lunes, 16 de marzo de 2026

 Se viene la tormenta…
No esa llovizna fina
que se hace la sentimental
en los balcones de la gente decente.
No…
Ésta viene con bronca,
con barro en los zapatos del cielo
y con ganas de lavar
las mentiras de esta ciudad.
Pero mirá qué cosa rara, hermano…
mientras la tormenta sacude los techos
y el viento se pelea con las persianas,
la lluvia caprichosa
decidió caer despacito
en un solo balcón.
En ese balcón.
El mismo donde una noche
juraste que la vida
iba a ser menos turra de lo que fue.
El mismo donde yo, pobre otario,
me creí Gardel
porque tu risa me hacía sentir eterno,
como si el mundo no fuera
este cambalache sin arreglo.
Y ahí está…
la lluvia cayendo sola,
como si el cielo supiera
que en ese pedazo de hierro oxidado
quedaron colgadas
las notas del último tango.
Un tango que gritamos
entre broncas,
entre sueños mal cosidos,
entre promesas que el tiempo
mandó al tacho sin pedir permiso.
La ciudad ruge abajo…
tranvías de recuerdos,
faroles cansados,
veredas viejas de Buenos Aires
que saben demasiado
de amores torcidos
y de tipos que se quedaron
hablando solos con la noche.
Pero la lluvia sigue ahí…
terca…
golpeando ese balcón
como si quisiera despertarnos
de esta comedia triste.
Porque, sabés
A veces el cielo se pone filósofo
y se le da por limpiar
la mugre del alma.
Y entonces milagro de arrabal
cuando la tormenta se canse
de repartir relámpagos
y el viento se quede sin insultos,
va a nacer un sol medio tímido
entre las nubes.
Y ahí…
capaz que tu sonrisa
vuelva a cruzar la calle del recuerdo
y se me siente otra vez en los brazos.
o para salvar el mundo…
Pero sí para probar
que todavía se puede
bailar un tango
aunque la vida haga trampa.
Será el último tema
del primer sábado de otoño.
Lo bailaremos despacio…
como dos sobrevivientes
que aprendieron tarde
que el día y la noche
no se pelean tanto
cuando el corazón afloja.
Y la lluvia esa lluvia testaruda
seguirá cayendo
en aquel balcón.
Como si el cielo,
entre tanta tormenta,
también tuviera
su pedacito de nostalgia.


 Cuando la noche cae despacio
y el mundo se vuelve silencio,
pienso en vos…
como quien busca una estrella
para no perderse en la oscuridad.
Porque aunque el cielo apague el sol,
hay una luz que no se rinde,
la que vive en tu sonrisa,
la que respira en tu voz
cuando pronuncias palabras suaves
que acarician el alma.
En esta noche tranquila
tu recuerdo camina por mi pecho
como un perfume tibio,
dulce, acaramelado,
que despierta los latidos
y vuelve más profundo el amor.
Y mientras la luna vigila el cielo
y las horas se vuelven susurro,
cierro los ojos
y te nombro en silencio.
Porque aun cuando el mundo duerme,
vos seguís iluminando mi vida
como un sol secreto
que no se esconde nunca.
Buenas noches, amor…
que los sueños te abracen suave
y que en algún rincón de tu descanso
mi corazón también te encuentre.


 Buenos Aires acompaña las penas
de bar en bar, de café en café.
En cada mesa vive una historia,
en cada esquina alguien recuerda
lo que el corazón no pudo olvidar.
Los amigos, eternos consejeros,
con un vaso de vino y paciencia
escuchan silencios que pesan más que palabras.
El bodegón guarda secretos,
la mesa del rincón conoce lágrimas
y la que está pegada a la ventana
ve pasar la vida como un tango lento.
Antes, la ciudad no dormía.
Las luces seguían despiertas
como si entendieran que algunos
no podían cerrar los ojos.
Hoy Buenos Aires se acuesta temprano,
por prudencia, por miedo,
y los bares descansan sus sillas vacías.
Solo las estaciones de servicio
tienen el café siempre listo,
como la luna que nos acompaña
cuando la noche se vuelve demasiado larga.
Y las lágrimas que caen
no llegan nunca al suelo:
antes de tocar el piso
se transforman en poesía,
en palabras que inevitablemente
terminan buscándola a ella.
Porque por suerte existe.
Y porque en algún rincón de Buenos Aires,
entre un farol cansado y una vereda mojada,
aparece su risa de repente,
me roba una sonrisa
y entonces comprendo
que la tristeza también sirve para algo:
para reconocer la felicidad
cuando finalmente llega.



