Un mundo de veintidós asientos
y mil historias latiendo en las ventanillas.
El inolvidable 405,
que después cambió su número
como cambian algunas calles con los años
y pasó a llamarse 156,
seguía siendo el mismo refugio de madrugada,
el mismo ruido de motor cansado,
la misma fila de sueños adolescentes
subiendo con carpetas bajo el brazo.
En Tronador y Núñez nacían las mañanas.
Todavía el sol dudaba entre las ramas
y ya había chicos esperando en la parada,
con sueño en los ojos, con tareas sin terminar,
con la corbata torcida o el guardapolvo todavía tibio de plancha.
Y ahí aparecía él, doblando despacio la esquina,
como si conociera de memoria
la ansiedad de quienes lo esperaban.
El bondi, el colectivo de todos los días.
El que llevaba nombres, secretos, amistades,
primeros amores escondidos entre asientos,
carcajadas que todavía resuenan
en alguna ventanilla empañada por invierno.
Veintidós asientos y un universo entero arriba.
Porque cada viaje era distinto.
Aunque el recorrido fuera el mismo,
nunca era igual la historia.
Algunos subían callados,
otros hacían del pasillo un recreo adelantado.
Siempre estaba el que corría desde media cuadra
gritando esperá, maestro; mientras el chofer sonreía
y frenaba unos segundos más.
Cuántas conversaciones nacieron ahí.
Cuántas amistades crecieron
entre frenadas y semáforos.
Compañeros de escuela,
profesores cargados de carpetas,
preceptores con mirada seria
que después terminaban riéndose
de alguna travesura en el fondo.
Y también estaban ellos, los choferes.
Hombres de ruta corta y corazón enorme,
que aprendían nuestros nombres
sin necesidad de preguntarlos.
Los que sabían quién rendía examen,
quién viajaba triste, quién volvía contento un viernes
porque empezaban las vacaciones.
Más de una vez, antes o después del recorrido,
el encuentro seguía en el Bar Primavera.
Ahí el café parecía durar más,
las charlas se mezclaban con humo y medialunas,
y el tiempo todavía no corría tan rápido.
Qué lindos momentos aquellos,
cuando la vida cabía en una mesa simple
y el futuro parecía enorme.
Había boletos capicúa guardados como amuletos.
Pequeños tesoros de papel que uno doblaba con cuidado
y dejaba escondidos en la billetera.
Como si un número repetido pudiera detener el tiempo.
Como si aquel viaje cotidiano fuera eterno.
Y estaban las monedas, la de diez centavos.
Las dos de un peso.
El sonido metálico cayendo en la máquina
era casi una ceremonia.
Una música sencilla que anunciaba el comienzo del viaje.
Después la SUBE borró aquellos ruidos,
pero no pudo borrar la memoria.
La estación Rivadavia esperaba al final del trayecto
como una estación del alma.
Y entre Tronador y Núñez hasta llegar allí,
iba creciendo una juventud entera.
Por las ventanas desfilaban árboles, kioscos, almacenes,
vecinos barriendo veredas,
la ciudad despertando lentamente.
Y adentro del colectivo iba un pequeño país de estudiantes
aprendiendo mucho más que materias.
Porque arriba del 405, después 156,
también se aprendía la amistad.
La lealtad, el compañerismo.
La alegría simple de compartir un asiento,
una anécdota repetida mil veces
que siempre hacía reír igual.
Quién pudiera volver una mañana cualquiera
a aquella parada.
Sentir otra vez el frío en las manos,
mirar a lo lejos esperando el colectivo,
y escuchar a alguien decir,
Ahí viene…
Entonces el corazón volvería a tener quince años.
Y otra vez subiríamos todos.
Los amigos, los compañeros,los profes.
Los sueños.
Y el viejo bondi seguiría avanzando
por las calles de Buenos Aires,
llevando en sus veintidós asientos
mucho más que pasajeros llevando una época entera
que todavía viaja en la memoria.
y mil historias latiendo en las ventanillas.
