domingo, 4 de octubre de 2026

EL LUGAR DONDE DUELE EL ALMA:


 Hay personas que pasan por el dolor y hay otras que, como Frida, entran en él, lo miran de frente y se atreven a pintarlo.
Su cuerpo fue muchas veces territorio de batalla.
El dolor físico, las operaciones, las pérdidas, las decepciones, los amores que lastimaron y las soledades fueron dejando marcas que no siempre podían verse.
Pero Frida hizo algo extraordinario con todo aquello: no intentó borrar sus heridas.
Las convirtió en lenguaje.
Se pintó a sí misma porque quizá nadie podía contar su historia como ella.
En sus autorretratos no hay solamente una mujer frente a un espejo. Hay una mujer preguntándose quién es después de haberlo perdido casi todo; una mujer que observa sus propias cicatrices y decide que también ellas merecen ser miradas.
Frida no pintaba para decir que el sufrimiento era hermoso.
Pintaba porque necesitaba sobrevivir a él y tal vez ahí reside la fuerza de su obra.
En comprender que el arte no siempre nace de la felicidad.
A veces nace de aquello que nos rompe, de aquello que no sabemos cómo explicar, de esas noches en las que uno permanece en silencio porque las palabras ya no alcanzan.
Frida convirtió su dolor en colores.
Su soledad en autorretratos.
Sus heridas en memoria.
Y su vida, con todas sus contradicciones, en una obra que todavía nos mira desde el otro lado del tiempo.
Quizás por eso seguimos encontrándola.
Porque todos llevamos alguna herida que nadie ve.
Y porque, en algún momento de la vida, también nosotros necesitamos aprender a mirar aquello que nos dolió sin apartar los ojos.
Frida nos recuerda que una herida no siempre es el final de una historia.
A veces puede ser el lugar exacto desde donde comienza a nacer nuestra voz.
Ella no pintó para olvidar el dolor.
Pintó para que el dolor no tuviera la última palabra.

Lluvia y Luna.

Un domingo de sol en Buenos Aires,
una esquina de luna en mi barrio,
y a unas cuadras, la tormenta
llevándose las flores
por el medio de la avenida.
Así es Buenos Aires:
el Obelisco, un buzón,
un bandoneón y un tango
mezclados con la ternura
de sus días y sus noches.
Y entre todo eso, vos.
Como una noche de primavera
a orillas de la luna,
con el perfume de la lluvia
sobre el asfalto mojado.
No quisiera encontrarte:
te encontré.
En una esquina cualquiera,
cuando la tormenta se alejaba
y Buenos Aires volvía a respirar.

Desde entonces,
hay calles que tienen tu nombre
y una luna que, cuando aparece,
se parece un poco a vos.

El Forjador.

