sábado, 25 de julio de 2026

 Mantas, abrigos y bufandas.
El cuerpo escondido del frío,
mientras un reloj anuncia que, pasadas las cinco de la tarde,
la oscuridad comienza a adueñarse de la calle.
Buenos Aires parece dormirse bajo la luna,
que ilumina la noche del mismo modo
en que tu presencia ilumina los días sin sol.
Debajo de una manta descubrí tu cuerpo,
enroscado en busca de calor,
esperando, quizás sin decirlo,
que el invierno se retire lentamente
y deje paso a los colores nuevos.
Entonces llegará la primavera.
Brillará en el café del desayuno,
en los mates compartidos de media mañana,
y en el sol que se derrama sobre el Carapachay,
dibujando sombras entre las hojas,
acariciando flores recién abiertas
sobre las orillas silenciosas del Delta.
Y cuando el aire vuelva a ser tibio,
ya no habrá mantas ni bufandas que oculten la estación.
La primavera estará en los jardines,
en el río, en la luz,
pero sobre todo en esa sonrisa tuya
capaz de convertir cualquier invierno
en un eterno amanecer.
 A tu lado todo volverá a brillar,
las veinticuatro horas del día,
como si el tiempo se detuviera
para contemplar nuestra alegría.
Juntos esperaremos pacientes
que el clima nos vuelva a regalar
esos caminos de Buenos Aires
que tanto nos gusta andar.
De la mano recorreremos sus calles,
como ya lo hicimos alguna vez,
guardando en cada esquina un recuerdo
y en cada mirada, una nueva piel.
Corrientes encenderá sus luces
para acompañar nuestro andar,
y el Obelisco, cómplice de los sueños,
un guiño nos volverá a regalar.
Solo para vos y para mí,
entre el rumor de la ciudad,
entre abrazos, risas y silencios,
entre amor y complicidad.
No habrá invierno que nos detenga,
ni distancia que pueda vencer,
porque donde florecen tus ojos
siempre hay un nuevo amanecer.
Y mientras la ciudad nos observa,
entre luces, noches y emoción,
Buenos Aires seguirá escribiendo
como yo, versos para vos. 
 El sol, el vagón del último tren,
avanza despacio sobre los techos,
sin gritos, sin despedidas,
como una escalera tendida hacia la luna.
Una poesía llena de perfume a democracia
camina las veredas de un sábado en Buenos Aires,
mientras la soledad permanece sentada en un umbral,
allí donde alguna vez estuvo la vieja esquina,
con su buzón rojo y sus secretos de barrio.
Suena un tango con acordes de rock,
y el eco de Luis Alberto Spinetta se escapa por la ventana abierta
de una casa que todavía guarda jazmines en el patio.
La ciudad respira melodías antiguas y futuras,
mezclando bandoneones con guitarras eléctricas.
Un taxi cruza lentamente la avenida,
buscando a un pasajero que abandonó la aplicación
y volvió a caminar las calles,
como se caminaban antes los amores y las nostalgias.
Buenos Aires,
tu recuerdo es un beso y una flor,
una lluvia que cae solamente en la avenida,
mientras el sol ilumina un rostro querido
y una sonrisa alcanza para encender el día.
Entonces la ciudad deja de ser ciudad
y se vuelve refugio,
un café compartido con la memoria,
una conversación con los árboles de la plaza,
un tango perdido en el viento del río.
Y en medio de tanta prisa,
de tantos relojes y destinos,
todavía queda un rincón donde el alma descansa,
donde la luna baja por su escalera de plata
y el último tren regresa cargado de sueños.
Buenos Aires, entre tu lluvia y tu sol,
entre el rock y el bandoneón,
sigues siendo esa poesía interminable
que perfuma la tarde
y le da sentido a la esperanza. 
 El sol se filtraba entre los álamos,
dibujando sobre el césped
sombras irreales y gigantescas,
como si la tarde quisiera detenerse
para contemplar nuestro silencio.
Lentamente corrían las horas,
y el río, con su voz antigua, nos llamaba.
Hacia él fuimos, sin apuro,
siguiendo el murmullo de sus aguas
como quien sigue un destino escrito desde siempre.
La malla era apenas un pretexto,
la última frontera entre la piel y el río.
Cada tanto, una pequeña ola,
despertada por el paso ligero de una lancha,
nos mecía suavemente,
acercándonos un poco más al verano,
un poco más al instante.
No sé cómo ni cuándo ocurrió.
Tal vez fue el agua,
tal vez el viento que jugaba entre los juncos.
