jueves, 21 de mayo de 2026

Un mundo de veintidós asientos
y mil historias latiendo en las ventanillas.
El inolvidable 405,
que después cambió su número
como cambian algunas calles con los años
y pasó a llamarse 156,
seguía siendo el mismo refugio de madrugada,
el mismo ruido de motor cansado,
la misma fila de sueños adolescentes
subiendo con carpetas bajo el brazo.
En Tronador y Núñez nacían las mañanas.
Todavía el sol dudaba entre las ramas
y ya había chicos esperando en la parada,
con sueño en los ojos, con tareas sin terminar,
con la corbata torcida o el guardapolvo todavía tibio de plancha.
Y ahí aparecía él, doblando despacio la esquina,
como si conociera de memoria
la ansiedad de quienes lo esperaban.
El bondi, el colectivo de todos los días.
El que llevaba nombres, secretos, amistades,
primeros amores escondidos entre asientos,
carcajadas que todavía resuenan
en alguna ventanilla empañada por invierno.
Veintidós asientos y un universo entero arriba.
Porque cada viaje era distinto.
Aunque el recorrido fuera el mismo,
nunca era igual la historia.
Algunos subían callados,
otros hacían del pasillo un recreo adelantado.
Siempre estaba el que corría desde media cuadra
gritando esperá, maestro; mientras el chofer sonreía
y frenaba unos segundos más.
Cuántas conversaciones nacieron ahí.
Cuántas amistades crecieron
entre frenadas y semáforos.
Compañeros de escuela,
profesores cargados de carpetas,
preceptores con mirada seria
que después terminaban riéndose
de alguna travesura en el fondo.
Y también estaban ellos, los choferes.
Hombres de ruta corta y corazón enorme,
que aprendían nuestros nombres
sin necesidad de preguntarlos.
Los que sabían quién rendía examen,
quién viajaba triste, quién volvía contento un viernes
porque empezaban las vacaciones.
Más de una vez, antes o después del recorrido,
el encuentro seguía en el Bar Primavera.
Ahí el café parecía durar más,
las charlas se mezclaban con humo y medialunas,
y el tiempo todavía no corría tan rápido.
Qué lindos momentos aquellos,
cuando la vida cabía en una mesa simple
y el futuro parecía enorme.
Había boletos capicúa guardados como amuletos.
Pequeños tesoros de papel que uno doblaba con cuidado
y dejaba escondidos en la billetera.
Como si un número repetido pudiera detener el tiempo.
Como si aquel viaje cotidiano fuera eterno.
Y estaban las monedas, la de diez centavos.
Las dos de un peso.
El sonido metálico cayendo en la máquina
era casi una ceremonia.
Una música sencilla que anunciaba el comienzo del viaje.
Después la SUBE borró aquellos ruidos,
pero no pudo borrar la memoria.
La estación Rivadavia esperaba al final del trayecto
como una estación del alma.
Y entre Tronador y Núñez hasta llegar allí,
iba creciendo una juventud entera.
Por las ventanas desfilaban árboles, kioscos, almacenes,
vecinos barriendo veredas,
la ciudad despertando lentamente.
Y adentro del colectivo iba un pequeño país de estudiantes
aprendiendo mucho más que materias.
Porque arriba del 405, después 156,
también se aprendía la amistad.
La lealtad, el compañerismo.
La alegría simple de compartir un asiento,
una anécdota repetida mil veces
que siempre hacía reír igual.
Quién pudiera volver una mañana cualquiera
a aquella parada.
Sentir otra vez el frío en las manos,
mirar a lo lejos esperando el colectivo,
y escuchar a alguien decir,
Ahí viene…
Entonces el corazón volvería a tener quince años.
Y otra vez subiríamos todos.
Los amigos, los compañeros,los profes.
Los sueños.
Y el viejo bondi seguiría avanzando
por las calles de Buenos Aires,
llevando en sus veintidós asientos
mucho más que pasajeros llevando una época entera
que todavía viaja en la memoria.
