jueves, 5 de febrero de 2026

Primavera.

 Ese bar tenía ese qué sé yo, que solo tienen los lugares donde uno fue joven sin darse cuenta.
Íbamos a eso de las cuatro de la tarde, una hora, a veces más, antes de entrar a clase en la escuela que quedaba a una cuadra. 
Era una costumbre, casi un rito. Nos sentábamos siempre más o menos en el mismo lugar y pedíamos café, servido en esos pocillos gruesos y pesados que parecían hechos para durar tanto como las charlas. El mozo ya nos conocía; no hacía falta decir demasiado: una mirada bastaba para que el café llegara humeante a la mesa.
Francisco venía de trabajar en una oficina cercana. Llegaba con el saco al brazo y el gesto cansado de quien ya había cumplido con el día. 
Se sentaba, tomaba el primer sorbo y recién entonces empezaba la tarde. Con él hablábamos de política, del país que imaginábamos, del futuro que nos esperaba y que creíamos entender. Discutíamos sin gritar, con convicción y esperanza. También hablábamos de novias, de amores que empezaban o se desarmaban, de ilusiones, de silencios, de promesas. Y de autos, siempre de autos: los que pasaban por la esquina, los que teníamos, los que soñábamos manejar algún día.
Víctor aparecía casi siempre con el diario o algún libro bajo el brazo, mezclado con los útiles. En invierno llegaba envuelto en una larga bufanda blanca y un sobretodo elegante. 
Sus mechas rebeldes, creo que tardaba más en acomodarlas con horquillas para poder entrar en clase que en vestirse; eran parte de su estilo. Pero cuando hablaba, encontraba siempre la palabra justa para cualquier tema que tocáramos, como si pensara despacio para decir algo que valiera la pena.
A la mesa se sumaba Alberto, el Tano, y todo se volvía más animado. Llegaba en el 156, igual que yo. A veces aparecía Julio, siempre temprano, escuchando más de lo que hablaba. Oscar llegaba con su Jeep, Antonio venía desde Saavedra, y así la mesa se iba llenando de voces, de risas, de anécdotas que se mezclaban con el aroma del café. Más de una vez completábamos la boleta del Prode, que costaba un peso, convencidos de que la suerte también podía sentarse con nosotros.
Ese bar era refugio de muchos colectiveros, porque justo enfrente estaba la estación del Mitre, Rivadavia. Era un lugar de paso que se volvió encuentro, una pausa necesaria en medio de la rutina. Las monedas tenían valor: con ellas pagábamos un café, un boleto, una tarde entera. Sin saberlo, también comprábamos recuerdos.
Pasaron más de cincuenta años y todavía nos seguimos encontrando. Ya no hay uniformes ni horarios que apuren, pero siguen intactas las ganas de conversar, de contar, de escuchar y de sonreír como entonces. Como en aquellas tardes en que la vida transcurría, simple y enorme, en ese bar.
Ah, no lo dije antes: ese bar se llamaba Primavera. Pero, a diferencia de la primavera del año, ese bar no volvió. Lo único que quedó fue lo mejor que pudo haber dejado: los amigos que hicimos en él.

Don ARNALDO.

