Había una sola lamparita en el medio de la cuadra. Colgaba de una columna de hierro trabajada, y una sencilla llave de baquelita permitía encenderla o apagarla. Al caer la tarde, un empleado de SEGBA, vecino del barrio, llegaba para encenderla; al amanecer, volvía para apagarla. Y si algún día no venía, sabíamos que alguno de nosotros podía hacerlo. Era nuestra luz, la de todos, la que iluminaba las noches y nos daba esa tranquilidad que hoy parece tan lejana.
Por la misma vereda pasaba el diariero. Por la mañana repartía un diario y, por la tarde, otro. Pero no se limitaba a llevar noticias a las casas: anunciaba su llegada a los gritos, con aquel inconfundible La Quinta, ¡La Sexta!, como si su voz formara parte de la banda sonora cotidiana del barrio. Lo conocíamos, lo esperábamos y hasta su manera de gritar nos resultaba familiar.
Era una época en la que los oficios tenían rostro, las voces tenían nombre y las personas formaban parte de nuestra vida, aunque fuera por unos minutos al día.
Recuerdo aquel pasaje en el que, durante el día, la puerta de mi casa permanecía siempre abierta. No hacía falta mirar por la ventana para saber quién andaba por allí: bastaba con escuchar las voces, los pasos, las conversaciones y las risas que llegaban desde la calle.
En las noches de verano, con la silla baja en la vereda, mi abuela y mi tía se sentaban a tomar mate. Era una ceremonia sencilla, de esas que no necesitaban una ocasión especial para convertirse en un momento inolvidable. Cruzaba Ilda, se sentaba en el cordón y comenzaba la charla. Se hablaba de la familia, de los vecinos, de las cosas cotidianas y de esas pequeñas historias que, sin saberlo, iban construyendo la memoria de una comunidad.
Mientras tanto, la calle era nuestra. Allí jugábamos a la escondida, corríamos, inventábamos aventuras y hacíamos de cada rincón un mundo. No necesitábamos grandes juguetes ni pantallas para entretenernos. Nos alcanzaba una vereda, un grupo de amigos y la libertad de jugar hasta que alguna voz conocida nos llamara para volver a casa.
Y estaban los aromas…
Cómo olvidar las glicinas de la casa de enfrente. Su perfume recorría el pasaje y parecía quedarse suspendido en el aire. A su lado, detrás de las rejas de la casa de Marcelo, la hortensia regalaba sus colores y completaba aquella postal que todavía conservo intacta en la memoria. Las flores no eran solamente adornos: eran parte de nuestra identidad, de una belleza cotidiana que no necesitaba ser fotografiada para permanecer con nosotros.
En aquella cuadra casi no había automóviles. Oscar guardaba su Citroën, Yungue, el suyo, y en la esquina descansaban el camión de don Pedro y el de don Arnaldo, custodiados por una hermosa Santa Rita roja que vestía de color aquel rincón del barrio. Todo tenía su lugar. Cada casa, cada árbol, cada vehículo y cada vecino componían una escena que se repetía día tras día, con la serenidad de las cosas que parecen destinadas a durar para siempre.
Pero el tiempo pasó.
Y, casi sin que nos diéramos cuenta, las puertas comenzaron a cerrarse.
Primero dejamos de dormir con la persiana levantada y la ventana abierta. Después, la puerta de calle dejó de permanecer abierta durante el día. Las rejas fueron ganando terreno y aquella confianza espontánea, que antes parecía natural, empezó a convertirse en un recuerdo.
El carnaval que jugábamos en la calle comenzó a llegar a nuestras casas a través de la televisión. El diariero dejó de gritar La Quinta La Sexta. La lamparita de la cuadra cambió, como cambiaron tantas otras cosas. Perdimos la zanja, llegó el asfalto y el progreso fue modificando lentamente el paisaje que habíamos conocido.
Y nosotros también cambiamos.
Dejamos de pasar tanto tiempo en la vereda. Los chicos dejaron de jugar en la calle como lo hacíamos nosotros. Las conversaciones entre vecinos se hicieron menos frecuentes, y el saludo, que antes surgía espontáneamente, comenzó a desaparecer entre las prisas y las distracciones.
Hoy caminamos con un celular en la mano. Podemos comunicarnos con alguien que está a miles de kilómetros, pero a veces no encontramos el momento para saludar a quien vive detrás de la puerta de al lado. Tenemos información al instante, pero quizá sabemos menos de la vida de quienes comparten nuestra propia cuadra.
Vemos a los chicos pasar, pero ya no siempre sabemos quiénes son, cómo se llaman o a qué juegan. Y cuando nos cruzamos con alguien, no siempre recibimos una respuesta al «buen día» o al buenas tardes que todavía nos nace ofrecer.
No se trata de idealizar el pasado ni de negar que muchas cosas mejoraron. El asfalto era necesario, la tecnología nos abrió posibilidades extraordinarias y la vida cambió por razones que sería injusto simplificar. Tampoco todo tiempo pasado fue mejor.
