,
nos mecía suavemente,
acercándonos un poco más al verano,
un poco más al instante.
No sé cómo ni cuándo ocurrió.
Tal vez fue el agua,
tal vez el viento que jugaba entre los juncos.
Lo cierto es que las mallas quedaron olvidadas
en un escalón del muelle:
la tuya, la mía,
como dos banderas rendidas
ante la libertad más profunda que conocimos.
Durante largo rato cruzamos el río,
de una orilla a la otra,
abrazados por la corriente,
bajo un cielo que parecía inmenso
y una felicidad imposible de medir.
Ahora tu cabello húmedo
se dibuja sobre la sombra de la pared,
mientras la habitación guarda todavía
el perfume del agua y de la tarde.
Y allá arriba, la luna,
blanca y serena, nos invita otra vez.
Invita al río, al silencio,
a las aguas que reflejan su luz.
Después de habernos entregado mutuamente
el tiempo, las palabras y los sueños,
la noche abre sus brazos sobre el Delta,
y el río espera.
Como si supiera que aún quedan caminos de plata
sobre el agua dormida,
y que dos almas enamoradas
siempre encontrarán la manera
de volver a nadar libres bajo su luz.

Neblina sobre Buenos Aires.

 La neblina cayó sobre Buenos Aires
como un viejo bandoneón desafinado,
cubriendo las esquinas solitarias
que todavía extrañan algún buzón oxidado.
Los zaguanes guardan secretos antiguos,
susurran nombres que nadie olvidó,
y entre las sombras de las puertas cerradas
viven los besos que el tiempo robó.
Por Villa Cariño pasan los recuerdos,
autos dormidos bajo un cielo gris,
juramentos escritos sobre los vidrios
que aún resisten lejos del olvido feliz.
Fue una noche en El Guindado,
una tarde en El Cumbre frente al sol,
y después la calle Florida encendida
con su eterno desfile de ilusión.
Un café sobre Corrientes nos esperaba,
entre librerías, sueños y canción,
y una pizza en Las Cuartetas compartida
como si el mundo se sentara en una mesa para dos.
La madrugada encontró refugio en La Paz,
con el cansancio dulce de tanto andar,
y un whisky en el Politeama encendió los silencios
que ninguno de los dos quiso nombrar.
Buenos Aires bailaba entre faroles,
la niebla abrazaba cada adoquín,
y el río escondía bajo sus aguas
las historias que no llegan a su fin.
Entonces comprendí que toda la ciudad,
sus cafés, sus esquinas y su arrabal,
no eran más que estaciones necesarias
para llegar a este instante final.
Porque esta es mi última poesía,
la última pena que dejo partir,
el último tango que escriben mis manos
antes de animarme a callar.
Que callen los bares y los bandoneones,
que descanse la luna sobre el canal,
porque después de tantos versos porteños
ya no habrá nada más que contar.
Solo tu mirada bajo la neblina,
la ciudad detenida para los dos,
y Buenos Aires guardando silencio
antes de darte mi primer beso
en mi mejor canción

Humedad sobre Buenos Aires.

 La humedad y el frío,
esa mezcla rara de Buenos Aires en otoño,
donde un blues se confunde con el rock
y un tango distraído termina haciéndose bolero.
La tarde camina despacio por las veredas mojadas,
mientras una esquina se dobla apenas
para besarte en silencio, tomarte de la mano
y perderse entre la niebla.
Las bufandas guardan secretos de lluvia,
las ventanas se empañan de nostalgias antiguas,
y la ciudad parece suspendida
entre lo que fue y lo que todavía espera.
Llueve en el último piso,
pero en la planta baja sale el sol.
Así de caprichosa es esta tierra,
que mezcla inviernos y primaveras,
en la misma respiración.
Caminamos sin apuro,
como si las calles conocieran nuestros nombres,
como si cada baldosa guardara una historia
y cada farol quisiera contarnos otra.
Mientras tanto, el jazz circula por la semana,
escapándose del saxo de algún bar escondido,
liviano y transparente como una mariposa de cristal
que cruza la noche sin hacer ruido.
Y Buenos Aires, vieja soñadora,
despliega sus adoquines mojados,
sus cafés encendidos,
sus abrazos de humo y de lluvia.
Entonces el mundo se vuelve pequeño:
una mano que busca otra mano,
una bufanda compartida,
un beso robado a la niebla,
y un bolero que nació tango
para quedarse bailando
en el corazón del otoño.