 Valderrama, entre Tronador y la plaza. 
El pasaje todavía en penumbra, cuando la madrugada no se decide a irse y el día aún no se anima a llegar. La calle húmeda, la vereda fría, el silencio apenas roto por algún pájaro temprano. 
Ahí, en la mano par del pasaje, estacionado con cuidado, descansaba el camión antiguo, verde, pintado a pincel, con las marcas del rodillo visibles, como cicatrices nobles del trabajo. 
Detrás del camión de Don Pedro, alineados como viejos conocidos que se entienden sin hablar.
El Ika baqueano parecía parte del barrio. 
No era solo un vehículo: era presencia. Había que mirarlo despacio para entenderlo. El verde no era perfecto, pero era fiel. Cada mano de pintura contaba una historia. Don Arnaldo lo había hecho suyo, y después su hijo Arnaldo lo heredó como se heredan las cosas importantes, sin papeles, solo con responsabilidad.
Antes de que despuntara el día, padre e hijo salían juntos. La noche todavía se apoyaba en los faroles cuando cerraban la puerta y caminaban hacia el camión. No había apuro, pero sí destino. Mataderos los esperaba. Achuras, embutidos, carne fresca. El recorrido estaba aprendido de memoria, como una oración repetida durante años.
Vestidos de blanco, casi uniformados, cruzaban Buenos Aires mientras la ciudad se desperezaba. En el centro los conocían. Los esperaban. Sabían que iban a llegar. Y cuando el trabajo terminaba, el regreso era siempre el mismo: el pasaje, la esquina, la ceremonia del agua.
El camión volvía a su lugar, detrás del de Don Pedro, y entonces todo se detenía un poco. Los tachos con ruedas de acero inoxidable bajaban a la vereda. El hidrante se abría con un palo de escoba trabando el chorro. El agua salía con fuerza, corría por la cuneta, arrastraba restos del día. El acero giraba, la caja del furgón se lavaba con una precisión silenciosa, casi respetuosa. No se dejaba nada al azar. Era limpieza, pero también orgullo.
Y sin embargo, el aroma quedaba.
Siempre quedaba.
Se mezclaba con la mañana, con el barrio despertando, con la vida que empezaba a salir a la calle. Mi viejo me compraba chorizos para la parrilla: salames, chorizo colorado, bondiola. Cosas simples que hoy pesan como tesoros. En ese entonces nadie pensaba en guardarlas; simplemente estaban ahí, sucediendo.
Un día Don Arnaldo murió. Demasiado joven. El pasaje lo sintió. La esquina quedó rara, como si algo hubiera cambiado de lugar. El camión siguió estacionando en la mano par, pero faltaba una voz, una sombra, una presencia. Su hijo siguió solo. Siguió porque no sabía hacer otra cosa, y porque seguir también era una forma de recordar.
Lo vi pintar la caja otra vez de verde, con un rodillito, con paciencia. Lo vi hablar de Platense como quien habla de la familia, con bronca, con amor, con fe. El oficio continuaba. El ritual también. Aunque algo ya no fuera igual.
Con los años me quedaron esas imágenes: el camión quieto detrás del de Don Pedro, el agua corriendo por la calle, el olor persistente, la vida en la vereda, la puerta abierta, el barrio como extensión de la casa. Vivíamos afuera, nos conocíamos, nos mirábamos.
Hoy las puertas están cerradas. Vivimos más adentro que afuera. No están esos aromas, no sabemos quién vive enfrente. La modernidad llegó, y con ella el miedo. Pero el pasaje sigue. Sigue respirando historias. Y a veces, muy temprano, cuando el día todavía no nació del todo, parece que todo vuelve a su lugar: el camión verde, Don Arnaldo, su hijo Arnaldo, Don Pedro, el agua, el olor, el barrio despertando despacio.
Nada de eso se fue del todo. Solo aprendió a quedarse en la memoria.

Pascual.

