martes, 6 de octubre de 2026

Afuera de la realidad.

 El reloj seguía girando, obstinado, como si nada extraordinario estuviera ocurriendo. 
Pero nosotros lo habíamos abandonado hacía rato, perdido en algún lugar de nuestros pensamientos. 
Ya no sabíamos qué hora era, ni cuánto tiempo llevaba sucediendo aquello. 
Habíamos dejado de mirarlo porque, de alguna manera, mirar el reloj significaba volver al mundo, y ninguno de los dos parecía tener demasiadas ganas de regresar.
El tiempo continuaba avanzando, sí, pero nosotros habíamos encontrado una pequeña forma de quedarnos quietos dentro de él.
Todo comenzó con una sencillez casi inocente. Una mirada que duró un poco más de lo necesario. Una sonrisa que ninguno quiso explicar. 
El silencio que, en lugar de incomodarnos, empezó a decir cosas que todavía no sabíamos pronunciar.
Y entonces comprendí que hay momentos en los que dos personas dejan de estar simplemente juntas y empiezan, poco a poco, a reconocerse.
No era necesario hablar.
Había algo en tu manera de mirarme que parecía decirme que entendías. 
Algo en mi manera de quedarme cerca de vos que quizá respondía lo mismo. 
Como si, sin haberlo acordado, hubiéramos encontrado un idioma propio hecho de silencios, de pequeñas sonrisas y de esa confianza que aparece cuando uno deja de sentir la necesidad de protegerse.
La noche se fue haciendo más noche sin que nos diéramos cuenta.
Afuera, el mundo seguía con sus ruidos, sus luces y sus obligaciones. 
Adentro, en cambio, todo parecía haberse vuelto más lento. 
Hasta la respiración parecía formar parte de aquella calma.
Por un momento tuve la extraña certeza de que no necesitábamos nada más, ni explicaciones, ni promesas, ni palabras demasiado grandes.
Solamente estar; después llegó la ducha, y por un instante pensé que aquel sería el punto final de la noche. 
Como si el agua pudiera llevarse consigo todo lo vivido y devolvernos, poco a poco, a la realidad.
Pero no fue así.
Fue apenas otra habitación de aquel mismo encuentro; el vapor comenzó a llenar el espacio y el espejo dejó de devolvernos una imagen clara. 
Todo se volvió difuso, como si hasta nuestros reflejos hubieran decidido respetar aquel momento y desaparecer un poco; solo quedó la luz tenue de una vela.
Su reflejo temblaba sobre las superficies húmedas y parecía acompañarnos en silencio. 
Y allí comprendí algo que no había podido comprender antes: que la verdadera cercanía no siempre consiste en acercarse más, sino en sentirse menos solo cuando el otro está cerca.
Cerré los ojos.
Y por un instante sentí que no había distancia entre nosotros, no porque hubiéramos dejado de ser dos personas, sino porque nuestras preocupaciones, nuestros miedos y todas aquellas cosas que normalmente nos mantenían a la defensiva parecían haberse quedado afuera.
Éramos simplemente nosotros, sin pasado, sin futuro.
Sin necesidad de saber qué ocurriría después.
Solo ese instante, aquella noche con la certeza de que había algo entre nosotros que no necesitaba explicación para ser verdadero.
El agua continuaba cayendo y el tiempo seguía avanzando, aunque ya no parecía tener importancia. Cada minuto que pasaba no se sentía como un minuto perdido, sino como algo que estábamos guardando en algún lugar secreto de la memoria.
Y quizá por eso ninguno quiso apresurarse; había momentos que no estaban hechos para terminar rápidamente, estaban hechos para ser recordados.
Cuando finalmente el agua se detuvo, el silencio que quedó después fue casi perfecto; nos miramos y ninguno dijo nada. No hacía falta.
Habíamos llegado a ese extraño lugar en el que las palabras empiezan a resultar pequeñas frente a lo que uno siente.
Entonces comprendí que quizá aquello era lo verdaderamente maravilloso: no haber llegado a ningún final, sino haber descubierto el camino para conocernos un poco más.
Conocer al otro, conocernos nosotros mismos.
Aprender que la confianza también puede ser una forma de intimidad y que existen encuentros que no necesitan ser explicados para permanecer.
El reloj seguía girando, pero aquella noche ya no nos pertenecía el tiempo.
De algún modo, nosotros habíamos conseguido quedarnos un poco fuera de él.

