viernes, 24 de julio de 2026

 En la cuadra de Santa María
había un mundo entero latiendo.
Una iglesia, una escuela,
un grupo scout con pañuelos al viento,
y un cine que encendía los fines de semana
como un corazón enorme de barrio.
Los sábados eran sagrados.
Tres películas seguidas
y, cuando caía la noche,
esas prohibidas para menores
con Porcel y Olmedo
haciendo reír a escondidas
entre silbidos, carcajadas
y algún vecino haciéndose el distraído.
Por la tarde pasaban
Canuto Cañete, Bienvenida Primavera,
el Club del Clan, y la infancia se acomodaba
en butacas gastadas mientras afuera el otoño
llenaba la vereda de hojas
y el invierno traía bufandas, manos heladas
y ganas de quedarse un rato más.
Qué cine aquel, lleno de gritos,
de amigos, de primeros amores,
de niñod corriendo y un caramelo compartido
como si fuera un tesoro.
En esa cuadra pasábamos tardes eternas.
La iglesia marcaba las horas con campanas vivas,
campanas que se movían de verdad,
y hasta la soga parecía bailar al ritmo del barrio.
Por la noche muchos vecinos
se instalaban para ver a Susana, a Moria,
brillando en la pantalla en ropa interiro
mientras las propagandas de los negocios del barrio
aparecían en los programas
que repartia el acomodador.
Santa María fue eso, un universo pequeño
donde cabían la fe,el cine,la escuela,
las risas,los scouts,los enamorados bajo los árboles
y las charlas largas cuando el sol ya se escondía.
Hoy, a las doce del mediodía,
todo suena electrónico.
Ya no tiemblan las campanas como antes.
Ya no vibra la cuadra con el mismo pulso.
Pero hay historias que siguen caminando despacio
entre las veredas viejas.
Historias de barrio
que muchos recordarán con lágrimas suaves
y otros recién ahora descubrirán,
como quien encuentra una fotografía antigua
guardada en un cajón.
Y entonces comprenderán
que en una sola cuadra
también podía entrar el mundo entero. 
 Me gusta navegar en silencio.
No por tristeza, ni por soledad,
sino porque hay momentos
en que el río habla despacio
y uno necesita escucharse por dentro.
Entonces dejo que la lancha avance sola,
cortando apenas el agua marrón del Delta,
mientras las palabras empiezan a enhebrarse
como ramas sobre la corriente.
Y ahí aparecés vos.
Siempre.
En el reflejo suave de la tarde,
en la humedad tibia del aire,
en el movimiento lento de las hojas
cuando el viento baja cansado entre los sauces.
Te recuerdo en silencio.
En la curva mínima de tu sonrisa,
en cada comisura de tus labios
que creo conocer casi de memoria,
como quien aprende un camino
de tanto recorrerlo.
Conozco el pliegue legítimo de tu piel,
ese gesto pequeño que nace cerca del cuello
y se pierde detrás de la oreja
cuando girás apenas la cabeza para mirarme.
Y aunque vos no lo creas,
hay partes tuyas que viven en mi memoria
con la precisión con la que un isleño
recuerda cada arroyo del río.
Me gusta acariciarte despacio.
Las piernas, la espalda,
la forma en que tu cuerpo descansa
cuando dejás de defenderte del mundo.
Y en cada lunar encuentro señales,
como si fueran pequeñas islas secretas
que mis manos aprendieron a descubrir
antes incluso que mis ojos.
Después descanso en vos.
En tus partes más íntimas,
no desde la urgencia
sino desde la necesidad de comprenderte.
Porque hay cuerpos que no se recorren 
solamente con deseo, sino también con asombro.
Entonces el tacto empieza a dibujar mapas
que solo pueden leerse con los ojos cerrados.
Y así avanzo sobre tu piel
como avanzo sobre este río.
Despacio, con respeto, escuchando.
Porque del río habla mucha gente,
pero pocos lo conocen de verdad.
Muchos ven el paisaje.
Pocos saben en qué curva creció primero un ceibo,
qué perro ladra siempre desde el mismo muelle
moviendo la cola como si saludara a un viejo amigo,
o cuál es la casa escondida detrás de los álamos
donde una radio suena desde temprano.
Yo sí lo sé.
Sé qué perro me sigue ladrando
hasta el próximo arroyo.
