jueves, 1 de octubre de 2026

 Cometí el delito de besarla,
y desde aquel instante
quedé encerrado en el amor…
ese que jamás quise,
ese que no permití que me rozara
ni siquiera lentamente.
Pero aquella noche,
a orillas del río,
entre la brisa, la penumbra
y el secreto tibio de su boca,
caí en mi propia trampa.
Y lo más extraño de todo
es que nunca intenté escapar.
Hoy navego junto a ella,
rumbo al Paraná,
y mientras el agua nos abre camino,
lo cuento entre sonrisas a mis amigos,
como quien confiesa una travesura
que volvería a cometer mil veces.
Ellos se ríen…
sin saber que hay delitos
que no merecen condena,
besos que cambian el rumbo
y mujeres que, sin cadenas ni promesas,
te dejan prisionero de su piel,
de su mirada,
de esa manera suya de acercarse
y desordenarte el alma.
Yo, que nunca quise caer en el amor,
cometí el peor de los errores:
besarla aquella noche junto al río…
y descubrir que mi única condena
era no querer salir jamás de ella.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

 Un bondi con aire acondicionado, 
una tarjeta SUBE y una ilusión en los bolsillos. 
Ella viaja hacia el centro de Buenos Aires, 
perdida entre las páginas de un libro que nadie más lee, 
entre líneas que quizás solo ella entiende. 
Afuera, la ciudad despierta lentamente, 
como si cada día tuviera que recordar 
cómo ponerse en movimiento. 
Los autos serpentean en las avenidas, 
el asfalto empieza a emanar su calor y las esquinas, 
con su propio ritmo, cobran vida; 
así transcurre una mañana en Buenos Aires.
 Una pizza, una empanada
 y el recuerdo de un buzón… 
Así camino, solitario, 
por un Buenos Aires que me parió 
en el barrio más lindo de la Capital.
Con ese olor inconfundible a nostalgia 
que se queda prendido en las calles, 
en las esquinas y en los recuerdos.
Y entre tanta melancolía, 
hay algo que me devuelve la vida: 
los ojos de una flor… 
Porque cada vez que te miro, 
encuentro en ellos ese Buenos Aires que llevo en el alma.
 Un disfraz de tres colores, 
un mate sin azúcar, 
un whisky con hielo y esa dulzura 
que solo se encuentra en el lugar indicado…
Después de una cena, 
cuando el viento se lleva 
los últimos rastros de la lluvia 
y la luna se confunde,
con el brillo de sus ojos, 
la noche deja de pertenecer al tiempo.
Y ahí, entre silencios, 
miradas y pequeños instantes, 
uno descubre que hay noches 
que no necesitan promesas ni explicaciones… 
solo el encanto de estar 
donde el corazón quisiera quedarse.
Una noche sin tiempo, 
una mirada infinita y la magia de lo irrepetible 
de una noche en Buenos Aires.
 Una noche, un adoquín gastado, 
un semáforo en tres colores 
y tu cabello enredado en la luna.
Una porción de pizza compartida, 
un beso, un abrazo
 y esa interminable conversación hecha de besos, 
mientras corre Buenos Aires; 
el Obelisco vigila y las cuartetas o las tercetas 
se mezclan con el murmullo de la provincia.
Y vos… siempre vos.
Porque hay noches en las que no hace falta mucho:
 una calle, algo rico para compartir,
 la poesía escondida en cualquier esquina 
y esa manera tuya de convertir lo cotidiano en algo inolvidable.
Buenos Aires, una porción de pizza y vos. 
Qué más puede pedirle uno a la noche.
 Un fuelle llorando en una esquina,
una lágrima buscando un rostro,
una pluma buscando un autor
y una poesía buscándote a vos.
Bajo una luna escondida,
sobre un río vestido de sol,
entre tangos, silencios y recuerdos,
la noche escribe tu nombre
sin pedirle permiso al amor.
Porque hay versos que no se escriben,
se sienten…
Y aunque el mundo siga su rumbo,
mi poesía siempre termina
buscándote a vos.