Conociendonos.

 No se trataba de llegar a un final, sino de aprender a recorrer el camino.
Desde el comienzo comprendimos que aquel encuentro necesitaba tiempo. 
No el tiempo apurado de los relojes cotidianos, ese que divide las horas en obligaciones y las convierte en una sucesión de minutos que debemos alcanzar, sino un tiempo diferente, más lento y más atento. Por eso dejamos un reloj cerca, no para apresurarnos, sino precisamente para recordar que no había ninguna razón para hacerlo.
Al principio pensamos que veinte minutos serían suficientes. 
Veinte minutos para detenernos, para respirar, para dejar que el silencio encontrara su lugar entre nosotros. Pero el tiempo comenzó a comportarse de otra manera. 
Sin darnos cuenta, aquella primera medida se transformó en media hora, luego en una hora, y finalmente descubrimos que podíamos permanecer allí mucho más de lo que habíamos imaginado.
Todo contribuía a esa sensación.
La luz tenue de una vela apenas alcanzaba para dibujar los contornos de la habitación. 
Afuera continuaba existiendo el mundo, con sus ruidos, sus vehículos lejanos y sus preocupaciones, pero allí dentro parecía haberse detenido. 
Una música serena acompañaba el silencio y, de vez en cuando, alguna palabra suave aparecía para volver a encontrarnos.
El aroma de los aceites llenaba lentamente el espacio. El aceite de coco, elegido por su suavidad, se convirtió en parte de aquel ritual de cuidado, como también los aromas dulces y delicados que fuimos incorporando sin prisa. 
Todo debía ser sencillo, agradable y respetuoso: nada impuesto, nada apresurado.
Porque descubrimos que el verdadero sentido estaba precisamente allí: en prestar atención.
Aprender a escuchar al otro no solamente con las palabras, sino también con las pausas, con los silencios, con la manera en que respiraba, con aquello que parecía decir sin necesidad de pronunciarlo. Y, al mismo tiempo, aprender a escuchar nuestro propio cuerpo, reconocer sus límites, sus necesidades y sus formas particulares de expresar comodidad, confianza y tranquilidad.
El tiempo seguía pasando.
El minutero daba una vuelta y después otra, y cada vuelta parecía llevarnos un poco más lejos de la ansiedad con la que habíamos comenzado. 
Ya no importaba cuánto tiempo había transcurrido. Importaba el momento mismo, esa sensación de estar presentes sin necesidad de alcanzar nada.
También había espacio para compartir pequeños sabores, bebidas y dulces, siempre como parte de aquella atmósfera pausada. No eran lo importante, sino pequeños detalles alrededor de lo verdaderamente esencial: la compañía, la confianza y la posibilidad de permanecer juntos sin convertir el encuentro en una carrera hacia ninguna parte.
Con el paso de los minutos comprendimos algo que al principio no habíamos sabido nombrar: el verdadero conocimiento del otro no aparece de repente. Se construye lentamente.
Es conocer sus silencios, es aprender cuándo hablar y cuándo permanecer callado, es descubrir que cada persona tiene su propio ritmo y que respetarlo también es una forma de afecto, es entender que nuestro propio cuerpo tampoco es un territorio que se conoce de una sola vez, sino un lugar que vamos descubriendo con paciencia a lo largo de la vida.
Quizá por eso el tantra puede entenderse, más que como una búsqueda de un resultado, como un camino. Un camino de presencia, de atención y de conocimiento. Una manera de comprender que el encuentro puede ser mucho más profundo cuando dejamos de pensar en llegar y comenzamos a valorar cada paso.
No había una meta que alcanzar, no había un límite que superar, había solamente un recorrido.
Y en ese recorrido, cada minuto parecía adquirir un significado nuevo. La primera hora pasó casi sin que nos diéramos cuenta, y aquello que habíamos imaginado como un breve momento se había transformado en una experiencia mucho más extensa, serena y reflexiva.
El reloj continuaba allí, pero ya no mandaba sobre nosotros; las horas podían avanzar.
La vela podía consumirse lentamente.
La música podía repetirse.
El mundo podía continuar al otro lado de la puerta y nosotros, en cambio, habíamos aprendido a permanecer en el instante.
Tal vez esa sea una de las enseñanzas más profundas de cualquier camino de conocimiento: comprender que no todo aquello que importa debe conducirnos hacia un final. Algunas experiencias adquieren su verdadero valor precisamente porque no necesitan terminar para tener sentido.
El camino es el conocimiento, el camino es la paciencia, el camino es descubrir al otro sin pretender poseerlo y descubrirnos a nosotros mismos sin exigirnos ser diferentes.
Y quizá sea por eso que ciertas experiencias resultan imposibles de explicar completamente con palabras. Quienes han aprendido a recorrerlas desde la calma, el respeto y la presencia pueden comprender que lo inolvidable no siempre está en aquello que sucede al final, sino en todo lo que se descubre mientras se avanza.
Porque, al fin y al cabo, el verdadero viaje nunca fue hacia un destino, fue hacia el conocimiento del otro.
Y, a través de ese otro, hacia el conocimiento de nosotros mismos.

