El reloj seguía girando, obstinado, como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.
Pero nosotros lo habíamos abandonado hacía rato, perdido en algún lugar de nuestros pensamientos.
Ya no sabíamos qué hora era, ni cuánto tiempo llevaba sucediendo aquello.
Habíamos dejado de mirarlo porque, de alguna manera, mirar el reloj significaba volver al mundo, y ninguno de los dos parecía tener demasiadas ganas de regresar.
El tiempo continuaba avanzando, sí, pero nosotros habíamos encontrado una pequeña forma de quedarnos quietos dentro de él.
Todo comenzó con una sencillez casi inocente. Una mirada que duró un poco más de lo necesario. Una sonrisa que ninguno quiso explicar.
Y entonces comprendí que hay momentos en los que dos personas dejan de estar simplemente juntas y empiezan, poco a poco, a reconocerse.
No era necesario hablar.
Había algo en tu manera de mirarme que parecía decirme que entendías.
Algo en mi manera de quedarme cerca de vos que quizá respondía lo mismo.
Como si, sin haberlo acordado, hubiéramos encontrado un idioma propio hecho de silencios, de pequeñas sonrisas y de esa confianza que aparece cuando uno deja de sentir la necesidad de protegerse.
La noche se fue haciendo más noche sin que nos diéramos cuenta.
Afuera, el mundo seguía con sus ruidos, sus luces y sus obligaciones.
Adentro, en cambio, todo parecía haberse vuelto más lento.
Hasta la respiración parecía formar parte de aquella calma.
Por un momento tuve la extraña certeza de que no necesitábamos nada más, ni explicaciones, ni promesas, ni palabras demasiado grandes.
Solamente estar; después llegó la ducha, y por un instante pensé que aquel sería el punto final de la noche.
Como si el agua pudiera llevarse consigo todo lo vivido y devolvernos, poco a poco, a la realidad.
Pero no fue así.
Fue apenas otra habitación de aquel mismo encuentro; el vapor comenzó a llenar el espacio y el espejo dejó de devolvernos una imagen clara.
Todo se volvió difuso, como si hasta nuestros reflejos hubieran decidido respetar aquel momento y desaparecer un poco; solo quedó la luz tenue de una vela.
Su reflejo temblaba sobre las superficies húmedas y parecía acompañarnos en silencio.
Y allí comprendí algo que no había podido comprender antes: que la verdadera cercanía no siempre consiste en acercarse más, sino en sentirse menos solo cuando el otro está cerca.
Cerré los ojos.
Y por un instante sentí que no había distancia entre nosotros, no porque hubiéramos dejado de ser dos personas, sino porque nuestras preocupaciones, nuestros miedos y todas aquellas cosas que normalmente nos mantenían a la defensiva parecían haberse quedado afuera.
Éramos simplemente nosotros, sin pasado, sin futuro.
Sin necesidad de saber qué ocurriría después.
Solo ese instante, aquella noche con la certeza de que había algo entre nosotros que no necesitaba explicación para ser verdadero.
El agua continuaba cayendo y el tiempo seguía avanzando, aunque ya no parecía tener importancia. Cada minuto que pasaba no se sentía como un minuto perdido, sino como algo que estábamos guardando en algún lugar secreto de la memoria.
Y quizá por eso ninguno quiso apresurarse; había momentos que no estaban hechos para terminar rápidamente, estaban hechos para ser recordados.
Cuando finalmente el agua se detuvo, el silencio que quedó después fue casi perfecto; nos miramos y ninguno dijo nada. No hacía falta.
Habíamos llegado a ese extraño lugar en el que las palabras empiezan a resultar pequeñas frente a lo que uno siente.
Entonces comprendí que quizá aquello era lo verdaderamente maravilloso: no haber llegado a ningún final, sino haber descubierto el camino para conocernos un poco más.
Conocer al otro, conocernos nosotros mismos.
Aprender que la confianza también puede ser una forma de intimidad y que existen encuentros que no necesitan ser explicados para permanecer.
El reloj seguía girando, pero aquella noche ya no nos pertenecía el tiempo.
De algún modo, nosotros habíamos conseguido quedarnos un poco fuera de él.