Sé dónde el agua cambia de color,
dónde la corriente engaña,
dónde el silencio se vuelve más profundo.
Y con vos me pasa igual.
Muchos podrían mirarte, hablar de tu belleza,
nombrar apenas lo evidente.
Pero yo conozco tus mareas.
Tus silencios, tus inviernos.
La manera en que tu respiración cambia
cuando apoyás la cabeza sobre mi pecho.
Sos única como el río, irrepetible.
Y quizás por eso
los amo de maneras parecidas
aunque distintas.
Porque el río acompaña mis días
con su corriente antigua, sus orillas húmedas
y esa forma sabia de seguir andando
aunque todo alrededor cambie.
Y vos acompañás mi vida
con la ternura simple de tu cuerpo cercano,
con tu voz rompiendo el cansancio,
con tus manos buscando las mías
cuando cae la noche sobre el agua.
A veces pienso que terminé pareciéndome al río.
Lleno de remansos, de corrientes escondidas,
de lugares donde solamente unos pocos
pueden entrar sin perderse.
Y vos, sin darte cuenta, aprendiste a navegarme.
Por eso cuando el sol cae
y el Delta empieza a oscurecerse despacio,
me gusta quedarme quieto,
dejando que la lancha flote apenas,
escuchando el agua golpear contra la madera
mientras el cielo se llena de sombras violetas.
Entonces cierro los ojos y podría recorrer de memoria
cada arroyo, cada rama inclinada, cada rincón del río.
Igual que podría recorrerte a vos.
Porque hay amores
que se aprenden como los paisajes verdaderos,
viviéndolos lentamente, volviendo siempre,
dejando que el tiempo los transforme en parte de uno mismo.
Y así sigo, navegando entre la niebla y el deseo,
entre el agua y tu recuerdo,
entendiendo que algunas personas
no llegan a la vida para quedarse quietas,
sino para volverse río dentro de nosotros.
 En Saavedra había nombres
que no necesitaban cartel luminoso
para quedarse en la memoria.
Bastaba decir Costantini,
Lino o Colomina,
y enseguida aparecía el barrio entero
reflejado en una vidriera.
No eran solamente negocios.
Eran parte de la vida.
Ahí estaba la heladera
que iba a conservar los domingos familiares,
el lavarropas que giraría durante años
lavando guardapolvos, sábanas y overoles,
la cocina donde hervirían los inviernos
entre ollas y tuco casero, y el televisor
frente al que un país entero
descubrió el primer Mundial en colores.
Cuántas noches.
La novela empezaba
y las calles parecían quedarse vacías.
Las familias cenaban mirando la pantalla
mientras la luz azulada del televisor
iluminaba los rostros cansados del día.
Y todo eso, de alguna manera,
había salido de aquellos locales del barrio.
Locales modestos, con ventiladores de techo,
pisos gastados y vendedores que conocían 
más historias familiares que muchos parientes.
Porque en Saavedra
comprar no era solamente comprar.
Era conversar.
El dueño preguntaba por la abuela,
por el trabajo del padre,
por el hijo que empezaba la secundaria
o por la chica que se iba a casar.
Y así, entre cuotas anotadas a mano,
boletas guardadas en cajones de madera
y consejos sobre marcas “que duran toda la vida”,
el comerciante terminaba siendo amigo,
vecino,casi parte de la familia.
Había una confianza simple
que hoy parece lejana.
La heladera llegaba días después
envuelta en cartón y sogas,
y todo el barrio sabía
que en esa casa había alegría nueva.
Porque los electrodomésticos, entonces,
no eran objetos descartables.
Eran conquistas.
Acompañaban cumpleaños, mudanzas,
Navidades, discusiones de cocina,
camisetas transpiradas dentro del lavarropas
y madrugadas frente al televisor
viendo pelear a Monzón
o gritar goles eternos.
Costantini,,Lino,,Colomina.
Tres nombres que todavía resuenan
como viejos tangos comerciales
en la memoria del barrio.
Y aunque muchos locales ya no existan,
aunque las persianas hayan cambiado de dueño
y las grandes cadenas quieran parecerse a todo,
hay algo que jamás van a vender:
esa forma antigua de entrar a un negocio
y sentirse en casa.
Porque Saavedra, antes que un barrio,
fue una conversación entre vecinos.
