domingo, 5 de abril de 2026

 Al límite de lo desconocido,
de lo casi sobrenatural,
hay un placer callado
que sólo nace
de la entrega total.
Descubrir que es posible
con la simple sensibilidad
de dejarse ir,
de verte sonreír, sudar,
cerrar los ojos
como si el mundo fuera un sueño.
Fue y sigue siendo
uno de esos instantes
más intensos,
más verdaderos.
A media luz,
en el preciso momento
en que la cabeza se desprende del cuerpo
y el alma, sin pedir permiso,
encuentra refugio en otra.
Ahí,
donde todos los sentidos
se reúnen al borde de la piel,
marcando un compás de latidos
que ningún instrumento
podría imitar.
La poesía
que sólo sucede
donde sólo vos sabés encontrarme,
y yo sé
que vamos,
una vez cada tantas vueltas
de una aguja que ni existe.
En ese lugar
que nadie imagina,
que sólo vos y yo conocemos.
Cuando se cierra la puerta,
baja la persiana
y la ventana se entreabre apenas,
mientras gira, persistente,
el ritmo tibio de un ventilador.
El aire se vuelve denso,
la mirada se nubla,
la voz apenas susurra
lo que sólo existe entre dos.
Porque hay cosas
que sólo pasan
cuando el mundo queda afuera,
cuando el sudor canta
la más sincera de las melodías.
Entre tus labios
 mi cuerpo y la poesía.


viernes, 3 de abril de 2026

 Llora, cuando el eco de aquellos gritos
todavía rompe el aire,
cuando los insultos quedan suspendidos
como ropa húmeda en la memoria,
y el corte de la llamada
no termina de caer nunca.
Llora, porque hay finales que no saben cerrarse,
porque hay palabras que no llegan a destino
y se pudren en la garganta.
Pero con los días, lentos, torpes, inevitables,
algo empieza a cambiar de forma.
Se comprende sin querer 
comprender que el amor
no se rompe con la muerte,
ni con la distancia,
ni con ese último silencio que dolió más que nada.
Perder no siempre es dejar de tener.
Y que hay presencias
que se vuelven diarias
como el mate tibio de la mañana
o el ruido lejano de un colectivo al pasar.
Un amigo dice, hay que hacer el duelo.
Otro insiste, el tiempo lo acomoda todo.
Y algunos, más cansados o más sabios,
miran la vida de costado
y dicen que hay historias
que simplemente se guardan
en el cajón del recuerdo
para poder seguir caminando.
Pero la verdad, la verdad es que nadie sabe del todo.
Porque la vida, el barrio, la ciudad entera,
están llenos de historias inconclusas.
De gritos que no llegaron a ser abrazo.
De insultos que escondían miedo.
De despedidas que nunca se dijeron.
Y sin embargo, en cada esquina
hay un tango respirando despacio.
En cada árbol, hay una poesía escondida
esperando que alguien la mire de verdad.
En cada bondi que avanza
con su cansancio de siempre,
viaja una lágrima silenciosa
guardando una historia
que casi nadie escucha.
Pero está y alcanza con detenerse un segundo,
no solo mirar, sino ver,
para sentir cómo todo eso
se vuelve materia sensible, carne de poema.
Entonces aparecen nombres,
rostros lejanos o cercanos,
vidas que podrían ser propias
o de cualquiera.
Y alguien tal vez lo lea.
Aunque digan que cada vez se lee menos,
aunque el ruido del mundo intente tapar la palabra,
aunque parezca inútil.
Porque escribir no es para todos.
Es para los que no pueden evitarlo.
Para los que siguen, aunque nadie mire,
aunque nadie responda, 
aunque la soledad se siente al lado
como una vieja compañera.
Y entonces,
cuando la noche cae despacio
y el recuerdo vuelve sin permiso,
la hoja en blanco deja de ser vacío.
Se llena de nombres, de calles.
De heridas que todavía respiran.
Y escribir aunque duela
se vuelve una forma de quedarse,
de entender, de no perder del todo.  
Porque a veces,
cuando ya no queda nada,
queda esto, una historia,
una letra, y alguien en algún lugar
que la lee y, sin saber por qué,
también llora.
 El sol se escondió,
pero hubo puerto,
y en ese llegar sin ruido
estaban tus brazos abiertos,
como si siempre hubieran sabido
el camino de regreso.
Tu voz suave, casi susurro
despejó los restos del mundo,
apagó los gritos antiguos
y encendió un horizonte nuevo,
donde la noche ya no era oscura
sino apenas un velo.
La luna se volvió piel,
yacía entre nosotros
como una tibieza compartida,
entre sábanas de hojas de otoño
y palabras dulces,
decoradas de silencios
que también decían.
Quizás nos fuimos esquivando,
quizás elegimos caminos opuestos,
perdiéndonos a propósito
para encontrarnos más ciertos.
Y un día sin estruendo
todo se alineó en secreto:
tu vida encontró la mía
en la calma de un encuentro.
No hizo falta alzar la voz,
ni discutirle al destino,
porque en una conversación callada
se dijeron todos los latidos.
Y así, sin darnos cuenta,
fuimos llegando a ese instante
donde el amor no irrumpe,
sino que permanece.


