sábado, 5 de septiembre de 2026

 El amanecer sobre la cinta asfáltica de la General Paz parecía llegar lentamente, como si el cielo también necesitara reunir valor para comenzar el día.
El aire tenía ese perfume frío y limpio de las primeras horas, cuando la ciudad todavía dormía y las luces de los edificios parecían pequeñas brasas suspendidas en la distancia. El motor del auto ronroneaba parejo, casi como una respiración, acompañando el silencio y mis pensamientos.
El tablero derramaba una luz azulada sobre mis manos. El reloj digital marcaba las 5:04.
Me miré fugazmente en el parabrisas y apenas reconocí aquel rostro que llevaba tantas décadas conmigo.
Vestía una campera de cuero gastada, de esas que conservan historias en cada pliegue; un jean y una camisa celeste apenas arrugada. Había elegido la ropa sin pensarlo demasiado. Quizás quería convencerme de que estaba tranquilo.
Pero no lo estaba.
Había algo en mí que temblaba.
El cielo comenzaba a aclararse, el gris se teñía lentamente de malva y, detrás de los edificios lejanos, una franja dorada empezaba a insinuarse con timidez.
El día nacía despacio.
Y con él, ella.
Su nombre volvió a ocuparme la memoria con una naturalidad inquietante, primero su voz y después sus ojos. Luego aquella manera tan particular que tenía de mirar, como si pudiera atravesar el tiempo y encontrarme exactamente donde me había dejado.
Cuarenta años atrás, una vida entera.
Recordé la noche en que se fue. Tenía diecinueve años y yo también era demasiado joven para comprender que algunas despedidas no terminan cuando alguien cruza una puerta. 
Hay ausencias que se quedan viviendo en uno, silenciosas, esperando durante décadas el instante preciso para volver a respirar.
Ella reapareció muchos años después, en un curso de filosofía virtual.
Yo apenas prestaba atención a las clases. Estaba allí casi por costumbre, distraído, hasta que su nombre apareció en la pantalla.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
Después llegó aquel primer mensaje, una conversación, una videollamada.
Y de pronto, aquello que creía enterrado comenzó a despertar con una fuerza inesperada.
No era solamente nostalgia, era la memoria del cuerpo recordando antes que la razón.
Su voz tenía algo que me desarmaba; una pausa, una risa, una palabra pronunciada de determinada manera bastaban para devolverme a una juventud que creía perdida. 
Me descubrí pensando en ella mientras preparaba el café, mientras leía, mientras caminaba por la casa. Incluso al cerrar los ojos, su presencia parecía permanecer cerca.
Como un perfume que no se va, como una canción que uno no escucha desde hace años y, sin embargo, recuerda completa.
Aquella última noche antes de salir hacia el aeropuerto no pude dormir; encendí la luz del living y preparé un café. Afuera, la ciudad permanecía oscura y silenciosa.
Entonces tomé la fotografía; era la única que conservaba.
Los dos aparecíamos riendo, jóvenes, despreocupados, ignorantes de lo frágil que podía ser el tiempo.
Pasé lentamente los dedos por el borde de la imagen.
Y por un instante tuve la sensación de que no estaba tocando una fotografía, sino la puerta de una habitación cerrada durante cuarenta años.
La miré largamente; ella sonreía, yo también.
Y comprendí que quizás nunca había dejado de esperarla.
El café se enfrió sobre la mesa; afuera comenzaba a amanecer.
Y mientras el auto avanzaba hacia el aeropuerto, comprendí que algunas historias no terminan cuando se separan dos personas.
A veces simplemente permanecen dormidas esperando que una voz, un nombre o una mirada las despierte.
Llegué al aeropuerto una hora antes de la hora prevista para su vuelo.
Quizás era demasiado pronto, pero no había podido evitarlo. Prefería esperar de más antes que correr el riesgo de llegar tarde a ese encuentro que había imaginado tantas veces.
El aeropuerto todavía comenzaba a desperezarse. 
Algunas cafeterías levantaban sus persianas, los empleados acomodaban sus puestos y los primeros pasajeros caminaban con esa mezcla de sueño y apuro propia de las primeras horas de la mañana.
Entré con las manos en los bolsillos de la campera y una sensación extraña en el pecho.
Sabía que faltaba una hora.
Sesenta minutos.
Pero, de pronto, una hora me pareció muchísimo tiempo.
Busqué un lugar desde donde pudiera ver los monitores de arribos y me senté frente a una cafetería. Pedí un café y me quedé mirando, casi sin prestar atención, cómo el vapor se elevaba de la taza.
El lugar olía a pan tostado y a perfume ajeno.
Las voces de los pasajeros, los anuncios lejanos por los altavoces, el tintinear de las tazas… todo tenía una calma que contrastaba con lo que sentía por dentro.
Mientras removía el azúcar con la cucharita, me vino a la mente, como si el tiempo se plegara sobre sí mismo, el día en que la conocí.
Fue en Pilar, un sábado cualquiera, aunque ahora lo recuerdo como si hubiera sido una noche escrita para nosotros.