Lluvia lenta.

 Llueve lento sobre Buenos Aires,
como un bandoneón que suspira en la ventana,
mientras un viejo rock gira en la bandeja
y la tarde se vuelve música temprana.
Las calles guardan charcos de nostalgia,
los cafés encienden su tibia claridad,
y entre el rumor de la lluvia sobre el asfalto
aparece tu nombre con naturalidad.
No sos un recuerdo perdido en el tiempo,
ni una sombra que la memoria inventó;
sos la compañera que camina estos días,
la mujer que la vida a mi lado dejó.
Hay un pentagrama de notas vacías
esperando la melodía de tu voz,
como si el mundo entero hiciera silencio
para escuchar el milagro de los dos.
Tus ojos son poemas que aún se escriben
en cada tarde compartida al azar,
y tienen la profundidad de los puertos
donde siempre se desea regresar.
El atardecer cae sobre las vías,
entre álamos pelados del otoño gris;
el viento deshoja lentamente las horas
mientras la lluvia dibuja su barniz.
Como quien conoce el secreto de los inviernos,
como quien sabe esperar sin preguntar;
con esa dulzura serena y luminosa
que convierte cualquier espera en hogar.
Entonces el viejo rock sigue girando,
mezclando su melancolía con el tango,
y la ciudad parece bailar despacio
bajo el cielo húmedo y los faroles en blanco.
Hay sensualidad en la forma en que mirás la tarde,
en cómo tus manos encuentran las mías,
en la calma que deja tu presencia
sobre las tormentas de todos mis días.
Y mientras Buenos Aires se cubre de lluvia,
entre rieles, veredas y viejos adoquines,
sé que el próximo reencuentro 
no es una esperanza, es la certeza.
Porque al final de cada jornada,
cuando el otoño vuelve gris a los caminos,
tu sonrisa sigue esperándome, intacta,
como el tango más hermoso de mi destino. 

No nos Ven.