Y en cada cocina encendida,
en cada plancha caliente,
en cada televisor encendido durante la cena,
todavía queda un poco de aquellos comercios
que ayudaron a construir
la vida cotidiana de la gente común.
 En Saavedra
las noches tenían olor a pizza recién salida del horno
y a película de cine continuado.
Bastaba caminar unas cuadras
para cruzarse con medio barrio:
en la puerta de La Alborada,
las luces del Cumbre
a pocos metros,
y los muchachos de Los Picapiedras
haciendo esquina en Manzanares y Del Tejar
como si el mundo terminara ahí mismo.
Y quizás terminaba ahí nomás.
Porque en pocas cuadras
vivían cientos de historias.
Había un bar alemán
donde el aroma de las papas fritas
se escapaba hasta la vereda,
mezclándose en el aire
con la muzarela caliente de La Alborada,
con la salsa, con el humo de los taxis
y con la humedad de las madrugadas porteñas.
Más allá, una disquería donde los vinilos
giraban como pequeños planetas negros
y uno aprendía de música mirando tapas de discos
mientras sonaba un tango, Serrat o Sandro.
En el Mundo Musical
la música se hacía objeto sagrado:
vinilos, cassettes, posters,
puas de tocadiscos y sueños de pibes
que querían llevarse una canción a casa.
Y estaba también el negocio de fotografía,
ese rincón mágico donde las imágenes
dormían dentro de un rollo
hasta transformarse en papel brillante.
Uno dejaba el sobrecito amarillo
y volvía días después
para descubrir si la felicidad había salido movida.
Las noches del barrio
tenían cine, café y vereda.
En El Cafetal siempre había alguien 
en la vereda discutiendo de fútbol,
de política o de amores perdidos,
mientras la máquina de café respiraba vapor
como una locomotora cansada.
Y en la puerta del Cumbre,
o del Aesca,
la tarantela se mezclaba con el tango,
con las risas,
con los muchachos peinados a la gomina
y las chicas de polleras largas
que caminaban del brazo bajo las luces amarillas.
Todo estaba cerca.
Tan cerca
que el barrio parecía una sola casa grande.
Los cines encendían marquesinas,
las pizzerías llenaban de vida las esquinas
y las madrugadas se iban estirando
entre cafés, vermuts y conversaciones eternas.
Hoy muchas persianas cambiaron de nombre,
algunos negocios ya no están
y otros sobreviven apenas en la memoria.
Pero basta cerrar los ojos
para volver a escuchar
los platos chocando en la cocina de la pizzería,
el proyector lejano de algún cine de barrio,
el sonido áspero de una pua cayendo sobre un vinilo
y el murmullo de la gente caminando por Manzanares.
Porque hay barrios que nunca desaparecen del todo.
Siguen viviendo en el olor de una pizza,
en una canción antigua, en una foto amarillenta
o en un tango que todavía, de vez en cuando,
vuelve a sonar en la noche
 Cuando tenía veinte años, los sábados domingos a la tarde tenían otro ritmo. 
No existía la ansiedad de llegar rápido a ningún lado ni los teléfonos ocupando cada silencio. 
Bastaba con llamar a alguna chica que uno venía viendo, arreglar un encuentro simple y tomar el colectivo hacia la costa de San Isidro, allá abajo, donde el río parecía respirar distinto.
El Paseo del Águila todavía conservaba algo salvaje. 
Entre el viejo Águila Club y el bar Malloys había un espacio abierto donde el verde se mezclaba con la barranca, los juncos y el olor húmedo del Río de la Plata. 
Uno llegaba caminando despacio por Alvear y ya desde arriba podía verse el agua marrón moviéndose tranquila, los veleros pequeños balanceándose y las parejas sentadas mirando el atardecer.
Había familias tomando mate sobre el pasto, chicos andando en bicicleta y pescadores silenciosos mirando el río como si esperaran algo más importante que un pez. 
Y nosotros, con veinte años y pocas certezas, nos sentábamos cerca de la costa a tomar algo mientras el sol empezaba a bajar detrás de los árboles.
A veces entrábamos a Malloy, otras veces nos quedábamos afuera, caminando. 
Lo importante no era el lugar sino esa sensación de libertad que daba la ribera. 
El viento fresco llegaba desde el agua y despeinaba todo: las conversaciones, los pensamientos, los miedos de juventud.
Recuerdo especialmente una tarde de otoño. 
