domingo, 26 de julio de 2026

 No grita ni insulta.
Las nubes pasan despacio
y se olvidan de fabricar tormentas
sobre el techo de su casa.
Parece que hasta el viento
camina de puntillas
cuando ella se asoma a la ventana.
Vive cada día
como si fuera el primero
y también el último,
sin pedirle explicaciones al pasado.
Desde el amanecer
hasta la última hora de la noche,
su sonrisa sostiene la alegría;
igual que una lámpara encendida
en una calle vacía.
Sus ojos guardan una luz
que no conoce el cansancio,
y cuando me miran
el mundo deja de hacer ruido.
Es única e irrepetible.
No hay otra capaz
de ordenar el desorden de mi alma;
con la simple caricia de su presencia.
Y hoy,
que el cielo amaneció nublado,
brilla mucho más que el sol.
No porque quiera vencerlo,
sino por su luz
nace de un lugar
donde las sombras no llegan.
Si algún milagro existe,
debe parecerse a ella:
a su risa tranquila,
a sus ojos abiertos,
y a la forma en que convierte
un día gris
en la más hermosa de las mañanas. 

sábado, 25 de julio de 2026

 La noche se quedó dormida
abrazando tu cintura,
como si supiera que ningún amanecer
podría separarnos.
La luna fue escondiéndose despacio,
dejando que un sol tímido, casi transparente,
Intentará despertar el día.
Pero las nubes, cómplices de nuestro deseo,
cubrieron el cielo
y una llovizna comenzó a bordar de cristal
las calles de Buenos Aires,
mis cuadras, mis esquinas,
los viejos árboles que se mecían
bajo el suave aliento del invierno.
Era un domingo hecho para amar.
La ciudad se refugiaba del frío,
mientras nosotros descubríamos
que el único clima capaz de vencer al invierno
es el calor de un abrazo.
Debajo del acolchado,
el mundo desaparecía.
Solo un pequeño velador permanecía encendido,
derramando una luz color miel
que acariciaba tu rostro,
dibujaba la curva de tus hombros,
la dulzura de tu sonrisa,
el brillo sereno de tus ojos
que encontraban los míos
como si nunca hubieran dejado de buscarlos.
Aquella luz no iluminaba la habitación.
Nos iluminaba el alma.
Podíamos vernos despacio,
sin apuro,
descubriendo en cada mirada
la infinita belleza de estar juntos.
Tus manos buscaban las mías
como quien regresa al único puerto conocido,
y cada caricia tenía la ternura
de las primeras veces y la certeza
de los amores destinados a quedarse.
Afuera, la lluvia golpeaba los techos,
las veredas, las esquinas,
con una fuerza que parecía no tener final.
Adentro, en cambio,
solo existía el suave latido de nuestros corazones.
El velador seguía encendido.
Su luz temblaba apenas,
como si también respirara contigo,
como si quisiera guardar para siempre
la imagen de tu cabello desordenado,
de tus labios sonriendo muy cerca de los míos,
de tus ojos diciéndome todo aquello
que las palabras jamás consiguen nombrar.
El invierno podía quedarse cuanto quisiera.
Que lloviera sobre Buenos Aires.
Que el viento barriera las calles.
Que el cielo escondiera el sol.
Nosotros habíamos encontrado otro amanecer.
Uno que nacía en un beso,
crecía entre dos abrazos
y se volvía eterno
cada vez que la luz del pequeño velador
nos permitía contemplarnos, muy cerca,
como si el amor hubiera inventado la noche
solo para regalarnos ese instante.
Y mientras la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad,
comprendimos que el verdadero hogar
no era aquella habitación,
ni el acolchado, ni el invierno.
Era la forma en que tus ojos se encendían
cada vez que la tenue luz del velador
descubría nuestros cuerpos abrazados,
haciendo del amor la única estación
donde jamás existe el frío
 El sabor del Delta en invierno
tiene ese crujiente frío de las mañanas,
cuando el aire despierta despacio
entre los sauces dormidos
y el río respira una neblina de plata.
Tiene aroma a pan tostado,
a manteca que se derrite lentamente,
a azúcar que endulza el primer mate
mientras el silencio canta
con la voz de los juncos.
Y están tus ojos...
Ese brillo único e inconfundible
cuando, aún tibia entre las mantas,
espiás el río desde la cama
como quien descubre por primera vez
que la felicidad existe.
Pedís más leña.