 Ese sonido absurdo
que brota de una pantalla táctil
no es voz: es descarga.
Un dedo toca vidrio
y estalla una guerra mínima,
ridícula, pero insistente,
como si el mundo dependiera
de quién grita más fuerte
en un rectángulo iluminado.
Suben los decibeles
como sube la espuma sucia,
tapando todo:
ideas, matices, dudas.
Insultos en fila,
uno atrás de otro,
mal escritos, peor pensados,
escupidos con urgencia
como si pensar
fuera perder tiempo.
En nombre de qué.
De la verdad
La verdad, si es verdad,
no necesita pulmones inflados
ni gargantas tensas.
No se impone a los gritos,
no atropella, no empuja.
La verdad se sostiene sola,
no necesita disfrazarse de enojo.
Pero acá no.
Acá todo es volumen,
todo es exageración,
todo es teatro barato.
El grito asusta, sí,
pero es un miedo corto,hueco,
que se disuelve apenas
uno decide pensar.
El grito no llama a la atención:
la secuestra.
Te obliga a mirar,
pero no te deja ver.
Y el insulto…
el insulto es la renuncia final,
la rendición disfrazada de ataque.
Cuando aparece, la idea ya murió.
Lo hace un presidente
desde un estrado, creyéndose trueno.
Lo hace una expresidenta desde un balcón,
jugando a la épica.
Lo hace cualquiera,
encerrado en una habitación,
con la cara iluminada por una pantalla
y la cabeza a oscuras.
Distintos lugares, misma pobreza.
Gritar para no escuchar,
gritar para no pensar,
gritar para no ceder
ni un centímetro de razón.
Porque conversar implica riesgo:
el riesgo de entender,
el riesgo de cambiar,
el riesgo imperdonable
de no tener razón.
Entonces mejor el ruido.
Mejor el golpe seco
de palabras usadas como piedras.
Pero en el fondo
todo ese escándalo
no construye nada.
Es puro desgaste, puro eco,
pura repetición de vacío.
Y mientras tanto, lo simple 
lo verdaderamente difícil
queda intacto:
sentarse, callar un poco,
y decir lo que se piensa
sin necesidad de romper nada.
Porque, aunque nadie lo practique,
aunque parezca olvidado,
conversando nos entendemos
igual… o mejor.
 Pánico a la tormenta,
como si el cielo fuera a caer sobre la piel
y no a lavarla.
Pánico al deseo, esa chispa mínima
que insiste en arder aunque la tapen con años,
aunque la nombren pecado,
aunque la escondan bajo la mesa
como un secreto que respira.
Pánico al sexo, al cuerpo dicho en voz alta,
a las manos que buscan sin permiso de la culpa,
a la humedad de lo vivo
que desarma cualquier catecismo.
Pánico a la vida, y entonces sobrevivir:
cerrar ventanas, bajar persianas,
archivar latidos.
Encerrarse en un mundo que ya fue,
donde todo estaba escondido:
el cuerpo doblado, el deseo en silencio,
la sexualidad como una palabra prohibida
y el amor… el amor apenas insinuado
en cartas que nunca decían todo.
Encerrarse es no querer vivir,
es repetir la escena antigua
como una fotonovela gastada,
donde el beso se corta antes de existir,
donde la piel nunca se nombra.
La radio murmura compañía,
pero no alcanza: no abraza, no incendia,
no desordena.
Vestirse de largo para ocultar las rodillas,
como si la carne fuera delito,
como si mostrarse fuera caer.
Pero algo cruje una grieta mínima
en la costumbre.
Y entonces la poesía:
no pide permiso, no baja la voz,
no se arrodilla ante el miedo.
Rompe el dobladillo del silencio,
rompe la tela vieja del pudor heredado,
rompe la idea de que vivir
es esconderse.
Y deja al cuerpo en su sitio:
ardiendo, deseando, temblando sin culpa.
Porque no es la tormenta lo que asusta,
es descubrir que siempre hubo cielo
y nunca se miró.