El cielo estaba gris claro y el río parecía de metal. 
Ella llevaba un suéter enorme color crema y tenía las manos frías. Caminábamos despacio bordeando el agua mientras las hojas secas se acumulaban contra las piedras. 
Hablábamos de cualquier cosa: música, viajes imposibles, departamentos que jamás podríamos pagar, películas viejas. 
Pero en realidad lo que importaba era otra cosa, era sentir que el tiempo todavía sobraba.
En aquellos años, la costa de San Isidro tenía rincones donde uno podía perderse sin que nadie molestara. 
Había sectores más oscuros, senderos de tierra, bancos gastados mirando al río y árboles enormes que parecían guardar secretos de otras épocas. 
El lugar tenía algo de pequeño refugio para quienes buscaban escaparse un rato de la ciudad.
Con el tiempo todo empezó a cambiar. 
Algunos bares desaparecieron, otros crecieron demasiado. 
Llegaron proyectos inmobiliarios, discusiones políticas, planos, ordenanzas y nombres técnicos para hablar de algo que nosotros simplemente llamábamos la costa. 
Empezaron las peleas sobre qué debía hacerse con esos terrenos: si protegerlos, urbanizarlos, llenarlos de caminos nuevos o mantenerlos como estaban.
Y quizás todos tengan un poco de razón.
Porque ese lugar siempre fue especial. 
No solamente por el paisaje, sino porque ahí convivían muchas cosas al mismo tiempo: el río abierto, los árboles, la memoria de los vecinos, los amores de juventud y esa sensación de estar lejos de la ciudad sin haber salido nunca de ella.
Hoy, cuando vuelvo por ahí, todavía busco algo de aquellas tardes. A veces el viento trae el mismo olor al río y por un instante todo parece intacto. 
Entonces recuerdo mis veinte años, los domingos lentos, las charlas interminables y alguna chica apoyando la cabeza sobre mi hombro mientras el sol caía despacio sobre el agua.
Y entiendo que ciertos lugares no se quedan en la memoria por lo que fueron urbanísticamente ni por las discusiones que generan. Permanecen porque alguna vez nos hicieron felices.

 Había un tiempo en que las noches de Buenos Aires podían vivirse dentro de un automóvil. 
No hacía falta entrar a una sala elegante ni acomodarse en una butaca numerada. Bastaba con manejar hasta la General Paz, atravesar el ingreso custodiado por la estructura de un enorme Falcon rojo y dejarse llevar por esa extraña mezcla de cine, ruta y libertad que ofrecía el Autocine Buenos Aires.
Desde lejos ya podía verse la pantalla gigante levantándose sobre el descampado como un faro blanco en medio de la oscuridad. 
Los autos ingresaban lentamente, acomodándose en filas perfectas sobre el playón, mientras las familias bajaban apenas las ventanillas para dejar entrar el aire tibio de las noches de verano. 
Los chicos correteaban entre los vehículos hasta que comenzaban los noticiarios previos y alguien, desde adelante, pedía silencio tocando bocina. 
Otros niños ni siquiera aparecían, iban escondidos en los baúles para entrar sin pagar o para colarse en películas prohibidas para su edad.
Todo tenía algo de sueño americano, pero hecho a la manera argentina. 
Había olor a combustible, a pasto húmedo y a hamburguesas recién preparadas en el Toc-Toc Snack Bar, que prometía superproducciones en sándwiches y bebidas de película. 
Las parejas jóvenes buscaban los sectores más alejados y oscuros, donde los vidrios terminaban empañándose mucho antes del final de la función. 
A veces bastaba un juego de luces altas y bajas para que apareciera una mesera caminando entre los autos, llevando gaseosas, cafés o papas fritas como si estuviera atravesando una pequeña ciudad nocturna construida alrededor del cine.
La magia empezaba realmente cuando la película tomaba la pantalla y el sonido llegaba a través de la radio AM del auto. 
Pero el lugar tenía una particularidad imposible de olvidar, muy cerca estaban los cuarteles del Ejército y las transmisiones se mezclaban. 
En medio de una escena romántica o una persecución policial podían filtrarse voces militares, órdenes incomprensibles o conversaciones del Batallón 601. 
Era una interferencia extraña, casi absurda, que terminaba formando parte de la experiencia del autocine y de aquellos años oscuros de la Argentina.