La salamandra comienza a arder,
las llamas dibujan colores sobre la madera
y el invierno deja de ser frío,
porque tu presencia basta
para encender toda la isla.
Tu cuerpo se desliza despacio,
con perfume a yerba recién humedecida,
mezclándose con el humo dulce del quebracho,
con el murmullo del agua,
con la caricia de una mañana que parece eterna.
Entonces comprendo
que el Delta tiene magia.
La misma que vive en vos.
Una magia que no se compra,
que no se explica,
que sólo se siente
cuando el río abraza la costa,
cuando el viento acaricia la piel
y tus manos encuentran las mías.
Entre las entrañas del Delta
anda escondida la felicidad.
No hace ruido.
Se oculta en un mate compartido,
en una tostada partida al medio,
en una salamandra encendida,
en el perfume de la leña,
en el reflejo del sol sobre el agua,
en un beso que demora el tiempo.
Hay que buscarla sin apuro.
Seguir los arroyos,
escuchar el canto de los pájaros,
dejar que el corazón navegue
como una vieja lancha entre los canales,
hasta encontrar ese rincón
donde el mundo parece olvidarse de existir.
Y cuando por fin aparezca,
no habrá que pedirle nada.
Sólo acurrucarse en sus brazos,
como dos enamorados que descubrieron el secreto del río,
dejando que el invierno pase despacio,
que la salamandra siga encendida,
que el mate nunca se enfríe,
que tus ojos continúen iluminando la mañana.
Porque amar en el Delta
es aprender que la vida no necesita más.
Basta el río, basta el invierno.
Bastan tus ojos.
Y ese milagro sencillo de despertar a tu lado,
mientras el Paraná sigue su viaje eterno
y nosotros elegimos quedarnos,
para vivir, para soñar,
para amarnos...
como se ama en el Delta,
con el alma llena de río
y el corazón convertido en hogar
 Esa luz tenue
que rebota en el techo
como un rezo antiguo,
desciende despacio
hasta encontrar el contorno sereno
de tu figura.
La habitación
parece una catedral construida
con silencios y respiraciones,
donde cada sombra
consagra la belleza
de tu cuerpo dormido entre mis ojos.
Tu cabello
es un río oscuro
que la penumbra peina lentamente,
mientras la luna,
curiosa y cómplice,
se cuela por las rendijas
para acariciar tu perfil
con dedos de plata.
No hace falta hablar.
El aire conoce
el idioma de nuestros cuerpos,
esa lengua sin palabras
que sólo pronuncian
las miradas que se aman.
La respiración se vuelve pausada,
como la marea
que besa la orilla sin apuro;
otras veces se acelera,
buscando en el pecho del otro
el refugio donde el tiempo
renuncia a seguir su camino.
Entonces la luz desaparece.
Ya no importa
si la habitación permanece a oscuras,
porque detrás de los párpados
nacen constelaciones imposibles,
estrellas de colores indefinidos
que sólo existen
cuando dos almas
se acercan hasta confundirse.
Cada roce es una promesa.
Cada beso, una eternidad diminuta.
Cada abrazo,
el milagro de dos universos
hallando el mismo horizonte.
Y cuando el instante alcanza
su más profundo silencio,
ni la luna, ni la noche,
ni el cielo entero
consiguen distinguir
dónde termina tu aliento
y dónde comienza el mío.
Sólo queda un único suspiro,
largo como el amor,
ardiente como el deseo,
sereno como la certeza
de que incluso la oscuridad
aprendió a encenderse
al contemplarnos. 
 Por debajo de la puerta,
donde el burlete parece raspar una pluma
y el taparrollo deja pasar un cabello de viento,
se cuela este julio invernal
que va helando los rincones,
las manos,los silencios.
El frío se adueña de la casa
como un huésped que jamás fue invitado,
dibujando escarcha en los vidrios
y haciendo temblar hasta los recuerdos.
Pero hay un lugar
donde el invierno pierde todas sus batallas.
Son tus besos.
Son tus abrazos,
camperas tejidas con nubes tibias,
que envuelven el alma hasta hacerle olvidar
la crueldad del viento.
Mientras el continente sur
se encoge bajo el hielo de julio,
el norte se derrite de calor;
allá los ríos sonríen entre chapuzones,
aquí la nieve ensaya su danza silenciosa
sobre los techos y los caminos.
Quizá también sonría la nieve,
pero no la cambio
por la geografía de tu piel.
Prefiero esquiar despacio por tu cuerpo,
recorrer sus montañas y sus valles
sin más destino que tus latidos.
