Tu figura, envuelta apenas
en mi camisa blanca,
parece nacida de la luz
que entra despacio por la ventana.
La tela cae sobre tus hombros
y debajo de ella
la imaginación completa
lo que los ojos apenas alcanzan.
La bombacha blanca
es un destello de espuma,
como el primer instante
en que el champán despierta
y sus burbujas ascienden
celebrando un momento
que solo pertenece a dos.
Me gusta observarte
cuando finges no darte cuenta.
Esa sonrisa discreta,
esa manera de cruzar las piernas,
de acomodar la camisa
como si quisieras cubrirte...
y al mismo tiempo
dejar que el misterio permanezca.
Hay un lenguaje
que no necesita palabras.
Habla en la forma
en que nuestras miradas se buscan,
en la respiración que se vuelve lenta,
en la distancia que poco a poco desaparece
hasta que solo queda
el silencio de dos corazones
marcando el mismo compás.
Nuestra casa conoce ese idioma.
La mesa ha sido testigo
de conversaciones interminables,
de risas compartidas,
de brindis improvisados
y de abrazos que comenzaron
sin que ninguno de los dos
supiera exactamente cuándo.
También el suelo
guarda la memoria de nuestros pasos,
la tibieza de los pies descalzos,
el perfume que queda suspendido
cuando el tiempo decide detenerse
para regalarnos un instante
que parece no tener final.
No es la prisa
la que escribe nuestra historia.
Es el recorrido.
Es cada pausa,
cada caricia insinuada,
cada beso que demora su llegada,
porque ambos sabemos
que los momentos más intensos
no nacen del apuro,
sino de la paciencia
con que dos almas
aprenden a encontrarse una y otra vez.
Y mientras el mundo
continúa su carrera interminable,
nosotros inventamos un refugio
entre paredes sencillas,
donde una camisa prestada
puede convertirse en el vestido más hermoso,
y una noche cualquiera
en el recuerdo que más vale conservar.
Entonces te miro
como si fuera la primera vez.
Descubro en tus ojos
la misma complicidad de siempre,
esa promesa silenciosa
de seguir caminando juntos,
de seguir sorprendiéndonos,
de seguir encontrando belleza
en los pequeños detalles.
Porque al final,
lo que hace inolvidable nuestro amor
no son los lugares, ni las horas,
ni siquiera los recuerdos.
Es saber que, cuando te acercas
con mi camisa sobre la piel
y esa sonrisa que solo me pertenece,
el universo entero parece detenerse
para contemplar,
aunque sea por un instante,
la sencilla y maravillosa felicidad
de dos personas
que siguen eligiéndose cada día.