 Los ojos color de asfalto,
la mirada perdida en la nada,
y en el cabello, una flor
que guarda recuerdos del alma.
Él partió sin despedirse,
sin un adiós, sin regreso,
el día en que el sol le nubló la vista
y la noche le cerró los ojos
para siempre, en silencio.
Y ella quedó allí,
abrazada a un recuerdo,
con los labios llenos de preguntas
y el corazón cubierto de invierno.
Virgen de la vida,
sin conocer sus primaveras,
sin descubrir la luz del sol,
sin que el amor le abriera
las puertas de su corazón.
Se quedó esperando un mañana
que nunca llegó a su ventana,
con una flor entre los cabellos
y mil sueños durmiendo en su almohada.
Él se llevó la despedida
que jamás pudo pronunciar,
y ella se quedó con una vida
que nunca terminó de comenzar.
Porque hay ausencias que no entierran a los muertos,
pero dejan a los vivos
sepultados en el recuerdo.
Y en sus ojos color de asfalto,
donde alguna vez brilló la ilusión,
todavía llora aquella muchacha
que nunca conoció el sol…
ni el verdadero calor del amor.
La luna de Saavedra
no es igual a la lluvia de Cabildo.
En Cabildo, la tormenta
inunda las calles,
mientras en Saavedra
las estrellas brillan
como recuerdos que se niegan a morir.
Y en el desconsuelo de tu ira,
el viento se lleva
la única nube
que te invitó a pasear por la vida.
Queda la lluvia,
queda la luna,
quedan las calles vacías…
Y ese cielo que, aunque sea el mismo,
ya no nos mira igual.
Porque hay tormentas que mojan la vereda
y otras que nos llueven por dentro.
 En tu cuerpo, el mapa de la vida
se despliega en cada pliegue de tu piel,
donde habitan secretos que mis besos descubren
y el amor escribe su poema más fiel.
Recorro tu geografía con ternura,
entre rincones secretos y luz de amanecer,
descubriendo en cada caricia
la belleza infinita de tu ser.
Porque tu cuerpo es un universo,
un paisaje de deseo y emoción,
donde mis besos dibujan caminos
y cada latido pronuncia tu nombre.
Perderme en tu piel no es perder el rumbo,
es encontrar mi destino
en el mapa de tu amor.

martes, 29 de septiembre de 2026

Subsidios.

 Los subsidios en el mundo y en la Argentina: entre la protección social y la utilización política
Hablar de subsidios es hablar de cómo cada país organiza sus recursos, distribuye los costos de los servicios públicos y decide qué parte debe pagar el ciudadano y qué parte debe asumir el Estado. Es un debate económico, social y también político, porque detrás de cada subsidio existe una decisión sobre cómo se utiliza el dinero público y quiénes reciben sus beneficios.
Prácticamente todos los países del mundo utilizan, de una u otra manera, mecanismos de subsidios o ayudas estatales para sostener determinados servicios y actividades. Sin embargo, las diferencias son importantes: algunos gobiernos mantienen tarifas reducidas para amplios sectores de la población, mientras que otros concentran la asistencia en los hogares de menores ingresos o en quienes cumplen determinados requisitos.
En los países exportadores de petróleo y gas, como Arabia Saudita, Kuwait y Qatar, los recursos energéticos han permitido históricamente mantener precios internos relativamente bajos para determinados consumos. En Europa, países como España y Francia cuentan con mecanismos de asistencia para ayudar a los hogares vulnerables a afrontar sus facturas energéticas. En América Latina también existen diferentes modalidades: Brasil y México aplican esquemas de apoyo tarifario, mientras que Colombia utiliza un sistema de subsidios y contribuciones diferenciados para determinados servicios públicos.