Pero hay algo que merece, al menos, una reflexión.
Qué precio estamos pagando por algunas de las comodidades que ganamos.
Porque una cosa es progresar y otra muy distinta es acostumbrarnos a vivir cada vez más aislados. Una cosa es proteger nuestra intimidad y otra es levantar muros tan altos que terminemos por desconocer a quienes tenemos a pocos metros. Una cosa es aprovechar la tecnología y otra permitir que ocupe todos los espacios que antes reservábamos para una conversación, una visita o un encuentro casual.
Aquel pasaje es, para mí, mucho más que una calle de la infancia. Es el testimonio de una manera de vivir, de relacionarnos y de sentirnos parte de algo común.
Allí aprendimos, sin que nadie nos lo enseñara, que la convivencia se construye con pequeños gestos: una puerta abierta, un mate compartido, una charla en el cordón, un saludo al pasar, una mano dispuesta a encender la lamparita cuando el vecino no llegaba.
Eran gestos sencillos, pero tenían un enorme valor. Nos recordaban que no vivíamos simplemente unos junto a otros: vivíamos con los otros.
Hoy, cuando vuelvo a recorrer ese pasaje con la memoria, casi puedo ver aquella luz encendida en el centro de la cuadra. Puedo escuchar al diariero, imaginar a mi abuela y a mi tía tomando mate, ver a Ilda sentada en el cordón y sentir otra vez el perfume de las glicinas mezclándose con el aire tibio del verano.
Quizá la lamparita ya no exista como la recuerdo. Quizá las casas sean distintas, las puertas permanezcan cerradas y las rejas hayan cambiado el aspecto de la calle. Pero lo que más me conmueve no es lo que desapareció del paisaje, sino aquello que, con el paso de los años, parece haberse ido apagando dentro de nosotros.
Por eso, cuando alguien me dice que todo esto es el progreso, no puedo evitar hacerme algunas preguntas.
Progresamos de verdad si tenemos más medios para comunicarnos, pero cada vez nos cuesta más conversar. ¿Si nuestras casas son más modernas, pero conocemos menos a nuestros vecinos? ¿Si ganamos comodidad, pero perdemos el tiempo para compartir un mate, una palabra o una sonrisa?
Tal vez el progreso sea inevitable. Tal vez muchas de estas transformaciones sean parte de la época que nos toca vivir. Sin embargo, eso no significa que debamos aceptar, sin preguntarnos nada, que todo lo que dejamos atrás carecía de valor.
Porque el progreso debería mejorar nuestra vida, no empobrecer nuestros vínculos. Debería acercarnos posibilidades, no alejarnos de las personas. Debería darnos más tiempo para vivir, no quitarnos las ganas de encontrarnos.
Y si algo quisiera recuperar de aquel pasaje, no sería solamente la lamparita, los juegos, las puertas abiertas o el aroma de las flores. Quisiera recuperar, sobre todo, aquella sensación de pertenencia: saber que uno formaba parte de un lugar y que ese lugar también formaba parte de uno.
Porque el verdadero saldo de aquellos años no se mide en cuadras asfaltadas, en luces nuevas ni en adelantos tecnológicos. Se mide en los afectos que construimos, en la confianza que supimos compartir y en la humanidad que todavía somos capaces de conservar.
Quizá no podamos volver a aquella cuadra de nuestra infancia. Pero sí podemos rescatar algo de su espíritu. Podemos volver a saludar, a detenernos unos minutos, a escuchar al vecino, a compartir una charla sin mirar constantemente una pantalla. Podemos enseñarles a nuestros chicos que la calle también puede ser un sitio de encuentro y que la tecnología es una herramienta maravillosa, siempre que no nos haga olvidar cómo mirarnos a los ojos.
Porque una sociedad no pierde todo de un día para otro. A veces pierde un poco cada vez que deja de saludar, cada vez que cierra una puerta por indiferencia, cada vez que reemplaza un encuentro por una pantalla sin advertir lo que está dejando de lado.
Y quizá la pregunta más importante no sea si antes vivíamos mejor, sino qué queremos conservar de lo que fuimos para construir lo que seremos.
Yo no quiero volver al pasado. Quiero que el futuro no nos haga olvidar lo mejor de él.
Y si alguna noche pudiera volver a ver aquella lamparita encendida en el medio de la cuadra, me gustaría pensar que su luz todavía tiene algo para enseñarnos: que ninguna sociedad puede iluminar verdaderamente su camino si deja que se apaguen la solidaridad, la confianza y el afecto entre las personas.
Porque, al final, el saldo más importante de una vida no está en todo lo que conseguimos, sino en todo aquello que fuimos capaces de compartir.
Y una cuadra puede tener las mejores luces del mundo, pero si sus vecinos dejan de reconocerse, algo esencial habrá quedado a oscuras.

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