Tus manos acarician el día
como si el tiempo fuera una tela dócil,
un terciopelo tibio donde descansa la luz
y aprende a pronunciar tu nombre.
Tus labios esa frontera suave
abren la mañana como una fruta madura,
y cada palabra tuya
enciende el aire con un fuego lento,
casi secreto,
como si el mundo recién empezara
cada vez que hablás.
Por las noches, en cambio,
sos refugio;
una casa encendida en medio del viento,
un rincón donde el cuerpo se vuelve lenguaje
y el silencio respira más hondo.
Tus ojos,
color del tiempo detenido entre dos latidos,
son faros en este camino extenso
que recorremos despacio,
como quien no quiere llegar
para no interrumpir la magia.
Y entonces aparece el paisaje:
el río, la caminata sin destino,
la orilla donde el deseo se vuelve brisa
y roza la piel apenas,
como una promesa que no necesita apurarse.
Hay en tus besos
un sabor antiguo y nuevo a la vez,
una forma de quedarse
sin decirlo, una manera de incendiar lo cotidiano
sin hacer ruido.
Y cuando la noche cae
y el mundo se deshace en sombras,
tu cercanía se vuelve otra cosa:
más honda, más íntima,
un temblor que recorre la piel
como si cada centímetro recordara
por qué existe.
No hace falta nombrarlo todo.
Algunas cosas viven mejor en la insinuación:
la pausa entre dos respiraciones,
el roce que no termina,
la cercanía que enciende sin consumirse.
El resto es apenas una poesía tibia,
un intento torpe de decir lo indecible,
porque esta historia
no habla de vos solamente,
ni siquiera de nosotros,
sino de todo el tiempo perdido
antes de encontrarte.
Y aun así, en cada verso queda algo:
una huella leve,
un eco de tu forma de habitar el mundo,
y ese modo tuyo de convertir lo simple
en eternidad.
 Son delgados, infinitamente delgados y frágiles,
como hilos de un tiempo que apenas se atreve a tocarse.
Alguna vez tomaron el color de la vida,
y entonces fueron fuego,
rojos encendidos, naranjas temblorosos,
un borde de luz latiendo en la penumbra.
No castaños, no quietos,
sino vivos en el aire que rodea tu rostro,
dibujando un perfil apenas enredado
donde el amor respira despacio,
como si cada curva supiera
que está siendo mirada.
Y cae el sudor, no como lluvia,
sino como un susurro que se desliza,
mojando todo lo que existe alrededor,
volviendo duro al mundo, haciéndolo dócil,casi tuyo.
Hermosa mujer de noches finas,
de hilo tenue y copas compartidas,
donde el whisky arde lento
y la crema suaviza el instante,
y en ese leve gusto a vainilla
se deshace el tiempo,
se vuelve tibio y se deja llevar.
Y una suave tela tapa tenuemente,
un velador encendido apenas,
dejando que la luz roce las sombras
mientras posás esas elevaciones
entre mis labios y la noche,
como si el mundo se detuviera
a contemplar ese instante.
La noche se vuelve única, irrepetible,
se estira en largos minutos
que parecen eternos,
donde todo lo que existe
respira más lento, late más hondo,
 y permanece erguido.
Todo se vuelve más intenso cuando estás,
más cercano al lugar donde quedarse
aunque sea por unos instantes,
aunque el destino insista en el movimiento.
Y viajás, no en distancia,
sino en esa forma única de elevarte
sin despegar los pies del deseo,
en ese vuelo irrepetible
que no necesita alas,
porque se escribe en la piel,
en la ropa olvidada,
en el gesto mínimo que delata
lo que no se dice.
Y al describirte, algo se marca,
como una huella suave en la tela del mundo,
la certeza de que hay cuerpos
que no se olvidan, instantes que no se repiten,
y un modo de arder que sólo existe,
cuando dos silencios deciden rozarse.
 Gotas, truenos,
y el cielo que habla en relámpagos,
abriéndose en luces breves
como si escribiera tu nombre
sobre la noche.
Hay un zumbido en el aire,
ese susto dulce de la tormenta,
y al mismo tiempo
la alegría inevitable
de saberla llegar.
Porque la lluvia también es espera cumplida.
Tu temor y tu risa
se mezclan en algún rincón
que no alcanzo a ver, pero siento.
Como siento la distancia
pesando entre los dos,
nombrando mi no llegada
con una insistencia callada.
Y sin embargo, mañana será de fiesta,
lo dice la tierra mojada,
lo dicen los charcos
guardando pedazos de cielo.
Hoy dejáselo al agua,
dejáselo al cielo abierto
que descarga todo lo que tiene,
como si también supiera cuánto hacía falta.
No te escondas de la lluvia,
dejá que te encuentre, que te roce lento,
que te enfríe apenas la piel
para que después imagines mis manos.
Y mientras tanto,
el sonido de la chapa nos acompaña,
constante, íntimo,
como un idioma compartido:
a mí, acá…y a vos, allá…
dos refugios distintos,
una misma tormenta.
Entre trueno y trueno
hay silencios que te buscan,
espacios donde te nombro
sin voz, donde te acerco
aunque no estés.
Cierro los ojos
y te dibujo en la penumbra,
con la lluvia deslizándose
por tu cuello, bajando despacio,
como si supiera el camino
que yo todavía no puedo recorrer.
El ventilador gira, terco,
peleando con la humedad,
pero hay otra brisa
que insiste más hondo:
nubes cargadas de mí,
cruzando la noche para alcanzarte.
Que te lleven besos,
uno por cada gota que golpea tu techo.
Que te envuelvan despacio,
como abrazos largos,
de esos que no se apuran
y se quedan un poco más de lo necesario.
Que te cuiden el descanso,
que te rocen el sueño, que se queden cerca
hasta que yo llegue.
Porque voy a llegar.
Y cuando pase la tormenta,
cuando el cielo se calme
y la tierra respire hondo,
vamos a reírnos del miedo,
de la distancia, de esta noche interminable.
Pero ahora, en este instante exacto
en que el mundo cae en lluvia,
dejame estar así, hecho tormenta,
hecho sonido, hecho cielo sobre vos.
Porque incluso lejos, incluso sin tocarte,
hay algo que no sabe de distancias:
este amor que insiste, que cae,
que vuelve siempre, como la lluvia.


