viernes, 24 de julio de 2026

 Hay perfumes que nacen en el vidrio,
que duermen en frascos elegantes,
que esperan la tibieza de unas manos
para despertar apenas unas horas
y luego marcharse,
como se marcha la lluvia sobre las piedras,
sin dejar más memoria
que un nombre escrito en el aire.
Pero el suyo no.
El suyo no conoce escaparates,
ni etiquetas doradas,
ni anuncios luminosos en las grandes ciudades.
Su perfume es antiguo como la primera mujer,
y nuevo como la aurora que se derrama
cada mañana sobre el mundo.
Se esfuman los perfumes de su cuerpo
con la misma rapidez con que el tiempo
nos roba los días y los sueños.
Sin embargo, permanece ella,
con ese aroma secreto
que no se compra ni se vende,
porque nació con ella
el día en que la vida decidió darle forma.
Hay en su piel una historia silenciosa,
una música que sólo escuchan
los que saben mirar más allá de los ojos.
Y cuando camina,
parece que el aire aprende su nombre
y lo repite en voz baja
para no despertar a las estrellas.
Su verdadera fragancia
no cabe en un envase.
Viene con ella,
como viene la luna con la noche,
como viene el mar con su eterna nostalgia.
Es un perfume que cambia,
que crece y se enciende
según el instante que habita su corazón.
Hay días en que huele a primavera,
a jardines recién despiertos,
a flores que se abren sin pedir permiso.
Y otros días,
cuando la tristeza le visita los pensamientos,
su aroma tiene la profundidad
de la tierra después de la lluvia.
Es la intensidad de estar viva.
Y entonces,
sobre su suave y bella piel,
brilla el leve resplandor de la existencia,
ese que nace en los diminutos poros
cuando el verano abraza la tarde
y el mundo parece detenerse un momento
para contemplar el milagro de ser mujer.
La vida, con sus antiguas costumbres,
la cubre con telas, con formas, con nombres,
con deberes y calendarios.
Nos enseña a respetar la distancia,
a vestir los sentimientos,
a esconder bajo las palabras
lo que el alma quisiera decir a gritos.
Pero ni la tela más espesa
puede ocultar lo esencial.
Porque ella sigue siendo ella.
Única e irrepetible.
Como una melodía que jamás volverá a escribirse
de la misma manera.
Como un cometa que atraviesa una sola vez
la inmensidad del cielo.
Y aunque el tiempo insista
en dejarnos algunas canas y varias nostalgias,
hay cosas que no envejecen.
Su perfume es una de ellas.
No hablo de esencias extranjeras,
ni de notas de jazmín o de sándalo.
Hablo de ese misterio imposible de nombrar,
de esa presencia que permanece
mucho después de que ha partido.
Porque hay mujeres que dejan recuerdos.
Y hay mujeres que dejan estaciones enteras.
Ella pertenece a estas últimas.
Su perfume no anuncia su llegada,
la revela.
Está en la manera en que sonríe,
en la ternura que esconde detrás de sus silencios,
en la luz que derrama sobre las horas más simples,
en la manera en que convierte un instante cualquiera
en un lugar digno de ser recordado.
Y si alguna vez me preguntaran
a qué huele la eternidad,
no buscaría respuestas en antiguos libros
ni en las vitrinas del mundo.
Diría, sencillamente, que huele a ella.
A esa mujer que lleva consigo
el único perfume que jamás desaparecerá,
el de su propia esencia,
el de su historia, el de su alma.
Porque al final,
cuando todos los frascos estén vacíos
y el tiempo haya borrado nuestros pasos sobre la tierra,
seguirá existiendo ese aroma invisible
que ninguna mano pudo fabricar.
Ese perfume que simplemente huele a mujer.
Y basta una vez en la vida
haberlo sentido de cerca,
para comprender
que hay fragancias que pasan,
y otras, como ella,
que permanecen para siempre. 

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