domingo, 15 de marzo de 2026

 Se va la magia.
Se va el domingo,
ese día extraño y luminoso
en el que el tiempo parece caminar descalzo
y los relojes, cansados de apurar la vida,
deciden detenerse un rato.
El domingo no corre, respira.
Amanece despacio,
como si la luz tuviera sueño todavía.
La mañana entra por la ventana
con olor a café recién hecho,
a pan tibio, a calles silenciosas
que aún no recuerdan el ruido de la semana.
Las horas se estiran como gatos al sol.
Uno puede levantarse tarde
o quedarse un poco más
escuchando el murmullo del mundo
que despierta sin prisa;
un perro que ladra a lo lejos,
una radio encendida en alguna cocina,
el viento moviendo las hojas
como si leyera un libro invisible.
En domingo todo es posible.
Puede salir el sol de repente
y llenar de oro las veredas,
o puede llover despacio,
de esa lluvia mansa
que invita a quedarse adentro
viendo cómo las gotas
dibujan caminos en el vidrio.
Puede ser día de caminar sin rumbo,
de recorrer calles largas
como si el tiempo fuera infinito,
mirando balcones, árboles,
la sombra que cae tranquila
sobre las paredes antiguas.
O tal vez quedarse en casa,
dejando que las horas pasen
entre una película,
una serie interminable,
un libro abierto en cualquier página
o la simple compañía del silencio.
El domingo tiene sus propios rituales:
la mesa que se arma sin apuro,
el almuerzo que puede empezar tarde
y terminar aún más tarde,
las conversaciones que se alargan
como caminos que no quieren llegar.
El aroma de la comida
mezclándose con la risa,
con la música que alguien pone bajito,
con la tarde que entra dorada
por la puerta entreabierta.
Después llega esa hora suave
en la que el sol empieza a inclinarse
y el mundo parece más lento todavía.
Es la hora de las caminatas largas,
de los parques con hojas moviéndose despacio,
de las plazas donde los niños
aún corren detrás de una pelota
mientras el cielo se vuelve más profundo.
El viento trae recuerdos,
la sombra se alarga sobre las veredas,
y uno aprende sin darse cuenta
a mirar mejor las cosas simples,
la luz entre los árboles,
el perfume de la tierra,
la calma que casi nunca tenemos.
Y en medio de esa quietud
también estás vos.
En algún lugar del mundo,
quizás caminando otra calle,
mirando otro cielo,
escuchando otra música
en otra tarde de domingo.
Antes te buscaba
entre las multitudes,
entre las historias posibles,
entre los días que pasaban rápido.
Pero ya no.
Porque de algún modo
te encontré.
Tal vez en una mirada,
tal vez en un recuerdo,
tal vez en esa forma extraña
en que los domingos
siempre terminan llevándome a vos.
Cuando cae la tarde
y el cielo empieza a despedirse del sol,
cuando las luces se encienden despacio
en las casas y en las calles,
cuando el mundo vuelve lentamente
a prepararse para la semana,
yo sé que en algún lugar existís.
Y aunque el domingo se vaya
como se va la música
después de una canción hermosa,
queda algo.
Una calma, una memoria,
una certeza suave.
Porque los domingos tienen ese secreto:
nos recuerdan
que el tiempo también puede ser bello,
que la vida no siempre tiene que correr,
y que hay personas
que habitan silenciosamente nuestros días.
Por eso,
cuando el domingo se va
y la noche comienza a cerrar sus puertas,
yo todavía sé más de vos.
 La noche se esconde en la esquina cansada,
y el barrio bosteza su sombra final;
un fuelle suspira detrás del mostrador
y el piano se anima de a poco a llorar.
Sola en la penumbra, callada y serena,
una mujer toca mirando al río;
desnuda de miedos, de noche y de pena,
le roba a la aurora su primer suspiro.
El tango se arrima despacio a la mesa
como si aún lo cantara Edmundo Rivero,
con esa voz honda que al barrio regresa
cuando el recuerdo se pone a doler.
Y suenan en ecos del viejo arrabal
las sombras de Osvaldo Pugliese
y el fuelle sagrado de Aníbal Troilo,
mientras la esquina parece escuchar
la voz desvelada de Roberto Goyeneche.
En un hilo de luz se levanta el cantar
de Susana Rinaldi en la memoria,
y raspa la noche, con filo de bar,
la garganta ronca de Adriana Varela.
Pero el piano insiste bajo sus manos,
y el amor respira sobre el teclado;
nota tras nota, despacio y temprano,
va naciendo el día sobre el empedrado.
Y cuando el sol pinta de oro la esquina
y el río despierta la ciudad entera,
Buenos Aires cambia su vieja rutina…
pero el tango queda
raspando en la madera.