El transporte es otro ejemplo significativo. Luxemburgo ofrece transporte público gratuito a nivel nacional, mientras que numerosas ciudades europeas y estadounidenses financian una parte de sus sistemas de transporte mediante fondos públicos, impuestos y otras fuentes de ingresos. En estos casos, el precio del boleto que paga el pasajero no necesariamente cubre la totalidad del costo del servicio.
Esto demuestra que los subsidios no son exclusivos de un modelo económico ni de una determinada ideología política. Son instrumentos utilizados por gobiernos de distintas orientaciones, aunque con alcances, objetivos y resultados diferentes.
Sin embargo, que un mecanismo exista en muchos países no significa que todos lo apliquen de la misma manera ni que sus resultados sean equivalentes. La cuestión central es cómo se financia, quién recibe la ayuda, cuánto cuesta y qué beneficios concretos produce para la sociedad.
La Argentina: qué se subsidia y cómo funciona
En la Argentina, los subsidios han sido históricamente una herramienta para moderar el costo de los servicios públicos y sostener el acceso de la población a prestaciones esenciales. Su alcance ha variado según las decisiones económicas de cada gobierno.
En materia energética, el sistema de asistencia contempla mecanismos de bonificación para determinados hogares en las tarifas de electricidad y gas, así como ayudas vinculadas al gas envasado, de acuerdo con las condiciones y los requisitos vigentes. En el transporte público existen beneficios como la Tarifa Social SUBE, que permite acceder a descuentos a determinados grupos de usuarios en las jurisdicciones adheridas. También hay programas de asistencia sanitaria para cubrir necesidades específicas de medicamentos, insumos y tratamientos, conforme a sus respectivos criterios de acceso.
Es importante distinguir entre los subsidios que el Estado destina a sostener las tarifas de los servicios, los descuentos que reciben directamente determinados usuarios y los programas de asistencia social. Aunque todos representan formas de intervención pública, no funcionan necesariamente de la misma manera ni tienen idénticos destinatarios.
El propósito de estas políticas puede ser legítimo y necesario: evitar que los sectores de menores ingresos queden excluidos de servicios fundamentales. El problema aparece cuando la ayuda no se distribuye con criterios transparentes, cuando se vuelve financieramente insostenible o cuando se confunden los objetivos sociales con los intereses políticos de quienes gobiernan.
Los subsidios durante los gobiernos kisneristas
Durante los gobiernos kisneristas, los subsidios generalizados a la energía y al transporte ocuparon un lugar central en la política económica. El objetivo declarado de mantener tarifas relativamente bajas para amplios sectores de la población fue sostener el consumo y moderar el impacto de los costos de los servicios sobre los ingresos familiares.
Esta política permitió que muchos usuarios pagaran tarifas inferiores a las que habrían afrontado sin asistencia estatal. Al mismo tiempo, el esquema generó controversias por su costo fiscal, sus efectos sobre la inversión, las distorsiones en los precios y la distribución de los beneficios.
Una de las principales cuestiones que merece analizarse es la dimensión política de este mecanismo. Cuando un gobierno subsidia un servicio, existe el riesgo de que una política pública legítima se convierta también en una herramienta para construir apoyo político y conservar adhesiones electorales.
Las tarifas reducidas pueden producir un beneficio inmediato y visible para el ciudadano. Si ese beneficio se presenta como una concesión personal del gobierno y no como una política financiada con recursos públicos, puede instalarse la percepción de que el gobernante está otorgando un favor, cuando en realidad administra recursos que pertenecen al conjunto de la sociedad.
En ese sentido, la utilización de los subsidios como instrumento de fidelización política constituye una cuestión que debe examinarse con seriedad. No obstante, es importante distinguir entre los efectos electorales que puede producir una política económica y la afirmación de que existió un intercambio deliberado de beneficios por votos. Para sostener esto último en un caso concreto se necesitan pruebas que permitan demostrarlo.
La discusión, por lo tanto, no consiste en negar que los subsidios puedan mejorar las condiciones de vida de la población, sino en preguntarse si fueron diseñados para resolver necesidades reales, si llegaron a quienes más los necesitaban y si su administración respondió al interés público o también a objetivos de construcción de poder.