Una hora después, el aeropuerto ya era un hormiguero de voces y pasos.
El sol entraba por los altos ventanales del hall principal, filtrándose entre las columnas y tiñendo el piso de un color ámbar.
Miré nuevamente el monitor.
El vuelo desde Madrid figuraba como aterrizado.
Sentí que el corazón me daba un golpe seco, hasta ese momento había estado esperando.
Ahora tenía que enfrentarme a la realidad.
Ella estaba allí.
Después de cuarenta años.
Me levanté de la silla y caminé hasta la zona de arribos. 
Los carros con valijas iban y venían; las familias se abrazaban; algunos pasajeros salían hablando por teléfono mientras otros buscaban con la mirada a quienes habían venido a recibirlos.
Yo esperaba junto a la baranda, con las manos en los bolsillos y el corazón golpeando despacio, como si quisiera adelantarse al momento.
La gente comenzó a salir, una tras otra: rostros cansados, pasos apurados, miradas que buscaban.
Y entonces, entre todo aquel movimiento, la vi.
El bullicio de los demás se fue desvaneciendo detrás de nosotros. 
Ella apoyó la valija en el suelo y me tomó del brazo con una naturalidad que me conmovió, como si nunca se hubiera ido, como si todos aquellos años no hubieran sido capaces de interponerse entre nosotros.
Salimos caminando hacia el estacionamiento.
El sol ya se había afirmado del todo sobre la mañana y el aire olía a tierra húmeda, a comienzo, a promesa de un día nuevo. 
Había algo distinto en aquella luz, quizás porque, después de tanto tiempo, por fin estábamos caminando uno junto al otro.
Mientras abría la puerta del auto, pensé que tal vez la vida no concede segundas oportunidades. Tal vez concede regresos. Esos que uno no planea, que no espera y que, sin embargo, llegan en la hora menos pensada, trayendo de vuelta a la persona que nunca terminó de irse del todo.
Cuando ella se sentó en el auto, quedó entre nosotros un silencio leve. 
No era incómodo. Al contrario: parecía estar lleno de todo aquello que todavía no encontrábamos la manera de decir.
Fue entonces cuando me animé a contarle lo que me había sucedido antes, aquel instante en el auto en el que había dudado. Ese momento extraño en el que el miedo, torpe e inesperado, me había dejado quieto, sin saber si debía acercarme o respetar aquella distancia mínima que todavía existía entre los dos.
Ella no me interrumpió.
Simplemente escuchó.
Sus ojos tenían algo de ternura y algo de certeza, como si hubiera comprendido mucho antes que yo aquello que estaba intentando explicar.
Entonces me pidió, con una calma que desarmó cualquier resto de duda, que me acercara.
No hizo falta pensar demasiado.
Cuando me incliné, nuestros labios se encontraron en un beso suave, sereno, sin apuro. No había indecisión en aquel gesto; había una certeza que parecía haber estado esperando durante años.
Fue un beso que hizo que el tiempo pareciera detenerse.
No hubo necesidad de apresurar nada. Solo esa sensación profunda de que algo que había permanecido suspendido durante tanto tiempo encontraba, por fin, su lugar.
Después no hablamos demasiado de ello.
El desayuno, en una estación de servicio del camino, continuó entre sonrisas, comentarios livianos y pequeñas bromas. Pero nuestras miradas decían mucho más que las palabras.
El trayecto hasta mi casa pareció más corto de lo que realmente era.
Ella imaginaba en voz alta cómo sería aquel espacio que todavía no conocía. Yo la escuchaba con una mezcla de entusiasmo y nervios, consciente de que estaba a punto de mostrarle algo más que un departamento.
Había preparado todo con cuidado. Quería que aquel lugar hablara de mí, de mis costumbres, de mis silencios y, de alguna manera, también de nosotros.
Cuando cruzó la puerta, lo entendí.
No le estaba abriendo solamente la puerta de mi casa.
Le estaba abriendo mi mundo.
Ese mismo mundo en el que tantas noches las palabras habían sido refugio; donde una conversación podía transformar una jornada entera y donde lo cotidiano se convertía, casi sin darnos cuenta, en una forma de estar cerca.
Su voz, primero escrita y después pronunciada, había empezado a habitar mis días mucho antes de que ella volviera a estar físicamente frente a mí.
Por eso, cuando le tomé la mano, ninguno de los dos necesitó explicar lo que estaba sintiendo.
Nos miramos.
Y el silencio volvió a decirlo todo.
El beso llegó de manera natural, como si hubiera estado esperando exactamente aquel momento.
Fue largo, dulce y profundo.
En él parecía reunirse toda la espera, todas las conversaciones pendientes, todos los años en los que habíamos aprendido a encontrarnos de otras maneras.
Nos abrazamos con esa mezcla de emoción y alivio que tienen los encuentros verdaderamente esperados. Durante unos instantes no existió nada más: ni el pasado, ni las dudas, ni la distancia que alguna vez había parecido tan difícil de atravesar.
Solo nosotros.