 El tango es un café y una medida,
así de simple.
Antes le agregaba un pucho
que dibujaba espirales en el aire,
pero hoy alcanza
con el humo tibio del recuerdo
y tu compañía.
Una mesa gastada contra el vidrio,
la calle mojada
reflejando faroles cansados,
y un dos por cuatro silbado bajito
que se escapa entre los dientes
como si la noche misma
lo estuviera tarareando.
Un violín llora en algún rincón,
quizás de una radio vieja,
quizás de un bandoneón que no se ve,
y todo se mezcla despacio
con un riff de Pappo
que raspa la madrugada
como una navaja de arrabal.
Eso es Buenos Aires.
Un sábado a la noche,
o la noche de un día cualquiera,
porque acá las noches
siempre tienen algo de tango
aunque nadie las baile.
La  medida y los cubos de hielo
tintinean como campanitas cansadas.
El café humea lento,
como pensando en voz baja.
Y vos,
del otro lado de la mesa,
con esa manera tuya de mirar
como si supieras
que la ciudad se cae a pedazos
pero igual se levanta cada madrugada.
Entonces el bar se vuelve puerto,
la calle se vuelve río,
y la noche un tango más.
Y yo me dejo llevar
como se deja llevar el bandoneón
cuando suspira.
Porque al final el tango es eso:
un café, una medida,
dos cubos de hielo
golpeando el vidrio del vaso,
un dos por cuatro perdido en el aire y vos
acunando una noche más.
Como cada tango, 
como cada noche en Buenos Aires.


 El sol se esconde despacio
detrás del ancho Río de la Plata,
y la tarde se vuelve un suspiro largo
sobre la costa de Vicente López.
Queda flotando en el aire
ese olor salado del río,
mezcla de brisa, de noche naciendo
y de promesas que nadie dice en voz alta.
Caminamos despacio,
como si el tiempo tuviera miedo
de romper el silencio.
La luna empieza a levantarse
sobre el agua inmensa,
y su reflejo se dibuja en el río
como un tango que todavía no se anima
a empezar.
La brisa nos rodea suave,
trae el murmullo del agua
y ese perfume extraño del río
que no siempre es confiable
pero siempre es verdadero.
Y ahí estás vos.
Sentada a mi lado
mientras saboreamos la cena
como si fuera parte del paisaje:
la noche,
la brisa del río,
las luces lejanas
dibujando el horizonte.
No hace falta decir demasiado.
El río habla por nosotros
con su voz profunda
golpeando despacio contra la orilla.
Entonces caminamos.
La luna nos acompaña
dibujando caminos de plata sobre el agua,
y cada paso por la costanera
tiene ese algo tuyo
que cambia el color de las cosas.
Las luces de la ciudad
quedan atrás, suaves,
como si Buenos Aires respirara lento
para no interrumpir este momento.
El río sigue ahí,
inmenso, oscuro, paciente.
A veces parece abrazarnos
con su rumor constante,
como si conociera todos los secretos
de los que caminan junto a él de noche.
Y en medio de esa noche
entre la brisa, la luna y el agua
entiendo algo simple
que hay momentos
que son la forma más pura de la vida.
Caminar despacio por la costa,
escuchar el río,
sentir la noche abrirse sobre el mundo…
y saber
que con vos al lado
todo se vuelve tango.