Una práctica que no reconoce fronteras políticas
La relación entre asistencia estatal y conveniencia electoral no es un fenómeno exclusivo de la Argentina ni de los gobiernos kisneristas. En distintos países, las ayudas económicas, los beneficios tarifarios y las transferencias públicas han sido objeto de controversias por su posible utilización con fines electorales.
Los gobiernos de diferentes orientaciones políticas pueden encontrar en estas medidas una forma de obtener reconocimiento social. Por eso, el análisis no debería limitarse a una ideología o a un partido, sino examinar las reglas de asignación, la transparencia del financiamiento, los controles institucionales y la existencia de posibles condicionamientos políticos.
Hay una diferencia fundamental entre un Estado que protege a los ciudadanos mediante criterios objetivos y un gobierno que intenta presentar esa protección como una dádiva propia.
El subsidio no es un regalo del gobernante: es una política pública financiada con recursos de la sociedad.
El dinero es de todos, pero los beneficios no siempre llegan a todos
Este es uno de los aspectos centrales del debate. Los recursos que financian los subsidios provienen, directa o indirectamente, de los impuestos, de los ingresos públicos y de otras fuentes de financiación estatal. Es decir, son recursos que pertenecen al conjunto de la sociedad.
Sin embargo, los beneficios pueden distribuirse de manera desigual. Esto no es necesariamente injusto: un sistema bien diseñado puede destinar más ayuda a quienes tienen menos ingresos, a las personas con necesidades especiales o a quienes no podrían afrontar determinados servicios sin asistencia.
El problema aparece cuando los subsidios generalizados benefician también a hogares que podrían pagar el costo real, mientras que otros sectores con necesidades más urgentes reciben una ayuda insuficiente. También surge cuando los recursos se asignan sin transparencia, sin controles adecuados o sin una evaluación seria de sus resultados.
En esos casos, la sociedad entera asume el costo, pero los beneficios pueden concentrarse en determinados grupos. Y cuando la distribución responde a intereses políticos antes que a necesidades verificables, el subsidio deja de ser solamente una herramienta económica y se convierte en un problema de equidad y calidad institucional.
Por eso, evaluar un sistema de subsidios requiere formular algunas preguntas fundamentales: ¿quiénes reciben la ayuda?, ¿quiénes la financian?, ¿qué proporción del costo cubre el Estado?, ¿qué resultados produce?, ¿es sostenible en el tiempo? y ¿existen mecanismos que impidan su utilización partidaria?
El desafío: proteger sin generar dependencia política.
Reducir los subsidios puede aliviar el gasto público, pero también puede trasladar una mayor parte del costo a los hogares y afectar especialmente a quienes tienen ingresos limitados. Mantenerlos sin límites ni criterios adecuados, por otro lado, puede comprometer las cuentas públicas, desalentar inversiones y distribuir los recursos de manera poco eficiente.
Por eso, el desafío consiste en encontrar un equilibrio entre la sostenibilidad económica, el acceso a los servicios esenciales y la protección de los sectores más vulnerables.
Un sistema transparente debería establecer criterios claros de acceso, revisar periódicamente quiénes necesitan la asistencia, publicar sus costos y resultados y contar con controles que impidan condicionar los beneficios a la adhesión política de sus destinatarios.
El ciudadano debe poder recibir una ayuda estatal porque cumple los requisitos establecidos, no porque apoya a un partido, participa de un acto o responde a las expectativas electorales de un funcionario.
La asistencia social puede ser una expresión de solidaridad y una responsabilidad legítima del Estado. Pero esa legitimidad se debilita cuando los recursos públicos se utilizan para construir lealtades políticas o cuando se intenta convertir un derecho establecido por las normas en una supuesta generosidad personal de quienes gobiernan.