Más allá del horizonte del olfato, allí donde la memoria guarda sus tesoros más íntimos, habita un aroma irrepetible. Un perfume único, que no se encuentra en ninguna fábrica moderna ni en ningún libro recién impreso, sino en un solo lugar: aquel taller a la vuelta de casa, al que mis pasos regresan desde la infancia.
Ese aire, suspendido en el tiempo, huele a tinta, a papel, a cartón y a cola. Es una fragancia tan particular que se vuelve sagrada para quienes la conocen, porque en ella se mezclan la materia y el recuerdo, el oficio y la emoción. Ese olor es un conjuro: basta respirarlo para que la memoria despierte.
Adentro, el ritmo de la vida lo marcan máquinas que parecen tener alma propia.
La troqueladora golpea con pulso firme, como un tambor que sostiene el compás de la jornada.
La guillotina, lenta y ceremoniosa, deja caer su filo metálico con un silencio breve entre corte y corte, como si respetara el tiempo.
Y la vieja Minerva, casi una reliquia viva estampa, de tanto en tanto, tarjetas de casamiento, como si bendijera en papel los sueños de quienes comienzan una nueva historia.
Los pliegos se convierten en estuches, los días en semanas, y las horas en una forma discreta de magia. Porque todo allí se impregna de una fuerza invisible que no se mide en dinero ni en productividad: el legado. Un legado que comenzó hace muchos años, cuando un hombre, con más fe que recursos, levantó aquel pequeño taller. Su sueño era simple y enorme a la vez: crear un espacio donde el trabajo fuera creación y la imprenta, familia.
Con el tiempo, el taller creció, y junto a él crecieron también muchas vidas. No fueron pocos los que encontraron entre esas paredes su primer empleo. Allí aprendimos a madrugar, a respetar los tiempos de las máquinas, a mancharnos las manos de tinta sin que eso significara ensuciarse, sino iniciarse. Fue escuela de oficio, pero también de vida: enseñó la paciencia de los procesos, la importancia de la precisión y, sobre todo, el valor de trabajar juntos.
La familia que lo fundó nunca se fue. Con el mismo empeño con que el padre levantó la primera prensa, hoy sus hijos sostienen las máquinas, las afinan, las limpian y más importante aún sostienen la tradición. No solo la suya, sino la de todos los que alguna vez cruzamos ese portón de madera lustrada y descubrimos un mundo con sus propios sonidos, olores y rituales.
Ese portón no es solo la entrada a un taller gráfico. Es el umbral de un universo irrepetible, donde la memoria personal y la colectiva se funden en un mismo aroma. Allí se escucha la cadencia de las prensas, se siente el calor del trabajo, se ve el polvo del papel brillar en la luz que entra por las ventanas, y se respira una verdad sencilla: en esas paredes late un oficio que ha dado sustento, dignidad y sentido a generaciones.
La magia sigue viva, aunque no todos sepan percibirla. Solo quienes se detienen a respirar hondo, quienes entienden que detrás del golpe de una guillotina o el crujir de una prensa se esconde algo más grande que el trabajo, logran escucharla. Allí está la vida misma, impresa en cada hoja, en cada caja, en cada recuerdo.
Y así, a la vuelta de casa, sigue existiendo ese mundo único, que no se mide en balances ni en estadísticas, sino en historias humanas. Historias que empiezan con un primer empleo, con una mano que abre la puerta, con la paciencia de enseñar y el gesto de confiar. Por eso, aunque el barrio cambie y el tiempo avance, cada vez que uno pasa frente a ese portón siente que detrás late la misma magia de siempre: un taller que no solo imprime papel, sino que imprime memoria, amistad y destino.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Nenè.