lunes, 5 de octubre de 2026

El lugar donde todavía podemos descubrirnos.

 Quizá el tantra sea mucho más que una práctica. 
Quizá sea una manera diferente de detener el tiempo, de volver al cuerpo y de encontrarnos con la otra persona desde un lugar donde no existen las prisas ni la necesidad de demostrar nada. 
En una relación, incluso cuando creemos conocer profundamente a quien tenemos delante, siempre existe algo nuevo por descubrir. 
Las personas cambian, los deseos se transforman, aparecen nuevas necesidades y también nuevas formas de entender la cercanía. 
Por eso, descubrirse no debería ser algo que termina, sino un camino que puede recorrerse una y otra vez.
El tantra propone precisamente eso: estar presentes, respirar, escuchar y permitir que el encuentro suceda lentamente. 
Y quizá el lugar tenga también su importancia. 
El piso puede convertirse en ese espacio sencillo donde abandonar por un momento las preocupaciones cotidianas y sentir el cuerpo sostenido por la tierra. 
La tierra tiene algo ancestral, algo que nos devuelve a lo esencial. 
No exige, no apresura, no pregunta cuánto tiempo necesitamos. 
Simplemente sostiene, estar cerca de ella puede convertirse en una forma simbólica de recordar que somos parte de algo mucho más grande y que, antes de cualquier expectativa, estamos allí para compartir un mismo instante.
La música puede completar ese pequeño universo. 
Una melodía suave, profunda, que no pretenda conducirnos hacia ninguna parte, sino acompañar nuestra respiración y llenar los silencios. 
Que la música se convierta casi en una tercera presencia: envolvente, serena, capaz de marcar un ritmo diferente al del mundo exterior. 
Entonces el piso, la tierra y la música dejan de ser simples elementos del ambiente y pasan a formar parte de una misma experiencia: la tierra sostiene, el cuerpo permanece presente y la música acompaña.
No hace falta apresurarse. 
Podemos cerrar los ojos, respirar, escuchar y después volver a mirarnos. Podemos permitir que el silencio también tenga su lugar. 
El tantra nos recuerda que la intimidad no depende necesariamente de alcanzar una meta, sino de la capacidad de permanecer atentos a lo que sucede en cada momento. 
El verdadero propósito puede estar en el camino, en la posibilidad de descubrir cómo cambia una mirada cuando dejamos de pensar en lo que vendrá después, cómo una conversación puede adquirir otro significado cuando existe verdadera atención y cómo dos personas pueden sentirse más cerca simplemente porque se conceden el tiempo necesario para estar realmente presentes.
Tampoco debería existir vergüenza en querer conocerse más ni miedo a reconocer que todavía hay aspectos del otro que permanecen desconocidos.
 La confianza permite hablar de deseos, límites, inseguridades y necesidades sin temor a ser juzgados. Y esa libertad, basada siempre en el respeto y en el consentimiento, puede abrir un espacio de intimidad mucho más profundo que cualquier técnica.
