Hay nombres que nacen solemnes,
con pretensiones de eternidad,
y hay otros que parecen una broma
escapada de alguna sobremesa isleña.
Pero en el Delta,
donde los secretos viajan sobre el agua
y los sauces saben guardar silencio,
hasta los nombres más curiosos
terminan convirtiéndose en leyenda.
Así sucede con el Gallo Fiambre.
Arroyo angosto, casi tímido,
escondido entre verdes cortinas de ceibos,
que a pocos minutos de Tigre
parece separarse del mundo
para refugiarse en un tiempo distinto.
Allí las lanchas pasan despacio,
como quien no quiere despertar recuerdos,
y los remos de los kayaks
dibujan círculos de plata
sobre un espejo de agua dormida.
Dicen que los viejos franciscanos
llegaron cuando las islas todavía olían
a monte nuevo y a promesa.
Traían la fe en una mano y el trabajo en la otra.
Levantaron escuela, enseñaron oficios,
curaron tristezas, acompañaron nacimientos
y despidieron despedidas.
Y mientras las campanas
se mezclaban con el canto de los pájaros,
el convento fue creciendo, ladrillo sobre ladrillo,
hasta convertirse en un faro
entre los laberintos del Delta.
Todavía hoy, cuando la tarde se vuelve dorada,
parece que sus muros guardaran
las voces de aquellos frailes
que caminaron los senderos de barro
rezando por los isleños.
Y cuenta la leyenda,
porque toda isla merece una leyenda,
que los monjes cocinaban viejos gallos,
largamente hervidos,
hasta volver tierna la carne rebelde.
Después los cortaban en finas lonjas,
como si fueran fiambre y entre risas,
comentarios de muelle y picardías de almacén,
el arroyo terminó heredando
el nombre más simpático
de toda la geografía isleña.
Gallo Fiambre.
Un nombre que provoca sonrisas,
pero que esconde más historia
que muchos nombres ilustres.
Porque por esas aguas
también navegaron las épocas de abundancia.
Cuando las manzanas crecían por millones
y los montes frutales
vestían de flores las islas enteras.
Cuando las chatas cargadas de cosechas
surcaban los canales,
y el trabajo tenía aroma
a fruta madura y madera recién cortada.
Muy cerca del convento,
la vieja Sidra Real transformaba la cosecha
en brindis populares.
Las manzanas llegaban desde cada rincón,
y el Delta parecía un inmenso jardín
flotando sobre el Paraná.
Aquellos fueron años felices.
Años de familias numerosas,
de escuelas llenas, de almacenes bulliciosos
y de bailes que duraban hasta el amanecer.
Pero el río, que tantas veces regala,
también sabe reclamar.
Y llegó la gran sudestada.
Las aguas crecieron sin piedad.
Los montes quedaron heridos.
Las quintas desaparecieron y la abundancia se volvió recuerdo.
La fábrica partió hacia el sur,
siguiendo el destino de las manzanas,
y muchos isleños emprendieron otros caminos.
Quedaron los silencios.
Quedaron los embarcaderos vacíos.
Quedaron los recuerdos flotando entre los juncos.
Sin embargo, hay lugares que se niegan a desaparecer.
El arroyo Gallo Fiambre es uno de ellos.
Porque la memoria tiene raíces profundas.
Porque los sauces siguen inclinándose
sobre las mismas aguas.
Porque las garzas continúan vigilando
desde los mismos troncos.
Y porque el viejo convento,
rescatado del abandono,volvió a respirar.
Hoy sus paredes restauradas
miran nuevamente el río.
Ya no escucha los rezos de antaño
ni las clases de los primeros alumnos,
pero conserva intacta
la nobleza de sus días mejores.
Y cuando cae la tarde,
cuando el cielo se vuelve naranja
y el agua refleja las primeras estrellas,
parece que todo el Delta
contara una misma historia.
La historia de quienes llegaron,
de quienes trabajaron,
de quienes amaron estas islas
hasta convertirlas en hogar.
Porque el Gallo Fiambre no es solamente un arroyo.
Es una fotografía viva de la época dorada del Delta.
Es un refugio para la memoria.
Es un rincón donde la historia
todavía conversa con el presente.
Y es también, para quienes navegan sus aguas serenas,
un lugar perfecto para enamorarse.
Porque hay amores que nacen
en avenidas iluminadas.
Y otros, más sinceros, más lentos, más profundos,
nacen mientras una lancha avanza despacio
entre las sombras verdes del Delta,
mientras el convento aparece entre los árboles,
mientras el río guarda silencio,
y mientras el viejo Gallo Fiambre,
con su nombre travieso y entrañable,
sigue contando historias a quien quiera escucharlas.