sábado, 25 de julio de 2026

 Por debajo de la puerta,
donde el burlete parece raspar una pluma
y el taparrollo deja pasar un cabello de viento,
se cuela este julio invernal
que va helando los rincones,
las manos,los silencios.
El frío se adueña de la casa
como un huésped que jamás fue invitado,
dibujando escarcha en los vidrios
y haciendo temblar hasta los recuerdos.
Pero hay un lugar
donde el invierno pierde todas sus batallas.
Son tus besos.
Son tus abrazos,
camperas tejidas con nubes tibias,
que envuelven el alma hasta hacerle olvidar
la crueldad del viento.
Mientras el continente sur
se encoge bajo el hielo de julio,
el norte se derrite de calor;
allá los ríos sonríen entre chapuzones,
aquí la nieve ensaya su danza silenciosa
sobre los techos y los caminos.
Quizá también sonría la nieve,
pero no la cambio
por la geografía de tu piel.
Prefiero esquiar despacio por tu cuerpo,
recorrer sus montañas y sus valles
sin más destino que tus latidos.
Y cuando la noche cierre las ventanas
y el viento vuelva a buscar rendijas,
no habrá escarcha capaz de alcanzarme.
Dormiré bajo el acolchado de tus besos,
abrigado por el calor de tu ternura,
hasta que el invierno comprenda, por fin,
que ningún julio es tan frío
cuando un amor verdadero
enciende su propio verano
 Había una época en la que la libertad tenía apenas trece años, un uniforme impecable, un escudo sobre el corazón y un puñado de monedas bien apretadas en el bolsillo. No existían los celulares para avisar que habíamos llegado ni los mensajes para tranquilizar a nuestros padres. Bastaba un beso antes de salir de casa, una recomendación de último momento y la certeza de que el colectivo nos llevaría, una vez más, hasta nuestra segunda casa, la escuela.
Todo comenzaba en la esquina de Núñez y Tronador. 
Allí aparecía aquel bondi de poco más de veinte asientos, la vieja línea 405, que con el tiempo se convertiría en la 156. 
Para muchos era simplemente un colectivo; para nosotros era mucho más. Era el primer salón de clases del día, el lugar donde empezaban las risas, las bromas, las discusiones por un asiento junto a la ventanilla y las historias que se seguirían escribiendo durante años.
Desde primer año hasta sexto, recorrimos el mismo camino. 
De lunes a viernes, y muchas veces también los sábados, cuando había fogones, encuentros, partidos o alguna actividad especial. 
El viaje nunca era una obligación; era parte de la aventura de crecer.
Éramos apenas chicos de trece años cuando comenzamos ese recorrido. 
Hoy cuesta imaginarlo: atravesábamos barrios completamente solos, sin que nadie nos acompañara, llevando únicamente un guardapolvo o un uniforme, un portafolio cargado de cuadernos y sueños, y esas monedas que alcanzaban para pagar el boleto. Primero una de diez pesos; después una de diez y dos de un peso. Eran tiempos en los que la confianza viajaba con nosotros y la responsabilidad llegaba mucho antes que la mayoría de edad.
Cada parada sumaba una cara conocida. 
Subían compañeros con el sueño todavía pegado a los ojos, otros ya hablaban sin parar desde la primera cuadra, alguno terminaba la tarea a las apuradas y siempre estaba el que hacía reír a todo el colectivo. 
Sin darnos cuenta, ese pequeño bondi se convertía cada mañana en una familia rodante.
El recorrido por Núñez, el Bajo y la estación Rivadavia fue dibujando una geografía que todavía vive en la memoria. 
Frente a la estación estaba el bar Primavera, donde más de una vez compartimos un café o una charla, y donde también conocíamos a los choferes, que ya sabían quiénes éramos. 
Nos saludaban por el nombre, preguntaban por algún compañero que faltaba o simplemente sonreían al ver subir otra vez a aquella banda de adolescentes que, día tras día, ocupaba buena parte del colectivo.
El escudo en el pecho no era un simple bordado. 