 Debajo del acolchado,
cuando la noche se derrama lentamente
sobre el azul de un pañuelo de seda
que acaricia la luz del velador,
el mundo desaparece.
No existen las calles, ni los relojes,
ni el ruido obstinado de los días.
Sólo existimos nosotros.
Dos cuerpos que han aprendido,
con la paciencia de los años,
que el amor no tiene edad
cuando el deseo sabe pronunciar el nombre del otro
como si fuera la primera vez.
Entonces comienza el milagro.
Tus labios recorren mi memoria
como quien abre un libro amado
que conoce de memoria
y, sin embargo, vuelve a sorprenderlo.
Tus manos, esas manos que han envejecido conmigo,
todavía saben dónde comienza mi ser.
Y las mías, hambrientas de tu ternura,
se demoran en cada rincón de tu piel
como si el tiempo me hubiera concedido
la gracia infinita de descubrirte nuevamente.
Debajo del acolchado,
el silencio tiene el sonido de nuestra respiración.
Nos besamos despacio,
porque el deseo verdadero jamás tiene prisa.
El deseo madura, aprende a esperar,
se vuelve más profundo,
más inmenso, más hermoso.
Y el sudor que nace sobre tus pómulos
es apenas una manera que tiene la vida
de decirnos que aún estamos ardiendo.
Hay abrazos que parten el cuerpo.
Los nuestros parten el tiempo.
Hay besos que enmudecen las palabras.
Los nuestros inventan un idioma
que solamente conocen los amantes
que han sobrevivido juntos a los inviernos.
Tus ojos se cierran
y me miran desde la oscuridad de tus párpados.
Los míos hacen lo mismo.
Nos encontramos allí, en ese lugar secreto
donde dos almas desnudas
se reconocen sin necesidad de la luz.
Tu piel tiene el sabor de todos nuestros años.
La recorro lentamente,
como quien camina descalzo
por el paisaje más amado de su vida.
El deseo nos desordena las sábanas,
derriba el acolchado, nos roba el aliento,
nos devuelve la juventud por unos instantes
y nos regala algo todavía más hermoso:
la certeza de que seguimos eligiéndonos.
Porque el erotismo más profundo
no vive en el incendio de una sola noche,
sino en el fuego que se niega a apagarse
después de toda una vida.
Es tu espalda bajo mis manos.
Es la curva tibia de tu cintura acercándose a mi pecho.
Es la manera en que tu respiración cambia
cuando mi boca encuentra la tuya.
Es la dulce impaciencia de nuestros cuerpos
buscándose una y otra vez
como si el universo hubiese sido creado
para que nos encontráramos precisamente aquí.
Y entonces el tiempo se detiene.
No son minutos, no son horas.
Son años enteros contenidos en un abrazo.
El mundo continúa girando detrás de la ventana,
pero nosotros permanecemos suspendidos
en un instante imposible de escribir,
porque ninguna palabra alcanza
a explicar lo que sucede
cuando el amor y el deseo deciden habitar el mismo cuerpo.
Somos uno, uno solo.
Sin fronteras,sin pasado ni futuro,
sin más patria que el calor de nuestras pieles.
Tu corazón golpea junto al mío
y ambos parecen recordar
aquella primera vez que nos atrevimos a amarnos.
Pero ahora el amor es más lento,más sabio,
más profundamente erótico.
Ahora sabemos que la verdadera desnudez
no consiste en desprenderse de la ropa,
sino en entregarle al otro
todo aquello que hemos sido.
Por eso el instante nunca termina.
Porque cuando lo recordamos,
vuelve a suceder.
Regresan las caricias, el perfume de la noche,
la tenue luz azul sobre el velador,
el acolchado abandonado en el suelo
como una bandera rendida ante el amor.
Y comprendemos que existen amores
que no conocen despedidas.
Amores que se escriben con besos,
que se recuerdan con la piel,
que envejecen sin perder el asombro.
Amores que hacen del erotismo una plegaria,
de la ternura una forma de eternidad
y del deseo una manera infinita de volver a casa.
Debajo del acolchado, o sobre él,
seguiremos encontrándonos.
Porque mientras existan tus labios y los míos,
mientras nuestras manos sepan regresar al mismo lugar,
mientras el tiempo tenga la delicadeza de detenerse
para contemplarnos,
seguiremos haciendo del amor
el más hermoso de todos los poemas. 