Tal vez una de las cosas más hermosas sea comprender que la edad no cierra las puertas del descubrimiento. 
Al contrario, los años pueden aportar una mirada diferente sobre la intimidad: menos preocupada por las apariencias y más consciente del valor del tiempo, de la confianza, de la ternura y de la presencia. 
Ya no se trata de demostrar nada, sino de permitirse vivir plenamente aquello que se comparte.
Que el cuerpo encuentre su lugar sobre el piso, que la tierra recuerde nuestra conexión con lo esencial, que la música acompañe la respiración y que el tantra sea el hilo que una todo. Sin apuro, sin exigencias y sin la obligación de llegar a ninguna parte. 
Simplemente estar allí, juntos, descubriendo que incluso cuando creemos que ya conocemos al otro, siempre puede aparecer una mirada nueva, una conversación inesperada, una forma diferente de acercarnos o una parte de nosotros mismos que todavía no habíamos mostrado.
Porque quizá nunca terminamos de descubrir a una persona cuando todavía somos capaces de mirarla con curiosidad.
Y tal vez esa sea una de las formas más profundas de la intimidad: no creer que ya lo sabemos todo, sino conservar la disposición para seguir descubriendo.

domingo, 4 de octubre de 2026

EL LUGAR DONDE DUELE EL ALMA:


 Hay personas que pasan por el dolor y hay otras que, como Frida, entran en él, lo miran de frente y se atreven a pintarlo.
Su cuerpo fue muchas veces territorio de batalla.
El dolor físico, las operaciones, las pérdidas, las decepciones, los amores que lastimaron y las soledades fueron dejando marcas que no siempre podían verse.
Pero Frida hizo algo extraordinario con todo aquello: no intentó borrar sus heridas.
Las convirtió en lenguaje.
Se pintó a sí misma porque quizá nadie podía contar su historia como ella.
En sus autorretratos no hay solamente una mujer frente a un espejo. Hay una mujer preguntándose quién es después de haberlo perdido casi todo; una mujer que observa sus propias cicatrices y decide que también ellas merecen ser miradas.
Frida no pintaba para decir que el sufrimiento era hermoso.
Pintaba porque necesitaba sobrevivir a él y tal vez ahí reside la fuerza de su obra.
En comprender que el arte no siempre nace de la felicidad.
A veces nace de aquello que nos rompe, de aquello que no sabemos cómo explicar, de esas noches en las que uno permanece en silencio porque las palabras ya no alcanzan.
Frida convirtió su dolor en colores.
Su soledad en autorretratos.
Sus heridas en memoria.
Y su vida, con todas sus contradicciones, en una obra que todavía nos mira desde el otro lado del tiempo.
Quizás por eso seguimos encontrándola.
Porque todos llevamos alguna herida que nadie ve.
Y porque, en algún momento de la vida, también nosotros necesitamos aprender a mirar aquello que nos dolió sin apartar los ojos.
Frida nos recuerda que una herida no siempre es el final de una historia.
A veces puede ser el lugar exacto desde donde comienza a nacer nuestra voz.
Ella no pintó para olvidar el dolor.
Pintó para que el dolor no tuviera la última palabra.

