viernes, 24 de julio de 2026

 En Saavedra
las noches tenían olor a pizza recién salida del horno
y a película de cine continuado.
Bastaba caminar unas cuadras
para cruzarse con medio barrio:
en la puerta de La Alborada,
las luces del Cumbre
a pocos metros,
y los muchachos de Los Picapiedras
haciendo esquina en Manzanares y Del Tejar
como si el mundo terminara ahí mismo.
Y quizás terminaba ahí nomás.
Porque en pocas cuadras
vivían cientos de historias.
Había un bar alemán
donde el aroma de las papas fritas
se escapaba hasta la vereda,
mezclándose en el aire
con la muzarela caliente de La Alborada,
con la salsa, con el humo de los taxis
y con la humedad de las madrugadas porteñas.
Más allá, una disquería donde los vinilos
giraban como pequeños planetas negros
y uno aprendía de música mirando tapas de discos
mientras sonaba un tango, Serrat o Sandro.
En el Mundo Musical
la música se hacía objeto sagrado:
vinilos, cassettes, posters,
puas de tocadiscos y sueños de pibes
que querían llevarse una canción a casa.
Y estaba también el negocio de fotografía,
ese rincón mágico donde las imágenes
dormían dentro de un rollo
hasta transformarse en papel brillante.
Uno dejaba el sobrecito amarillo
y volvía días después
para descubrir si la felicidad había salido movida.
Las noches del barrio
tenían cine, café y vereda.
En El Cafetal siempre había alguien 
en la vereda discutiendo de fútbol,
de política o de amores perdidos,
mientras la máquina de café respiraba vapor
como una locomotora cansada.
Y en la puerta del Cumbre,
o del Aesca,
la tarantela se mezclaba con el tango,
con las risas,
con los muchachos peinados a la gomina
y las chicas de polleras largas
que caminaban del brazo bajo las luces amarillas.
Todo estaba cerca.
Tan cerca
que el barrio parecía una sola casa grande.
Los cines encendían marquesinas,
las pizzerías llenaban de vida las esquinas
y las madrugadas se iban estirando
entre cafés, vermuts y conversaciones eternas.
Hoy muchas persianas cambiaron de nombre,
algunos negocios ya no están
y otros sobreviven apenas en la memoria.
Pero basta cerrar los ojos
para volver a escuchar
los platos chocando en la cocina de la pizzería,
el proyector lejano de algún cine de barrio,
el sonido áspero de una pua cayendo sobre un vinilo
y el murmullo de la gente caminando por Manzanares.
Porque hay barrios que nunca desaparecen del todo.
Siguen viviendo en el olor de una pizza,
en una canción antigua, en una foto amarillenta
o en un tango que todavía, de vez en cuando,
vuelve a sonar en la noche

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