Una reflexión final
La experiencia internacional demuestra que existen distintas maneras de subsidiar los servicios públicos. Algunos países optan por ayudas amplias; otros priorizan a los sectores vulnerables; muchos combinan ambos sistemas. Lo importante no es solamente cuánto dinero se destina a los subsidios, sino cómo se distribuye, quién lo recibe, quién lo paga y qué resultados obtiene la sociedad.
En la Argentina, el debate sobre los subsidios debe incluir tanto sus consecuencias económicas como su posible utilización política. La discusión sobre los gobiernos kisneristas, en particular, no puede limitarse a señalar que mantuvieron tarifas reducidas: también debe examinar los costos del sistema, la distribución de sus beneficios y la relación entre esas políticas y la construcción de apoyo electoral, sin confundir las críticas políticas con hechos que requieren demostración.
Porque detrás de cada tarifa subsidiada hay una decisión colectiva sobre el destino de los recursos públicos. Y detrás de esa decisión hay ciudadanos que contribuyen, de distintas maneras, a sostener el funcionamiento del Estado.
El verdadero debate no es si los subsidios deben existir o desaparecer, sino si están al servicio de la sociedad o si terminan al servicio de quienes gobiernan.
Un subsidio bien diseñado puede proteger a quienes más lo necesitan, facilitar el acceso a servicios esenciales y reducir desigualdades. Un subsidio mal diseñado puede comprometer recursos públicos, beneficiar desproporcionadamente a determinados sectores y convertirse en una herramienta de conveniencia política.
En definitiva, los recursos del Estado no pertenecen a un gobierno ni a un partido: pertenecen a la sociedad que los genera. Administrarlos con justicia, transparencia y responsabilidad no es un favor que el poder le hace al ciudadano; es una obligación de quienes lo ejercen.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Entré al Garrahan con un enojo y salí con muchas preguntas
Chicana tras chicana, insulto tras insulto, parecería que, para algunos expertos en todo, quienes observamos lo que ocurre en la Argentina somos lo suficientemente ignorantes como para no comprender lo que, según ellos, se hizo por el país. Mientras afuera se multiplicaban los gritos, las consignas y las discusiones políticas, yo decidí hacer algo bastante más sencillo: entrar al Hospital Garrahan y mirar. No fui acompañado por un grupo de amigos, no fui en representación de nadie, no llevé una bandera ni una consigna política. Fui solo, llevando conmigo algo mucho más importante: el nombre de mi padre.
Mi padre trabajó desde los 17 años en la Academia Nacional de Medicina y continuó haciéndolo prácticamente hasta el día de su muerte, que ocurrió precisamente el día de su cumpleaños número 80. Durante todos esos años fueron muchísimos los médicos que lo conocieron, y algunos todavía lo recuerdan. Fue justamente gracias a ese recuerdo, a ese vínculo que mi padre construyó durante toda una vida de trabajo, que tuve la posibilidad de conocer desde adentro un lugar que hasta ese momento yo solamente conocía por lo que escuchaba decir. Y llegué, debo reconocerlo, con un enojo. Había escuchado durante días discusiones, acusaciones, gritos y consignas, y cada uno parecía tener su propia versión de lo que estaba ocurriendo. Yo mismo empezaba a sentir que quizás ese enojo que tenía era exagerado. Por eso decidí no quedarme con lo que escuchaba afuera. Quise entrar, caminar, preguntar y escuchar a quienes todos los días trabajan allí.
Antes de entrar, sin embargo, había ocurrido una escena que también me quedó grabada. Le pregunté a una señora cuál era el motivo de su llanto tan estremecedor. Lo curioso fue que, casi automáticamente, dejó de llorar. Estábamos aproximadamente a unos cien metros de la calle San José y me respondió en voz baja que, si no venía a hacer lo que estaba haciendo, no cobraba. No hice ningún comentario. Seguí caminando y pensé que, quizás, esa pequeña conversación explicaba mucho más de la Argentina que cualquiera de los discursos que se estaban escuchando en la calle.