martes, 31 de marzo de 2026

Diciembre de 1941: la Academia:

Diciembre de 1941: la Academia, después de tanto buscarse, encontró su casa.
En la calle Las Heras 3092, el edificio se alzó como quien guarda secretos. 
La puerta principal, firme, abierta al mundo, dejaba entrar la luz y las primeras miradas, pero no todo ocurría ahí.
Sobre Coronel Díaz, otra entrada respiraba distinto: por ella llegaban los pasos apurados, las manos que sabían, los nombres que no quedaban escritos pero sostenían todo y, por Melo 3082, el ir y venir era más humano, más frágil: la maestranza, los pacientes, las historias que no siempre encontraban palabras.
El edificio tenía profundidad, un subsuelo donde la luz era escasa y la ciencia parecía latir en silencio. Allí, entre cables y máquinas, la electromedicina intentaba escuchar lo invisible del cuerpo. 
Cerca, los depósitos guardaban no solo herramientas, sino el cansancio de los obreros, el eco de Obras Públicas, las huellas de quienes también cruzaban la calle para cuidar la penitenciaría de enfrente y la escuela vecina.
Esa escuela, pegada a la Academia como un susurro distinto, donada para enseñar, se llenaba de voces pequeñas, de tizas, de futuro. Mientras tanto, del otro lado, la ciencia buscaba respuestas en cuerpos cansados. Dos mundos, apenas separados, respirando el mismo aire.
En la planta baja, el movimiento nunca descansaba: pasillos que aprendían nombres, puertas que se abrían con esperanza, miradas que preguntaban sin decir. Más arriba, en los pisos, el silencio se volvía denso. Allí se pensaba, se dudaba, se insistía. Los laboratorios eran como faros encendidos en medio de la incertidumbre.
Y así, con el tiempo, el edificio dejó de ser solo paredes, se volvió memoria, de los que entraban con miedo, de los que trabajaban sin ser vistos, de los que buscaban entender lo que duele.
La Academia no solo se instaló en una dirección; se quedó, también, en todo lo que allí empezó a latir.