Detras de los Cristales-

 Detrás de los cristales llueve,
y la lluvia parece conocer sus nombres.
No cae del cielo, desciende lentamente sobre la noche
como un largo suspiro de agua
que busca el calor de la tierra,
del mismo modo en que sus cuerpos
se buscan en la penumbra.
Adentro, una suave vibración
mueve lentamente el vaso sobre la mesa de luz.
El agua dibuja círculos diminutos,
como si quisiera imitar el movimiento de sus respiraciones.
Todo se ha puesto de acuerdo esta noche.
El velador derrama sobre la madera
una luz dorada y temblorosa,
la lámpara del techo se balancea apenas,
como una luna suspendida sobre los amantes,
y el respaldo de la cama ejecuta notas agudas,
una música imposible que sólo conocen
los cuerpos cuando se aman.
Hasta la puerta del placard,
curiosa y silenciosa,
se ha abierto un instante para mirar el milagro
y volvió a cerrarse lentamente,
guardando el secreto entre sus bisagras.
Ellos permanecen allí,
a pocos centímetros del infinito.
No hacen falta las palabras.
Las palabras suelen llegar tarde
cuando el amor decide hablar con la piel.
Podrían llamarlo deseo.
Podrían llamarlo ternura.
Podrían llamarlo incendio,
universo, eternidad, o simplemente lluvia.
Pero la noche, que conoce los nombres verdaderos,
ha elegido para ellos
una sola palabra de pocas letras:
Amor.
Y el amor comienza siempre así:
con unas manos que se encuentran
como dos pájaros cansados del invierno,
con unos labios que aprenden a decirse secretos
sin pronunciar una sola sílaba,
con el lento descubrimiento
de la geografía más hermosa del mundo:
la piel de quien amamos.
Sus cuerpos se confunden entre las sombras.
El sudor se desliza sobre las sábanas
con la misma lentitud con que resbala la lluvia
por los cristales de la ventana.
Sus manos se abren y se cierran,
se buscan, se reconocen,
se aferran dulcemente al instante,
como si temieran despertar
de un sueño demasiado hermoso.
La noche los envuelve.
Sus respiraciones se vuelven una sola música,
sus silencios adquieren el mismo ritmo,
y el tiempo, generoso por una vez,
decide detener sus relojes.
La lluvia continúa cayendo.
El vaso continúa temblando.
La lámpara continúa balanceándose.
Y ellos continúan descubriéndose
como si fueran el primer hombre y la primera mujer
que aprendieron a amar bajo la lluvia.
Él recorre con ternura los senderos de su espalda
como quien lee un antiguo poema escrito por la luna.
Ella se entrega al instante
como una flor que se abre lentamente al amanecer,
guardando todavía el perfume de todos sus secretos.
No hay prisa en la oscuridad.
La oscuridad sabe esperar.
Sabe que el amor verdadero
no necesita anunciarse con grandes gestos,
porque basta un roce,
una mirada que nadie más ha visto,
el temblor de unos dedos entrelazándose,
para convertir una habitación cualquiera
en el lugar más hermoso del universo.
La lluvia golpea los cristales
como si quisiera entrar y abrazarlos.
El viento escucha detrás de la ventana.
La noche guarda silencio.
Y mientras el mundo continúa girando allá afuera,
ellos inventan un tiempo distinto,
un tiempo hecho de caricias lentas,
de piel estremecida,
de suspiros que se mezclan con el perfume de las sábanas
y con la tibieza de los cuerpos enamorados.
Entonces comprenden que el amor
también posee movimiento.
Se mueve en el agua del vaso,
en la luz del velador,
en la lámpara que danza sobre sus cabezas,
en la lluvia que desciende sobre los cristales.
Se mueve en la manera en que ella pronuncia su nombre.
Se mueve en la forma en que él la abraza
como si intentara protegerla del paso del tiempo.
Y cuando la madrugada finalmente llega,
no quedan dos cuerpos sobre la cama.
Queda una sola respiración.
Un solo latido.
Un solo movimiento.
Y una sola palabra, pequeña y eterna,
que la lluvia seguirá escribiendo sobre los cristales
mucho después de que la noche haya terminado. 

Llora el Sábado.