Lluvia y Luna.

Un domingo de sol en Buenos Aires,
una esquina de luna en mi barrio,
y a unas cuadras, la tormenta
llevándose las flores
por el medio de la avenida.
Así es Buenos Aires:
el Obelisco, un buzón,
un bandoneón y un tango
mezclados con la ternura
de sus días y sus noches.
Y entre todo eso, vos.
Como una noche de primavera
a orillas de la luna,
con el perfume de la lluvia
sobre el asfalto mojado.
No quisiera encontrarte:
te encontré.
En una esquina cualquiera,
cuando la tormenta se alejaba
y Buenos Aires volvía a respirar.

Desde entonces,
hay calles que tienen tu nombre
y una luna que, cuando aparece,
se parece un poco a vos.

El Forjador.

 Hay edificios que simplemente forman parte del paisaje de una ciudad y otros que, cuando uno conoce su historia, parecen adquirir una vida propia. En pleno Casco Histórico de Buenos Aires, sobre la calle Perú 535, entre México y Venezuela, existe una construcción que pertenece a esa segunda categoría. 
A simple vista puede parecer una antigua fachada más entre tantas que sobreviven en esta parte de la ciudad, pero detrás de sus paredes y de su estructura metálica se esconde una historia que comienza hace más de un siglo y que nos lleva hasta Francia, hasta la época en que el hierro comenzaba a cambiar para siempre la arquitectura y la industria. 
El edificio es conocido como El Forjador, y su nombre ya parece anticiparnos algo de la historia que vamos a encontrar.
A fines del siglo XIX, Buenos Aires era una ciudad que crecía rápidamente. Llegaban inmigrantes de distintos lugares de Europa, se extendían los ferrocarriles, aparecían nuevas industrias y las máquinas comenzaban a transformar las formas tradicionales de trabajar. Era una época de grandes cambios, y la ciudad quería mostrar que también podía formar parte de ese mundo moderno que avanzaba desde Europa. En ese contexto, el ingeniero mecánico Domingo Noccetti impulsó la construcción de un edificio destinado a la exposición y comercialización de maquinaria y herramientas agrícolas. El edificio fue levantado en 1894 y su particularidad estaba en su estructura: el hierro tenía allí un protagonismo que todavía hoy permite imaginar el espíritu industrial de aquellos años.
Pero la historia se vuelve mucho más interesante cuando miramos de cerca el origen de esos elementos. Parte de la estructura y de los componentes metálicos llegaron desde Francia, fabricados como piezas que luego serían trasladadas hasta Buenos Aires. Hay algo casi cinematográfico en imaginar aquel viaje: piezas de hierro preparadas en Europa, desmontadas, cargadas en un barco y enviadas a través del Atlántico hasta esta ciudad que se encontraba a miles de kilómetros de distancia. No llegó un edificio terminado; llegó, por decirlo de alguna manera, un enorme rompecabezas de hierro que debía encontrar aquí su forma definitiva.
Y es precisamente en Francia donde aparece uno de los nombres que hace que la historia de El Forjador resulte todavía más fascinante: Gustave Eiffel. Cuando escuchamos ese apellido pensamos inmediatamente en la famosa torre parisina, pero Eiffel fue mucho más que el hombre asociado a uno de los monumentos más conocidos del mundo. Fue un ingeniero especializado en estructuras metálicas y estuvo vinculado a importantes talleres y proyectos de construcción. La documentación patrimonial de la Ciudad de Buenos Aires señala que la escultura del Forjador que se encuentra en la fachada fue realizada en los talleres de Eiffel en París. No estamos ante una réplica de la Torre Eiffel ni ante una construcción diseñada por Eiffel, pero sí ante un edificio que pertenece a ese extraordinario momento de la historia en el que el hierro se convirtió en símbolo de progreso, de industria y de modernidad.