Lo cierto es que las mallas quedaron olvidadas
en un escalón del muelle:
la tuya, la mía,
como dos banderas rendidas
ante la libertad más profunda que conocimos.
Durante largo rato cruzamos el río,
de una orilla a la otra,
abrazados por la corriente,
bajo un cielo que parecía inmenso
y una felicidad imposible de medir.
Ahora tu cabello húmedo
se dibuja sobre la sombra de la pared,
mientras la habitación guarda todavía
el perfume del agua y de la tarde.
Y allá arriba, la luna,
blanca y serena, nos invita otra vez.
Invita al río, al silencio,
a las aguas que reflejan su luz.
Después de habernos entregado mutuamente
el tiempo, las palabras y los sueños,
la noche abre sus brazos sobre el Delta,
y el río espera.
Como si supiera que aún quedan caminos de plata
sobre el agua dormida,
y que dos almas enamoradas
siempre encontrarán la manera
de volver a nadar libres bajo su luz.
 La neblina cayó sobre Buenos Aires
como un viejo bandoneón desafinado,
cubriendo las esquinas solitarias
que todavía extrañan algún buzón oxidado.
Los zaguanes guardan secretos antiguos,
susurran nombres que nadie olvidó,
y entre las sombras de las puertas cerradas
viven los besos que el tiempo robó.
Por Villa Cariño pasan los recuerdos,
autos dormidos bajo un cielo gris,
juramentos escritos sobre los vidrios
que aún resisten lejos del olvido feliz.
Fue una noche en El Guindado,
una tarde en El Cumbre frente al sol,
y después la calle Florida encendida
con su eterno desfile de ilusión.
Un café sobre Corrientes nos esperaba,
entre librerías, sueños y canción,
y una pizza en Las Cuartetas compartida
como si el mundo se sentara en una mesa para dos.
La madrugada encontró refugio en La Paz,
con el cansancio dulce de tanto andar,
y un whisky en el Politeama encendió los silencios
que ninguno de los dos quiso nombrar.
Buenos Aires bailaba entre faroles,
la niebla abrazaba cada adoquín,
y el río escondía bajo sus aguas
las historias que no llegan a su fin.
Entonces comprendí que toda la ciudad,
sus cafés, sus esquinas y su arrabal,
no eran más que estaciones necesarias
para llegar a este instante final.
Porque esta es mi última poesía,
la última pena que dejo partir,
el último tango que escriben mis manos
antes de animarme a callar.
Que callen los bares y los bandoneones,
que descanse la luna sobre el canal,
porque después de tantos versos porteños
ya no habrá nada más que contar.
Solo tu mirada bajo la neblina,
la ciudad detenida para los dos,
y Buenos Aires guardando silencio
antes de darte mi primer beso
en mi mejor canción
 La humedad y el frío,
esa mezcla rara de Buenos Aires en otoño,
donde un blues se confunde con el rock
y un tango distraído termina haciéndose bolero.
La tarde camina despacio por las veredas mojadas,
mientras una esquina se dobla apenas
para besarte en silencio, tomarte de la mano
y perderse entre la niebla.
Las bufandas guardan secretos de lluvia,
las ventanas se empañan de nostalgias antiguas,
y la ciudad parece suspendida
entre lo que fue y lo que todavía espera.
Llueve en el último piso,
pero en la planta baja sale el sol.
Así de caprichosa es esta tierra,
que mezcla inviernos y primaveras,
en la misma respiración.
Caminamos sin apuro,
como si las calles conocieran nuestros nombres,
como si cada baldosa guardara una historia
y cada farol quisiera contarnos otra.
Mientras tanto, el jazz circula por la semana,
escapándose del saxo de algún bar escondido,
liviano y transparente como una mariposa de cristal
que cruza la noche sin hacer ruido.
Y Buenos Aires, vieja soñadora,
despliega sus adoquines mojados,
sus cafés encendidos,
sus abrazos de humo y de lluvia.
Entonces el mundo se vuelve pequeño:
una mano que busca otra mano,
una bufanda compartida,
un beso robado a la niebla,
y un bolero que nació tango
para quedarse bailando
en el corazón del otoño.
 Llueve lento sobre Buenos Aires,
como un bandoneón que suspira en la ventana,
mientras un viejo rock gira en la bandeja
y la tarde se vuelve música temprana.
Las calles guardan charcos de nostalgia,
los cafés encienden su tibia claridad,
y entre el rumor de la lluvia sobre el asfalto
aparece tu nombre con naturalidad.
