sábado, 25 de julio de 2026

 Hay quienes aman el mar
por su inmensidad sin orillas,
por su horizonte que parece infinito,
por el rumor antiguo de sus mareas.
Pero el río; el río es compañero.
No se queda lejos detrás de la costa,
no contempla desde la distancia;
camina junto a la vida,
se asoma a las ventanas,
roza los muelles gastados,
saluda las canoas,
conoce los nombres de quienes lo habitan.
El mar parte hacia lo desconocido.
El río va y vuelve, se aleja en la creciente,
regresa en la bajante,
desaparece entre los juncales
y vuelve a encontrarse en cada recodo.
Tiene algo de amigo fiel,
algo de conversación interminable,
algo de abrazo extendido sobre el agua.
Los arroyos del Delta lo saben,
lo saben el Carapachay, el Pajarito,
los canales escondidos entre sauces,
las corrientes que serpentean bajo las sombras
y las islas que nacieron de su paciencia.
A veces falta.
La tierra resquebrajada lo extraña,
los pilotes quedan desnudos,
las lanchas descansan inclinadas sobre el barro,
y el silencio ocupa el lugar del agua.
Entonces se comprende cuánto se lo ama.
Porque sólo se extraña de verdad
aquello que forma parte de la vida.
Y otras veces enloquece.
Llega con la fuerza de las inundaciones,
sube escalones, invade jardines,
borra senderos conocidos
y recuerda que también posee un corazón salvaje.
Pero aun en su furia sigue siendo río.
Como un viejo compañero
que alguna vez pierde la calma
sin dejar de ser querido.
Avanzar sin detenerse,
llevar historias entre las orillas,
guardar reflejos de lunas y tormentas,
transportar sueños, troncos, recuerdos, amores.
Despertar con la niebla sobre el agua,
escuchar el motor lejano de una lancha,
sentir que la corriente habla un idioma antiguo
que sólo entienden quienes han permanecido a su lado.
Y qué maravilla escribirle, buscar palabras para nombrarlo
sabiendo que siempre serán pocas,
porque ningún verso alcanza
para contener tanta vida.
El río se deja atravesar, navegar, escuchar, amar.
Se deja compartir, tal vez por eso quienes lo conocen
lo llevan para siempre en la sangre.
Porque el río no es solamente agua.
Es memoria, camino, refugio, tiempo.
Y mientras siga corriendo entre las islas,
entre los sauces y los juncos del Delta,
habrá alguien sentado en un muelle,
con un mate y una esperanza,
agradeciendo el privilegio inmenso
de tener un río al lado y llamarlo compañero.
 Fue un viaje más en la lancha colectiva, de esos que para muchos son apenas un trayecto rutinario entre las islas y Tigre. 
La misma embarcación que pasa todos los días frente a mi casa, o mejor dicho, por el muelle donde comienza y termina buena parte de mi vida.
Aquella mañana decidí ir al continente. 
Necesitaba comprar algunas cosas que allá se conseguían más baratas que en la lancha almacén. 
No tenía ningún otro plan, ninguna expectativa especial. 
Era simplemente uno de esos días comunes que parecen destinados a repetirse una y otra vez.
Subí a la lancha, saludé al timonel y avancé por el pasillo buscando un lugar donde sentarme. Entonces la vi.
A no más de dos metros de la entrada estaba ella. Miraba fijamente el agua gris del río y, por momentos, la costa opuesta. Tenía la mirada perdida en algún sitio mucho más lejano que las orillas que desfilaban lentamente frente a nosotros.
Había un asiento libre a su lado; me senté.
Durante varios minutos fingí observar el paisaje, aunque de reojo no podía dejar de mirarla. 
Había algo en su expresión que llamaba la atención, una tristeza silenciosa, profunda, de esas que no necesitan palabras para hacerse notar.
De pronto una lágrima comenzó a deslizarse por su mejilla. Luego otra y otra más.
Ella permanecía inmóvil, con la vista clavada en el río.
Saqué mi pañuelo y se lo ofrecí.
