Debajo del acolchado,
cuando la noche se derrama lentamente
sobre el azul de un pañuelo de seda
que acaricia la luz del velador,
el mundo desaparece.
No existen las calles, ni los relojes,
ni el ruido obstinado de los días.
Sólo existimos nosotros.
Dos cuerpos que han aprendido,
con la paciencia de los años,
que el amor no tiene edad
cuando el deseo sabe pronunciar el nombre del otro
como si fuera la primera vez.
Entonces comienza el milagro.
Tus labios recorren mi memoria
como quien abre un libro amado
que conoce de memoria
y, sin embargo, vuelve a sorprenderlo.
Tus manos, esas manos que han envejecido conmigo,
todavía saben dónde comienza mi ser.
Y las mías, hambrientas de tu ternura,
se demoran en cada rincón de tu piel
como si el tiempo me hubiera concedido
la gracia infinita de descubrirte nuevamente.
Debajo del acolchado,
el silencio tiene el sonido de nuestra respiración.
Nos besamos despacio,
porque el deseo verdadero jamás tiene prisa.
El deseo madura, aprende a esperar,
se vuelve más profundo,
más inmenso, más hermoso.
Y el sudor que nace sobre tus pómulos
es apenas una manera que tiene la vida
de decirnos que aún estamos ardiendo.
Hay abrazos que parten el cuerpo.
Los nuestros parten el tiempo.
Hay besos que enmudecen las palabras.
Los nuestros inventan un idioma
que solamente conocen los amantes
que han sobrevivido juntos a los inviernos.
Tus ojos se cierran
y me miran desde la oscuridad de tus párpados.
Los míos hacen lo mismo.
donde dos almas desnudas
se reconocen sin necesidad de la luz.
Tu piel tiene el sabor de todos nuestros años.
La recorro lentamente,
como quien camina descalzo
por el paisaje más amado de su vida.
El deseo nos desordena las sábanas,
derriba el acolchado, nos roba el aliento,
nos devuelve la juventud por unos instantes
y nos regala algo todavía más hermoso:
la certeza de que seguimos eligiéndonos.
Porque el erotismo más profundo
no vive en el incendio de una sola noche,
sino en el fuego que se niega a apagarse
después de toda una vida.
Es tu espalda bajo mis manos.
Es la curva tibia de tu cintura acercándose a mi pecho.
Es la manera en que tu respiración cambia
cuando mi boca encuentra la tuya.
Es la dulce impaciencia de nuestros cuerpos
buscándose una y otra vez
como si el universo hubiese sido creado
para que nos encontráramos precisamente aquí.
Y entonces el tiempo se detiene.
No son minutos, no son horas.
Son años enteros contenidos en un abrazo.
El mundo continúa girando detrás de la ventana,
pero nosotros permanecemos suspendidos
en un instante imposible de escribir,
porque ninguna palabra alcanza
a explicar lo que sucede
cuando el amor y el deseo deciden habitar el mismo cuerpo.
Somos uno, uno solo.
Sin fronteras,sin pasado ni futuro,
sin más patria que el calor de nuestras pieles.
Tu corazón golpea junto al mío
y ambos parecen recordar
aquella primera vez que nos atrevimos a amarnos.
Pero ahora el amor es más lento,más sabio,
más profundamente erótico.
Ahora sabemos que la verdadera desnudez
no consiste en desprenderse de la ropa,
sino en entregarle al otro
todo aquello que hemos sido.
Por eso el instante nunca termina.
Porque cuando lo recordamos,
vuelve a suceder.
Regresan las caricias, el perfume de la noche,
la tenue luz azul sobre el velador,
el acolchado abandonado en el suelo
como una bandera rendida ante el amor.
Y comprendemos que existen amores
que no conocen despedidas.
Amores que se escriben con besos,
que se recuerdan con la piel,
que envejecen sin perder el asombro.
Amores que hacen del erotismo una plegaria,
de la ternura una forma de eternidad
y del deseo una manera infinita de volver a casa.
Debajo del acolchado, o sobre él,
seguiremos encontrándonos.
Porque mientras existan tus labios y los míos,
mientras nuestras manos sepan regresar al mismo lugar,
mientras el tiempo tenga la delicadeza de detenerse
para contemplarnos,
seguiremos haciendo del amor
el más hermoso de todos los poemas.

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