No sos un recuerdo perdido en el tiempo,
ni una sombra que la memoria inventó;
sos la compañera que camina estos días,
la mujer que la vida a mi lado dejó.
Hay un pentagrama de notas vacías
esperando la melodía de tu voz,
como si el mundo entero hiciera silencio
para escuchar el milagro de los dos.
Tus ojos son poemas que aún se escriben
en cada tarde compartida al azar,
y tienen la profundidad de los puertos
donde siempre se desea regresar.
El atardecer cae sobre las vías,
entre álamos pelados del otoño gris;
el viento deshoja lentamente las horas
mientras la lluvia dibuja su barniz.
Como quien conoce el secreto de los inviernos,
como quien sabe esperar sin preguntar;
con esa dulzura serena y luminosa
que convierte cualquier espera en hogar.
Entonces el viejo rock sigue girando,
mezclando su melancolía con el tango,
y la ciudad parece bailar despacio
bajo el cielo húmedo y los faroles en blanco.
Hay sensualidad en la forma en que mirás la tarde,
en cómo tus manos encuentran las mías,
en la calma que deja tu presencia
sobre las tormentas de todos mis días.
Y mientras Buenos Aires se cubre de lluvia,
entre rieles, veredas y viejos adoquines,
sé que el próximo reencuentro 
no es una esperanza, es la certeza.
Porque al final de cada jornada,
cuando el otoño vuelve gris a los caminos,
tu sonrisa sigue esperándome, intacta,
como el tango más hermoso de mi destino. 
 Debajo del acolchado,
cuando la noche se derrama lentamente
sobre el azul de un pañuelo de seda
que acaricia la luz del velador,
el mundo desaparece.
No existen las calles, ni los relojes,
ni el ruido obstinado de los días.
Sólo existimos nosotros.
Dos cuerpos que han aprendido,
con la paciencia de los años,
que el amor no tiene edad
cuando el deseo sabe pronunciar el nombre del otro
como si fuera la primera vez.
Entonces comienza el milagro.
Tus labios recorren mi memoria
como quien abre un libro amado
que conoce de memoria
y, sin embargo, vuelve a sorprenderlo.
Tus manos, esas manos que han envejecido conmigo,
todavía saben dónde comienza mi ser.
Y las mías, hambrientas de tu ternura,
se demoran en cada rincón de tu piel
como si el tiempo me hubiera concedido
la gracia infinita de descubrirte nuevamente.
Debajo del acolchado,
el silencio tiene el sonido de nuestra respiración.
Nos besamos despacio,
porque el deseo verdadero jamás tiene prisa.
El deseo madura, aprende a esperar,
se vuelve más profundo,
más inmenso, más hermoso.
Y el sudor que nace sobre tus pómulos
es apenas una manera que tiene la vida
de decirnos que aún estamos ardiendo.
Hay abrazos que parten el cuerpo.
Los nuestros parten el tiempo.
Hay besos que enmudecen las palabras.
Los nuestros inventan un idioma
que solamente conocen los amantes
que han sobrevivido juntos a los inviernos.
Tus ojos se cierran
y me miran desde la oscuridad de tus párpados.
Los míos hacen lo mismo.
Nos encontramos allí, en ese lugar secreto
donde dos almas desnudas
se reconocen sin necesidad de la luz.
Tu piel tiene el sabor de todos nuestros años.
La recorro lentamente,
como quien camina descalzo
por el paisaje más amado de su vida.
El deseo nos desordena las sábanas,
derriba el acolchado, nos roba el aliento,
nos devuelve la juventud por unos instantes
y nos regala algo todavía más hermoso:
la certeza de que seguimos eligiéndonos.
Porque el erotismo más profundo
no vive en el incendio de una sola noche,
sino en el fuego que se niega a apagarse
después de toda una vida.
Es tu espalda bajo mis manos.
Es la curva tibia de tu cintura acercándose a mi pecho.
Es la manera en que tu respiración cambia
cuando mi boca encuentra la tuya.
Es la dulce impaciencia de nuestros cuerpos
buscándose una y otra vez
como si el universo hubiese sido creado
para que nos encontráramos precisamente aquí.
Y entonces el tiempo se detiene.
No son minutos, no son horas.
Son años enteros contenidos en un abrazo.
El mundo continúa girando detrás de la ventana,
pero nosotros permanecemos suspendidos
en un instante imposible de escribir,
porque ninguna palabra alcanza
a explicar lo que sucede
cuando el amor y el deseo deciden habitar el mismo cuerpo.