 El sábado llora la muerte de un poeta,
de una voz sin gritos,
de una palabra sin insultos.
El sábado llora la muerte de un cantante
que supo enhebrar las palabras en poesía
y la poesía en mensaje,
como quien cose silencios
sobre las heridas de una ciudad.
El sábado llora, una noche más,
un tango en la esquina,
un buzón perdido en el recuerdo,
un barrio con su bulevar,
y una palabra que se entendía
sin necesidad de ser arrojada como piedra.
El sábado llora los faroles encendidos,
las veredas gastadas,
los amigos demorando la despedida,
el humo de un café
y los sueños apoyados en la barra.
El sábado llora porque se ha ido
uno de esos hombres
que cantaban para pensar
y no para imponer,
que nombraban el amor,
la calle y la tristeza
sin necesidad de levantar la voz.
Y mientras la noche avanza
sobre los techos de la ciudad,
el sábado llora la sensación
de que quizás alguna vez
dejen de gritar y comiencen a cantar.
Que vuelvan a abrir la boca
para vocalizar poemas,
para sembrar preguntas,
para abrazar memorias.
Que la poesía vuelva a caminar
por las esquinas del barrio,
y que una canción sencilla
haga más ruido en el alma
que todos los gritos del mundo.
Por eso el sábado llora.
Porque cuando muere un poeta,
cuando se apaga una voz verdadera,
queda un silencio inmenso
esperando que alguien,
otra vez, lo transforme en canción. 

El Indio Partió.

 Hoy el silencio tiene forma de guitarra,
y la noche parece más larga sobre las rutas del país.
Se fue el hombre de las palabras misteriosas,
el poeta de los suburbios y las multitudes,
el que convirtió canciones en banderas
y escenarios en peregrinaciones imposibles.
Carlos Alberto Solari, el Indio,
nacido en Paraná y adoptado por la mística de La Plata,
caminó la vida con el bajo perfil de los grandes,
dejando que hablara la música
donde otros elegían los discursos.
Junto a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
levantó una obra que desafió al tiempo,
una llama que atravesó generaciones enteras.
Hoy se apaga una voz,
pero no el eco de sus versos.
Porque siguen vivos en cada esquina,
en cada colectivo que cruza la madrugada,
en cada amigo que recuerda una canción
como quien recuerda un pedazo de su propia historia.
Luchó durante años contra el Parkinson,
y aun así nunca abandonó del todo el camino del arte.
Hasta en la distancia de los escenarios
mantuvo encendida la luz de su universo,
acompañado por el amor de los suyos
y la devoción de quienes encontraron refugio en su obra.
Hoy los ricoteros levantan la vista al cielo,
como si buscaran una señal entre las estrellas.
Tal vez allá arriba haya comenzado otro recital,
uno sin vallados ni despedidas,
donde la música no conoce finales.
Y mientras las radios vuelven a girar sus canciones,
miles de gargantas repiten sus versos
para espantar la tristeza.
Porque los artistas verdaderos no se marchan del todo.
Se quedan en la memoria colectiva,
en las noches de ruta, en las plazas,
en los abrazos de los amigos,
y en cada corazón que alguna vez encontró compañía
en una de sus canciones.
Buen viaje, Indio.
Que la eternidad te encuentre cantando,
con la misma rebeldía de siempre,
mientras aquí abajo, entre lágrimas y gratitud,
el pueblo del rock argentino te despide.
Y aunque hoy duela tu partida,
tu voz seguirá diciendo, generación tras generación,
que algunas leyendas nunca mueren. 

BAROCK.

 Transnochados del hielo y el alcohol,
del humo espeso y las madrugadas,
caminando Corrientes sin apuro,
entre cafés, debates y guitarras.
El rock era una patria diminuta,
una suite sin memoria ni destino,
enroscada en los recuerdos del comienzo,
allá lejos, por los viejos caminos.
Con Lito y el Flaco en la mirada,
con La Cueva y Barrock como bandera,
todo parecía simple y verdadero,
como si la ciudad aún creyera.
Hasta el humo flotando entre las mesas
parecía una poesía improvisada,
y un recital de Pappo o La Pesada
era un canto feroz a la muchachada.
Las rosas todavía eran promesas,
la palabra tenía algún valor,
y el odio y el veneno de estos tiempos
eran metáforas sin definición.
Qué pena la lenta involución,
qué triste ver la grieta convertida
en una acusación de cada día
contra quien sólo defiende su vida.
Hoy, para algunos, alcanza con decir
que no queremos más manos en lo ajeno,
para que nos acusen de estar llenos
de odio, de rencor y de veneno.
Y sin embargo vuelven los recuerdos:
Corrientes, el café y la discusión,
las madrugadas largas del rock viejo,
la libertad latiendo en una canción.
Tal vez no era perfecto aquel tiempo,
pero guardaba una verdad sencilla,
una rosa podía ser un mundo,
y una poesía podía ser la vida