El inolvidable 405,
que después cambió su número
como cambian algunas calles con los años
y pasó a llamarse 156,
seguía siendo el mismo refugio de madrugada,
el mismo ruido de motor cansado,
la misma fila de sueños adolescentes
subiendo con carpetas bajo el brazo.
En Tronador y Núñez nacían las mañanas.
Todavía el sol dudaba entre las ramas
y ya había chicos esperando en la parada,
con sueño en los ojos, con tareas sin terminar,
con la corbata torcida o el guardapolvo todavía tibio de plancha.
Y ahí aparecía él, doblando despacio la esquina,
como si conociera de memoria
la ansiedad de quienes lo esperaban.
El bondi, el colectivo de todos los días.
El que llevaba nombres, secretos, amistades,
primeros amores escondidos entre asientos,
carcajadas que todavía resuenan
en alguna ventanilla empañada por invierno.
Veintidós asientos y un universo entero arriba.
Porque cada viaje era distinto.
Aunque el recorrido fuera el mismo,
nunca era igual la historia.
Algunos subían callados,
otros hacían del pasillo un recreo adelantado.
Siempre estaba el que corría desde media cuadra
gritando esperá, maestro; mientras el chofer sonreía
y frenaba unos segundos más.
Cuántas conversaciones nacieron ahí.
Cuántas amistades crecieron
entre frenadas y semáforos.
Compañeros de escuela,
profesores cargados de carpetas,
preceptores con mirada seria
que después terminaban riéndose
de alguna travesura en el fondo.
Y también estaban ellos, los choferes.
Hombres de ruta corta y corazón enorme,
que aprendían nuestros nombres
sin necesidad de preguntarlos.
Los que sabían quién rendía examen,
quién viajaba triste, quién volvía contento un viernes
porque empezaban las vacaciones.
Más de una vez, antes o después del recorrido,
el encuentro seguía en el Bar Primavera.
Ahí el café parecía durar más,
las charlas se mezclaban con humo y medialunas,
y el tiempo todavía no corría tan rápido.
Qué lindos momentos aquellos,
cuando la vida cabía en una mesa simple
y el futuro parecía enorme.
Había boletos capicúa guardados como amuletos.
Pequeños tesoros de papel que uno doblaba con cuidado
y dejaba escondidos en la billetera.
Como si un número repetido pudiera detener el tiempo.
Como si aquel viaje cotidiano fuera eterno.
Y estaban las monedas, la de diez centavos.
Las dos de un peso.
El sonido metálico cayendo en la máquina
era casi una ceremonia.
Una música sencilla que anunciaba el comienzo del viaje.
Después la SUBE borró aquellos ruidos,
pero no pudo borrar la memoria.
La estación Rivadavia esperaba al final del trayecto
como una estación del alma.
Y entre Tronador y Núñez hasta llegar allí,
iba creciendo una juventud entera.
Por las ventanas desfilaban árboles, kioscos, almacenes,
vecinos barriendo veredas,
la ciudad despertando lentamente.
Y adentro del colectivo iba un pequeño país de estudiantes
aprendiendo mucho más que materias.
Porque arriba del 405, después 156,
también se aprendía la amistad.
La lealtad, el compañerismo.
La alegría simple de compartir un asiento,
una anécdota repetida mil veces
que siempre hacía reír igual.
Quién pudiera volver una mañana cualquiera
a aquella parada.
Sentir otra vez el frío en las manos,
mirar a lo lejos esperando el colectivo,
y escuchar a alguien decir,
Ahí viene…
Entonces el corazón volvería a tener quince años.
Y otra vez subiríamos todos.
Los amigos, los compañeros,los profes.
Los sueños.
Y el viejo bondi seguiría avanzando
por las calles de Buenos Aires,
llevando en sus veintidós asientos
mucho más que pasajeros llevando una época entera
que todavía viaja en la memoria.



