La neblina cayó sobre Buenos Aires
como un viejo bandoneón desafinado,
cubriendo las esquinas solitarias
que todavía extrañan algún buzón oxidado.
Los zaguanes guardan secretos antiguos,
susurran nombres que nadie olvidó,
y entre las sombras de las puertas cerradas
viven los besos que el tiempo robó.
Por Villa Cariño pasan los recuerdos,
autos dormidos bajo un cielo gris,
juramentos escritos sobre los vidrios
que aún resisten lejos del olvido feliz.
una tarde en El Cumbre frente al sol,
y después la calle Florida encendida
con su eterno desfile de ilusión.
Un café sobre Corrientes nos esperaba,
entre librerías, sueños y canción,
y una pizza en Las Cuartetas compartida
como si el mundo se sentara en una mesa para dos.
La madrugada encontró refugio en La Paz,
con el cansancio dulce de tanto andar,
y un whisky en el Politeama encendió los silencios
que ninguno de los dos quiso nombrar.
Buenos Aires bailaba entre faroles,
la niebla abrazaba cada adoquín,
y el río escondía bajo sus aguas
las historias que no llegan a su fin.
Entonces comprendí que toda la ciudad,
sus cafés, sus esquinas y su arrabal,
no eran más que estaciones necesarias
para llegar a este instante final.
Porque esta es mi última poesía,
la última pena que dejo partir,
el último tango que escriben mis manos
antes de animarme a callar.
Que callen los bares y los bandoneones,
que descanse la luna sobre el canal,
porque después de tantos versos porteños
ya no habrá nada más que contar.
Solo tu mirada bajo la neblina,
la ciudad detenida para los dos,
y Buenos Aires guardando silencio
antes de darte mi primer beso
en mi mejor canción

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