En el pasaje Valderrama el aire era espeso, casi gomoso. 
El calor del taller se mezclaba con el olor penetrante del látex, un perfume extraño, medio dulce y medio químico, que se pegaba a la ropa, a las manos y hasta al recuerdo. 
Había quienes decían que, después de un tiempo, uno se llevaba ese olor a la cama y lo soñaba.
Para muchos chicos del barrio, ese lugar fue la primera puerta al mundo del trabajo. 
Allí, donde parecía que todo era un secreto, aprendían cómo se moldeaban las cosas más comunes y, al mismo tiempo, las más insólitas: las bombitas de carnaval, los globos de cumpleaños, los chupetes de los bebés. Y también, en un rincón que se miraba de reojo, los preservativos que salían de la misma máquina que inflaba sueños y silencios.
El taller de Valderrama era un hervidero. El golpeteo metálico de las prensas se mezclaba con las voces juveniles y las radios siempre encendidas, escupiendo música a todo volumen. 
Los más chicos aprendían rápido a sumergir los moldes, dejarlos secar, revisar que ninguna pieza saliera fallada. 
El trabajo era repetitivo, pero había un orgullo secreto en ver salir de esas manos jóvenes y endurecidas algo que después estaría en todas las casas: en los cumpleaños, en las calles empapadas de carnaval o escondido en cajones discretos.
Para muchos pibes, esa fue la primera y única escuela. En el barrio la consigna era clara: estudiar o trabajar. 
No había demasiado lugar para perder el tiempo en la esquina con una cerveza. Y así, entre charcos de látex, bromas de compañeros y el calor sofocante de las máquinas, se forjaban rutinas y amistades que durarían toda la vida.
El pasaje Valderrama no era grande, pero tenía la magia de las fábricas chicas. El dueño conocía a cada obrero por su nombre: sabía de la madre enferma, del hermano preso, de la novia nueva. No era un patrón distante; era uno más de esos emprendedores de barrio que, sin proponérselo, le daban trabajo a media cuadra y armaban comunidad.
Los jóvenes que entraban al taller salían distintos. Aprendían a manejar el dinero, a llegar a horario, a soportar el cansancio y, sobre todo, a entender que detrás de cada objeto había una historia de manos anónimas. El globo que un chico reventaba de risa en su cumpleaños había pasado por esas mesas de madera gastada. El preservativo que alguien compraba con vergüenza en la farmacia había sido revisado por los ojos atentos de un muchacho que todavía no había usado uno.
Con el tiempo, algunos siguieron en el oficio; otros, con ese primer sueldo, se animaron a estudiar, a buscar otra vida. Pero todos guardaron en la memoria el eco de aquel taller caluroso y peligroso, donde el látex lo impregnaba todo y cada jornada dejaba una lección de barrio y de vida.
Hoy, cuando alguien pasa por el pasaje y recuerda a Valderrama, no piensa solo en un taller. Piensa en un rito de iniciación, en un pedazo de historia colectiva donde se mezclaban el sudor, la juventud y la esperanza de salir adelante. El látex era apenas la excusa. Lo que se fabricaba allí, en verdad, eran futuros.

lunes, 19 de enero de 2026

 El sonido no aparece, se anuncia; primero es el silencio, ese silencio especial que existe solo antes de poner un disco, cuando la habitación parece esperar conmigo. 
La luz cae suave, el polvo flota lento y el tiempo, por un momento, decide no avanzar. Elijo el disco, no cualquiera; sé que pide ser escuchado hoy, porque los discos no se eligen, ellos llaman. Paso la mano por la tapa, leo nombres ya gastados y recuerdo dónde lo compré, con quién estaba, Francisco Brestolli Domingo Laganà Daniel Hugo Fernandez, y qué edad tenía cuando sonó por primera vez. Lo saco con cuidado, como si fuera frágil, como si aún guardara adentro las voces de quienes ya no están. El vinilo brilla apenas, negro profundo, casi infinito. Limpio el surco una vez más, como lo hice durante años, no por necesidad, sino por respeto, porque cada surco guarda memoria y la memoria merece cuidado.
El plato comienza a girar en 33 revoluciones, a veces en 45, y ese movimiento hipnótico me recuerda que la música también tiene pulso. 
La púa baja lentamente y entonces sucede: ese pequeño crack inicial, ese suspiro antiguo que me dice que la vida vuelve a empezar. El sonido nace ahí, no en una nube ni en un archivo; nace del roce, del contacto, de la imperfección. 
El amplificador despierta, una luz tenue se enciende como un corazón que vuelve a latir, y el calor comienza a sentirse, ese calor real, humano, que ninguna tecnología moderna supo imitar. El ecualizador espera mis manos; graves un poco más profundos, medios con cuerpo, agudos suaves, sin lastimar. 
No busco perfección, busco verdad. Los bafles responden, primero tímidos, después llenos, más tarde enormes.
La música sale de ellos como si respiraran.
Vibra el aire, vibra el piso, vibra el alma. Y en ese instante ya no estoy solo. Están todos. El pibe que fui escuchando Almendra, el adolescente descubriendo Arco Iris, la noche larga con Deep Purple, la elegancia eterna de Sinatra, la revolución silenciosa de los Beatles, el asombro frente al jazz, la emoción simple de Palito, la pasión desbordada de Sandro. 
Cada disco fue un compañero, nunca un objeto. Me acompañaron a dibujar, a escribir, a pensar lo que todavía no sabía decir, a curar tristezas que no se contaban y a celebrar alegrías pequeñas.
Mientras el mundo corría, ellos giraban. 
Mientras todo cambiaba, ellos seguían sonando igual. 
Después llegaron otros formatos; prometieron más música, menos espacio, más comodidad, prometieron el futuro. Pero ninguno me enseñó a escuchar. 
Porque escuchar no es apretar un botón: escuchar es sentarse, esperar, elegir, darse tiempo. 
El vinilo me enseñó eso, que la música no se consume, se comparte; que hay que darse vuelta para cambiar de lado; que hay pausas, que hay silencios y que no todo puede ser inmediato.
Y ahora, cuando vuelvo a poner un disco, no solo suena la música: suena mi historia. Mi barrio, mi escuela, mi cuadra, mi esquina, las noches largas, los días difíciles, los sueños intactos. Gira el vinilo y con él gira la vida. No es nostalgia triste, es gratitud, porque mientras haya un disco girando, una púa rozando, un amplificador tibio y un bafle respirando música, algo de mí seguirá sonando para siempre.