Era un orgullo. Era sentirse parte de algo mucho más grande que nosotros. Cada viaje reforzaba ese sentido de pertenencia, esa amistad que se construía entre frenadas, semáforos, charlas interminables y ventanillas empañadas durante los inviernos.
Con los años llegaron los primeros amores, las confidencias, los secretos, los nervios antes de un examen y las carcajadas después de aprobarlo. 
El colectivo fue testigo silencioso de todo eso. Nos vio crecer sin decir una palabra. Nos llevó siendo casi niños y nos dejó, seis años después, convertidos en jóvenes con el corazón lleno de recuerdos.
Hoy las ciudades cambiaron. Los tiempos cambiaron. Tal vez resulte impensado que un chico de trece años recorra solo kilómetros para ir a estudiar. Pero nosotros lo hicimos. Y nunca sentimos miedo; sentíamos la emoción de empezar un nuevo día, de encontrarnos con los amigos y de vivir otra pequeña aventura sobre ruedas.
A veces creemos que los recuerdos más importantes nacen de los grandes acontecimientos. 
Sin embargo, muchas de las páginas más hermosas de la vida fueron escritas en aquellos asientos gastados de un colectivo común, entre el ruido del motor, el timbre que anunciaba una parada y las conversaciones que parecían no terminar nunca.
Aquel viejo 405, que después fue el 156, no solo nos llevaba desde Núñez hasta la escuela. Nos llevaba hacia la adolescencia, hacia la amistad verdadera, hacia los primeros sueños y las primeras responsabilidades. Sin saberlo, nos enseñaba que crecer también era animarse a recorrer el camino solos.
Y todavía hoy, cuando algún colectivo pasa frente a la estación Rivadavia o recorre aquellas calles de siempre, es imposible no mirar por la ventanilla imaginaria y volver a ver a ese grupo de chicos de trece años, con el uniforme impecable, el escudo en el pecho, el, portafolio cargado de ilusiones y el mundo entero esperándolos al final del viaje. Porque aquel bondi nunca fue solamente un medio de transporte; fue el puente que nos condujo hacia algunos de los recuerdos más felices e imborrables de nuestra vida. 
 Domingo de sol,
de recuerdos que nunca aprendieron a irse,
de mundiales que pasaron sin pena ni gloria
y de otros que quedaron clavados en la memoria
como la lluvia golpeando los ventanales del último piso.
Todavía flota ese gusto amargo de la derrota,
mezcla de alcohol, insultos, efedrina
y una lágrima silenciosa que cae desde un balcón
hasta perderse en la esquina.
Pero también existe la sonrisa de un sábado compartido,
el fútbol, el café, el triunfos,
la paz que aparece sin pedir permiso
cuando el corazón decide hacer un alto.
Llueve cuando la tormenta lo ordena,
y sale el sol cuando el día amanece dispuesto
a devolverle la esperanza a la ciudad.
Buenos Aires despierta y se adormece
entre avenidas que conocen todas las historias,
mezcla extraña de sexo sin alcohol,
de abrazos que duran una noche
y promesas que sobreviven un invierno.
Y todavía llega, por debajo de la puerta,
ese aroma lejano a tabaco,
como un fantasma amable
que se niega a abandonar la casa
porque también fue parte de la felicidad.
La luna se acuesta sobre el barrio,
las persianas bajan lentamente,
y vuelve a llover en el último piso.
Entonces comprendo
que la vida es un camino interminable,
hecho de domingos luminosos,
de noches eternas, de mundiales, derrotas y victorias,
de cafés compartidos,
de silencios que hablan más que los gritos,
y de un insulto perdido en la frontera del olvido,
mientras la ciudad sigue respirando.
Porque al final,
cuando todo parece haber terminado,
siempre habrá una ventana abierta,
un recuerdo esperando volver,
una lluvia escribiendo sobre los techos
y un domingo de sol
dispuesto a comenzar otra historia,
siempre tomados de la mano,
mezclando el café con el mate.
y la gaseosa con el wuisky.