Lo tomó con suavidad, se secó el rostro sin decir una sola palabra.
Intenté iniciar una conversación; al principio fue imposible. Las respuestas eran apenas gestos o monosílabos; pero el río tiene sus tiempos y la lancha también. Poco a poco el silencio comenzó a aflojarse y las palabras fueron encontrando su camino.
Antes de llegar a Tigre ya conocía el motivo de aquellas lágrimas.
Desembarcamos y seguimos caminando mientras conversábamos. Sin darnos cuenta llegamos hasta la esquina de Cazón. 
Allí terminamos sentados frente a dos tazas de café.
Mientras hablábamos, la niebla comenzó a levantarse sobre el río. El sol abrió lentamente un claro entre las nubes y la mañana se volvió luminosa.
Todavía hoy no recuerdo qué era exactamente lo que había ido a comprar ese día. 
Tampoco sé en qué momento dejé de pensar en mis mandados para concentrarme solamente en aquella mujer que horas antes era una desconocida.
Lo único que recuerdo con absoluta claridad es que no compré nada.
Cuando cayó la tarde, tomamos juntos la última lancha que salía de la Estación Fluvial y regresamos a las islas.
Han pasado muchos años desde aquel viaje.
De gran parte de lo que hablamos ese día ya no queda memoria. Las palabras se las llevó el tiempo, como el río se lleva las hojas que caen sobre su superficie.
Pero algo quedó.
Hoy, diez años después, compartimos la misma casa, el mismo muelle, las mismas mañanas y los mismos atardeceres.
Compartimos libros abiertos sobre la mesa, mates que pasan de una mano a otra, canciones que suenan mientras cae la tarde y silencios que ya no necesitan explicación.
Los días transcurren sencillos, como transcurre el agua frente a nuestra ventana.
Y muchas veces, cuando veo pasar la lancha colectiva rumbo a Tigre, pienso que aquella mañana yo creía estar viajando para comprar algunas cosas.
No sabía que el destino tenía preparado algo mucho más importante.
Aquel día no regresé con mercadería ni con encargos.
Regresé con la compañera con la que, diez años después, sigo compartiendo los días más felices de mi vida. 
El automóvil avanzaba serenamente por la carretera mientras el sol comenzaba a elevarse lentamente en el horizonte. La luz dorada de la mañana se derramaba sobre el asfalto y parecía que el mundo entero había quedado atrás. Durante aquellas primeras horas, la ruta fue solamente de ellos.
Él la miraba de vez en cuando, como quien contempla un paisaje que nunca termina de descubrir. Ella respondía con una sonrisa tranquila, luminosa, capaz de decir mucho más que cualquier palabra. Así, entre miradas y silencios compartidos, fue transcurriendo el día.
Hubo paradas que quedaron grabadas en la memoria: cafés humeantes entre conversaciones pausadas, alfajores compartidos como pequeños tesoros, un almuerzo sin apuros y una infinidad de sensaciones que iban creciendo con cada kilómetro recorrido. No era solamente un viaje. Era una forma de conocerse.
Al finalizar aquella primera etapa, llegaron a una habitación de hospedaje donde todo estaba por descubrir. Allí quedaron lejos las obligaciones, los horarios y las preocupaciones. Entre la confianza y la cercanía, fueron despojándose de las máscaras cotidianas hasta encontrarse tal como eran. La desnudez no fue solamente la ausencia de ropa; fue la posibilidad de mostrarse completos, sin defensas ni temores, compartiendo cada palabra, cada caricia del alma y cada instante de ternura.
Más tarde salieron a recorrer el centro de aquella ciudad. Caminaron por calles que subían y bajaban como si estuvieran dibujadas sobre las colinas de un sueño. Cada esquina parecía guardar una historia, cada mirador ofrecía un paisaje irrepetible. Y mientras descubrían la ciudad, continuaban descubriéndose mutuamente.