Y no era el único, también estaba el Autocine Panamericano, en Olivos, enorme y moderno, capaz de recibir cientos de autos cada noche. 
Desde la autopista podían verse las luces de la pantalla brillando en medio de la oscuridad, como una ciudad paralela construida para soñadores nocturnos. 
Muchas familias del norte del Gran Buenos Aires hacían allí el ritual del fin de semana: cargar nafta, comprar algo para comer y pasar horas mirando películas sin bajar del auto.
Más al sur, cerca de la vieja Ciudad Deportiva de Boca, funcionaba el Autocine de la Ribera. 
Allí el aire era distinto; llegaba mezclado con olor a río, a puerto y a gasolina de los barcos. Las noches tenían un tono más salvaje y melancólico, con el agua oscura moviéndose detrás de los terrenos ganados al Río de la Plata. Las parejas estacionaban mirando la pantalla gigante mientras a lo lejos brillaban las luces del puerto y de la ciudad. 
Parecía un cine levantado en el borde mismo de Buenos Aires, donde terminaba la tierra y empezaba el río.
Cada autocine tenía su personalidad. 
Buenos Aires, con su Falcon rojo y la cercanía inquietante de los cuarteles. 
Panamericano, amplio y familiar, símbolo del progreso de una clase media que todavía soñaba en grande.
 El de la Ribera, más nostálgico, más cercano al agua y al viento del sur.
Pero todos compartían algo: la sensación de libertad.
Las noches allí parecían suspendidas en otro tiempo. La ciudad se apagaba detrás y cada auto se convertía en un pequeño mundo privado. 
Adentro sucedían historias mínimas: adolescentes enamorándose, matrimonios intentando salvar costumbres, amigos riéndose hasta tarde, padres compartiendo películas con hijos dormidos en el asiento trasero.
Después llegaron otros tiempos, las salas cerraron, las ciudades crecieron y los autocines desaparecieron poco a poco, devorados por nuevas construcciones, autopistas y supermercados. 
El Autocine Buenos Aires quedó abandonado durante años, convertido en un paisaje de hierros oxidados y vegetación salvaje, como si la naturaleza hubiera decidido borrar lentamente aquel sueño de neón y motores.
Sin embargo, quienes vivieron aquellas noches todavía las recuerdan con una claridad extraña.
Porque los autocines no eran solamente lugares donde se proyectaban películas. 
Eran escenarios donde la vida también ocurría.
Y quizás por eso todavía sobreviven en la memoria de Buenos Aires, en una radio antigua buscando una frecuencia perdida, en el vidrio empañado de un Falcon detenido bajo las estrellas, o en la nostalgia de una ciudad que alguna vez supo mirar cine a cielo abierto mientras el mundo parecía, por unas horas, un lugar mucho más simple.
 Caminar la costa del río
es aprender despacio
la manera en que el agua conversa con la tierra.
Hay una brisa única allí,
una respiración húmeda y serena
que no viene de ningún otro sitio.
Pasa rozando la piel
como una mano antigua
que conoce todos los secretos del paisaje.
Muchos lo comparan con el mar,
con su inmensidad majestuosa,
su furia abierta y eterna.
Y entonces desprecian al río
¿Por qué creen que la grandeza
solo existe donde el horizonte parece infinito.
Pero el río tiene otro encanto.
No necesita imponerse.
Tiene el swing de lo cercano,
la belleza que puede caminarse,
la profundidad que se deja tocar
a la altura de la mano.
El río no grita, se desliza.
Y uno aprende a recorrerlo
paso a paso,
sintiendo tu cintura junto a la mía
mientras la tarde se va apagando despacio
y la luna empieza a crecer
sobre el agua oscura.
Entonces el sol se esconde
como un farol cansado detrás de los árboles,
y el río cambia de voz.
Se vuelve más sabio.
Porque el río es la sabiduría del agua:
corriente que conoce la paciencia,
La crecida, el barro, el silencio y la espera.
Por eso no cualquiera lo entiende.
Muchos apenas lo miran,
como un bello paisaje,
una postal quieta para contemplar de lejos.
Pero domar al río no es vencerlo.
Es caminar con él.
Aprender sus cambios de humor,
sus corrientes escondidas,
la manera en que engaña el reflejo de la luna,
la forma en que el viento mueve las mareas
aunque nadie lo note.
Domar al río
es aceptar que nunca será del todo tuyo
y aun así elegir volver cada día.
