viernes, 24 de julio de 2026

Las mañanas del barrio
tienen ese qué sé yo
que no aprende ningún mapa.
El olor a tostadas
se escapa por las ventanas
mientras la vereda todavía bosteza
y la neblina espesa
se va rompiendo paso a paso,
como si alguien, desde arriba,
intentara descubrir el sol
despacito, sin apuro.
El bondi pasa a unas cuadras de casa,
con el mismo ruido cansado
de todas las mañanas,
y los vecinos van y vienen
con bolsas, con panes, con silencios,
arrastrando la rutina como quien lleva 
un pequeño destino entre las manos.
Así es el barrio, Saavedra hacia un lado
Coghlan, hacia el otro,
calles donde todavía sobreviven
los árboles viejos y ninguna
bicicleta apoyada en una pared.
 ya no es el mismo.
Donde había una casa
aparecieron departamentos altos
que tapan la tarde.
Donde las puertas estaban abiertas
y el saludo era costumbre,
hoy crecieron rejas, porteros eléctricos
y nombres que nadie conoce.
Antes uno sabía quién vivía en cada cuadra,
quién regaba las plantas,
quién escuchaba tangos los domingos,
qué perro ladraba de madrugada
y qué almacén fiaba hasta fin de mes.
Ahora las luces se encienden
detrás de balcones cerrados y a veces
uno vive a metros de otro
sin cruzarse jamás la mirada.
Y sin embargo, cuando llueve,
llueve en todas las cuadras igual.
El agua corre por los cordones
como cuando éramos chicos
y el barrio parecía infinito.
Y cuando sale el sol,
todo vuelve a iluminarse:
las veredas húmedas, los árboles cansados,
las persianas antiguas, las paredes con recuerdos.
Entonces el barrio respira otra vez,
aunque ya no sepa quién vive a dos cuadras de casa
como lo sabía antes.
Porque hay lugares que cambian de rostro
pero no de alma.
Y en cada mañana,
entre tostadas, neblina y colectivos,
todavía queda algo de aquel barrio abierto,
de aquella costumbre simple
de sentirse acompañado
sin necesidad de tocar ninguna puerta

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