Quizás sea justamente esa figura que da nombre al edificio la que más llama la atención. El hombre que trabaja el hierro con su martillo quedó detenido en el tiempo, sobre una fachada que vio pasar generaciones enteras. Cuando fue construido, Buenos Aires era muy diferente de la ciudad que conocemos hoy. Por esas calles circulaban carruajes, las comunicaciones eran otras y muchas de las grandes construcciones que actualmente forman parte del paisaje porteño todavía no existían. Sin embargo, aquel forjador permaneció allí mientras todo cambiaba a su alrededor.
En sus primeros años, El Forjador fue un espacio relacionado con la actividad industrial y agrícola. Allí se exhibían máquinas y herramientas destinadas al trabajo rural, en una época en que una nueva maquinaria podía representar una verdadera revolución para quienes trabajaban la tierra. El edificio era, en cierto modo, una vidriera del futuro: mostraba a los porteños las máquinas que estaban transformando el mundo. Con el paso de las décadas, el lugar cambió de usos y de propietarios y posteriormente funcionó allí la conocida Ferretería Hirsch. La ciudad siguió creciendo, las actividades comerciales cambiaron y las nuevas construcciones fueron modificando el entorno, pero aquella estructura de hierro sobrevivió.
Y quizás allí esté el verdadero misterio de El Forjador. No se encuentra escondido en un lugar remoto ni detrás de grandes muros. Está en pleno corazón de Buenos Aires, en una calle por la que miles de personas han pasado sin imaginar todo lo que esa fachada tiene para contar. Basta detenerse unos minutos y mirar con atención para descubrir que detrás de aquellos hierros hay una historia de viajes, de industria, de inmigración, de tecnología y de una ciudad que alguna vez miró hacia Europa buscando las formas de construir su propio futuro.
Pensar que algunos de aquellos elementos metálicos fueron fabricados en Francia, que viajaron por mar y terminaron formando parte de una construcción porteña hace más de cien años resulta casi increíble. Mientras en París el hierro se convertía en protagonista de grandes obras de ingeniería, en Buenos Aires también comenzaba a dejar su huella. El Forjador pertenece a ese tiempo en que las ciudades descubrieron que el hierro podía ser mucho más que una herramienta: podía convertirse en arquitectura, en estructura y también en símbolo.
Hoy, cuando pasamos por Perú 535, podemos detenernos frente al edificio y observar aquello que el tiempo no consiguió borrar. La fachada, el hierro y, sobre todo, la figura del forjador continúan allí como testigos silenciosos de otra Buenos Aires. Quizás el hombre que golpea el metal con su martillo ya no esté trabajando, pero su imagen parece recordarnos que detrás de cada edificio antiguo existe una historia esperando ser contada.
Porque Buenos Aires tiene esa particularidad: muchas veces sus mayores secretos no están ocultos. Están a la vista de todos. Hay que caminar despacio, levantar la mirada y preguntarse qué ocurrió allí antes de que nosotros llegáramos. El Forjador es uno de esos lugares. Una construcción nacida en una época de grandes transformaciones, vinculada a la industria, al hierro y a una Europa que exportaba tecnología hacia el otro lado del océano.
Más de un siglo después, aquel edificio sigue en pie. Y quizás eso sea lo más hermoso de su historia. Las máquinas desaparecieron, cambiaron los negocios, cambiaron las calles y cambió la ciudad. Pero el hierro permaneció. Permaneció la fachada. Permaneció el forjador. Y permaneció, escondida entre las calles del Casco Histórico, una pequeña parte de aquella Buenos Aires que soñaba con el futuro.
El Forjador está en Perú 535, entre México y Venezuela. La próxima vez que pases por allí, quizás ya no veas solamente un edificio antiguo. Tal vez veas las piezas de hierro llegando desde Francia, el ruido de un taller, un barco atravesando el Atlántico y a un hombre que, desde hace más de cien años, parece seguir golpeando el hierro con su martillo.
Porque algunas historias no necesitan ser inventadas.
Solo necesitan que alguien se detenga a mirarlas.

jueves, 1 de octubre de 2026

El Imparcial.

