En la esquina cansada del barrio antiguo,
donde el farol suspira su luz amarilla,
camina la morocha con ojos de tiempo,
como si llevara la historia en las pupilas.
Tiene la noche enredada en el pelo suelto,
y un tango quebrado temblándole en la voz,
de esos que nacen del fondo del alma
y mueren despacio pidiendo perdón.
La vereda la nombra, la sigue la brisa,
los gatos la miran pasar sin maullar,
porque saben que en su paso hay un misterio
que ni el silencio se anima a nombrar.
Y entonces, como un bandoneón que se abre en el pecho
se desborda este amor que no sabe callar:
Morocha de ojos color del tiempo detenido,
de nostalgias que duelen como un invierno largo,
de manos tibias que saben a abrigo,
cómo decirte sin romper el aire
que en vos se me queda la vida latiendo despacio.
Morocha, si supieras que en cada rincón del barrio
te nombro en voz baja como una oración,
que tu risa me salva del gris de los días
y tu pena se vuelve también mi dolor.
No sos mía ni hace falta que el mundo lo entienda
pero hay algo en tu forma de mirar la nada
que me ata a tu sombra sin pedir permiso,
como el tango se ata a la herida
Yo te quiero así con tu historia a cuestas,
sin preguntas, con ese pasado que no pide perdón,
con la lluvia escondida en los ojos
y el temblor inevitable del corazón.
Te quiero en la distancia breve del aire,
en la esquina donde el tiempo se va,
en el eco de un fue que no se resigna
y en todo lo que no pudo ser y será.
Morocha si alguna noche te gana el recuerdo
y el mundo se vuelve demasiado gris,
buscame en el humo lento del tango,
en la copa olvidada, en el último acorde
ahí voy a estar, esperándote sin fin.
Porque este amor no se grita:
se queda, se hunde, se hace raíz,
como el río callado que abraza la orilla
sin decir jamás que vive por vos,
pero no sabe existir sin tu latir

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