La humedad y el frío,
esa mezcla rara de Buenos Aires en otoño,
donde un blues se confunde con el rock
y un tango distraído termina haciéndose bolero.
La tarde camina despacio por las veredas mojadas,
mientras una esquina se dobla apenas
y perderse entre la niebla.
Las bufandas guardan secretos de lluvia,
las ventanas se empañan de nostalgias antiguas,
y la ciudad parece suspendida
entre lo que fue y lo que todavía espera.
Llueve en el último piso,
pero en la planta baja sale el sol.
Así de caprichosa es esta tierra,
que mezcla inviernos y primaveras,
en la misma respiración.
Caminamos sin apuro,
como si las calles conocieran nuestros nombres,
como si cada baldosa guardara una historia
y cada farol quisiera contarnos otra.
Mientras tanto, el jazz circula por la semana,
escapándose del saxo de algún bar escondido,
liviano y transparente como una mariposa de cristal
que cruza la noche sin hacer ruido.
Y Buenos Aires, vieja soñadora,
despliega sus adoquines mojados,
sus cafés encendidos,
sus abrazos de humo y de lluvia.
Entonces el mundo se vuelve pequeño:
una mano que busca otra mano,
una bufanda compartida,
un beso robado a la niebla,
y un bolero que nació tango
para quedarse bailando
en el corazón del otoño.

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