 Había un cielo celeste rodando por Buenos Aires.
No era nube, ni bandera,
ni verano reflejado en los vidrios.
Era el viejo 149, aquel colectivo inolvidable
que unía Constitución con Villa Cerini
como quien cose recuerdos
de punta a punta de la ciudad.
Sus coches parecían navegar las avenidas
con la calma de un tiempo distinto.
Un tiempo donde los viajes no eran apuro,
sino parte misma de la vida.
Y en Holmberg y Manuela Pedraza
comenzaban tantas historias.
Ahí esperaba el mundo.
Ahí estaba la infancia parada en una esquina,
mirando a lo lejos
hasta descubrir la silueta del colectivo
doblando despacio.
Entonces aparecía él; el 149.
Con su ruido querido, con su olor a cuero, 
gasoil y ventanas abiertas,
con los asientos gastados
por miles de pasajeros
que llevaban sueños simples en los bolsillos.
Qué largo parecía el viaje
y qué corto quedó en la memoria.
En verano, el destino era el Club Pinocho.
La pileta brillando bajo el sol,
las lonas de colores,
las ojotas calientes sobre el cemento,
las risas de chicos corriendo mojados,
el sonido de las pelotas
y las madres llamando desde lejos.
El 149 llevaba veranos enteros arriba.
Toallones, gaseosas,sandwiches envueltos en servilletas,
y esa felicidad pequeña
que no necesitaba demasiado para existir.
Otras veces, el viaje era junto a los padres.
Pasear por Triunvirato
como quien recorre una avenida infinita de maravillas.
Las luces de los negocios, las vidrieras encendidas,
el perfume mezclado de café y pizzería
subiendo desde las veredas.
Y allá estaba el Cine 25 de Mayo,
majestuoso y querido,
esperando detrás de sus carteles luminosos.
Entrar ahí era entrar en otro mundo.
La penumbra elegante,
las butacas rojas,
los murmullos antes que empezara la película,
y los ojos de los chicos
abriéndose enormes frente a la pantalla.
Cuántas historias nacieron también ahí,
entre aventuras de matiné
y la mano cálida de los padres acompañando.
Y después estaba la kermese.
La inolvidable kermese de la estación Urquiza.
Año tras año, el terreno se llenaba de luces,
banderines de colores
y canciones que parecían no terminar nunca.
Qué mágico era aquello.
Los puestos de juegos, las rifas,
las ruedas girando, el olor a choripán 
mezclado con algodón de azúcar,
los chicos corriendo con premios baratos
que parecían tesoros inmensos.
La estación entera respiraba fiesta.
Y cuando llegaba carnaval,
Triunvirato explotaba de alegría.
Serpentinas cruzando el aire,
espuma volando entre carcajadas,
murgas haciendo temblar la noche
con bombos y lentejuelas.
Buenos Aires todavía sabía bailar en la calle.
Después del corso,
la familia seguía la celebración en Gambrinus.
Ah, Gambrinus, qué nombre lleno de memoria.
Las mesas, las picadas rebosando de salame, 
jamón y queso, las aceitunas brillando bajo la luz amarilla,
los sifones sobre el mantel,
las cervezas heladas y las conversaciones interminables.
Ahí estaban los padres, los abuelos.
Las sobremesas eternas.
Las historias repetidas mil veces
que nadie se cansaba de escuchar.
El mundo parecía quedarse quieto en esos momentos.
Y mientras tanto, el 149 seguía pasando.
Como un hilo invisible
uniendo todos esos recuerdos.
Quién hubiera pensado
que un colectivo podía guardar tanta vida.
Pero algunos bondis
no transportaban pasajeros solamente.
Transportaban épocas.
El 149 cruzaba San Cristóbal,  Caballito,
Agronomía, Urquiza, Saavedra…
y en cada barrio dejaba un pedazo de historia.