domingo, 29 de marzo de 2026


 Mandinga, qué yeite el del viento
que te parió en una ráfaga
y te dejó caer en mi vereda
esa tarde fulera de invierno.
El sol, medio gil, ni calentaba,
y el chiflido se metía por la hendija
como un canto desafinado
rompiendo los tímpanos del silencio.
Vos caíste de remate,
como quien no quiere la cosa,
y ahí nomás se me armó el quilombo adentro,
empecé a pensarte sin permiso,
a buscarte en cada vuelta de bombilla,
en cada excusa pa quedarme un rato más.
Y fue bravo después,
quedarme sin tus caprichos,
sin ese enredo de despelotes,
mezclado entre pudor
y besos medios torcidos.
Hasta que un día,
te borraste a los gritos,
como fierro engripado que no arranca,
tirando insultos para todos lados,
pegando el portazo.
Dolió, claro que dolió,
pero uno es bicho de barrio,
y en el rioba siempre hay alguno
que te sacude el hombro,
te arrima un abrazo sin vueltas,
te convida una copa
y te seca las lágrimas
aunque ya no sepan por quién.
Y el tiempo, viejo sabio,
hizo su laburo en silencio,
fue aflojando los nudos,
barriendo los recuerdos
como viento manso después de la tormenta.
El olvido, por suerte, llegó ligero,
sin hacer ruido, sin pedir permiso,
me dejó la memoria limpia
pa volver a empezar.
Hoy, sin querer,
desde el último piso
vi la lluvia caer sobre la ciudad,
y apenas te recordé pero ya no dolía.
Era apenas un eco,
un nombre que se pierde en la llovizna,
y una sonrisa mansa
por todo lo vivido
y todo lo que, al fin,
supo irse a tiempo.


jueves, 26 de marzo de 2026

 Una gota de sudor resbala como historia mínima,
una cana asoma, sabia, cargada de amor y de memoria,
una alegría estalla sin permiso,
un grito corta el aire,
una traición filosa, deja cicatriz en la sombra.
Son los caminos de la vida,
esa trama que pisamos cada día sin mapa,
donde a veces llueve con furia
y otras el sol cae dorado sobre las veredas cansadas.
Avenida que se inunda,
colectivos que avanzan como barcos urbanos,
el murmullo del Metrobus latiendo,
y de pronto milagro simple,
una sonrisa porque llega el bondi.
Así es Buenos Aires:
una mezcla indomable,
un caos con ritmo,
una melange de cosas difíciles de explicar
pero fáciles de entender
cuando se la camina.
Cuadras de Callao al Obelisco por Corrientes,
luces que nunca duermen,
una pizza compartida que salva la noche,
un café que abriga el alma,
un turista perdido que se encuentra
mezclado con un porteño que nunca se fue.
Un tango que duele en el pecho,
un rock que rompe la nostalgia,
una flor vendida en la esquina
como si el amor fuera urgente.
Vos.
Un beso, un abrazo que detiene el mundo
aunque sea por un segundo.
Pero también está lo terrible:
la soledad que grita entre multitudes,
la mirada que se pierde en la nada,
las historias que no se cuentan
porque pesan demasiado.
Y sin embargo, la ciudad sigue,
late, respira, insiste.
Porque mañana será otro día,
otro intento, otra herida, otra risa,
otra caminata bajo el mismo cielo incierto.
Y ahí vamos, con todo encima:
el amor, el cansancio, la esperanza, el miedo,
con el alma desordenada
pero obstinadamente viva.
Porque vivir como esta ciudad
es un acto feroz, romántico,
sagrado y a veces, terrible.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...