 La luna, en cuarto creciente,
enciende de plata la avenida.
En la mano par duerme la calma;
en la impar, una tormenta única e irrepetible
se prepara para desbastar árboles,
para caer sobre vehículos dormidos,
como si el cielo quisiera recordar
que toda ciudad tiene un corazón indómito.
Esa es la magia de la avenida.
De un lado, la esquina nos reúne
para conversar hasta la madrugada,
convencidos de que entre un café, un mate
y unas cuantas palabras
todavía es posible arreglar el mundo.
Del otro lado,
los gritos se empapan bajo una lluvia de insultos;
las voces chocan como relámpagos,
y el agua arrastra promesas rotas
por el cordón de la vereda.
Entonces, un fuelle respira en la esquina.
El bandoneón derrama notas de un tango
que se mezclan con la lluvia,
con las luces amarillas,
con el perfume del asfalto mojado
y con la nostalgia de quienes regresan
sin saber muy bien de qué huyen.
En la soledad de un sábado
escribo la letra de mi último tango.
No habla de derrotas, ni de bares vacíos,
ni de copas olvidadas.
Habla de ella.
Porque entre la luna creciente,
la tormenta, las discusiones de la esquina
y el rumor de la ciudad que nunca termina de dormirse,
ella sigue siendo la única protagonista.
Es la melodía que el bandoneón persigue,
la luz que ninguna nube consigue apagar,
el verso que siempre encuentra
la forma de volver.
Y mientras la avenida divide
la mano par de la mano impar,
la calma del vendaval,
el abrazo del desencuentro,
mi tango elige un solo destino,
pronunciar su nombre para 
que la noche lo guarde
como la luna guarda su luz
hasta el amanecer.
 Los adoquines de Buenos Aires sudan
cuando la lluvia vuelve,
y en el último piso
siempre llueve en la misma esquina,
como si el cielo conociera
el camino de los recuerdos.
Aprendí que el valor de la palabra
pesa mucho más
que millones de dólares.
Una promesa dicha de frente
vale más que cualquier fortuna,
porque el tiempo jamás logra devaluarla.
Hay frases de mis poesías
que vuelven una y otra vez
a través de los años.
No son simples versos;
son huellas que, sin saberlo,
marcaron mi vida
y quedaron para siempre
escritas en la memoria.
Está el Delta,
el inmenso Paraná,
el Carapachay,
esa casa inolvidable
llamada El Pájaro Loco,
y aquella lancha, Enlace,
que nos llevaba despacio
por los rincones ocultos del río,
donde el silencio
también aprendía a navegar.
Está la Escuela Técnica Raggio,
con sus talleres,
sus sueños de juventud
y ese grupo de amigos
que el tiempo no pudo separar.
Los años pasaron,
cada uno siguió su camino,
pero seguimos encontrándonos,
conversando, riendo como entonces,
demostrando que la amistad
también sabe vencer al calendario.
Y está mi barrio.
El de siempre, mi avenida,
el café de la esquina,
las veredas gastadas,
las conversaciones interminables,
los abrazos, los nombres que nunca se olvidan,
los rostros que forman parte
de la historia de todos los días.
Todo eso soy.
Un pedazo de mi mundo,
hecho de calles, de ríos, de amigos,
de palabras y de recuerdos.
Porque, al final, la verdadera riqueza
no se guarda en un banco
ni se mide en dinero.
Se guarda en los lugares
que nos hicieron felices,
en las personas
que caminaron a nuestro lado,
y en las historias
que todavía seguimos escribiendo
cada vez que el corazón decide volver a casa.
 Elijo el color de tus ojos
y el color de mi bandera.
Elijo creer cuando el mundo duda,
y sembrar palabras donde otros levantan piedras.
Elijo conversar y no gritar,
debatir sin herir, escuchar sin condenar.
Porque los insultos son cenizas del orgullo,
y el amor siempre encuentra otra manera de hablar.