Pero adentro la realidad era otra. Ya caminando por el hospital, comencé a observar con bastante asombro cómo estaban quedando las salas. Se están arreglando y modificando una por una y, una vez que uno entra y deja de mirar hacia el exterior, tranquilamente puede tener la sensación de encontrarse en un sanatorio del pleno centro de la capital. Las camas fueron una de las primeras cosas que llamaron mi atención. Me explicaron que las nuevas son motorizadas y permiten realizar todos sus movimientos de manera automática, facilitando tanto la atención de los pacientes como el trabajo cotidiano del personal. Pero hubo algo que me sorprendió todavía más: se están reemplazando las camas antiguas, aquellas que durante años se movían mediante manivelas y de forma manual. Según me explicaron, es la primera vez, después de casi 25 años, que se realiza una renovación de camas y colchones de esta magnitud. También se están entregando almohadas y frazadas nuevas. Durante todo ese tiempo, me contaron, se habían utilizado colchones que tenían más de 25 años de antigüedad y, en muchos casos, las frazadas que llevaban los propios pacientes. Cuando uno escucha una cifra así desde afuera, puede parecer simplemente un número, pero cuando está parado dentro de una habitación, frente a una cama donde hay un niño internado, ese número adquiere otra dimensión. Ya no estamos hablando solamente de una cama vieja o de un colchón antiguo, sino de algo que forma parte de la vida cotidiana de un chico internado y de una familia que muchas veces permanece allí durante días o semanas.
Y es que el Garrahan no atiende solamente a los niños que viven en los alrededores. Durante la recorrida pude comprender mejor que allí llegan chicos de todo el país, desde las grandes ciudades hasta los pueblos más pequeños y alejados de Buenos Aires. Familias que muchas veces recorren cientos de kilómetros para que sus hijos puedan recibir atención especializada y que, de repente, tienen que dejar sus casas, sus trabajos y su vida cotidiana para acompañarlos. Por eso, cuando uno camina por esos pasillos, empieza a comprender que el hospital no es simplemente un edificio. Es un lugar por donde pasan miles de historias, algunas de las cuales probablemente nunca lleguemos a conocer: un niño que llega desde una provincia, una madre que deja todo para acompañarlo, un padre que espera una noticia, una familia que nunca imaginó que tendría que conocer Buenos Aires en circunstancias semejantes y, en medio de todo eso, médicos, enfermeras y trabajadores que continúan haciendo su tarea.
Durante la recorrida, algunos médicos se dieron cuenta de mi interés por conocer cómo funcionaba el hospital y comenzamos a conversar. Fue entonces cuando aparecieron otros datos que también me parecieron importantes. Según me explicaron, el presupuesto principal del hospital proviene de Nación, al que se suma una participación minoritaria de la Ciudad. Pero existe además otro mecanismo de ingresos: cuando se atiende a niños que cuentan con una obra social, el hospital factura las prestaciones correspondientes a esas obras sociales. Los médicos con los que hablé me explicaron que, según el mecanismo que actualmente se aplica, aproximadamente el 50 % de ese dinero se destina al mantenimiento, mientras que el otro 50 % se distribuye entre el personal como una suma adicional a sus ingresos. Según me dijeron, actualmente esa distribución representa alrededor de 600.000 pesos adicionales para cada trabajador del Garrahan. Son datos que me fueron transmitidos durante mi recorrida y que, por supuesto, deberían ser contrastados con la información oficial correspondiente, pero forman parte de lo que pude escuchar directamente de quienes trabajan allí. Y para mí eso tenía un valor especial, porque yo no había entrado al hospital para confirmar una idea que ya tenía. Había entrado precisamente para descubrir si la idea que tenía desde afuera era correcta.