La luz del sol se filtraba entre las rendijas de la persiana y dibujaba líneas doradas sobre la habitación. Afuera, el día continuaba con su ritmo habitual; adentro, en cambio, todo parecía haberse detenido.

No hacía falta hablar.

Había silencios que decían más que cualquier explicación.

Permanecimos así un largo rato, abrazados, dejando que la emoción se transformara poco a poco en calma. Su cabeza descansaba sobre mi pecho y, mientras respirábamos despacio, tuve la sensación de que aquella escena sencilla era, precisamente, la que tantas veces había imaginado sin saberlo.

Dormitamos un rato, sin soltarnos.

Cuando despertamos, todavía permanecíamos cerca. Nos miramos y sonreímos sin necesidad de decir nada.

Más tarde, compartimos una ducha entre risas y complicidades, dejando que el agua y el tiempo terminaran de llevarse los nervios de las primeras horas. Ya no había aquella tensión inicial. Había confianza.

Había familiaridad.

Había algo nuevo, pero también extrañamente conocido.

Después fuimos hacia la cocina.

La mañana había avanzado y el hambre terminó por imponerse a cualquier otra cosa. Empezamos a preparar el almuerzo entre comentarios, pequeñas bromas y algún que otro intento de decidir quién se encargaba de cada cosa.

Ella se movía por el espacio con una tranquilidad que me desarmaba.

La observé durante unos segundos y pensé en lo extraño y hermoso que podía resultar ver a alguien que había vivido durante tanto tiempo en nuestras conversaciones formar parte, de pronto, de las pequeñas escenas de la vida cotidiana.

La cocina se llenó del sonido de los utensilios, de la luz del mediodía entrando por la ventana y de alguna risa que aparecía sin motivo.

Y entonces comprendí algo.

Quizá aquello que habíamos esperado durante tantos años no era solamente el momento del reencuentro.

No era únicamente el abrazo.

Ni el beso.

Ni siquiera la emoción de volver a tenernos frente a frente.

Era esto.

La simpleza.

Compartir una cocina.

Discutir qué preparar para comer.

Escucharnos reír.

Caminar por la misma casa.

Estar juntos sin necesitar una pantalla, una distancia o cientos de palabras para sentirnos cerca.

Era, finalmente, compartir el mismo mundo.

Sin prisa.

Sin distancia.

Sin preguntas pendientes.

Y, por fin, en el mismo lugar.

Ella abrió la heladera, miró hacia mí y sonrió.

—¿Pedimos algo? —susurró.

La miré y no pude evitar reír.

Después de tantos años, quizá esa era la verdadera respuesta de la vida: no necesitábamos grandes discursos.

Solo teníamos que empezar a vivir aquello que durante tanto tiempo habíamos imaginado.