 Una noche
que en apenas cuatro horas
se convierte en una vida.
Empieza simple,
entre mates tibios y cafés largos,
con algo de alcohol
esperando su turno
en el rincón de la mesa.
Las miradas se alargan,
el silencio aprende a acompañar,
y el tiempo sin avisar
afloja sus nudos.
Las prendas caen sin dramatismo,
una sobre la silla,
otra en el suelo,
como si siempre hubieran sabido
que no iban a volver a su lugar.
La casa respira distinto.
Ya no es casa, es refugio.
El piso es parte del recorrido,
frío primero, cómplice después.
Pies descalzos, cuerpos que se buscan
sin mapa ni apuro.
En la cocina, el agua de la pileta corre
lavando el día, las dudas,
los nombres que no hacen falta.
El aceite brilla sobre la piel,
despacio, como una promesa 
que se cumple sin decirla.
El dulce de leche rodea al helado,
juego íntimo, frío y calor mezclándose
sobre la piel que ya no se esconde.
Risas bajas, miradas que sostienen,
el deseo diciendo quedate sin palabras.
La ducha nos recibe
como si nos conociera de antes.
El agua cae, resbala, borra el afuera.
Vapor, cercanía, el mundo reducido
a dos respiraciones, encontrándose.
Después, sentados en la bañera,
descansamos sin separarnos.
El piso del baño mezcla agua y aceite,
huellas torcidas, prueba silenciosa
de que algo real pasó por ahí.
Y la noche continúa.
No apura, se vuelve más lenta,
más profunda, más nuestra.
Porque en cuatro horas
aprendimos lo que a otros
les lleva una vida entera
que lo prohibido se vuelve permitido
cuando hay cuidado,
que lo amargo no tiene lugar
cuando hay risa,
y que una vida puede empezar
sin promesas grandilocuentes.
Se perfecciona de a poco,
con cada gesto, con cada pausa,
con cada sonrisa compartida en silencio.
Con verte sonreír,
el mundo se acomoda.
El cielo baja la voz.
Y la vida, sin exigir nada,
nos abraza tal como somos.


