El tiempo nos jugó rápido,
como juegan los bondis cuando uno corre bajo la lluvia
y el chofer decide que todavía vale la pena esperarte.
Nos jugó rápido.
Un día éramos dos desconocidos
preguntándonos pavadas,
inventándonos futuros que no tenían dirección ni código postal,
y al otro día
ya sabíamos cómo le gusta el café al otro,
de qué lado de la cama duerme,
qué canción escucha cuando el mundo le queda demasiado grande
y cuál es la cicatriz que todavía no aprendió a mostrar.
Saltamos de la cocina al comedor,
del comedor al dormitorio,
como quien cambia de estación en la radio
hasta encontrar esa canción
que parece escrita para uno.
Y de repente, sin que nadie nos avisara,
pasamos de un sábado de paseo
a maratones de series que nunca terminan,
a dejar una prenda olvidada,
a compartir la contraseña del wifi,
los silencios y las ganas de quedarse.
Porque el amor, al menos en Buenos Aires,
no entra vestido de poeta romántico.
El amor entra con humedad.
Con las zapatillas mojadas.
Con olor a café recién hecho.
Con el subte B explotado un lunes a las ocho.
Con una bolsa de libros comprados sobre Corrientes
y dos porciones de muzzarella, comidas de parado
mirando cómo la ciudad se niega a dormirse.
Pasamos los resfríos, las medias gripes,
las alergias del otoño y las ojeras del invierno.
Esas pequeñas epidemias domésticas
que del ajeno se hacen propias
y de propias se vuelven nuestras.
Porque un día descubrís
que ya no te importa enfermarte
si eso significa quedarte abrazando al otro.
Y aunque intentemos evitarlo,
siempre volvemos al mismo vicio.
Besarnos con ese color frutilla que tienen algunos besos,
como si fueran el primero
y al mismo tiempo el último.
Besarnos como si el tiempo fuera una moneda falsa,
como si mañana no existiera,
como si todavía nos sorprendiera encontrarnos desnudos
en la mitad de una madrugada cualquiera.
Los días corren, como corre el Río de la Plata
cuando se pone gris y parece mar.
Corren como los taxis vacíos después de las tres.
Como las agujas del reloj del Once.
Como las hojas de los libros usados
que alguien dejó olvidados en una librería de viejo.
Corren como la vida.
Y un día nos encontramos conversando.
No importa demasiado sobre qué.
Puede ser sobre política,
sobre un disco que escuchábamos a los veinte,
sobre por qué las plantas del balcón se nos siguen muriendo,
o sobre la mejor manera de hacer milanesas.
Porque el amor también es eso,
tener con quién discutir si la pizza se come con fainá o sin ella.
Mientras hablamos, alguien nos mira.
Otros nos ignoran.
Pero eso también es la vida.
La ciudad sigue girando alrededor nuestro
sin preguntarnos absolutamente nada.
Hay una pareja besándose en el subte.
Un hombre duerme sobre un diario viejo.
Un músico callejero desafina un tango hermoso.
Una mujer se ríe sola leyendo un mensaje.
Y nosotros seguimos caminando.
Por Corrientes.
Entre teatros que no se resignan,
entre librerías abiertas hasta tarde,
entre la grasa gloriosa de las pizzerías,
entre fantasmas de poetas borrachos,
de tangueros enamorados
y rockeros que todavía creen que una canción
puede salvarte una noche.
Buenos Aires tiene esa costumbre,
te rompe un poco el corazón
para enseñarte a querer mejor.
Y nosotros,
que llegamos sin saber demasiado,
terminamos aprendiendo a abrazarnos
en esta ciudad húmeda,
hermosa y ligeramente rota.
Nos vamos a dormir tomados de la mano.
Sin luna.
Con la humedad pegándose a las persianas,
con algún colectivo pasando a lo lejos,
con un perro ladrándole vaya uno a saber qué fantasma.
Y pienso que el amor no era aquello que
me prometieron las películas.
No era París, no era Venecia.
No era un vals perfecto.
Es Buenos Aires un martes cualquiera.
Es encontrar tus medias mezcladas con las mías.
Es esperarte mientras te lavás los dientes.
Es que me preguntes si tengo frío.
ES caminar Corrientes a las once de la noche
buscando un libro que no necesitamos comprar.
ES quedarnos abrazados mientras la televisión ilumina
Apenas la pieza, compartir los resfríos, compartir el tiempo.
Porque el tiempo nos jugó rápido,es cierto.
Nos empujó de golpe hacia la costumbre.
Pero qué hermosa palabra cuando está hecha de amor.
Que se haga costumbre tu mano buscando la mía.
Que se haga costumbre el ruido de tus llaves en la puerta.
Que se haga costumbre escucharte respirar.
Y cuando la ciudad finalmente cierre los ojos,
cuando los bares apaguen sus luces
y el último colectivo se pierda en la madrugada,
quiero que nos encuentre así, abrazados,
un poco despeinados, con olor a lluvia y a café,
escuchando algún viejo rock nacional
que nos recuerde quiénes fuimos,
mientras Buenos Aires,
esa vieja tanguera que nunca aprendió a dormirse,
nos mire desde la ventana y sonria......