Union de Comerciantes

 Corría el año 1954 y la Argentina atravesaba tiempos económicos difíciles. 
En las calles del barrio, donde los negocios eran mucho más que simples lugares de compra, un grupo de comerciantes comenzó a reunirse con una preocupación común: encontrar la manera de enfrentar juntos las dificultades que afectaban a sus familias, sus emprendimientos y a toda la comunidad.
Eran hombres y mujeres que se conocían desde hacía años. Algunos eran amigos, otros vecinos de toda la vida. 
Compartían las mismas veredas, las mismas preocupaciones y el mismo deseo de ver crecer al barrio. 
Lo que comenzó como conversaciones informales en las que se intercambiaban experiencias y se buscaban soluciones para los problemas cotidianos, pronto se transformó en algo mucho más importante.
Aquellas reuniones demostraron que la unión generaba una fuerza extraordinaria. Las experiencias de unos ayudaban a otros, los conocimientos se complementaban y los proyectos comenzaban a tomar forma. Poco a poco surgió la idea de crear una institución que representara a todos los comerciantes y que trabajara por el desarrollo de la comunidad.
Con esfuerzo y perseverancia se formó una comisión y se iniciaron los trámites para obtener la personería jurídica. Había nacido la Unión de Comerciantes, una entidad que con el tiempo se convertiría en una de las organizaciones más queridas y respetadas del barrio.
Los primeros objetivos fueron simples pero fundamentales: asociar a los comerciantes y fomentar la vida comunitaria. Junto al mástil de la plazoleta de Tronador comenzaron a organizarse los festejos patrios. Allí se izaba la bandera argentina y vecinos de todas las edades compartían actos, encuentros y celebraciones que fortalecían el sentido de pertenencia.
También surgieron iniciativas que hoy parecen sencillas, pero que en aquellos años tenían un profundo valor social. En cada fecha especial, como el Día de la Madre, el Día del Niño o las fiestas de fin de año, los comercios exhibían mensajes de salutación para los vecinos. Esos pequeños gestos contribuían a fortalecer los vínculos entre quienes vivían y trabajaban en el barrio.
En aquella época, los comercios ocupaban un lugar central en la vida cotidiana. No existían supermercados ni grandes cadenas comerciales. Las compras se realizaban en los negocios de cercanía y el trato personal era la norma. 
Tampoco existían tarjetas de crédito ni medios electrónicos de pago: todo se hacía en efectivo y la confianza era una parte fundamental de cada operación.
Los comerciantes eran verdaderos referentes barriales. Sus apellidos formaban parte de la identidad del lugar y eran conocidos por generaciones enteras. Nombres como Galavani, Stella, Gómez, Spienza y muchos otros fueron protagonistas de aquellos primeros encuentros y dejaron una huella imborrable en la historia de la institución.
Mientras la Unión de Comerciantes consolidaba sus actividades, otro movimiento comenzaba a crecer en el barrio: el cooperativismo. Vecinos visionarios impulsaban formas de ayuda mutua, créditos solidarios y proyectos destinados a mejorar la calidad de vida de toda la comunidad. Con el paso del tiempo, ambas iniciativas terminaron complementándose y fortaleciendo el desarrollo barrial.
Uno de los mayores logros llegó cuando, gracias al respaldo de la Cooperativa de Créditos y al compromiso de varios comerciantes que aceptaron convertirse en garantes, fue posible acceder a un préstamo para adquirir una sede propia.
La ubicación elegida tenía un enorme valor simbólico: el primer piso de la esquina de Avenida del Tejar y Tronador, una de las esquinas más importantes del barrio. Allí se compraron dos oficinas que luego fueron unificadas para crear un salón de reuniones, una secretaría y un baño.