Somos uno, uno solo.
Sin fronteras,sin pasado ni futuro,
sin más patria que el calor de nuestras pieles.
Tu corazón golpea junto al mío
y ambos parecen recordar
aquella primera vez que nos atrevimos a amarnos.
Pero ahora el amor es más lento,más sabio,
más profundamente erótico.
Ahora sabemos que la verdadera desnudez
no consiste en desprenderse de la ropa,
sino en entregarle al otro
todo aquello que hemos sido.
Por eso el instante nunca termina.
Porque cuando lo recordamos,
vuelve a suceder.
Regresan las caricias, el perfume de la noche,
la tenue luz azul sobre el velador,
el acolchado abandonado en el suelo
como una bandera rendida ante el amor.
Y comprendemos que existen amores
que no conocen despedidas.
Amores que se escriben con besos,
que se recuerdan con la piel,
que envejecen sin perder el asombro.
Amores que hacen del erotismo una plegaria,
de la ternura una forma de eternidad
y del deseo una manera infinita de volver a casa.
Debajo del acolchado, o sobre él,
seguiremos encontrándonos.
Porque mientras existan tus labios y los míos,
mientras nuestras manos sepan regresar al mismo lugar,
mientras el tiempo tenga la delicadeza de detenerse
para contemplarnos,
seguiremos haciendo del amor
el más hermoso de todos los poemas. 
 Detrás de los cristales llueve,
y la lluvia parece conocer sus nombres.
No cae del cielo, desciende lentamente sobre la noche
como un largo suspiro de agua
que busca el calor de la tierra,
del mismo modo en que sus cuerpos
se buscan en la penumbra.
Adentro, una suave vibración
mueve lentamente el vaso sobre la mesa de luz.
El agua dibuja círculos diminutos,
como si quisiera imitar el movimiento de sus respiraciones.
Todo se ha puesto de acuerdo esta noche.
El velador derrama sobre la madera
una luz dorada y temblorosa,
la lámpara del techo se balancea apenas,
como una luna suspendida sobre los amantes,
y el respaldo de la cama ejecuta notas agudas,
una música imposible que sólo conocen
los cuerpos cuando se aman.
Hasta la puerta del placard,
curiosa y silenciosa,
se ha abierto un instante para mirar el milagro
y volvió a cerrarse lentamente,
guardando el secreto entre sus bisagras.
Ellos permanecen allí,
a pocos centímetros del infinito.
No hacen falta las palabras.
Las palabras suelen llegar tarde
cuando el amor decide hablar con la piel.
Podrían llamarlo deseo.
Podrían llamarlo ternura.
Podrían llamarlo incendio,
universo, eternidad, o simplemente lluvia.
Pero la noche, que conoce los nombres verdaderos,
ha elegido para ellos
una sola palabra de pocas letras:
Amor.
Y el amor comienza siempre así:
con unas manos que se encuentran
como dos pájaros cansados del invierno,
con unos labios que aprenden a decirse secretos
sin pronunciar una sola sílaba,
con el lento descubrimiento
de la geografía más hermosa del mundo:
la piel de quien amamos.
Sus cuerpos se confunden entre las sombras.
El sudor se desliza sobre las sábanas
con la misma lentitud con que resbala la lluvia
por los cristales de la ventana.
Sus manos se abren y se cierran,
se buscan, se reconocen,
se aferran dulcemente al instante,
como si temieran despertar
de un sueño demasiado hermoso.
La noche los envuelve.
Sus respiraciones se vuelven una sola música,
sus silencios adquieren el mismo ritmo,
y el tiempo, generoso por una vez,
decide detener sus relojes.
La lluvia continúa cayendo.
El vaso continúa temblando.
La lámpara continúa balanceándose.
Y ellos continúan descubriéndose
como si fueran el primer hombre y la primera mujer
que aprendieron a amar bajo la lluvia.
Él recorre con ternura los senderos de su espalda
como quien lee un antiguo poema escrito por la luna.
Ella se entrega al instante
como una flor que se abre lentamente al amanecer,
guardando todavía el perfume de todos sus secretos.
No hay prisa en la oscuridad.
La oscuridad sabe esperar.
Sabe que el amor verdadero
no necesita anunciarse con grandes gestos,
porque basta un roce,
una mirada que nadie más ha visto,
el temblor de unos dedos entrelazándose,
para convertir una habitación cualquiera
en el lugar más hermoso del universo.
La lluvia golpea los cristales
como si quisiera entrar y abrazarlos.