Elijo caminar abrazado a tu cintura,
que me regales un cuento, aunque sea una mentira,
si en tu voz encuentro refugio
y en tu sonrisa comienza el día.
Elijo los besos apasionados de una noche,
antes que la sombra constante del ayer;
porque el pasado es un libro ya leído,
y vos sos todo lo que me queda por conocer.
Elijo llegar a una final sin concesiones,
sin deberle al destino más que mis convicciones.
No elegiré jamás saludar desde un balcón
cargando favores en el corazón.
Elijo el camino que mira hacia delante,
y si la lluvia nos sorprende al andar,
debajo de la caricia del agua y del viento,
elijo tu mano y volver a empezar.
Y si me critican, elijo el silencio;
confrontar a la ignorancia es perder el tiempo.
La vida pasa ligera, como un río sin regreso,
y prefiero gastarla en un abrazo, no en un enfrentamiento.
Elijo a los amigos, a las tardes compartidas,
a las poesías que nos nombran sin hablar.
Y cuando el tiempo nos encuentre más despacio,
seguiré eligiendo lo mismo, una y otra vez:
Creer, creer en vos, creer en nosotros.
Creer que mientras caminemos juntos,
ninguna tormenta podrá dejarnos atrás.
 Buenos Aires camina, canta y sonríe,
con zapatos de lluvia sobre el empedrado,
y un tango nostálgico se descuelga
de los balcones mojados.
La llovizna acaricia las veredas,
los faroles se visten de nostalgia,
y los bares encienden sus refugios
contra el frío que abraza la ciudad.
Un café entre las manos
es el mejor aliento de la noche,
un pequeño fuego compartido
mientras el invierno conversa
con los cristales empañados.
Pero allá arriba,
en el último piso,
donde las ventanas parecen tocar las nubes,
la lluvia golpea los vidrios
con su música de recuerdos.
Y qué pena desperdiciar
el hermoso placer de caminar bajo la lluvia,
de perderse entre las calles,
de mojar los sueños,
de dejar que las gotas recorran la piel
como versos recién nacidos.
Sin embargo,
en esa altura donde la ciudad se vuelve infinita,
la lluvia pierde su magia,
las luces se derraman sobre el asfalto,
las avenidas parecen ríos de estrellas,
y Buenos Aires baila lentamente
su eterno tango de invierno.
Entonces la noche se vuelve abrazo,
el café se vuelve ternura,
y mientras la lluvia sigue cayendo
sobre techos, plazas y adoquines,
los corazones descubren
que la primavera puede nacer
mucho antes de que termine el invierno
 Mantas, abrigos y bufandas.
El cuerpo escondido del frío,
mientras un reloj anuncia que, pasadas las cinco de la tarde,
la oscuridad comienza a adueñarse de la calle.
Buenos Aires parece dormirse bajo la luna,
que ilumina la noche del mismo modo
en que tu presencia ilumina los días sin sol.
Debajo de una manta descubrí tu cuerpo,
enroscado en busca de calor,
esperando, quizás sin decirlo,
que el invierno se retire lentamente
y deje paso a los colores nuevos.
Entonces llegará la primavera.
Brillará en el café del desayuno,
en los mates compartidos de media mañana,
y en el sol que se derrama sobre el Carapachay,
dibujando sombras entre las hojas,
acariciando flores recién abiertas
sobre las orillas silenciosas del Delta.
Y cuando el aire vuelva a ser tibio,
ya no habrá mantas ni bufandas que oculten la estación.
La primavera estará en los jardines,
en el río, en la luz,
pero sobre todo en esa sonrisa tuya
capaz de convertir cualquier invierno
en un eterno amanecer.
 A tu lado todo volverá a brillar,
las veinticuatro horas del día,
como si el tiempo se detuviera
para contemplar nuestra alegría.
Juntos esperaremos pacientes
que el clima nos vuelva a regalar
esos caminos de Buenos Aires
que tanto nos gusta andar.
De la mano recorreremos sus calles,
como ya lo hicimos alguna vez,
guardando en cada esquina un recuerdo
y en cada mirada, una nueva piel.