 Él venía cansado de buscar sentido en palabras que no alcanzaban, de historias que prometían más de lo que podían sostener.
Ella traía la vida cosida y descosida mil veces: viajes, despedidas, regresos, el coraje de empezar de nuevo cuando todo parecía indicar que ya era tarde.
No se buscaron, simplemente coincidieron.
Como si el tiempo por una vez hubiera decidido ser generoso.
Al principio hablaron mucho, hablaron de lo que dolió y de lo que sanó.
De los amores que no supieron quedarse y de los que dejaron enseñanzas, de hijos, de nietos, de miedos que ya no gritan, apenas susurran.
El diálogo se volvió un lugar tibio, una casa sin paredes donde podían sentarse a descansar.
Después llegó el deseo, no de golpe, no con urgencia.
Llegó como llegan las cosas verdaderas: despacio, sin exigir permiso.
Se miraron distinto, se acercaron sin apuro, entendieron que ya no había nada que demostrar, solo algo que compartir.
El cuerpo del otro no era un territorio por conquistar, sino un hogar por reconocer.
Las manos tocaban con memoria y con gratitud; cada caricia decía estoy acá, cada respiración compartida confirmaba que aún había vida por disfrutar.
En la mesa, dos vasos de whisky con hielo acompañaban las noches; el tintinear suave del cristal marcaba un ritmo íntimo, casi sagrado.
Bebían despacio, como todo lo que hacen ahora.
Porque aprendieron que lo profundo no necesita correr, pero el amor no vivía sólo en la cama.
Vivía en la cocina, cuando se aceitaban sin decirlo y corrían los muebles para limpiar.
En los platos que lavaban riéndose, en el televisor encendido como compañía, aunque muchas veces no miraran nada.
En el perro que se metía entre medio buscando caricias, convencido de que ahí estaba su manada.
Vivía en lo simple, lo cotidiano, en esa alegría tranquila que no hace ruido, pero sostiene.
A veces hablaban desnudos, sin vergüenza; otras veces el silencio era suficiente.
Se reían de las marcas del cuerpo, del paso del tiempo, de la belleza inesperada de seguir deseándose cuando nadie lo esperaba.
Afuera el mundo seguía apurado.
Los autos pasaban sin saber; las noticias gritaban tragedias ajenas.
Y ellos, detrás de una persiana baja, estaban haciendo algo casi revolucionario, detener la vida un rato para disfrutarla.
Cuando la luz del velador quedaba apenas encendida y alguna prenda caía al costado de la cama, se abrazaban sin promesas.
No las necesitaban; el cuerpo del otro era certeza suficiente.
Comprendieron después de tanto camino que el amor no siempre llega cuando uno lo pide.
A veces llega cuando uno ya aprendió a recibirlo sin miedo.
Y así, entre whisky aún frío, platos recién lavados, el perro dormido y el tiempo rendido a sus pies, miran correr la vida sin prisa.
Por primera vez, no sienten que se les escape.


jueves, 8 de enero de 2026

 Lo veo en tus ojos
antes de tocarte.
En esa manera oblicua de mirar
que no pide permiso
y se queda a vivir.
Lo siento en la piel
cuando te acercás
y tus brazos me rodean
como un bandoneón sabio,
de esos que no hacen ruido
pero dicen todo.
Se me eriza el alma.
El fuelle avanza lento,
me recorre las venas
con la misma obstinación
con la que Pichuco
le arrancaba verdades al aire.
No hay defensa contra eso,
cuando el tango entra no pregunta.
Astor lo sabía.
Por eso rompía las formas,
por eso sacaba música
de una metáfora,
una musa, una herida hermosa.
Intentaba un tango
capaz de erizar el mundo,
como vos lo hacés cuando estás cerca
sin hacer nada más que ser.
Y la voz de Amelita
retumba en mi pecho, honda,
como una promesa cumplida.
Así sonás vos en mí, antigua y nueva,
clara y oscura,exacta.
Buenos Aires querido,
amor mío sin condiciones,
te llevo tan adentro
que no sé dónde terminás vos
y empiezo yo.
Estás en las diagonales,
en los cafés gastados,
en el humo lento,
en las veredas que saben esperar.
Y estás en ella.
En sus ojos, en sus abrazos,
en esa forma de quedarse
aunque todo pase.
Ella es ciudad, es noche,
es arrabal y poema.
Es la musa inevitable
de mis palabras.
Entre mi amor por vos, Buenos Aires,
y este amor por ella,
mi vida se volvió un tango.
Uno que no pide aplausos,
que no busca final,
que se baila lento
con el corazón apretado
y la certeza intacta.
Porque hay amores que no se negocian,
que no se explican, que no se terminan.
Y el mío lo sé, vive acá,
en esta ciudad eterna
y en ella, la musa citada
en cada verso que escribo
solo para no perderlas.


