sábado, 25 de julio de 2026

 Hay quienes aman el mar
por su inmensidad sin orillas,
por su horizonte que parece infinito,
por el rumor antiguo de sus mareas.
Pero el río; el río es compañero.
No se queda lejos detrás de la costa,
no contempla desde la distancia;
camina junto a la vida,
se asoma a las ventanas,
roza los muelles gastados,
saluda las canoas,
conoce los nombres de quienes lo habitan.
El mar parte hacia lo desconocido.
El río va y vuelve, se aleja en la creciente,
regresa en la bajante,
desaparece entre los juncales
y vuelve a encontrarse en cada recodo.
Tiene algo de amigo fiel,
algo de conversación interminable,
algo de abrazo extendido sobre el agua.
Los arroyos del Delta lo saben,
lo saben el Carapachay, el Pajarito,
los canales escondidos entre sauces,
las corrientes que serpentean bajo las sombras
y las islas que nacieron de su paciencia.
A veces falta.
La tierra resquebrajada lo extraña,
los pilotes quedan desnudos,
las lanchas descansan inclinadas sobre el barro,
y el silencio ocupa el lugar del agua.
Entonces se comprende cuánto se lo ama.
Porque sólo se extraña de verdad
aquello que forma parte de la vida.
Y otras veces enloquece.
Llega con la fuerza de las inundaciones,
sube escalones, invade jardines,
borra senderos conocidos
y recuerda que también posee un corazón salvaje.
Pero aun en su furia sigue siendo río.
Como un viejo compañero
que alguna vez pierde la calma
sin dejar de ser querido.
Avanzar sin detenerse,
llevar historias entre las orillas,
guardar reflejos de lunas y tormentas,
transportar sueños, troncos, recuerdos, amores.
Despertar con la niebla sobre el agua,
escuchar el motor lejano de una lancha,
sentir que la corriente habla un idioma antiguo
que sólo entienden quienes han permanecido a su lado.
Y qué maravilla escribirle, buscar palabras para nombrarlo
sabiendo que siempre serán pocas,
porque ningún verso alcanza
para contener tanta vida.
El río se deja atravesar, navegar, escuchar, amar.
Se deja compartir, tal vez por eso quienes lo conocen
lo llevan para siempre en la sangre.
Porque el río no es solamente agua.
Es memoria, camino, refugio, tiempo.
Y mientras siga corriendo entre las islas,
entre los sauces y los juncos del Delta,
habrá alguien sentado en un muelle,
con un mate y una esperanza,
agradeciendo el privilegio inmenso
de tener un río al lado y llamarlo compañero.

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