 Hay edificios que simplemente forman parte del paisaje de una ciudad y otros que, cuando uno conoce su historia, parecen adquirir una vida propia. En pleno Casco Histórico de Buenos Aires, sobre la calle Perú 535, entre México y Venezuela, existe una construcción que pertenece a esa segunda categoría. 
A simple vista puede parecer una antigua fachada más entre tantas que sobreviven en esta parte de la ciudad, pero detrás de sus paredes y de su estructura metálica se esconde una historia que comienza hace más de un siglo y que nos lleva hasta Francia, hasta la época en que el hierro comenzaba a cambiar para siempre la arquitectura y la industria. 
El edificio es conocido como El Forjador, y su nombre ya parece anticiparnos algo de la historia que vamos a encontrar.
A fines del siglo XIX, Buenos Aires era una ciudad que crecía rápidamente. Llegaban inmigrantes de distintos lugares de Europa, se extendían los ferrocarriles, aparecían nuevas industrias y las máquinas comenzaban a transformar las formas tradicionales de trabajar. Era una época de grandes cambios, y la ciudad quería mostrar que también podía formar parte de ese mundo moderno que avanzaba desde Europa. En ese contexto, el ingeniero mecánico Domingo Noccetti impulsó la construcción de un edificio destinado a la exposición y comercialización de maquinaria y herramientas agrícolas. El edificio fue levantado en 1894 y su particularidad estaba en su estructura: el hierro tenía allí un protagonismo que todavía hoy permite imaginar el espíritu industrial de aquellos años.
Pero la historia se vuelve mucho más interesante cuando miramos de cerca el origen de esos elementos. Parte de la estructura y de los componentes metálicos llegaron desde Francia, fabricados como piezas que luego serían trasladadas hasta Buenos Aires. Hay algo casi cinematográfico en imaginar aquel viaje: piezas de hierro preparadas en Europa, desmontadas, cargadas en un barco y enviadas a través del Atlántico hasta esta ciudad que se encontraba a miles de kilómetros de distancia. No llegó un edificio terminado; llegó, por decirlo de alguna manera, un enorme rompecabezas de hierro que debía encontrar aquí su forma definitiva.
Y es precisamente en Francia donde aparece uno de los nombres que hace que la historia de El Forjador resulte todavía más fascinante: Gustave Eiffel. Cuando escuchamos ese apellido pensamos inmediatamente en la famosa torre parisina, pero Eiffel fue mucho más que el hombre asociado a uno de los monumentos más conocidos del mundo. Fue un ingeniero especializado en estructuras metálicas y estuvo vinculado a importantes talleres y proyectos de construcción. La documentación patrimonial de la Ciudad de Buenos Aires señala que la escultura del Forjador que se encuentra en la fachada fue realizada en los talleres de Eiffel en París. No estamos ante una réplica de la Torre Eiffel ni ante una construcción diseñada por Eiffel, pero sí ante un edificio que pertenece a ese extraordinario momento de la historia en el que el hierro se convirtió en símbolo de progreso, de industria y de modernidad.
Quizás sea justamente esa figura que da nombre al edificio la que más llama la atención. El hombre que trabaja el hierro con su martillo quedó detenido en el tiempo, sobre una fachada que vio pasar generaciones enteras. Cuando fue construido, Buenos Aires era muy diferente de la ciudad que conocemos hoy. Por esas calles circulaban carruajes, las comunicaciones eran otras y muchas de las grandes construcciones que actualmente forman parte del paisaje porteño todavía no existían. Sin embargo, aquel forjador permaneció allí mientras todo cambiaba a su alrededor.
En sus primeros años, El Forjador fue un espacio relacionado con la actividad industrial y agrícola. Allí se exhibían máquinas y herramientas destinadas al trabajo rural, en una época en que una nueva maquinaria podía representar una verdadera revolución para quienes trabajaban la tierra. El edificio era, en cierto modo, una vidriera del futuro: mostraba a los porteños las máquinas que estaban transformando el mundo. Con el paso de las décadas, el lugar cambió de usos y de propietarios y posteriormente funcionó allí la conocida Ferretería Hirsch. La ciudad siguió creciendo, las actividades comerciales cambiaron y las nuevas construcciones fueron modificando el entorno, pero aquella estructura de hierro sobrevivió.
Y quizás allí esté el verdadero misterio de El Forjador. No se encuentra escondido en un lugar remoto ni detrás de grandes muros. Está en pleno corazón de Buenos Aires, en una calle por la que miles de personas han pasado sin imaginar todo lo que esa fachada tiene para contar. Basta detenerse unos minutos y mirar con atención para descubrir que detrás de aquellos hierros hay una historia de viajes, de industria, de inmigración, de tecnología y de una ciudad que alguna vez miró hacia Europa buscando las formas de construir su propio futuro.
Pensar que algunos de aquellos elementos metálicos fueron fabricados en Francia, que viajaron por mar y terminaron formando parte de una construcción porteña hace más de cien años resulta casi increíble. Mientras en París el hierro se convertía en protagonista de grandes obras de ingeniería, en Buenos Aires también comenzaba a dejar su huella. El Forjador pertenece a ese tiempo en que las ciudades descubrieron que el hierro podía ser mucho más que una herramienta: podía convertirse en arquitectura, en estructura y también en símbolo.
Hoy, cuando pasamos por Perú 535, podemos detenernos frente al edificio y observar aquello que el tiempo no consiguió borrar. La fachada, el hierro y, sobre todo, la figura del forjador continúan allí como testigos silenciosos de otra Buenos Aires. Quizás el hombre que golpea el metal con su martillo ya no esté trabajando, pero su imagen parece recordarnos que detrás de cada edificio antiguo existe una historia esperando ser contada.
Porque Buenos Aires tiene esa particularidad: muchas veces sus mayores secretos no están ocultos. Están a la vista de todos. Hay que caminar despacio, levantar la mirada y preguntarse qué ocurrió allí antes de que nosotros llegáramos. El Forjador es uno de esos lugares. Una construcción nacida en una época de grandes transformaciones, vinculada a la industria, al hierro y a una Europa que exportaba tecnología hacia el otro lado del océano.
Más de un siglo después, aquel edificio sigue en pie. Y quizás eso sea lo más hermoso de su historia. Las máquinas desaparecieron, cambiaron los negocios, cambiaron las calles y cambió la ciudad. Pero el hierro permaneció. Permaneció la fachada. Permaneció el forjador. Y permaneció, escondida entre las calles del Casco Histórico, una pequeña parte de aquella Buenos Aires que soñaba con el futuro.
El Forjador está en Perú 535, entre México y Venezuela. La próxima vez que pases por allí, quizás ya no veas solamente un edificio antiguo. Tal vez veas las piezas de hierro llegando desde Francia, el ruido de un taller, un barco atravesando el Atlántico y a un hombre que, desde hace más de cien años, parece seguir golpeando el hierro con su martillo.
Porque algunas historias no necesitan ser inventadas.
Solo necesitan que alguien se detenga a mirarlas.