Porque quienes verdaderamente lo conocen
no intentan conquistarlo.
Simplemente dejan que el río
les enseñè a vivir.
Y entonces comprenden
que hay amores parecidos al agua:
profundos, imprevisibles, silenciosos,
capaces de acompañarnos
el resto de la vida sin dejar jamás
de moverse.
 La mañana amanece cerrada sobre el Delta,
como si el río hubiera decidido
guardar el mundo detrás de la niebla.
No se ve más allá
de unos pocos remos de distancia,
y entonces los ojos ya no alcanzan,
son los sonidos
los que empiezan a guiar la vida.
Primero, a lo lejos,
el rumor cansino de la lancha colectiva,
abriéndose paso entre la bruma
como quien conoce de memoria
cada recodo del agua.
Después, la lancha almacén,
con su motor más pesado,
trayendo pan, verduras, diarios,
y conversaciones que viajan
de muelle en muelle.
Y uno aprende a no equivocarse.
A reconocer cada embarcación
por la manera en que el motor respira,
por el golpe del agua contra el casco,
por la pausa breve antes de doblar el arroyo.
Entonces sé que el vecino de enfrente se acerca
con su pequeña lancha, mate en mano,
atravesando despacio la neblina
como si flotara dentro de un sueño.
Y en medio de ese silencio húmedo,
entre el frío y el otoño, te escribo en poesías.
Te recuerdo en besos que todavía viven tibios
sobre la memoria de mi boca,
y cuento los minutos
para volver a encontrarte.
Allá, donde el río se deja llevar
y se transforma en camino hacia tu casa.
Porque en el Delta las distancias no se miden en cuadras
ni en relojes, sino en agua, en esperas,
en motores que se acercan lentamente
entre la niebla.
Y sé que cuando llegue,
habrá mates humeando, una manta sobre las piernas,
las manos buscando otras manos
para espantar el frío.
Entonces volveremos a compartir la niebla,
el otoño, la humedad pegada a las ventanas,
las ramas mojadas inclinándose sobre el arroyo,
y esa manera tan nuestra de conversar la vida
mientras el río sigue pasando.
Porque hay amores que no necesitan cielos despejados.
Les alcanza con una lancha avanzando despacio,
un mate caliente entre los dedos
y dos personas esperándose del otro lado de la niebla.
Las mañanas del barrio
tienen ese qué sé yo
que no aprende ningún mapa.
El olor a tostadas
se escapa por las ventanas
mientras la vereda todavía bosteza
y la neblina espesa
se va rompiendo paso a paso,
como si alguien, desde arriba,
intentara descubrir el sol
despacito, sin apuro.
El bondi pasa a unas cuadras de casa,
con el mismo ruido cansado
de todas las mañanas,
y los vecinos van y vienen
con bolsas, con panes, con silencios,
arrastrando la rutina como quien lleva 
un pequeño destino entre las manos.
Así es el barrio, Saavedra hacia un lado
Coghlan, hacia el otro,
calles donde todavía sobreviven
los árboles viejos y ninguna
bicicleta apoyada en una pared.
 ya no es el mismo.
Donde había una casa
aparecieron departamentos altos
que tapan la tarde.
Donde las puertas estaban abiertas
y el saludo era costumbre,
hoy crecieron rejas, porteros eléctricos
y nombres que nadie conoce.
Antes uno sabía quién vivía en cada cuadra,
quién regaba las plantas,
quién escuchaba tangos los domingos,
qué perro ladraba de madrugada
y qué almacén fiaba hasta fin de mes.
Ahora las luces se encienden
detrás de balcones cerrados y a veces
uno vive a metros de otro
sin cruzarse jamás la mirada.
Y sin embargo, cuando llueve,
llueve en todas las cuadras igual.
El agua corre por los cordones
como cuando éramos chicos
y el barrio parecía infinito.
Y cuando sale el sol,
todo vuelve a iluminarse:
las veredas húmedas, los árboles cansados,
las persianas antiguas, las paredes con recuerdos.
Entonces el barrio respira otra vez,
aunque ya no sepa quién vive a dos cuadras de casa
como lo sabía antes.
Porque hay lugares que cambian de rostro
pero no de alma.