Corrientes encenderá sus luces
para acompañar nuestro andar,
y el Obelisco, cómplice de los sueños,
un guiño nos volverá a regalar.
Solo para vos y para mí,
entre el rumor de la ciudad,
entre abrazos, risas y silencios,
entre amor y complicidad.
No habrá invierno que nos detenga,
ni distancia que pueda vencer,
porque donde florecen tus ojos
siempre hay un nuevo amanecer.
Y mientras la ciudad nos observa,
entre luces, noches y emoción,
Buenos Aires seguirá escribiendo
como yo, versos para vos. 
 El sol, el vagón del último tren,
avanza despacio sobre los techos,
sin gritos, sin despedidas,
como una escalera tendida hacia la luna.
Una poesía llena de perfume a democracia
camina las veredas de un sábado en Buenos Aires,
mientras la soledad permanece sentada en un umbral,
allí donde alguna vez estuvo la vieja esquina,
con su buzón rojo y sus secretos de barrio.
Suena un tango con acordes de rock,
y el eco de Luis Alberto Spinetta se escapa por la ventana abierta
de una casa que todavía guarda jazmines en el patio.
La ciudad respira melodías antiguas y futuras,
mezclando bandoneones con guitarras eléctricas.
Un taxi cruza lentamente la avenida,
buscando a un pasajero que abandonó la aplicación
y volvió a caminar las calles,
como se caminaban antes los amores y las nostalgias.
Buenos Aires,
tu recuerdo es un beso y una flor,
una lluvia que cae solamente en la avenida,
mientras el sol ilumina un rostro querido
y una sonrisa alcanza para encender el día.
Entonces la ciudad deja de ser ciudad
y se vuelve refugio,
un café compartido con la memoria,
una conversación con los árboles de la plaza,
un tango perdido en el viento del río.
Y en medio de tanta prisa,
de tantos relojes y destinos,
todavía queda un rincón donde el alma descansa,
donde la luna baja por su escalera de plata
y el último tren regresa cargado de sueños.
Buenos Aires, entre tu lluvia y tu sol,
entre el rock y el bandoneón,
sigues siendo esa poesía interminable
que perfuma la tarde
y le da sentido a la esperanza. 
 El sol se filtraba entre los álamos,
dibujando sobre el césped
sombras irreales y gigantescas,
como si la tarde quisiera detenerse
para contemplar nuestro silencio.
Lentamente corrían las horas,
y el río, con su voz antigua, nos llamaba.
Hacia él fuimos, sin apuro,
siguiendo el murmullo de sus aguas
como quien sigue un destino escrito desde siempre.
La malla era apenas un pretexto,
la última frontera entre la piel y el río.
Cada tanto, una pequeña ola,
despertada por el paso ligero de una lancha,
nos mecía suavemente,
acercándonos un poco más al verano,
un poco más al instante.
No sé cómo ni cuándo ocurrió.
Tal vez fue el agua,
tal vez el viento que jugaba entre los juncos.
Lo cierto es que las mallas quedaron olvidadas
en un escalón del muelle:
la tuya, la mía,
como dos banderas rendidas
ante la libertad más profunda que conocimos.
Durante largo rato cruzamos el río,
de una orilla a la otra,
abrazados por la corriente,
bajo un cielo que parecía inmenso
y una felicidad imposible de medir.
Ahora tu cabello húmedo
se dibuja sobre la sombra de la pared,
mientras la habitación guarda todavía
el perfume del agua y de la tarde.
Y allá arriba, la luna,
blanca y serena, nos invita otra vez.
Invita al río, al silencio,
a las aguas que reflejan su luz.
Después de habernos entregado mutuamente
el tiempo, las palabras y los sueños,
la noche abre sus brazos sobre el Delta,
y el río espera.
Como si supiera que aún quedan caminos de plata
sobre el agua dormida,
y que dos almas enamoradas
siempre encontrarán la manera
de volver a nadar libres bajo su luz.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...