Mientras continuaba la recorrida, también apareció otro tema que me llamó especialmente la atención: el helipuerto. A unos quinientos metros del hospital, donde actualmente se encuentra la carpa de un circo en la plaza, existía un helipuerto utilizado para el traslado urgente de niños en estado grave. Hasta hace poco, según me explicaron, los helicópteros llegaban con pacientes que necesitaban atención urgente, pero luego era necesario trasladarlos en ambulancia hasta el hospital porque el helipuerto llevaba años abandonado. Uno podría imaginar que ponerlo nuevamente en funcionamiento habría requerido una obra enorme y una inversión millonaria. Sin embargo, según la información que recibí, no fue así. Se logró poner nuevamente el helipuerto en condiciones, se colocaron las luces reglamentarias necesarias para que pueda funcionar durante las 24 horas y permitir aterrizajes tanto de día como de noche, y el costo total que me informaron fue de aproximadamente seis mil dólares. Seis mil dólares. Y entonces aparece inevitablemente una pregunta: ¿por qué durante tantos años no se hizo? Si la inversión necesaria no era millonaria, ¿qué fue lo que impidió que se hiciera antes? No me corresponde determinarlo. Puede haber sido falta de decisión, falta de gestión o inoperancia. Lo que sí puedo hacer es contar lo que vi, lo que pregunté y lo que me explicaron.
Después de recorrer el hospital, me quedé pensando en la enorme diferencia que puede existir entre mirar una realidad desde afuera y caminar dentro de ella. Afuera estaban las consignas, los gritos, los insultos y las discusiones políticas. Adentro estaban los médicos atendiendo, las enfermeras trabajando, los pacientes esperando y las familias acompañando a sus hijos. Afuera se discutía quién tenía razón. Adentro había problemas concretos que necesitaban soluciones concretas. Un niño que necesita atención no pregunta quién gobierna. Una familia que llega desde una provincia lejana no necesita una consigna política. Necesita que haya una cama, que funcione el equipamiento, que exista una sala en condiciones, que haya personal y que, si la situación lo requiere, un helicóptero pueda aterrizar lo más cerca posible del hospital.
Y quizás fue ahí cuando comprendí que mi enojo inicial efectivamente podía haber sido exagerado. No porque todos los problemas estuvieran resueltos, ni porque de repente todo fuera perfecto, sino porque la realidad que estaba viendo era bastante más compleja de lo que había imaginado. Había cosas que se estaban haciendo y otras que seguramente todavía quedaban por hacer. Había dificultades, pero también había cambios concretos. Había reclamos, pero también trabajadores que seguían adelante. Había discusiones políticas afuera, pero dentro del hospital había chicos que necesitaban atención.
En algún momento de la recorrida volví a pensar en mi padre. Él había comenzado a trabajar a los 17 años en la Academia Nacional de Medicina y había continuado haciéndolo hasta el final de su vida, hasta aquel día en que cumplió 80 años. Fueron décadas enteras en contacto con médicos, profesionales y con el mundo de la medicina. Muchos de esos médicos todavía lo recuerdan y fueron ellos quienes me permitieron entrar y conocer por dentro aquello que yo solamente conocía por comentarios y discusiones. Por eso, mientras caminaba por los pasillos, sentí que de alguna manera no estaba entrando solamente a un hospital. Estaba entrando también a una parte de ese mundo en el que mi padre había pasado prácticamente toda su vida.
Yo había llegado con un enojo. Salí con preguntas. Y creo que eso fue lo más importante que me podía haber pasado. Porque cuando uno entra a un lugar dispuesto únicamente a confirmar aquello que ya piensa, termina viendo solamente lo que quiere ver. Yo intenté hacer exactamente lo contrario. Entré para comprobar si aquello que escuchaba afuera coincidía con la realidad que estaba adentro. Y encontré una realidad mucho más compleja.
Un helipuerto recuperado puede parecer un detalle. Una cama nueva puede parecer un detalle. Un colchón nuevo puede parecer un detalle. Una almohada puede parecer un detalle. Una frazada puede parecer un detalle. 
Una sala renovada puede parecer un detalle. Pero cuando uno suma todos esos detalles, empieza a aparecer una imagen diferente. Y cuando esas mejoras ocurren en un hospital donde se atienden niños de todo el país, dejan de ser simples detalles.