El viaje siguió hacia otros destinos. Llegaron a lugares emblemáticos, fotografiaron recuerdos y acumularon momentos que ningún mapa podía señalar. En cada paso crecía la complicidad. Había una belleza especial en compartirlo todo, en sentir que no existían secretos entre ellos.
Cuando llegaba la noche, la intimidad volvía a envolverlos. La habitación se convertía en refugio, y el tiempo parecía detenerse para contemplar aquella cercanía tan difícil de explicar. Eran dos personas que habían decidido entregarse a la experiencia de conocerse sin reservas, con la serenidad de quienes encuentran un lugar seguro en la presencia del otro.
Después de una noche que conservarían para siempre en la memoria, emprendieron el camino de regreso. La misma carretera que los había llevado hacia la aventura los conducía ahora de vuelta a la ciudad que compartían. Sin embargo, regresaban distintos.
Volvieron con el corazón lleno de paisajes, de conversaciones, de risas y de silencios. Volvieron sabiendo que la distancia más difícil no era la de los kilómetros, sino la de extrañarse cuando no estaban juntos.
Y así, mientras el otoño extendía su aire fresco sobre las calles y el clima parecía invitarlos a buscar abrigo, ambos guardaron aquel viaje como un secreto luminoso. Sabían que volverían a partir. Quizás el día menos pensado, a la hora menos indicada, como suelen ocurrir las mejores historias.
Porque algunos viajes terminan cuando se llega al destino.
Y otros continúan viviendo en la memoria, en la piel y en el deseo sereno de volver a encontrarse para recorrer, una vez más, un camino juntos.

viernes, 24 de julio de 2026

 El sendero de tierra corría junto al río como una cinta gastada por los años. Desde allí podía verse el reflejo del sol sobre el agua del Paraná y escuchar el murmullo de las lanchas que pasaban rumbo a destinos lejanos. Era por ese camino donde ella solía andar descalza.
Delgada, tostada por el sol de todas las estaciones, caminaba como si perteneciera al río y al monte más que a cualquier persona. 
Los vecinos la saludaban al pasar y ella respondía con una sonrisa breve, de esas que parecían guardar secretos que nadie llegaría a conocer.
Aquella tarde también pasó por allí; saludó como siempre.
Y nunca más la volvimos a ver.
Los isleños comentaban que la estaban esperando en otro territorio, más allá de los arroyos conocidos, donde el Paraná se vuelve inmenso y los horizontes parecen no terminar nunca. 
Otros decían que había seguido el llamado de algún amor distante. Nadie supo la verdad.
Yo me quedé.
Me quedé entre los mismos muelles, los mismos sauces y las mismas aguas marrones que tantas veces nos vieron compartir mates. 
Todavía recuerdo las partidas de truco jugadas con porotos sobre una mesa vieja, las bromas que terminaban en carcajadas y las tardes que parecían eternas mientras el río subía y bajaba sin pedir permiso.
Por las noches, cuando el silencio se adueña de las islas, sigo encendiendo la radio y la escondo debajo de la almohada, como hacía entonces. 
Las voces lejanas y la música antigua me devuelven a aquellas noches compartidas sin promesas ni compromisos, cuando el mundo parecía reducirse al sonido de los grillos y al rumor del agua golpeando los pilotes.
Vos sabías que siempre te amé y yo sabía que eras libre.
Libre como los pájaros que cruzan el Delta al amanecer, sin rutas marcadas ni destino fijo. 
Sabía que nunca te quedarías quieta en ningún lugar, que llevabas el viento en el alma y el río en la sangre.
Por eso nunca intenté detenerte; los años pasaron.
Los sauces crecieron, algunos muelles desaparecieron. Otras lanchas comenzaron a recorrer los canales. 
Sin embargo, cada vez que escucho el rugido de un motor acercándose por el arroyo o el golpe suave de unos remos cortando el agua, levanto la vista con la misma esperanza.
Imagino que sos vos regresando.
Imagino tu figura apareciendo entre la bruma de la tarde, caminando otra vez por aquel sendero junto al río. 