Como un viejo amigo
que conocía cada esquina de memoria.
Cincuenta y ocho minutos duraba el recorrido completo,
pero para muchos
fue un viaje que todavía no terminó.
Después desapareció.
A comienzos de los años ochenta
sus coches dejaron de rodar.
Las paradas quedaron vacías.
Y la ciudad siguió adelante
como hacen las ciudades,
sin darse cuenta
de que a veces también se mueren los recuerdos.
Pero hay cosas que no desaparecen nunca.
Porque todavía vive
en la memoria de quienes lo esperaban en la esquina.
En quienes viajaban mirando por la ventanilla.
En quienes fueron felices sin saberlo.
Todavía vive
en el eco lejano de un boleto cortado,
en el brillo de una noche de carnaval,
en la espuma sobre Triunvirato,
en las luces del Cine 25 de Mayo,
en las mesas familiares de Gambrinus,
en los veranos rumbo al Club Pinocho.
Y quizá,
cuando alguna tarde cae despacio sobre Saavedra,
todavía pueda verse, aunque sea por un instante,
aquel viejo colectivo en  la esquina de Holmberg y Pedraza,
llevando arriba una ciudad entera de recuerdos. 


miércoles, 20 de mayo de 2026

Por los ríos callados del alba
cuando el camalote todavía sueña
y las garzas se peinan en la orilla,
aparece la lancha almacén
como un corazón de chapa y madera
latiendo despacio entre los arroyos.
Trae pan tibio, azúcar y remedios,
yerba para el mate de las islas,
velas para las noches de tormenta,
y noticias que cruzan el agua
como si fueran pájaros.
La esperan los muelles humildes,
las manos curtidas de los isleños,
los perros que reconocen el motor
mucho antes que asome en la curva
del Carapachay o del Pajarito.
Hay algo sagrado en su rutina,
el saludo temprano,
la libreta gastada de confianza,
la palabra cumplida
aunque crezca la sudestada
o el invierno se llene de niebla.
La lancha almacén no sólo vende; acompaña.
Sabe de silencios largos,
de ancianos que viven mirando el río,
de chicos descalzos corriendo al muelle
para recibir caramelos y sonrisas.
Cuántas veces llevó esperanza
entre juncales mojados,
cuántas veces fue abrazo
para quien pasó días enteros
sin otra visita que el canto oscuro de los sapos.
Romántica nave del Delta,
novia lenta de los arroyos,
con su estela pequeña
y su bandera cansada por el viento;
hay ternura en su andar paciente,
como si conociera el nombre secreto de cada isla.
Y el isleño la mira llegar
con ese agradecimiento simple
que no necesita palabras porque sabe
que mientras exista la lancha almacén,
nunca estará del todo solo
en el inmenso laberinto del Tigre.
Salud, vieja compañera del río.
Que nunca falte tu silbido en la mañana,
ni tu sombra cruzando el agua marrón
bajo los sauces.
Porque en cada viaje llevás mucho más
que mercadería, llevás confianza,
espera, amistad, y un pedazo noble del alma del Delta. 
 En el Delta la esperan como antes
se esperaba el silbido del tren
o el ruido querido del almacenero.
La lancha colectiva aparece doblando el arroyo
igual que un bondi sobre el agua,
con su estela marrón abriendo la mañana
entre sauces, ceibos y camalotes.
Desde temprano el muelle ya está atento.
Alguien mira el reloj,
otro alcanza a cebar un mate,
una mujer acomoda las bolsas del mercado,
un chico se cuelga la mochila de la escuela,
y algún viejo isleño
escucha el motor desde lejos
porque conoce ese sonido
como quien reconoce la voz de un amigo.
Entonces arrima despacio,
con paciencia de río antiguo,
y el capitán maniobra fino
hasta besar el muelle con la borda.
No falla.
