El sábado llora la muerte de un poeta,
de una voz sin gritos,
de una palabra sin insultos.
El sábado llora la muerte de un cantante
que supo enhebrar las palabras en poesía
y la poesía en mensaje,
como quien cose silencios
sobre las heridas de una ciudad.
El sábado llora, una noche más,
un tango en la esquina,
un buzón perdido en el recuerdo,
un barrio con su bulevar,
y una palabra que se entendía
sin necesidad de ser arrojada como piedra.
El sábado llora los faroles encendidos,
las veredas gastadas,
los amigos demorando la despedida,
el humo de un café
El sábado llora porque se ha ido
uno de esos hombres
que cantaban para pensar
y no para imponer,
que nombraban el amor,
la calle y la tristeza
sin necesidad de levantar la voz.
Y mientras la noche avanza
sobre los techos de la ciudad,
el sábado llora la sensación
de que quizás alguna vez
dejen de gritar y comiencen a cantar.
Que vuelvan a abrir la boca
para vocalizar poemas,
para sembrar preguntas,
para abrazar memorias.
Que la poesía vuelva a caminar
por las esquinas del barrio,
y que una canción sencilla
haga más ruido en el alma
que todos los gritos del mundo.
Por eso el sábado llora.
Porque cuando muere un poeta,
cuando se apaga una voz verdadera,
queda un silencio inmenso
esperando que alguien,
otra vez, lo transforme en canción.

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