Y cuando la noche cierre las ventanas
y el viento vuelva a buscar rendijas,
no habrá escarcha capaz de alcanzarme.
Dormiré bajo el acolchado de tus besos,
abrigado por el calor de tu ternura,
hasta que el invierno comprenda, por fin,
que ningún julio es tan frío
cuando un amor verdadero
enciende su propio verano
 Había una época en la que la libertad tenía apenas trece años, un uniforme impecable, un escudo sobre el corazón y un puñado de monedas bien apretadas en el bolsillo. No existían los celulares para avisar que habíamos llegado ni los mensajes para tranquilizar a nuestros padres. Bastaba un beso antes de salir de casa, una recomendación de último momento y la certeza de que el colectivo nos llevaría, una vez más, hasta nuestra segunda casa, la escuela.
Todo comenzaba en la esquina de Núñez y Tronador. 
Allí aparecía aquel bondi de poco más de veinte asientos, la vieja línea 405, que con el tiempo se convertiría en la 156. 
Para muchos era simplemente un colectivo; para nosotros era mucho más. Era el primer salón de clases del día, el lugar donde empezaban las risas, las bromas, las discusiones por un asiento junto a la ventanilla y las historias que se seguirían escribiendo durante años.
Desde primer año hasta sexto, recorrimos el mismo camino. 
De lunes a viernes, y muchas veces también los sábados, cuando había fogones, encuentros, partidos o alguna actividad especial. 
El viaje nunca era una obligación; era parte de la aventura de crecer.
Éramos apenas chicos de trece años cuando comenzamos ese recorrido. 
Hoy cuesta imaginarlo: atravesábamos barrios completamente solos, sin que nadie nos acompañara, llevando únicamente un guardapolvo o un uniforme, un portafolio cargado de cuadernos y sueños, y esas monedas que alcanzaban para pagar el boleto. Primero una de diez pesos; después una de diez y dos de un peso. Eran tiempos en los que la confianza viajaba con nosotros y la responsabilidad llegaba mucho antes que la mayoría de edad.
Cada parada sumaba una cara conocida. 
Subían compañeros con el sueño todavía pegado a los ojos, otros ya hablaban sin parar desde la primera cuadra, alguno terminaba la tarea a las apuradas y siempre estaba el que hacía reír a todo el colectivo. 
Sin darnos cuenta, ese pequeño bondi se convertía cada mañana en una familia rodante.
El recorrido por Núñez, el Bajo y la estación Rivadavia fue dibujando una geografía que todavía vive en la memoria. 
Frente a la estación estaba el bar Primavera, donde más de una vez compartimos un café o una charla, y donde también conocíamos a los choferes, que ya sabían quiénes éramos. 
Nos saludaban por el nombre, preguntaban por algún compañero que faltaba o simplemente sonreían al ver subir otra vez a aquella banda de adolescentes que, día tras día, ocupaba buena parte del colectivo.
El escudo en el pecho no era un simple bordado. 
Era un orgullo. Era sentirse parte de algo mucho más grande que nosotros. Cada viaje reforzaba ese sentido de pertenencia, esa amistad que se construía entre frenadas, semáforos, charlas interminables y ventanillas empañadas durante los inviernos.
Con los años llegaron los primeros amores, las confidencias, los secretos, los nervios antes de un examen y las carcajadas después de aprobarlo. 
El colectivo fue testigo silencioso de todo eso. Nos vio crecer sin decir una palabra. Nos llevó siendo casi niños y nos dejó, seis años después, convertidos en jóvenes con el corazón lleno de recuerdos.
Hoy las ciudades cambiaron. Los tiempos cambiaron. Tal vez resulte impensado que un chico de trece años recorra solo kilómetros para ir a estudiar. Pero nosotros lo hicimos. Y nunca sentimos miedo; sentíamos la emoción de empezar un nuevo día, de encontrarnos con los amigos y de vivir otra pequeña aventura sobre ruedas.
A veces creemos que los recuerdos más importantes nacen de los grandes acontecimientos. 
Sin embargo, muchas de las páginas más hermosas de la vida fueron escritas en aquellos asientos gastados de un colectivo común, entre el ruido del motor, el timbre que anunciaba una parada y las conversaciones que parecían no terminar nunca.
Aquel viejo 405, que después fue el 156, no solo nos llevaba desde Núñez hasta la escuela. Nos llevaba hacia la adolescencia, hacia la amistad verdadera, hacia los primeros sueños y las primeras responsabilidades. Sin saberlo, nos enseñaba que crecer también era animarse a recorrer el camino solos.
