Buenos Aires camina, canta y sonríe,
con zapatos de lluvia sobre el empedrado,
y un tango nostálgico se descuelga
de los balcones mojados.
La llovizna acaricia las veredas,
los faroles se visten de nostalgia,
y los bares encienden sus refugios
Un café entre las manos
es el mejor aliento de la noche,
un pequeño fuego compartido
mientras el invierno conversa
con los cristales empañados.
Pero allá arriba,
en el último piso,
donde las ventanas parecen tocar las nubes,
la lluvia golpea los vidrios
con su música de recuerdos.
Y qué pena desperdiciar
el hermoso placer de caminar bajo la lluvia,
de perderse entre las calles,
de mojar los sueños,
de dejar que las gotas recorran la piel
como versos recién nacidos.
Sin embargo,
en esa altura donde la ciudad se vuelve infinita,
la lluvia pierde su magia,
las luces se derraman sobre el asfalto,
las avenidas parecen ríos de estrellas,
y Buenos Aires baila lentamente
su eterno tango de invierno.
Entonces la noche se vuelve abrazo,
el café se vuelve ternura,
y mientras la lluvia sigue cayendo
sobre techos, plazas y adoquines,
los corazones descubren
que la primavera puede nacer
mucho antes de que termine el invierno

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