Conseguir aquella sede no fue sencillo. Requirió años de esfuerzo, cuotas pagadas mes a mes y una enorme confianza en el futuro. Comerciantes como Giménez, Fumo, Méndez, Santos, Trípodi, Casenave, Marrero y muchos otros asumieron responsabilidades personales para que el sueño pudiera hacerse realidad.
Aquellas oficinas se transformaron rápidamente en mucho más que una sede institucional. Fueron un verdadero centro de servicios para los comerciantes y profesionales del barrio. Allí atendían periódicamente un contador y un abogado que brindaban asesoramiento gratuito a los asociados, ayudando a resolver problemas y acompañando el crecimiento de numerosos emprendimientos.
La institución funcionaba con una organización ejemplar. Un cobrador recorría los comercios para recaudar las cuotas sociales que permitían sostener los gastos básicos, mientras que la administración se realizaba con transparencia y responsabilidad. Cada decisión era tomada colectivamente, siempre pensando en el beneficio de la comunidad.
Con los años, la Unión de Comerciantes se convirtió en una presencia permanente en la vida barrial. Participaba activamente en los actos patrios, organizaba desfiles con bandas de distintas fuerzas y mantenía una estructura institucional sólida integrada por presidentes, secretarios, tesoreros y vocales que dedicaban su tiempo de manera desinteresada.
Las memorias y balances anuales culminaban con grandes cenas que reunían entre trescientas y quinientas personas. Eran noches de encuentro, celebración y reconocimiento, donde no faltaban sorteos y premios aportados por los propios comerciantes y fabricantes de la zona.
Pero quizás el recuerdo más vivo permanece en las actividades que marcaron la infancia y la juventud de generaciones enteras. La carroza del Día de la Primavera, el Tren de la Alegría para el Día del Niño, los sorteos para las madres, los campeonatos de fútbol y los inolvidables corsos de carnaval transformaban las calles en espacios de encuentro y alegría.
Durante décadas, la Unión de Comerciantes fue mucho más que una institución. Fue el reflejo de un barrio organizado, solidario y comprometido con su propio destino.
Sin embargo, el paso del tiempo fue cambiando las costumbres. Los comercios tradicionales comenzaron a desaparecer, las formas de participación comunitaria se transformaron y cada vez resultó más difícil encontrar vecinos dispuestos a dedicar parte de su tiempo a la vida institucional.
Poco a poco, la participación fue disminuyendo. Lo que alguna vez había sido una organización vibrante y multitudinaria quedó sostenido por un grupo cada vez más reducido de personas. Hasta que finalmente la actividad fue apagándose.
La pérdida de la sede representó uno de los golpes más dolorosos. Aquel espacio que había sido conseguido con tanto esfuerzo, sacrificio y compromiso dejó de cumplir la función para la que había sido creado. Con él pareció diluirse también una parte importante de la memoria colectiva del barrio.
Sin embargo, las instituciones no viven únicamente en los edificios. También sobreviven en los recuerdos de quienes las construyeron y en las historias que continúan transmitiéndose de generación en generación.
Por eso, cuando se evocan aquellas cenas multitudinarias, los corsos, los campeonatos, el Tren de la Alegría o los festejos patrios, no se recuerda solamente a una comisión de comerciantes. Se recuerda a un barrio entero que supo trabajar unido.
Quizás el mejor homenaje para aquellos pioneros sea recuperar ese espíritu. Volver a creer que la unión, la solidaridad y el compromiso comunitario pueden transformar la realidad. Porque si aquellos hombres y mujeres lograron construir una institución ejemplar en tiempos difíciles, tal vez las nuevas generaciones también puedan devolverle vida a ese sueño que alguna vez hizo de este barrio un ejemplo para toda la ciudad. 

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...