No salí del Garrahan pensando que todo está perfecto. Tampoco salí pensando que todos los problemas están solucionados. Sería absurdo decirlo. Salí sabiendo algo mucho más sencillo: que antes de opinar hay que mirar, antes de repetir hay que preguntar y antes de insultar quizás convenga conocer aquello de lo que estamos hablando.
Yo fui solo.
Pero llevé conmigo el nombre de mi padre.
Y fueron los médicos que todavía lo recuerdan quienes me abrieron una puerta que, de otra manera, probablemente nunca habría atravesado.
Entré con un enojo que yo mismo comenzaba a considerar exagerado.
Salí con muchas preguntas, pero también con una certeza: la realidad no siempre está en los gritos de la calle, ni en las consignas, ni en los discursos de unos o de otros.
A veces la realidad está mucho más cerca.
Está detrás de una puerta, en una sala, en una cama, en un colchón que después de 25 años finalmente se cambia.
Está en una frazada nueva, en una enfermera que sigue trabajando, en un médico que recuerda a mi padre después de tantos años, está en un helicóptero que ahora puede volver a aterrizar de día y de noche y está, sobre todo, en esos chicos que llegan desde cualquier lugar del país buscando algo que no debería pertenecerle a ninguna bandera política: la posibilidad de recibir atención cuando más la necesitan.
Hay cosas que no necesitan discursos, no necesitan chicanas, no necesitan insultos, no necesitan aplausos, h cosas que, sencillamente, se ven.
Y un ignorante como yo —así me han hecho sentir quienes creen que tener una ideología diferente es suficiente motivo para insultar— decidió hacer algo que, quizás, sea mucho más saludable que responder con otro insulto: recorrer personalmente esos lugares que tantas veces son cuestionados desde afuera. Entrar. Mirar. Preguntar. Escuchar. Y hacerlo sin intermediarios. Porque si alguien afirma que determinado lugar funciona mal, quiero saber por qué. Si alguien dice que todo es una mentira, quiero saber qué parte es mentira. Y si alguien sostiene que las cosas están cambiando, también quiero comprobarlo.No me interesa defender una verdad construida de antemano.
Me interesa saber qué hay detrás de ella
.Y quizás ahí esté una de las grandes diferencias entre debatir y agredir. Podemos pensar distinto. Podemos tener ideologías completamente opuestas. 
Podemos defender modelos de país diferentes y tener posiciones irreconciliables sobre determinadas cuestiones. Eso es parte de una sociedad democrática. Lo que no debería ser necesario es convertir esa diferencia en un insulto.
Porque cuando dejamos de discutir ideas y comenzamos a agredir a la persona que piensa diferente, dejamos de debatir
.Y cuando de un lado aparece una agresión, del otro muchas veces aparece otra, después otra y otra.
Hasta que todos terminamos haciendo exactamente lo mismo que criticábamos en el otro.
Quizás también haya que aprender a retirarse, no siempre hay que contestar, n siempre hay que ganar una discusión.
No siempre hay que tener la última palabra.
A veces retirarse de una provocación no significa perder. Significa negarse a participar de un mecanismo de incivilización que termina convirtiendo cualquier diferencia política en una pelea personal.
Eso también aprendí durante esta recorrida, que quizás sea mucho más útil caminar, mirar y preguntar que quedarse gritando en una esquina; quizás sea mucho más productivo discutir con argumentos que responder con insultos y  que quizás un supuesto ignorante como yo pueda, simplemente, entrar a un lugar que muchos cuestionan, recorrerlo con sus propios ojos y después contar lo que vio.
No pretendo que todos piensen como yo, ni pretendo convencer a nadie; solamente pretendo algo bastante más sencillo: que antes de insultarnos por pensar diferente, tengamos la honestidad de conocer aquello de lo que estamos hablando.
Porque las ideologías pueden separarnos, las opiniones pueden enfrentarnos, pero la realidad tiene una particularidad,cuando uno decide mirarla de frente, ya no necesita que nadie se la explique.Se ve.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...