viernes, 13 de marzo de 2026

 Los Picapiedras, un clásico inolvidable de Saavedra.
En la esquina de Manzanares y la entonces Avenida del Tejar, hoy Avenida Ricardo Balbín, supo latir uno de esos lugares que hacen barrio: la pizzería Los Picapiedras. 
No hay fotos que la documenten, pero vive intacta en la memoria de quienes cruzaron su puerta.
En el corazón de Saavedra, cuando el barrio tenía cines, noches largas y casi no dormía, el salón era punto de encuentro obligado. En verano, las mesas ocupaban la vereda; adentro, el murmullo constante, las familias y las sobremesas eternas componían una escena que parecía no terminar nunca.
La pizza era protagonista. La de choclo tenía fieles devotos. Pero la de cebolla era una obra maestra: giraba dentro del horno mientras la cebolla se tostaba lentamente, alcanzando ese dorado perfecto, apenas caramelizado, que todavía hoy parece imposible de repetir.
La geografía del lugar tenía sus secretos. 
La entrada estaba sobre la avenida y en la ochava; la cocina, sobre Manzanares. 
Más de una vez alguien se metía a charlar con el pizzero entre harina y vapor. 
Los escalones no llevaban al salón: se bajaban solamente para ir al baño, como si ese pequeño descenso fuera parte del ritual de cada noche.
Desde la caja, Rodolfo observaba todo. 
Cuando había mucha gente esperando mesa, pedía con amabilidad que diéramos una vuelta y regresáramos más tarde. Y siempre volvíamos. 
Los mozos, Riguete, Sánchez y Daniel, tenían su carácter, poca paciencia a veces, sobre todo cuando nos quedábamos horas consumiendo lo mínimo. Pero eran parte del alma del lugar.
Y cada noche tenía sus figuras infaltables. 
Era casi seguro ver a Gimenes pasar a tomar su whisky con café y una jarra de agua helada con hielo, siempre en la misma mesa, siempre con el mismo gesto tranquilo. 
O cruzarse con Chona Galvani y sentarse un rato a hablar del barrio, de la familia, de las cosas simples de la vida. 
Porque Saavedra tenía eso: nos conocíamos todos. Nos saludábamos. Sabíamos quién era el hijo de quién. Había tiempo para la charla y para el encuentro.
Eso fue lo que el barrio supo tener y lo que hoy, de algún modo, se fue apagando. Los candados y las rejas nos alejaron de ese ritual cotidiano de vernos las caras sin miedo, de sentarnos a conversar sin mirar el reloj.
Hoy el local cambió de rubro y nada queda físicamente de aquella pizzería. 
Pero Los Picapiedras fue y seguirá siendo un símbolo de ese Saavedra que supo tener noches vivas y puertas abiertas. Recordarlo no es solo nostalgia. es mantener encendida la memoria de un barrio que se construía, sobre todo, en la mesa compartida y en la conversación.
PD: Hoy es una parrilla, pero es la imagen más cercana que encontré de la esquina que estoy mencionando.