lunes, 17 de agosto de 2026

Tres Bocas.*

El arroyo Tres Bocas
lleva en su cauce
el ritmo de tu respiración,
cuando la tarde se estira
y el calor nos envuelve lento,
como tus brazos
cuando me encontrás.
La vegetación se cierra,
nos esconde, como si supiera
que entre sombra y reflejo
vamos desnudando palabras
y también la piel.
Tus labios rojos, vivos
dibujan deseos
en cada sorbo de vino,
y yo, callado,
los miro bailar entre frases
que ya no disimulan nada.
Tu risa, suave,
me toca más que el viento.
Tus dedos,
que rozan al hablar,
queman más que el sol filtrado.
Y yo,
que vine a buscarte en la orilla,
me hundo sin miedo
en el remanso de tus besos,
donde el agua calla
para escuchar el lenguaje
de nuestros cuerpos.
En Tres Bocas,
entre sauces y secretos,
me hiciste tuyo
sin promesas,
pero con toda el alma y la piel.
La noche llegó
mojada de promesas,
y la lluvia fina al principio
empezó a caer
como si el cielo quisiera
bendecir el deseo.
Las chapas del techo
cantaban su ritmo,
mientras la vela temblaba,
entre tus manos y las mías.
La luz era apenas un suspiro,
suficiente para ver
cómo tu piel brillaba
con cada gota que te buscaba
desde el pelo hasta el ombligo.
Nos reímos bajito,
desnudos de palabras,
cubiertos solo por el vapor
que subía de nuestros cuerpos.
Tus besos sabían a agua dulce,
a fruta madura y urgente.
Tus piernas,
envolviéndome como lianas,
me llevaron lejos
de todo lo que dolía.
Afuera, el arroyo crecía.
Adentro, también.
Tus gemidos se mezclaban
con el retumbar del cielo,
y entre cada relámpago
descubrí nuevas formas
de decirte "te deseo"
sin pronunciarlo.
La noche no duró lo suficiente.
Pero quedó escrita en mi cuerpo,
como la lluvia en la tierra,
como tus uñas en mi espalda,
como vos, en mí.

lunes, 10 de agosto de 2026

Escribo.

 Escribo lo que pasa
o lo que me pasa,
lo que veo
o aquello que invento;
lo que sueño
o lo que apenas alcanzo a tocar
cuando la vida me roza con el viento.
No sé si escribo verdades o reflejos,
si mis palabras caminan solas
o si son mis dedos quienes las arrastran
en un intento torpe
de nombrar lo innombrable.
Te interpelo, lector,
no para que respondas,
sino para que sientas
esa misma pregunta
quemándote en la boca:
¿Por qué somos así?
Hechos de pensamientos que tropiezan,
de sueños que se desvanecen,
de recuerdos que regresan sin aviso,
de realidades que se disfrazan
para que podamos soportarlas.
Más allá de la forma,
más allá de la coma o del punto,
hay algo que insiste en decirse
sin saber exactamente qué dice;
como si cada palabra
fuera tejiendo un mapa
sin rumbo fijo,
pero lleno de deseo.
No escribo por claridad.
Escribo por necesidad.
Por locura,
por ternura,
por esa pequeña grieta
que existe entre el ser y el parecer,
entre lo que somos
y aquello que intentamos mostrar.
Escribo porque a veces
la palabra es el único lugar
donde puedo encontrarme.
Escribo poesía, simplemente.
Confusa, hilada,
desbordada, rebuscada, sí.
Como la vida.

Como nosotros.
Como todo aquello
que sentimos profundamente
y nunca sabemos
cómo decir.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Pienso en Vos.

 Cuando la noche cae despacio
y el mundo se vuelve silencio,
pienso en vos…
como quien busca una estrella
para no perderse en la oscuridad.
Porque aunque el cielo apague el sol,
hay una luz que no se rinde,
la que vive en tu sonrisa,
la que respira en tu voz
cuando pronuncias palabras suaves
que acarician el alma.
En esta noche tranquila
tu recuerdo camina por mi pecho
como un perfume tibio,
dulce, acaramelado,
que despierta los latidos
y vuelve más profundo el amor.
Y mientras la luna vigila el cielo
y las horas se vuelven susurro,
cierro los ojos
y te nombro en silencio.
Porque aun cuando el mundo duerme,
vos seguís iluminando mi vida
como un sol secreto
que no se esconde nunca.
Buenas noches, amor…
que los sueños te abracen suave
y que en algún rincón de tu descanso
mi corazón también te encuentre.


martes, 4 de agosto de 2026

Limite Natural.