Y todavía hoy, cuando algún colectivo pasa frente a la estación Rivadavia o recorre aquellas calles de siempre, es imposible no mirar por la ventanilla imaginaria y volver a ver a ese grupo de chicos de trece años, con el uniforme impecable, el escudo en el pecho, el, portafolio cargado de ilusiones y el mundo entero esperándolos al final del viaje. Porque aquel bondi nunca fue solamente un medio de transporte; fue el puente que nos condujo hacia algunos de los recuerdos más felices e imborrables de nuestra vida. 
 Domingo de sol,
de recuerdos que nunca aprendieron a irse,
de mundiales que pasaron sin pena ni gloria
y de otros que quedaron clavados en la memoria
como la lluvia golpeando los ventanales del último piso.
Todavía flota ese gusto amargo de la derrota,
mezcla de alcohol, insultos, efedrina
y una lágrima silenciosa que cae desde un balcón
hasta perderse en la esquina.
Pero también existe la sonrisa de un sábado compartido,
el fútbol, el café, el triunfos,
la paz que aparece sin pedir permiso
cuando el corazón decide hacer un alto.
Llueve cuando la tormenta lo ordena,
y sale el sol cuando el día amanece dispuesto
a devolverle la esperanza a la ciudad.
Buenos Aires despierta y se adormece
entre avenidas que conocen todas las historias,
mezcla extraña de sexo sin alcohol,
de abrazos que duran una noche
y promesas que sobreviven un invierno.
Y todavía llega, por debajo de la puerta,
ese aroma lejano a tabaco,
como un fantasma amable
que se niega a abandonar la casa
porque también fue parte de la felicidad.
La luna se acuesta sobre el barrio,
las persianas bajan lentamente,
y vuelve a llover en el último piso.
Entonces comprendo
que la vida es un camino interminable,
hecho de domingos luminosos,
de noches eternas, de mundiales, derrotas y victorias,
de cafés compartidos,
de silencios que hablan más que los gritos,
y de un insulto perdido en la frontera del olvido,
mientras la ciudad sigue respirando.
Porque al final,
cuando todo parece haber terminado,
siempre habrá una ventana abierta,
un recuerdo esperando volver,
una lluvia escribiendo sobre los techos
y un domingo de sol
dispuesto a comenzar otra historia,
siempre tomados de la mano,
mezclando el café con el mate.
y la gaseosa con el wuisky.
 La luna, en cuarto creciente,
enciende de plata la avenida.
En la mano par duerme la calma;
en la impar, una tormenta única e irrepetible
se prepara para desbastar árboles,
para caer sobre vehículos dormidos,
como si el cielo quisiera recordar
que toda ciudad tiene un corazón indómito.
Esa es la magia de la avenida.
De un lado, la esquina nos reúne
para conversar hasta la madrugada,
convencidos de que entre un café, un mate
y unas cuantas palabras
todavía es posible arreglar el mundo.
Del otro lado,
los gritos se empapan bajo una lluvia de insultos;
las voces chocan como relámpagos,
y el agua arrastra promesas rotas
por el cordón de la vereda.
Entonces, un fuelle respira en la esquina.
El bandoneón derrama notas de un tango
que se mezclan con la lluvia,
con las luces amarillas,
con el perfume del asfalto mojado
y con la nostalgia de quienes regresan
sin saber muy bien de qué huyen.
En la soledad de un sábado
escribo la letra de mi último tango.
No habla de derrotas, ni de bares vacíos,
ni de copas olvidadas.
Habla de ella.
Porque entre la luna creciente,
la tormenta, las discusiones de la esquina
y el rumor de la ciudad que nunca termina de dormirse,
ella sigue siendo la única protagonista.
Es la melodía que el bandoneón persigue,
la luz que ninguna nube consigue apagar,
el verso que siempre encuentra
la forma de volver.
Y mientras la avenida divide
la mano par de la mano impar,
la calma del vendaval,
el abrazo del desencuentro,
mi tango elige un solo destino,
pronunciar su nombre para 
que la noche lo guarde
como la luna guarda su luz
hasta el amanecer.
 Los adoquines de Buenos Aires sudan
cuando la lluvia vuelve,
y en el último piso
siempre llueve en la misma esquina,
como si el cielo conociera
el camino de los recuerdos.
Aprendí que el valor de la palabra
pesa mucho más
que millones de dólares.
