viernes, 24 de julio de 2026

 Detrás de un vidrio esmerilado
y una luz tenue, cansada de ser tarde,
tu silueta se deshace lentamente
entre mis manos y la penumbra.
La noche, entonces, se vuelve primavera,
y en cada mínima partícula que nace sobre tu piel
no hay sudor
hay un amor antiguo derritiéndose en silencio,
sin verse, sin saberse,
pero dejándose caer entre mis dedos.
Intentas alcanzarme con una caricia,
pero el deseo es un río más fuerte,
y se enreda en tu cabello húmedo,
como si el tiempo hubiera olvidado su camino.
El cristal continúa empañándose;
afuera, la ciudad suspira con envidia
y confunde nuestra sombra
con la llama vacilante de una vela encendida.
Pero no es una vela.
Es la unión de dos silencios,
la casi desnudez de tu misterio,
más intensa que cualquier certeza,
más hermosa que la memoria del primer día.
Y mientras las palabras encuentran refugio en tu oído,
te cuento ese amor que todos buscan
y que sólo aparece
cuando el corazón deja de esperarlo.
Entonces el ventilador comienza su lenta danza,
el agua hierve en su paciencia,
como si el mundo entero aguardara un descanso
antes de continuar girando.
Y nosotros, ajenos al ruido de las horas,
permanecemos allí, detrás del vidrio,
donde el amor aprende a tener cuerpo
y la noche, por un instante, olvida terminar. 

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