No viene de largo como algunos colectivos de tierra
que dejan a la gente corriendo detrás;
la lancha se acerca bien,
como si supiera
que cada pasajero trae su historia encima.
Subir a la colectiva
nunca fue solamente viajar.
Era entrar en una pequeña comunidad flotante
donde todos terminaban conociéndose.
¿Cómo anda don Ricardo?
Y la nena, ya se mejoro?
supiste algo del viejo Navarro?
Y así el viaje avanzaba
entre preguntas sencillas
que valían más que cualquier noticia del mundo.
Porque en las lanchas del Delta
la vida siempre se contó de boca en boca.
La salud de uno, los hijos del otro,
los nietos que crecieron, las crecientes del río,
las sudestadas bravas, los amores, las pérdidas,
todo viajaba sentado entre mate y mate
mientras el agua golpeaba suave contra el casco.
Cuántos chicos habrán aprendido a viajar allí.
Con guardapolvos blancos todavía húmedos de rocío,
haciendo deberes sobre los asientos de madera,
estudiando multiplicaciones
mientras la lancha cruzaba el Carapachay o el Espera.
Más de una vez viajaron también los maestros,
con carpetas enormes y paciencia infinita,
saludando familia por familia
como si cada alumno fuera un sobrino del río.
Y cuando el viaje venía tranquilo,
sin lluvia ni viento bravo,
aparecía el mate compartido.
Uno cebaba, otro alcanzaba las tortas fritas,
alguno contaba una anécdota vieja
de cuando las lanchas llevaban gallinas, bicicletas,
cajones de fruta y hasta algún perro dormido bajo los bancos.
Había tiempo para conversar entonces.
El río parecía más lento, la gente más cercana,
y nadie tenía apuro porque el Delta enseña despacio
la verdadera medida del tiempo.
Pero algo fue cambiando.
Hoy muchos suben y se sientan en silencio.
Las pantallas encendidas iluminan las caras,
y el murmullo del río
a veces pierde lugar contra el ruido invisible del celular.
Ya casi no se escuchan aquellas conversaciones largas,
ni las discusiones sobre la creciente,
ni el comentario sobre el vecino enfermo
o la alegría porque nació un nieto nuevo en las islas.
Cada uno baja la cabeza y navega otro mundo pequeño
dentro de la mano.
Y sin embargo,
la lancha colectiva sigue teniendo magia.
Porque viajar por el Delta
continúa siendo distinto a todo.
Ninguna avenida puede compararse
con esos canales angostos cubiertos de verde,
ni existe semáforo más hermoso
que la luz del sol filtrándose entre los sauces.
La colectiva sigue cruzando historias.
Sigue uniendo familias, escuelas, almacenes y muelles.
Sigue llevando trabajadores dormidos al amanecer
y trayendo isleños cansados de regreso a casa.
Y todavía queda ese placer sencillo
de conocer a cada capitán.
Porque cada uno tiene su modo,
el serio,el bromista, el que silba tangos mientras conduce,
el que conoce cada poste del río,
el que frena para esperar al vecino que viene corriendo por el muelle.
Ellos también son memoria viva del Delta.
Saben dónde el río es traicionero,
dónde pega fuerte la corriente,
dónde una familia espera remedios,
o qué muelle quedó vacío para siempre.
Son conductores y testigos.
Guardianes silenciosos
de una geografía hecha de agua y recuerdos.
Y mientras exista una lancha colectiva
surcando las venas marrones del Tigre,
el Delta seguirá respirando humanidad.
Porque arriba de esas embarcaciones
no viajan solamente pasajeros.
Viajan costumbres antiguas,
amistades que duran décadas,
infancias enteras camino a la escuela,
historias de amor nacidas entre dos muelles,
y la esperanza humilde
de seguir saludándose por el nombre.
La lancha colectiva no es sólo transporte.
Es barrio flotando, es memoria navegando.
Es el corazón del Delta
yendo y viniendo todos los días sobre el agua.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...