 Nos sentamos en el banco de la vereda, sobre la  traza de Avenida San Isidro, en Saavedra. La noche caía despacio y el aire tenía ese perfume tibio a barrio que mezcla tilos, tránsito y azúcar tostada. Frente a nosotros, iluminado como si siempre fuera sábado a la noche, estaba el local de Chungo.
¿Sabías que todo empezó acá mismo, en septiembre de 1973? te dije, mientras mirábamos por la vidriera empañada.
Te conté que un joven de 29 años, Jorge Davalli, trabajaba en una empresa durante la semana y en esta misma heladería los fines de semana. 
Un día decidió comprar el fondo de comercio. 
Primero vendió su auto, pidió ayuda a su familia y se quedó con el local de la esquina de San Isidro y Arias. Que no sabía hacer helado, pero aprendió. Que dormía sobre bolsas de azúcar para no perder tiempo entre tanda y tanda.
Vos me mirabas como si te estuviera narrando una leyenda urbana, una de esas historias mínimas que hacen grande a una ciudad.
Te hablé de los detalles que lo volvieron distinto: el folleto explicando qué era el helado artesanal, los baberos descartables para los chicos, el mostrador de acero inoxidable cuando nadie pensaba en eso, la primera línea 0800 del rubro. 
Te señalé la esquina y te dije que antes las colas daban vuelta la manzana. 
Que venía gente de Belgrano, de Devoto, de San Isidro. Que una hora de espera era parte del ritual.
Pedimos un cuarto de kilo. de dulce de leche  que es el rey de la casa, que tiene siete versiones, que representa más del 25% de lo que producen. 
Que desde esta misma fábrica en Saavedra salen cientos de miles de kilos por año.
Probaste una cucharada y cerraste los ojos.
—Ahora entiendo —dijiste.
Pero yo seguí, porque la historia no era solo de helado. 
Era de hijos creciendo entre freezers, de un cartel que decía esta es la única sucursal, de un padre que no quería expandirse y de un hijo Ariel que lo convenció. 
De la fábrica propia en los noventa. De sumar café y pastelería para sobrevivir al invierno. De reinventarse en pandemia con locales más chicos, más ágiles.
La noche ya estaba encima nuestro y la esquina parecía suspendida en el tiempo. 
Un colectivo pasó lento. Un chico salió con un cucurucho más grande que su mano. Vos apoyaste la cabeza en mi hombro.
¿Y todo eso lo sabés por haber venido siempre? —me preguntaste.
—No exactamente.
Te conté que la verdadera historia, la que tiene detalles que no salen en ninguna nota ni en ninguna web, la conoce mejor mi amigo Alberto. 
Alberto vivía en la esquina de Ramallo y Cabildo, a unas cuadras de acá. Êl vio todo: los primeros inviernos difíciles, las noches largas de producción, Él sí te lo contaría con fechas, con nombres, con anécdotas -reales vividas por él y su primer despachante de helado  Yo solo te cuento la versión que con el tiempo fui escuchando que seguro no es tan real como la que sabe Alberto.
Nos quedamos en silencio un rato, compartiendo el último bocado. Las luces del local se reflejaban en el asfalto y pensé que algunas historias no se cuentan para informar, sino para quedarse un poco más en un lugar.
Al final murmuré: "Cuesta lo mismo hacerlo bien que mal.
Y en esa esquina de San Isidro, con gusto a dulce de leche y noche de barrio, la frase no sonó a lema empresarial, sino a realidad y parte de la historia de Saavedra ,un barrio con muchas anécdotas que algunos conocen y otros desconocen por completo, pero yo trato de buscar, de investigar y preguntar por qué este barrio tiene ese qué sé yo, viste.


Seva el verano lentamente,
como el río que va y viene desde el Paraná,
dejando en el muelle una memoria de sol
y madera tibia.
El muelle cambia de color,
como las hojas que comienzan a cubrirlo,
y la noche llega más rápido,
mientras el sol se demora,
como si también le costara despedirse.
Preparar la salamandra es un ritual antiguo,
una promesa de abrigo.
El mate nos acompaña en el muelle,
como siempre,
y el agua más tibia que ayer
te besa los pies
antes de que bajes,
sirena silenciosa,
a bañarte en la noche del río.
El Carapachay nos mira pasar,
testigo fiel de nuestros años,
viéndonos crecer y envejecer
sin decir palabra.
La casa se prepara para contenernos más tiempo,
para guardar nuestros silencios
y el rumor del viento entre las islas.
Tus brazos me abrigan.
Aún quedan días
en los que podrás desnudarte al agua
y sentir el río entero en tu cuerpo
al anochecer.
Pero son pocos.
El otoño cubrirá de hojas el suelo,
y de besos y abrazos la casa.
Entremos temprano decís,
que el río será celoso de vos
como lo estuvo todo el verano
cuando lo cruzabas nadando,
casi sin tocarlo,
como si flotaras
entre el deseo y la corriente.
Y yo pienso
que aunque el frío venga,
aunque el sol tarde y la noche avance,
siempre habrá un verano secreto
en tu piel mojada,
y en el río que nos nombra
cada vez que vuelve.
Siempre supe
que algún día el viento
me llevaría hasta allí,
justo allí
donde nos encontramos por primera vez.
Donde, atrevidamente,
me besaste y dejaste en mí
una marca para siempre.
No recuerdo
qué pasaba alrededor.
Tal vez los bondis
marcando su paso pesado,
tal vez el semáforo
titilando en verde
como si también dudara.
Pero el silencio
pudo más que la brisa de la noche.
Y yo, solo me dediqué a escucharte,
a mirarte, a observarte
como si el mundo entero
se hubiera detenido.
La noche se llevó las estrellas,
ocultó la luna, apagó el cielo.
Y sin embargo, solo vos brillaste
por la avenida, esa de veredas anchas
y locales cerrados por seguridad y por sueño.
Fue entonces,
cuando te vi llegar de lejos,
que supe que todo lo demás
era solo cuestión de empezar a caminarlo.
Y sin decirlo, lo hicimos.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...