jueves, 1 de octubre de 2026

El Imparcial.

Hay lugares que no envejecen,
se vuelven Buenos Aires.
Desde 1860,
entre azulejos, madera y recuerdos,
El Imparcial guarda en sus mesas
el perfume de otra ciudad.
Acá el mozo conoce el oficio,
el mar llega servido en un plato,
y el tiempo se queda un rato
charlando en alguna mesa.
Y hay una vieja ley
que todavía se respeta:
de política y religión,
mejor no hablar.
Porque acá la única discusión
es si estuvo mejor la paella,
los mariscos o el café.

Y así, entre copas, historias y silencios,
uno entiende que hay rincones
donde Buenos Aires
todavía se sienta a comer.

Deleito.

 Cometí el delito de besarla,
y desde aquel instante
quedé encerrado en el amor…
ese que jamás quise,
ese que no permití que me rozara
ni siquiera lentamente.
Pero aquella noche,
a orillas del río,
entre la brisa, la penumbra
y el secreto tibio de su boca,
caí en mi propia trampa.
Y lo más extraño de todo
es que nunca intenté escapar.
Hoy navego junto a ella,
rumbo al Paraná,
y mientras el agua nos abre camino,
lo cuento entre sonrisas a mis amigos,
como quien confiesa una travesura
que volvería a cometer mil veces.
Ellos se ríen…
sin saber que hay delitos
que no merecen condena,
besos que cambian el rumbo
y mujeres que, sin cadenas ni promesas,
te dejan prisionero de su piel,
de su mirada,
de esa manera suya de acercarse
y desordenarte el alma.
Yo, que nunca quise caer en el amor,
cometí el peor de los errores:
besarla aquella noche junto al río…
y descubrir que mi única condena
era no querer salir jamás de ella.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Viaje en Bondi.

