viernes, 24 de julio de 2026

 Me atropelló su manera sensual de saludarme,
y la noche, sin pedir permiso, se vistió de fiesta en microsegundos.
El río detuvo su antiguo murmullo para contemplarnos,
y aquella esquina solitaria de la plaza
dejó de ser un lugar en el mundo
para convertirse en el sitio exacto donde el destino decidió alcanzarme.
La vi aparecer como aparecen los milagros.
Caminaba hacia un inmenso mar de luces,
y cada paso suyo parecía inventar un nuevo latido en mi pecho.
Había en su andar una mezcla de dulzura y de fuego,
esa elegancia silenciosa de quien ha aprendido a levantarse
cada vez que la vida le ha puesto una piedra en el camino.
Luego descendió aquella escalera fría e inclinada,
y comprendí que la belleza no siempre habita en la perfección,
sino en la valentía de quienes siguen avanzando
cuando el alma está cansada.
Porque ella es así:
una mujer capaz de mirar de frente a sus tormentas,
de abrazar sus cicatrices sin avergonzarse de ellas,
de sostener la esperanza con ambas manos
aunque el tiempo insista en ponerle obstáculos.
Y yo la miraba.
La miraba como quien contempla por primera vez el mar,
como quien descubre que los sueños, a veces,
también tienen nombre, voz y mirada.
Entonces ocurrió.
En aquel microespacio donde dos respiraciones se encontraron,
sus labios rozaron los míos
y el universo olvidó por un instante continuar su marcha.
Fue un beso que no pidió permiso,
un beso que dijo más que mil palabras,
más que todos los poemas que aún no he escrito,
más que todas las promesas que alguna vez se hicieron los amantes bajo la luna.
Y en ese instante supe.
Supe que el río volvería a repetir su nombre en cada orilla.
Supe que las estrellas guardarían para siempre la memoria de sus ojos.
Supe que mi piel aprendería el idioma secreto de sus caricias
y que mi corazón, al fin, había encontrado su casa.
Desde aquella noche, el tiempo ya no se mide en horas,
sino en momentos compartidos:
en la forma en que me sonríe,
en la manera en que busca mi mano sin darse cuenta,
en el brillo que aparece en sus ojos cuando la felicidad la visita.
Porque ella está aquí.
Está a mi lado mientras escribo estas palabras,
y todavía consigue desordenarme el alma con un simple saludo.
Todavía logra que el mundo desaparezca cuando me besa.
Todavía convierte cualquier rincón en una celebración
y cualquier silencio en una conversación infinita.
A veces la observo sin que lo note,
y me descubro agradeciendo a la vida por haber insistido tanto.
Porque después de tantas despedidas, de tantos inviernos,
de tantas noches en las que pensé que el amor era apenas un recuerdo, llegó ella.
Y llegó para quedarse.
Ahora comprendo que el verdadero amor
no es solamente el vértigo de un primer beso,
sino la inmensa fortuna de despertar y encontrarla a mi lado;
de saber que, cuando el mundo se vuelva difícil,
habrá dos corazones enfrentando la tormenta en lugar de uno.
Ella está aquí, con la ternura de sus manos,
con la fortaleza de su historia,
con esa manera única e irrepetible de habitar mi vida.
Y si mañana el destino vuelve a desafiarnos,
caminaré junto a ella.
Si el camino se vuelve empinado,
seré la mano que la acompañe al descender cada escalera.
Y si alguna vez la tristeza intenta alcanzarnos,
volveré a besarla como aquella noche,
para recordarle que existen amores capaces de vencer al tiempo.
Porque ya no existe un yo sin ella.
Existe un nosotros.
Un nosotros escrito en la memoria del río,
en la sombra de aquella plaza, en el frío de aquella escalera,
en la eternidad de aquel beso
y en este presente maravilloso donde puedo decir,
con la absoluta certeza de quien ha encontrado un milagro,
que el amor tiene su nombre, su perfume,
la suavidad de su piel, la luz de sus ojos cuando me mira,
y el refugio perfecto de sus brazos.
Y mientras la noche vuelve a vestirse de fiesta allá afuera,
yo sólo puedo darle gracias a la vida.
Porque entre millones de caminos posibles,
entre infinitos encuentros que nunca ocurrieron,
el destino me concedió el más hermoso de todos,
tenerla a mi lado, amarla como la amo,
y saber, con la serenidad de quien ya no le teme al mañana,
que hay amores que no terminan nunca.
Simplemente permanecen, como el río,
como las estrellas, como aquel primer beso,
y como ella... que sigue aquí, a mi lado,
haciendo que mi corazón vuelva a enamorarse de la misma mujer,
todos los días de mi vida.

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