Y en cada mañana,
entre tostadas, neblina y colectivos,
todavía queda algo de aquel barrio abierto,
de aquella costumbre simple
de sentirse acompañado
sin necesidad de tocar ninguna puerta
 En Obelisco cumple años,
 la piedra vertical de la memoria,
ese cuchillo blanco clavado
en el corazón de la avenida,
donde Avenida Corrientes y Avenida 9 de Julio
se abrazan cada noche
entre bocinas, tango y nostalgias.
Ahí está, mirando pasar generaciones enteras
como quien escucha un bandoneón interminable.
Lo vio todo, vio obreros silbando madrugadas,
milongueros con gomina y sueños,
parejas besándose bajo lluvias de invierno,
festejos de campeonatos,
marchas, lágrimas, abrazos,
y taxis amarillos cruzando la ciudad
como notas apuradas de un tango de madrugada.
Porque el Obelisco no es piedra solamente.
Es garganta porteña, es un farol inmenso
donde Buenos Aires se mira a sí misma
cuando necesita recordar quién es.
En sus pies nació el grito de los campeones,
la tristeza de derrotas inevitables,
los besos después del teatro,
las corridas bajo tormentas de verano,
y el humo de cafés donde todavía parece sonar
algún disco viejo de Carlos Gardel.
Desde Corrientes sube el perfume antiguo de las librerías,
de las pizzas compartidas a la salida del teatro,
de las marquesinas encendidas
que parecen no querer dormirse nunca.
Y el Obelisco escucha el rumor del subte,
el taconeo de una mujer sobre la vereda mojada,
el vendedor ambulante ofreciendo banderitas,
el murmullo de turistas
y el silbido lejano de un tango escapándose
desde algún bar perdido.
Tal vez por eso emociona tanto.
Porque mientras todo cambia, él permanece ahí,
quieto y orgulloso, como un compadrito elegante
mirando la ciudad con melancolía de bandoneón.
Hoy cumple 90 años el gran centinela porteño.
Y Buenos Aires lo festeja
como se festejan las cosas que ya son parte del alma,
con música, con recuerdos, con tango.
Porque si alguna vez la ciudad tuviera voz propia,
seguramente saldría desde esa esquina enorme
de Corrientes y Nueve de Julio,
mezclada con humo de café y luces de neón.
Cantando despacio, con tristeza hermosa,
un tango infinito para su viejo Obelisco. 
 Hoy, sábado, Buenos Aires amaneció con ese frío húmedo
que sube desde el río y se queda flotando entre los edificios
como un fantasma educado.
Todavía no eran las diez
y ya había vecinos apurados comprando facturas,
en la 9 de Julio, mujeres caminando 
con las manos escondidas en los bolsillos
y cafeterías llenándose lentamente
de gente que buscaba más calor que café.
Es el sábado previo al veinticinco de mayo.
La ciudad lo sabe, por Corrientes, el viento baja filoso,
haciendo flamear algunas banderas celestes y blancas
colgadas antes de tiempo en balcones antiguos,
mientras los kiosqueros acomodan diarios
con titulares demasiado grandes para una mañana tan gris.
En Cabildo las palomas parecen discutir asuntos importantes
entre turistas congelados y taxis que pasan
dejando detrás un ruido tibio de motor cansado.
Hay olor a café recién molido, a pan caliente,
a subte húmedo, a bufandas guardadas 
desde el invierno pasado.
Y también está esa melancolía inexplicable
que aparece solamente los sábados fríos en Buenos Aires,
cuando la ciudad parece caminar más despacio
como si recordara algo.
Un hombre lee sentado junto a la ventana empañada de un bar.
Una pareja cruza la avenida en silencio.
Alguien tararea un tango casi dormido
mientras acomoda sillas sobre la vereda.
Entonces sucede eso tan porteño,
tan imposible de explicar,
la tristeza empieza a parecer belleza.
Tal vez porque en esta ciudad
hasta el frío tiene memoria.
Y hoy, justamente hoy,
Buenos Aires respira lenta, 
blanca de invierno prematuro,
esperando el feriado patrio
como quien espera una visita antigua
que siempre promete volver y nunca llega del todo.
Mientras tanto, el sábado sigue ahí,
temblando detrás de los vidrios empañados,
en una mesa con dos pocillos vacíos,
en el humo que sale de las alcantarillas,
en la voz de un mozo diciendo buen día,
con una nostalgia que podría haber escrito
García Márquez una mañana cualquiera. 

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...