viernes, 24 de julio de 2026

 El sendero de tierra corría junto al río como una cinta gastada por los años. Desde allí podía verse el reflejo del sol sobre el agua del Paraná y escuchar el murmullo de las lanchas que pasaban rumbo a destinos lejanos. Era por ese camino donde ella solía andar descalza.
Delgada, tostada por el sol de todas las estaciones, caminaba como si perteneciera al río y al monte más que a cualquier persona. 
Los vecinos la saludaban al pasar y ella respondía con una sonrisa breve, de esas que parecían guardar secretos que nadie llegaría a conocer.
Aquella tarde también pasó por allí; saludó como siempre.
Y nunca más la volvimos a ver.
Los isleños comentaban que la estaban esperando en otro territorio, más allá de los arroyos conocidos, donde el Paraná se vuelve inmenso y los horizontes parecen no terminar nunca. 
Otros decían que había seguido el llamado de algún amor distante. Nadie supo la verdad.
Yo me quedé.
Me quedé entre los mismos muelles, los mismos sauces y las mismas aguas marrones que tantas veces nos vieron compartir mates. 
Todavía recuerdo las partidas de truco jugadas con porotos sobre una mesa vieja, las bromas que terminaban en carcajadas y las tardes que parecían eternas mientras el río subía y bajaba sin pedir permiso.
Por las noches, cuando el silencio se adueña de las islas, sigo encendiendo la radio y la escondo debajo de la almohada, como hacía entonces. 
Las voces lejanas y la música antigua me devuelven a aquellas noches compartidas sin promesas ni compromisos, cuando el mundo parecía reducirse al sonido de los grillos y al rumor del agua golpeando los pilotes.
Vos sabías que siempre te amé y yo sabía que eras libre.
Libre como los pájaros que cruzan el Delta al amanecer, sin rutas marcadas ni destino fijo. 
Sabía que nunca te quedarías quieta en ningún lugar, que llevabas el viento en el alma y el río en la sangre.
Por eso nunca intenté detenerte; los años pasaron.
Los sauces crecieron, algunos muelles desaparecieron. Otras lanchas comenzaron a recorrer los canales. 
Sin embargo, cada vez que escucho el rugido de un motor acercándose por el arroyo o el golpe suave de unos remos cortando el agua, levanto la vista con la misma esperanza.
Imagino que sos vos regresando.
Imagino tu figura apareciendo entre la bruma de la tarde, caminando otra vez por aquel sendero junto al río. 
Imagino que te sentás a mi lado en el viejo muelle y me contás dónde estuviste todo este tiempo, qué paisajes conociste y qué sueños perseguiste.
Entonces nos quedaríamos en silencio, mirando el Paraná encenderse de colores bajo el atardecer.
Y después vendría un abrazo, quizás el último, quizás el primero de verdad.
Un abrazo capaz de reunir todos los años perdidos, todas las palabras guardadas y todos los recuerdos que el Delta conservó para nosotros.
Y tal vez, cuando la noche volviera a caer sobre los arroyos y las estrellas se reflejaran en el agua quieta, decidirías quedarte.
No porque alguien te lo pidiera, no porque dejaras de ser libre.
Sino porque algunas veces los viajeros encuentran un lugar al que siempre estuvieron regresando sin saberlo.
Y yo seguiría allí, esperándote junto al río, con el mate listo, una baraja sobre la mesa y el corazón abierto, mientras el viejo Delta guarda nuestra historia entre sus aguas, como si supiera que ciertos amores nunca terminan de irse.

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