Una promesa dicha de frente
vale más que cualquier fortuna,
porque el tiempo jamás logra devaluarla.
Hay frases de mis poesías
que vuelven una y otra vez
a través de los años.
No son simples versos;
son huellas que, sin saberlo,
marcaron mi vida
y quedaron para siempre
escritas en la memoria.
Está el Delta,
el inmenso Paraná,
el Carapachay,
esa casa inolvidable
llamada El Pájaro Loco,
y aquella lancha, Enlace,
que nos llevaba despacio
por los rincones ocultos del río,
donde el silencio
también aprendía a navegar.
Está la Escuela Técnica Raggio,
con sus talleres,
sus sueños de juventud
y ese grupo de amigos
que el tiempo no pudo separar.
Los años pasaron,
cada uno siguió su camino,
pero seguimos encontrándonos,
conversando, riendo como entonces,
demostrando que la amistad
también sabe vencer al calendario.
Y está mi barrio.
El de siempre, mi avenida,
el café de la esquina,
las veredas gastadas,
las conversaciones interminables,
los abrazos, los nombres que nunca se olvidan,
los rostros que forman parte
de la historia de todos los días.
Todo eso soy.
Un pedazo de mi mundo,
hecho de calles, de ríos, de amigos,
de palabras y de recuerdos.
Porque, al final, la verdadera riqueza
no se guarda en un banco
ni se mide en dinero.
Se guarda en los lugares
que nos hicieron felices,
en las personas
que caminaron a nuestro lado,
y en las historias
que todavía seguimos escribiendo
cada vez que el corazón decide volver a casa.
 Elijo el color de tus ojos
y el color de mi bandera.
Elijo creer cuando el mundo duda,
y sembrar palabras donde otros levantan piedras.
Elijo conversar y no gritar,
debatir sin herir, escuchar sin condenar.
Porque los insultos son cenizas del orgullo,
y el amor siempre encuentra otra manera de hablar.
Elijo caminar abrazado a tu cintura,
que me regales un cuento, aunque sea una mentira,
si en tu voz encuentro refugio
y en tu sonrisa comienza el día.
Elijo los besos apasionados de una noche,
antes que la sombra constante del ayer;
porque el pasado es un libro ya leído,
y vos sos todo lo que me queda por conocer.
Elijo llegar a una final sin concesiones,
sin deberle al destino más que mis convicciones.
No elegiré jamás saludar desde un balcón
cargando favores en el corazón.
Elijo el camino que mira hacia delante,
y si la lluvia nos sorprende al andar,
debajo de la caricia del agua y del viento,
elijo tu mano y volver a empezar.
Y si me critican, elijo el silencio;
confrontar a la ignorancia es perder el tiempo.
La vida pasa ligera, como un río sin regreso,
y prefiero gastarla en un abrazo, no en un enfrentamiento.
Elijo a los amigos, a las tardes compartidas,
a las poesías que nos nombran sin hablar.
Y cuando el tiempo nos encuentre más despacio,
seguiré eligiendo lo mismo, una y otra vez:
Creer, creer en vos, creer en nosotros.
Creer que mientras caminemos juntos,
ninguna tormenta podrá dejarnos atrás.
 Buenos Aires camina, canta y sonríe,
con zapatos de lluvia sobre el empedrado,
y un tango nostálgico se descuelga
de los balcones mojados.
La llovizna acaricia las veredas,
los faroles se visten de nostalgia,
y los bares encienden sus refugios
contra el frío que abraza la ciudad.
Un café entre las manos
es el mejor aliento de la noche,
un pequeño fuego compartido
mientras el invierno conversa
con los cristales empañados.
Pero allá arriba,
en el último piso,
donde las ventanas parecen tocar las nubes,
la lluvia golpea los vidrios
con su música de recuerdos.
Y qué pena desperdiciar
el hermoso placer de caminar bajo la lluvia,
de perderse entre las calles,
de mojar los sueños,
de dejar que las gotas recorran la piel
como versos recién nacidos.
Sin embargo,
en esa altura donde la ciudad se vuelve infinita,
la lluvia pierde su magia,
las luces se derraman sobre el asfalto,
las avenidas parecen ríos de estrellas,
y Buenos Aires baila lentamente
su eterno tango de invierno.
Entonces la noche se vuelve abrazo,
el café se vuelve ternura,
y mientras la lluvia sigue cayendo
sobre techos, plazas y adoquines,
los corazones descubren
que la primavera puede nacer
mucho antes de que termine el invierno

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...