Cuando llovía, la bajada de Tronador hacia Quesada
dejaba de ser calle y se volvía río,
un río marrón y apurado
que arrastraba hojas, ramas
y recuerdos de barrio.
Quesada parecía Venecia
cuando el agua, cansada de esperar salida,
se quedaba atrapada en aquel caño bajo las vías
y la esquina se hacía laguna,
espejo turbio donde flotaban papeles,
pelotas olvidadas
y el reflejo de los vecinos mirando el cielo.
Pero había que seguir igual.
Ir al colegio con los zapatos mojados,
al trabajo con el pantalón arremangado,
al médico, al hospital,
porque la vida nunca esperaba
a que bajara el agua.
Y entonces aparecía él,
el puente.
Ese puente sencillo y milagroso
que girábamos desde una vereda
y desde la otra
hasta unirlo en el medio
para poder pasar sin meternos al agua,
como si entre todos armáramos
un pequeño camino de salvación.
Cuántas historias habrán pasado por esos fierros.
Algunos lo cruzaron apurados,
otros se quedaron jugando encima de él,
saltando, riendo,
haciendo equilibrio sobre la infancia.
Era parte del folklore del barrio,
de esos barrios donde hace mucho tiempo
todos nos conocíamos.
Donde un saludo alcanzaba para sentirse en casa
y donde los vecinos se sentaban en el puente
a mirar correr el agua
como quien mira pasar la vida.
Había mates, charlas largas,
algún perro dormido cerca,
las madres llamando desde la puerta
y los chicos creyendo
que aquella inundación era una aventura.
Hoy ya no quede el puente,
ni la esquina cubierta de agua,
ni aquellas tardes lentas de barrio unido.
Pero en la memoria sigue firme,
cruzando el tiempo,
como cruzábamos nosotros
de una vereda a la otra
sin miedo a mojarnos el alma
dejaba de ser calle y se volvía río,
un río marrón y apurado
que arrastraba hojas, ramas
y recuerdos de barrio.
Quesada parecía Venecia
cuando el agua, cansada de esperar salida,
se quedaba atrapada en aquel caño bajo las vías
y la esquina se hacía laguna,
espejo turbio donde flotaban papeles,
pelotas olvidadas
y el reflejo de los vecinos mirando el cielo.
Pero había que seguir igual.
Ir al colegio con los zapatos mojados,
al trabajo con el pantalón arremangado,
al médico, al hospital,
porque la vida nunca esperaba
a que bajara el agua.
Y entonces aparecía él,
el puente.
Ese puente sencillo y milagroso
que girábamos desde una vereda
y desde la otra
hasta unirlo en el medio
para poder pasar sin meternos al agua,
como si entre todos armáramos
un pequeño camino de salvación.
Cuántas historias habrán pasado por esos fierros.
Algunos lo cruzaron apurados,
otros se quedaron jugando encima de él,
saltando, riendo,
haciendo equilibrio sobre la infancia.
Era parte del folklore del barrio,
de esos barrios donde hace mucho tiempo
todos nos conocíamos.
Donde un saludo alcanzaba para sentirse en casa
y donde los vecinos se sentaban en el puente
a mirar correr el agua
como quien mira pasar la vida.
Había mates, charlas largas,
algún perro dormido cerca,
las madres llamando desde la puerta
y los chicos creyendo
que aquella inundación era una aventura.
Hoy ya no quede el puente,
ni la esquina cubierta de agua,
ni aquellas tardes lentas de barrio unido.
Pero en la memoria sigue firme,
cruzando el tiempo,
como cruzábamos nosotros
de una vereda a la otra
sin miedo a mojarnos el alma

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