Imagino que te sentás a mi lado en el viejo muelle y me contás dónde estuviste todo este tiempo, qué paisajes conociste y qué sueños perseguiste.
Entonces nos quedaríamos en silencio, mirando el Paraná encenderse de colores bajo el atardecer.
Y después vendría un abrazo, quizás el último, quizás el primero de verdad.
Un abrazo capaz de reunir todos los años perdidos, todas las palabras guardadas y todos los recuerdos que el Delta conservó para nosotros.
Y tal vez, cuando la noche volviera a caer sobre los arroyos y las estrellas se reflejaran en el agua quieta, decidirías quedarte.
No porque alguien te lo pidiera, no porque dejaras de ser libre.
Sino porque algunas veces los viajeros encuentran un lugar al que siempre estuvieron regresando sin saberlo.
Y yo seguiría allí, esperándote junto al río, con el mate listo, una baraja sobre la mesa y el corazón abierto, mientras el viejo Delta guarda nuestra historia entre sus aguas, como si supiera que ciertos amores nunca terminan de irse.
 Ella tiene la costumbre de no tener costumbres. 
Cada día encuentra una manera nueva de sorprenderme. 
Sus ojos pequeños guardan una intensidad que atraviesa cualquier distancia, y sus manos grandes tienen algo único; cuando acarician, son la suavidad que me falta y la intensidad que necesito.
Cuando está cerca, el mundo parece detenerse. 
Resulta imposible mirar hacia otro lado o prestar atención a otras voces. 
Su presencia llena cada espacio, y su personalidad, inmensa y luminosa, envuelve todo con una magia difícil de explicar. 
Tiene el extraño don de llegar al alma de las personas, especialmente de aquellas que cargan tristezas, y hacerles sentir que todavía existe un motivo para sonreír.
Compartimos largas conversaciones; ella me cuenta su vida paso a paso, como quien abre despacio las páginas más íntimas de un libro. 
Yo también le entrego mis secretos, esos que pocas veces encuentran palabras; entre una confesión y otra vamos descubriendo nuestras historias, nuestros miedos, nuestras alegrías y nuestras cicatrices.
Muchas veces me pregunto cómo habrá sido en otros tiempos. 
La imagino audaz, intrépida, avanzando sin miedo, abrazando la vida con toda su fuerza. 
La imagino desafiando tormentas, atravesando caminos difíciles y saliendo adelante. 
Y aunque no haya estado allí para verlo, siento que esa mujer sigue existiendo en ella.
También me pregunto qué dolores guarda en silencio, en qué momento se encuentra con el miedo, en qué rincón de la vida aprende a convivir con las heridas.
Porque a veces creo adivinar cicatrices invisibles detrás de su sonrisa. 
Entonces nace en mí el deseo de apoyarle una mano sobre el pecho y ayudarla a cerrar aquello que todavía duele. 
No porque necesite ser salvada; ella sabe sostenerse sola. 
Lo deseo porque su felicidad también importa en mis días.
Ella es como la corriente del río, va y viene; aparece y desaparece.
y siempre deja algo cuando pasa.
Cuando se aleja, se lleva una poesía; cuando regresa, trae inspiración. 
Muchas de las palabras que escribo nacen de ella, de sus gestos, de sus silencios, de esa manera tan suya de decir lo que siente sin necesidad de hablar. 
Su cuerpo contiene muchas de mis metáforas y ella lo sabe, por eso encuentra la forma de marcar el camino de sus deseos con apenas una mirada.
No sé exactamente cuándo comienza esta historia; tal vez empieza con un saludo, tal vez con una conversación, tal vez mucho antes, en algún lugar donde los destinos se reconocen antes de encontrarse.
Lo que sí sé es que ella deja huellas en cada instante.
Y mientras yo intento recordar el día preciso en que todo comienza, ella, seguramente, ya lo guarda en su memoria con cada detalle.
Porque hay personas que llegan a la vida para quedarse en los pensamientos, y ella habita los míos con la misma naturalidad con la que el río abraza sus orillas.