 Verte sonreír,
en esta ciudad que nunca duerme del todo,
es un regalo que Buenos Aires entiende.
De tu cara se escapan estrellas
como luces de avenida
después de la lluvia,
y hasta el esmog se hace a un lado
para mirarte pasar.
Cuando cae la noche
y los cuerpos se arriman
como quien busca abrigo en Corrientes,
dejamos de ser dos.
El contagio se vuelve tango,
un abrazo cerrado
donde flotar es caminar despacio
al compás de un bandoneón imaginario.
Andamos lunas
debajo de una sábana de estrellas,
con la ciudad respirándonos cerca,
los colectivos suspirando en la esquina,
y una luna sola, arrabalera,
guiándonos en la semioscuridad
como farol cansado que no falla.
Ahí nos descubrimos
en el clímax imperfecto de las almas,
sin caretas ni promesas grandes,
solo verdad y piel,
solo este modo nuestro
de decirnos quedate.
Así arranca el año en Buenos Aires:
con un tango lento en el pecho,
volando bajo, sin destino final,
mientras la ciudad nos mira
y aprende,
otra vez,
a creer.


 Buenos Aires despierta
en un domingo fresco,
cuando el día camina en puntas de pie
para no romper el hechizo.
El silencio decora las calles
como una vieja costumbre sabia,
y el aroma de la noche que pasó
queda prendido en las veredas,
en los árboles cansados,
en la memoria de quienes miramos
y entendemos que cada rincón
es una poesía sin firma.
Hay un suspiro de vida en el aire,
una pausa necesaria,
como si la ciudad respirara hondo
antes de volver a latir.
El tiempo no apura,
los relojes parecen cómplices
y el sol, tímido,
aprende a querer despacio.
El año nuevo asoma
con sabor a esperanza:
vino tinto compartido,
gaseosa fría en vasos de plástico,
un whisky que abriga promesas
y riega los primeros días
que habrán de cruzar los meses.
Que sea el diálogo el ritual,
la palabra sin insulto,
el entendimiento por encima de todo,
el silencio que escucha
y no la confrontación que hiere.
Buenos Aires,
en este domingo quieto,
nos enseña que también se puede empezar
con calma, con respeto,
con esperanza.


El poema se enriquece
cuando el hielo empieza 
a derretirse sobre tu piel
y el camino, ya decidido,
no conoce la palabra regreso.
Volver es un idioma que no hablamos,
porque todo lo que sigue hacia delante
tiene gusto y olor a coco,
ese sabor que embellece la crema,
el aceite donde giramos
una y otra vez,
despidiéndonos del mundo
como en la primera calesita
de sensaciones eternas.
La sortija aparece siempre,
una y otra vez,
como si el destino insistiera
en dejarnos ganar.
El giro se recuesta
sobre la aguja de un reloj sin cuerda
y el tiempo, obediente,
se vuelve infinito.
Cuando la puerta se cierra
el universo se reduce a ese instante.
Un ladrido lento, espaciado,
parece comprender la magia,
da media vuelta
y se aleja a dormir.
Entonces todo queda suspendido:
el deseo,la piel, el mundo afuera.
Y el poema como nosotros,
ya no tiene final.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...