Apenas cerramos la puerta,
el mundo dejó de existir.
No hubo relojes, ni ciudades,
ni nombres, ni urgencias.
Sólo ese departamento
que parecía demasiado pequeño
para contener tanta vida.
La ropa fue cayendo
como caen las certezas
cuando el amor decide hablar sin palabras.
Aquella tanga negra,
ese viejo slip gastado,
quedaron tendidos sobre el piso
como la prueba de que,
para encontrarnos,
no hacían falta más disfraces
que la verdad de nuestra piel
y la confianza de nuestros abrazos.
La miré y descubrí que existen silencios
capaces de decir mucho más
que todos los poemas escritos.
Entonces llegó el café, oscuro y perfumado,
abriendo la noche como quien abre un libro
que sabe de memoria pero vuelve a leer
porque nunca deja de emocionarlo.
Después fue el whisky, lento, color ámbar,
derramando calor en la garganta
mientras las palabras se volvían más suaves,
más profundas, más nuestras.
Hablamos de la vida.
De los dolores que ya no dolían tanto.
De las derrotas
que habían aprendido a convertirse
en caminos.
De los sueños que todavía esperaban
con la paciencia de los enamorados.
Y entre una historia y otra
el mate fue ocupando su lugar.
Siempre hay un mate cuando dos personas
han descubierto que conversar
es otra forma de acariciarse.
El agua comenzó a llenar la bañera.
Su murmullo parecía un arroyo
escondido en medio de la ciudad.
Entramos despacio,
como si el tiempo pudiera asustarse
con cualquier movimiento brusco.
El vapor dibujaba nubes diminutas
sobre los azulejos.
Sus ojos brillaban
con esa mezcla de ternura
y deseo sereno que sólo conocen
quienes aprendieron
que el amor verdadero no necesita apurarse.
Los mates siguieron acompañándonos.
El termo fue entregando,
gota tras gota, todo su calor.
Y cuando el último mate
anunció que ya no quedaba agua,
la bañera pareció comprender
que era su turno de abrazarnos un poco más.
Nos reímos, nos besamos.
Nos quedamos en silencio.
Porque existen besos
que prefieren escuchar los latidos del otro.
Cuando salimos, ninguno tuvo apuro por secarse.
Algunas gotas permanecían
dibujando pequeños caminos sobre la piel.
Pero el calor de nuestros cuerpos
fue haciendo el resto.
No era el aire, no era la noche.
Era esa manera suya de acercarte despacio,
como quien vuelve a casa.
Era esa costumbre mía de encontrarte en cada abrazo
como si el universo hubiera sido creado
para conducirnos exactamente hasta ese instante.
La música comenzó a sonar.
Una melodía lenta, de esas que no piden bailar,
sino quedarse muy cerca.
Y bailamos, no con los pies.
Bailaron las miradas, las sonrisas.
Las manos buscándose, los corazones
que parecían conocerse desde mucho antes
de haber pronunciado sus primeros nombres.
Afuera, la noche iba encendiendo
una por una sus estrellas.
Adentro, la única luz necesaria
nacía de sus ojos.
Comprendí entonces
que el amor no siempre llega
con fuegos artificiales.
A veces llega en un departamento pequeño.
En una taza de café, en un vaso de whisky compartido.
En un mate que pasa de una mano a otra.
En una bañera tibia, en una canción lenta.
En dos cuerpos que descubren que el verdadero refugio
no son las paredes, sino el abrazo.
Y mientras la ciudad
seguía corriendo detrás de sus relojes,
nosotros permanecíamos inmóviles,
construyendo un universo hecho de besos,
de risas, de conversaciones interminables
y de esa maravillosa costumbre
de mirarnos como si el amor
acabara de inventarnos.
Porque hay noches
que no terminan cuando amanece.
Hay noches que siguen viviendo
en la memoria, en la piel,
en el aroma del café,
en el sabor del último mate,
en la música que vuelve
sin que nadie la llame.
Y cada vez que sucede,
vuelvo a abrir aquella puerta.
Vuelvo a dejar el mundo afuera.
Y vuelvo a encontrarte, descalzo de miedos,
vestido únicamente
con esa infinita ternura
que convirtió un pequeño departamento
en el lugar más inmenso
que hayan habitado nuestros corazones.