No te quedes donde te apaguen la risa,
ni donde te pidan permiso para ser quien sos.
No naciste para andar pidiendo disculpas
por el tamaño de tus sueños,
ni por la música que te habita.
Quedate donde te quieran despeinada por el viento,
con las medias verdades hechas poesía,
con las cicatrices brillando bajo la lluvia
de alguna noche porteña.
Quedate donde puedas putear al mundo,
reírte de vos misma
y volver a empezar un lunes cualquiera,
con un mate caliente entre las manos
y la certeza de que nadie va a pedirte
que seas menos de lo que sos.
Porque el amor, amor,
no es una jaula con forma de promesa.
El amor es un tango mal bailado al principio,
que después encuentra el compás de dos corazones
que se buscan sin dejar de ser uno.
Y si alguna vez dudás de tu lugar en este mundo,
pensá en Buenos Aires.
Pensá en una esquina de San Telmo,
en un farol encendido después de la lluvia,
en una mesa para dos,
en un bandoneón llorando bajito,
mientras Charly se pelea con Piazzolla
y el Flaco Spinetta le roba unos versos a Gardel.
Ahí quiero encontrarte.
Porque te espero.
de los que todavía creen que las distancias
son apenas un mal chiste del calendario.
Te espero cuando el invierno afloje los puños,
cuando la gripe sea apenas una anécdota
que nos robó unos besos y algunos abrazos.
Te espero cuando el sol vuelva a colgarse
sobre el Río de la Plata
como una moneda de oro derramándose en el agua.
Y entonces sí...
Vamos a tomarnos de la mano
como si fuera la primera vez
y como si nunca nos hubiéramos soltado.
Vamos a caminar Buenos Aires
sin mirar la hora,
porque las mejores historias de amor
no llevan reloj.
Nos perderemos en Caminito como dos adolescentes,
nos encontraremos en Corrientes entre librerías y cafés,
nos besaremos bajo las luces de algún teatro antiguo,
y dejaremos nuestras huellas sobre las baldosas gastadas
que conocen más secretos de amor
que todos los poetas juntos.
Quiero verte sonreír
cuando un viejo tanguero nos guiñe un ojo desde la vereda,
mientras algún pibe con una guitarra eléctrica
se roba la noche tocando rock nacional.
Porque lo nuestro no es solamente tango.
Lo nuestro es tango con rock.
Es un bandoneón enamorado de una Fender.
Es una milonga bailada con zapatillas gastadas.
Es un beso con sabor a whisky y madrugada.
Es Cerati abrazando a Troilo.
Es Fito cantándole al amor desde alguna ventana abierta.
Es el corazón haciendo pogo en una milonga.
Y cuando la ciudad se quede en silencio,
cuando el último café nos eche con elegancia,
voy a mirarte a los ojos y entender algo
que ya sé desde hace tiempo.
Mi casa no es una ciudad.
Mi casa no es un país.
Mi casa es el lugar exacto donde tus manos encuentran las mías.
Por eso, amor, quedate siempre donde seas celebrada.
Donde tu libertad sea bienvenida.
Donde tus derrotas reciban el mismo abrazo que tus victorias.
Donde nadie te quite las alas para enseñarte a caminar.
Y si el destino es generoso con nosotros, como creo que será,
muy pronto el sol brillará sobre Buenos Aires,
la gripe se habrá marchado para siempre,
y dos almas que se buscaron a la distancia
volverán a encontrarse en una esquina cualquiera.
Yo llegaré con el corazón hecho canción.
Vos llegarás con tu sonrisa de milagro.
Y la ciudad, cómplice de los enamorados,
nos regalará su mejor música.
Entonces, sin apuro, sin miedo y sin culpa,
volveremos a tomarnos de la mano.
Y al ritmo de un tango rockero,
de esos que se bailan abrazados y se cantan a los gritos,
sabremos que después de tanta espera,
por fin hemos llegado a casa.
Porque algunas personas no pasan por nuestra vida.
Algunas personas son la vida.
Y vos, sos la más hermosa melodía
que Buenos Aires todavía no ha terminado de tocar.

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