El viento escucha detrás de la ventana.
La noche guarda silencio.
Y mientras el mundo continúa girando allá afuera,
ellos inventan un tiempo distinto,
un tiempo hecho de caricias lentas,
de piel estremecida,
de suspiros que se mezclan con el perfume de las sábanas
y con la tibieza de los cuerpos enamorados.
Entonces comprenden que el amor
también posee movimiento.
Se mueve en el agua del vaso,
en la luz del velador,
en la lámpara que danza sobre sus cabezas,
en la lluvia que desciende sobre los cristales.
Se mueve en la manera en que ella pronuncia su nombre.
Se mueve en la forma en que él la abraza
como si intentara protegerla del paso del tiempo.
Y cuando la madrugada finalmente llega,
no quedan dos cuerpos sobre la cama.
Queda una sola respiración.
Un solo latido.
Un solo movimiento.
Y una sola palabra, pequeña y eterna,
que la lluvia seguirá escribiendo sobre los cristales
mucho después de que la noche haya terminado. 
 El sábado llora la muerte de un poeta,
de una voz sin gritos,
de una palabra sin insultos.
El sábado llora la muerte de un cantante
que supo enhebrar las palabras en poesía
y la poesía en mensaje,
como quien cose silencios
sobre las heridas de una ciudad.
El sábado llora, una noche más,
un tango en la esquina,
un buzón perdido en el recuerdo,
un barrio con su bulevar,
y una palabra que se entendía
sin necesidad de ser arrojada como piedra.
El sábado llora los faroles encendidos,
las veredas gastadas,
los amigos demorando la despedida,
el humo de un café
y los sueños apoyados en la barra.
El sábado llora porque se ha ido
uno de esos hombres
que cantaban para pensar
y no para imponer,
que nombraban el amor,
la calle y la tristeza
sin necesidad de levantar la voz.
Y mientras la noche avanza
sobre los techos de la ciudad,
el sábado llora la sensación
de que quizás alguna vez
dejen de gritar y comiencen a cantar.
Que vuelvan a abrir la boca
para vocalizar poemas,
para sembrar preguntas,
para abrazar memorias.
Que la poesía vuelva a caminar
por las esquinas del barrio,
y que una canción sencilla
haga más ruido en el alma
que todos los gritos del mundo.
Por eso el sábado llora.
Porque cuando muere un poeta,
cuando se apaga una voz verdadera,
queda un silencio inmenso
esperando que alguien,
otra vez, lo transforme en canción. 
 Hoy el silencio tiene forma de guitarra,
y la noche parece más larga sobre las rutas del país.
Se fue el hombre de las palabras misteriosas,
el poeta de los suburbios y las multitudes,
el que convirtió canciones en banderas
y escenarios en peregrinaciones imposibles.
Carlos Alberto Solari, el Indio,
nacido en Paraná y adoptado por la mística de La Plata,
caminó la vida con el bajo perfil de los grandes,
dejando que hablara la música
donde otros elegían los discursos.
Junto a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
levantó una obra que desafió al tiempo,
una llama que atravesó generaciones enteras.
Hoy se apaga una voz,
pero no el eco de sus versos.
Porque siguen vivos en cada esquina,
en cada colectivo que cruza la madrugada,
en cada amigo que recuerda una canción
como quien recuerda un pedazo de su propia historia.
Luchó durante años contra el Parkinson,
y aun así nunca abandonó del todo el camino del arte.
Hasta en la distancia de los escenarios
mantuvo encendida la luz de su universo,
acompañado por el amor de los suyos
y la devoción de quienes encontraron refugio en su obra.
Hoy los ricoteros levantan la vista al cielo,
como si buscaran una señal entre las estrellas.
Tal vez allá arriba haya comenzado otro recital,
uno sin vallados ni despedidas,
donde la música no conoce finales.
Y mientras las radios vuelven a girar sus canciones,
miles de gargantas repiten sus versos
para espantar la tristeza.
Porque los artistas verdaderos no se marchan del todo.
Se quedan en la memoria colectiva,
en las noches de ruta, en las plazas,
en los abrazos de los amigos,
y en cada corazón que alguna vez encontró compañía
en una de sus canciones.
Buen viaje, Indio.
Que la eternidad te encuentre cantando,
con la misma rebeldía de siempre,
mientras aquí abajo, entre lágrimas y gratitud,
el pueblo del rock argentino te despide.
Y aunque hoy duela tu partida,
tu voz seguirá diciendo, generación tras generación,
que algunas leyendas nunca mueren. 

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...