 Al límite de lo desconocido,
de lo casi sobrenatural,
hay un placer callado
que sólo nace de la entrega total.
Descubrir que es posible
con la simple sensibilidad
de dejarse ir, de verte sonreír, sudar,
cerrar los ojos como si el mundo fuera un sueño.
Fue y sigue siendo uno de esos instantes
más intensos, más verdaderos.
A media luz, en el preciso momento
en que la cabeza se desprende del cuerpo
y el alma, sin pedir permiso,
encuentra refugio en otra.
Ahí,donde todos los sentidos
se reúnen al borde de la piel,
marcando un compás de latidos
que ningún instrumento podría imitar.
La poesía que sólo sucede
donde sólo vos sabés encontrarme,
y yo sé que vamos,
una vez cada tantas vueltas
de una aguja que ni existe.
En ese lugar que nadie imagina,
que sólo vos y yo conocemos.
Cuando se cierra la puerta,
baja la persiana y la ventana se entreabre apenas,
mientras gira, persistente,
el ritmo tibio de un ventilador.
El aire se vuelve denso,
la mirada se nubla, la voz apenas susurra
lo que solo existe entre dos.
Porque hay cosas que solo pasan
cuando el mundo queda afuera,
cuando el sudor canta
la más sincera de las melodías.
Entre tus labios, mi cuerpo y la poesía.

Los Arquitectos del Nosotros.

Un beso robado,
un escote que desafía la prudencia,
una caricia llegando justo cuando el alma
olvidaba cómo latir.
Una noche en la rambla,
un paseo sin destino,
la calle Corrientes desbordando luces
entre pizzerías antiguas
y una mesa donde dos empanadas
sabían a promesa.
Una sonrisa.
Un instante de silencio compartido
al costado del viejo farol,
porque hay conversaciones
que solo pueden decirse callando.
Después, la ducha,
lavando el día,
dejando que el agua terminara
las frases que nuestros labios
ya no necesitaban pronunciar.
Un mate amargo,
como debe ser la vida
cuando también sabe regalar dulzura.
Dos cubos de hielo,
la medida justa cayendo del gotero,
y un café filtrado hasta el final,
como quien no quiere perder
ni la última gota de un recuerdo.
Una pelota de trapo,
una ruta interminable,
el Paraná respirando despacio
mientras el viento aprendía nuestros nombres.
Unos kilos de más,
o unos de menos...
Qué importancia tienen esas cuentas
cuando debajo del acolchado
se está construyendo un refugio.
Los arquitectos están de acuerdo.
La obra avanza.
Cada abrazo levanta una pared,
cada beso sostiene una viga,
cada mirada abre una ventana
por donde entra el futuro.
Lo demás
son palabras viejas,
ecos de recuerdos gastados
que el viento decidió llevarse.
Porque al final, amor,
no somos las calles que caminamos,
ni los cafés, ni las noches, ni las estaciones.
Somos esa casa invisible
que construimos de a dos,
donde cada regreso
siempre tiene el mismo destino:
tu abrazo,
el mío,
y la certeza de que el amor,
cuando encuentra a sus arquitectos,
jamás deja la obra inconclusa.

Locos en Buenos Aires.

 Sos el rock que bailamos sobre la cama,
cuando el mundo quedaba del otro lado de la ventana
y la única verdad era el calor de nuestras manos.
Sos el café con leche en medio de la ruta,
el silencio compartido entre kilómetros,
y ese instante eterno en el sillón
de un pequeño living prestado,
un fin de semana lejos de casa,
donde descubrimos que el hogar
nunca fue un lugar, sino vos.
Sos el mate con whisky,
el café después,
esa mezcla improbable
que sólo comprenden los locos de Buenos Aires,
los que caminan Corrientes de madrugada,
los que se confiesan entre besos interminables
mientras un perro rasca una puerta cualquiera
y un viejo ventilador gira sin ritmo,
como si también soñara.
Somos lo que somos,
lo que fuimos y lo que todavía nos espera.
Sentados en el piso
de un lugar cualquiera,
desnudos ante la vida,
sin más equipaje que la risa,
la música de siempre
y la certeza de que el amor
no necesita grandes escenarios.
Porque mientras exista un abrazo
capaz de detener el tiempo,
una calle donde perderse juntos
y una canción que nos encuentre bailando,
seguiremos siendo eso:
dos locos enamorados,
escribiendo con besos
la más hermosa poesía
que Buenos Aires haya visto pasar.

lunes, 3 de agosto de 2026

El Hogar.