 Un bondi con aire acondicionado, 
una tarjeta SUBE y una ilusión en los bolsillos. 
Ella viaja hacia el centro de Buenos Aires, 
perdida entre las páginas de un libro que nadie más lee, 
entre líneas que quizás solo ella entiende. 
Afuera, la ciudad despierta lentamente, 
como si cada día tuviera que recordar 
cómo ponerse en movimiento. 
Los autos serpentean en las avenidas, 
el asfalto empieza a emanar su calor y las esquinas, 
con su propio ritmo, cobran vida; 
así transcurre una mañana en Buenos Aires.

Ojos de Flor.

 Una pizza, una empanada
 y el recuerdo de un buzón… 
Así camino, solitario, 
por un Buenos Aires que me parió 
en el barrio más lindo de la Capital.
Con ese olor inconfundible a nostalgia 
que se queda prendido en las calles, 
en las esquinas y en los recuerdos.
Y entre tanta melancolía, 
hay algo que me devuelve la vida: 
los ojos de una flor… 
Porque cada vez que te miro, 
encuentro en ellos ese Buenos Aires que llevo en el alma.

Disfraz.

 Un disfraz de tres colores, 
un mate sin azúcar, 
un whisky con hielo y esa dulzura 
que solo se encuentra en el lugar indicado…
Después de una cena, 
cuando el viento se lleva 
los últimos rastros de la lluvia 
y la luna se confunde,
con el brillo de sus ojos, 
la noche deja de pertenecer al tiempo.
Y ahí, entre silencios, 
miradas y pequeños instantes, 
uno descubre que hay noches 
que no necesitan promesas ni explicaciones… 
solo el encanto de estar 
donde el corazón quisiera quedarse.
Una noche sin tiempo, 
una mirada infinita y la magia de lo irrepetible 
de una noche en Buenos Aires.

Porción Compartida.

 Una noche, un adoquín gastado, 
un semáforo en tres colores 
y tu cabello enredado en la luna.
Una porción de pizza compartida, 
un beso, un abrazo
 y esa interminable conversación hecha de besos, 
mientras corre Buenos Aires; 
el Obelisco vigila y las cuartetas o las tercetas 
se mezclan con el murmullo de la provincia.
Y vos… siempre vos.
Porque hay noches en las que no hace falta mucho:
 una calle, algo rico para compartir,
 la poesía escondida en cualquier esquina 
y esa manera tuya de convertir lo cotidiano en algo inolvidable.
Buenos Aires, una porción de pizza y vos. 
Qué más puede pedirle uno a la noche.

Buscándote.

 Un fuelle llorando en una esquina,
una lágrima buscando un rostro,
una pluma buscando un autor
y una poesía buscándote a vos.
Bajo una luna escondida,
sobre un río vestido de sol,
entre tangos, silencios y recuerdos,
la noche escribe tu nombre
sin pedirle permiso al amor.
Porque hay versos que no se escriben,
se sienten…
Y aunque el mundo siga su rumbo,
mi poesía siempre termina
buscándote a vos.

Sin Primavera.

 Los ojos color de asfalto,
la mirada perdida en la nada,
y en el cabello, una flor
que guarda recuerdos del alma.
Él partió sin despedirse,
sin un adiós, sin regreso,
el día en que el sol le nubló la vista
y la noche le cerró los ojos
para siempre, en silencio.
Y ella quedó allí,
abrazada a un recuerdo,
con los labios llenos de preguntas
y el corazón cubierto de invierno.
Virgen de la vida,
sin conocer sus primaveras,
sin descubrir la luz del sol,
sin que el amor le abriera
las puertas de su corazón.
Se quedó esperando un mañana
que nunca llegó a su ventana,
con una flor entre los cabellos
y mil sueños durmiendo en su almohada.
Él se llevó la despedida
que jamás pudo pronunciar,
y ella se quedó con una vida
que nunca terminó de comenzar.
Porque hay ausencias que no entierran a los muertos,
pero dejan a los vivos
sepultados en el recuerdo.
Y en sus ojos color de asfalto,
donde alguna vez brilló la ilusión,
todavía llora aquella muchacha
que nunca conoció el sol…
ni el verdadero calor del amor.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...