viernes, 24 de julio de 2026

 Caminar la costa del río
es aprender despacio
la manera en que el agua conversa con la tierra.
Hay una brisa única allí,
una respiración húmeda y serena
que no viene de ningún otro sitio.
Pasa rozando la piel
como una mano antigua
que conoce todos los secretos del paisaje.
Muchos lo comparan con el mar,
con su inmensidad majestuosa,
su furia abierta y eterna.
Y entonces desprecian al río
¿Por qué creen que la grandeza
solo existe donde el horizonte parece infinito.
Pero el río tiene otro encanto.
No necesita imponerse.
Tiene el swing de lo cercano,
la belleza que puede caminarse,
la profundidad que se deja tocar
a la altura de la mano.
El río no grita, se desliza.
Y uno aprende a recorrerlo
paso a paso,
sintiendo tu cintura junto a la mía
mientras la tarde se va apagando despacio
y la luna empieza a crecer
sobre el agua oscura.
Entonces el sol se esconde
como un farol cansado detrás de los árboles,
y el río cambia de voz.
Se vuelve más sabio.
Porque el río es la sabiduría del agua:
corriente que conoce la paciencia,
La crecida, el barro, el silencio y la espera.
Por eso no cualquiera lo entiende.
Muchos apenas lo miran,
como un bello paisaje,
una postal quieta para contemplar de lejos.
Pero domar al río no es vencerlo.
Es caminar con él.
Aprender sus cambios de humor,
sus corrientes escondidas,
la manera en que engaña el reflejo de la luna,
la forma en que el viento mueve las mareas
aunque nadie lo note.
Domar al río
es aceptar que nunca será del todo tuyo
y aun así elegir volver cada día.
Porque quienes verdaderamente lo conocen
no intentan conquistarlo.
Simplemente dejan que el río
les enseñè a vivir.
Y entonces comprenden
que hay amores parecidos al agua:
profundos, imprevisibles, silenciosos,
capaces de acompañarnos
el resto de la vida sin dejar jamás
de moverse.

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