 Donde el viento despliega toda su inmensidad
y las hojas de los álamos comienzan a deslizarse,
es justo allí, en ese instante detenido,
cuando tu sonrisa busca el abrigo
y tus ojos se iluminan con el regreso al hogar.
Dejamos atrás la orilla del río,
encendemos los leños uno a uno,
y el fuego, paciente, aprende nuestros nombres
mientras el mundo queda afuera,
tan lejano como un sueño olvidado.
Entonces somos uno,
sin relojes, sin distancias,
solo el crepitar de la madera
y el viejo tocadiscos girando a 33 revoluciones,
dejando escapar nuestra canción,
esa de siempre,
la que aprendió a vivir en nuestros abrazos.
Tus labios encuentran los míos
como si nunca hubieran conocido otro destino,
y cada beso despierta en mi pecho
el mismo temblor de la primera vez.
Tu cuerpo florece junto al mío,
y el latido de tu amor
se confunde con el de mi corazón,
porque basta mirarte
para comprender que la felicidad
tiene el sonido del río,
el aroma de la leña encendida
y el milagro de volver a encontrarnos.
Mientras la noche se queda velando la ventana,
agradezco en silencio al viento,
a los álamos, al río y al destino,
por regalarme este refugio
donde tu amor y el mío
son el único universo que necesito.

Cuando te Miro.

 Cuando te miro,
esas gotas de sudor dibujan en tu piel
un idioma que sólo mi corazón comprende.
Es el instante más hermoso del día,
aun cuando tus ojos no busquen los míos;
porque en el silencio de tu mirada
ya está escrita la invitación.
Una leve mueca,
un gesto apenas nacido en tus labios,
y todo queda dicho.
Vos y yo entendemos la señal,
como en la última partida de truco,
con el ancho escondido en la mano
y la sonrisa como única apuesta.
Entonces la casa deja de ser paredes,
se transforma en un universo secreto,
en un juego imposible de explicar
y maravilloso de vivir.
La pasión no necesita palabras;
le alcanza con el roce del aire,
con la respiración que se acerca,
con la promesa de un abrazo
que siempre encuentra el camino de regreso.
Y mientras el tiempo pasa,
nos sigue encontrando del mismo lado,
descubriéndonos una y otra vez,
como si el amor tuviera la extraña costumbre
de volver a elegirnos en cada mirada,
en cada silencio, en cada latido

domingo, 2 de agosto de 2026

Gracias.

Me detengo a contemplarte,
como quien descubre que el tiempo
también sabe regalar eternidades.
Agradezco el habernos cruzado,
tal vez tarde...
o quizás en el único instante
que el destino tenía escrito para nosotros.
Fue en aquella vereda,
cuando tu beso se infiltró en mi cuerpo
como la lluvia en la tierra sedienta,
y tu ser encontró en el mío
un refugio para quedarse.
Desde entonces,
mis manos aprendieron tu geografía,
mi piel pronuncia tu nombre en silencio
y mi alma reconoce la tuya
como si siempre hubiera sido su hogar.
No sé si existen palabras
capaces de nombrar lo inmenso de este amor.
Solo una vuelve una y otra vez,
humilde, sincera, infinita...
Gracias por habitar mis días,
por hacer de un abrazo un universo,
y de cada latido compartido
la certeza de que hay encuentros
que no llegan tarde...
Llegan exactamente
cuando el amor decide comenzar.

Asi es Ella.

Una aguja perdida en un pajar,
una botella de agua en el desierto,
una nube que se atreve
a cruzar el imperio del sol.
Una estrella derramada en mi café,
una lágrima nacida del sentimiento,
una certeza imposible
que el destino dejó sobre mi pecho.
Así es ella.
Se entrega con el alma abierta,
sin disfraces,
sin esconder la verdad de su piel
tras la absurda oscuridad de las máscaras.
Y por eso es más hermosa,
porque habita su cuerpo
como quien habita un milagro.
Me pierdo cuando la pienso,
cuando su voz pronuncia mi nombre,
cuando el silencio se sienta a nuestro lado,
cuando sus brazos encuentran los míos
y el mundo deja de tener fronteras.
Entonces el tiempo se vuelve agua,
los relojes olvidan su oficio,
los minutos se derriten
como cera bajo la llama de un deseo antiguo.
Nos descubrimos lentamente,
como dos mares que aprenden
el idioma de sus propias mareas.
Cada roce es una promesa,
cada latido una puerta,
cada suspiro un universo.
El calor dibuja sobre la piel
pequeños ríos transparentes,
y el amor nos hace navegar
sin miedo al naufragio.
En sus ojos encuentro refugio,
en su abrazo la eternidad,
y en la profundidad de su existencia
me extravío feliz,
como ella se pierde en la mía.
Si amar así no es un milagro,
si dos almas fundidas en un mismo instante
no son la más perfecta de las maravillas,
entonces que alguien me explique
por qué el universo entero
parece detenerse
cada vez que ella me ama con su presencia.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...