Hay lugares que no envejecen,
se vuelven Buenos Aires.
Desde 1860,
entre azulejos, madera y recuerdos,
El Imparcial guarda en sus mesas
el perfume de otra ciudad.
Acá el mozo conoce el oficio,
el mar llega servido en un plato,
y el tiempo se queda un rato
charlando en alguna mesa.
Y hay una vieja ley
que todavía se respeta:
de política y religión,
mejor no hablar.
Porque acá la única discusión
es si estuvo mejor la paella,
los mariscos o el café.

Y así, entre copas, historias y silencios,
uno entiende que hay rincones
donde Buenos Aires
todavía se sienta a comer.

Deleito.

 Cometí el delito de besarla,
y desde aquel instante
quedé encerrado en el amor…
ese que jamás quise,
ese que no permití que me rozara
ni siquiera lentamente.
Pero aquella noche,
a orillas del río,
entre la brisa, la penumbra
y el secreto tibio de su boca,
caí en mi propia trampa.
Y lo más extraño de todo
es que nunca intenté escapar.
Hoy navego junto a ella,
rumbo al Paraná,
y mientras el agua nos abre camino,
lo cuento entre sonrisas a mis amigos,
como quien confiesa una travesura
que volvería a cometer mil veces.
Ellos se ríen…
sin saber que hay delitos
que no merecen condena,
besos que cambian el rumbo
y mujeres que, sin cadenas ni promesas,
te dejan prisionero de su piel,
de su mirada,
de esa manera suya de acercarse
y desordenarte el alma.
Yo, que nunca quise caer en el amor,
cometí el peor de los errores:
besarla aquella noche junto al río…
y descubrir que mi única condena
era no querer salir jamás de ella.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Viaje en Bondi.

 Un bondi con aire acondicionado, 
una tarjeta SUBE y una ilusión en los bolsillos. 
Ella viaja hacia el centro de Buenos Aires, 
perdida entre las páginas de un libro que nadie más lee, 
entre líneas que quizás solo ella entiende. 
Afuera, la ciudad despierta lentamente, 
como si cada día tuviera que recordar 
cómo ponerse en movimiento. 
Los autos serpentean en las avenidas, 
el asfalto empieza a emanar su calor y las esquinas, 
con su propio ritmo, cobran vida; 
así transcurre una mañana en Buenos Aires.

Ojos de Flor.

 Una pizza, una empanada
 y el recuerdo de un buzón… 
Así camino, solitario, 
por un Buenos Aires que me parió 
en el barrio más lindo de la Capital.
Con ese olor inconfundible a nostalgia 
que se queda prendido en las calles, 
en las esquinas y en los recuerdos.
Y entre tanta melancolía, 
hay algo que me devuelve la vida: 
los ojos de una flor… 
Porque cada vez que te miro, 
encuentro en ellos ese Buenos Aires que llevo en el alma.

Disfraz.

 Un disfraz de tres colores, 
un mate sin azúcar, 
un whisky con hielo y esa dulzura 
que solo se encuentra en el lugar indicado…
Después de una cena, 
cuando el viento se lleva 
los últimos rastros de la lluvia 
y la luna se confunde,
con el brillo de sus ojos, 
la noche deja de pertenecer al tiempo.
Y ahí, entre silencios, 
miradas y pequeños instantes, 
uno descubre que hay noches 
que no necesitan promesas ni explicaciones… 
solo el encanto de estar 
donde el corazón quisiera quedarse.
Una noche sin tiempo, 
una mirada infinita y la magia de lo irrepetible 
de una noche en Buenos Aires.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...