 Amanece el domingo y el sol acompaña la mañana,
mientras el rocío se derrama desde los techos de chapa
y la niebla, lenta y silenciosa,
se dispersa entre las calles que recién despiertan.
Las ramas desnudas de los árboles
parecen siluetas esperando ser decoradas,
y el ocre de las hojas sobre las veredas
inunda cada paso con un sonido crocante,
como si la estación escribiera su propia música.
Desde lejos te pienso,
te dibujo en letras y en silencios,
como si estuvieras escribiendo a mi lado,
compartiendo la calma de esta hora temprana,
cuando el mundo todavía conserva
algo de sueño en los ojos.
La mañana transcurre despacio.
El aroma del mate invade los hogares,
se escapa por puertas y ventanas,
y las facturas se reparten sobre las mesas
entre saludos, sonrisas
y los besos sencillos de un buen día.
El domingo comienza a correr,
sereno y luminoso,
como corren mis pensamientos hacia vos,
como viajan mis manos en la distancia
buscando abrazarte,
como llegan mis besos,
atravesando calles, plazas y recuerdos,
hasta encontrar el refugio de tu piel.
Y mientras el sol asciende lentamente,
las campanas del mediodía empiezan a sonar,
despertando por completo al día.
Entonces comprendo que este domingo,
con su luz tibia y sus hojas doradas,
lleva tu nombre escondido entre sus horas,
porque aun lejos,
cada instante encuentra la manera
de acercarme a vos.
Y así, entre mates, campanas y veredas de otoño,
el tiempo sigue su marcha,
mientras mi corazón permanece detenido
en ese lugar donde te imagina,
sentada a mi lado,
escribiendo conmigo
la poesía sencilla y eterna
de un domingo otoñal en Buenos Aires...
 Sentados frente a la barra de un bar cualquiera,
un whisky y un café custodiaban la noche.
La música caía despacio sobre las mesas,
como una lluvia suave de recuerdos futuros.
Pasaron largos minutos en silencio,
mirando quién sabe qué horizonte escondido
detrás de los vasos, detrás de los pensamientos,
mientras el hielo giraba lentamente
como si quisiera detener el tiempo.
Ella rompió el silencio primero.
Una palabra sencilla, apenas un puente,
y del otro lado apareció una conversación
que parecía esperarse desde siempre.
Los dos ahogaban viejas inquietudes,
dejando que el whisky aflojara las distancias
y que el café mantuviera despiertos los sueños.
Un whisky llevó a otro,
un café siguió al siguiente,
y las horas comenzaron a olvidarse del reloj.
De la barra pasaron a una mesa,
de la mesa a caminar la madrugada,
y de la madrugada a un hotel
donde ya no importaban las certezas ni los planes,
porque algunas historias no empiezan con promesas,
sino con la simple decisión de quedarse.
Hoy celebran veinte años de aquel encuentro.
Todavía discuten dónde ocurrió.
Él asegura que fue en Porthos,
cuando el invierno buscaba su despedida.
Ella sostiene que fue en Athos,
en el inicio de la primavera, perfumaba las calles.
Nunca logran ponerse de acuerdo.
Y quizá sea mejor así.
Porque mientras sonríen por la vieja discusión,
descubren que la fecha importa menos
que todo lo que vino después.
Brindan otra vez.
Por aquel whisky que derritió silencios.
Por aquel café que prolongó la charla.
Por la música que acompañó el comienzo.
Por la comprensión que llegó sin anunciarse.
Y por estos veinte años compartidos,
aprendiendo que el amor no siempre nace de un relámpago,
sino de una conversación que se niega a terminar.
Entonces levantan las copas,
entrelazan las manos sobre la mesa
y festejan un nuevo aniversario,
agradeciendo a la noche, al café, al alcohol
y a aquel entendimiento inesperado
que les enseñó a dormir juntos en la cama de la vida
y a despertar, cada mañana,
como si aquella primera charla
continuara todavía.
 La luna se esconde
tras el abanico de tu dulzura.
La cortina desciende lentamente
y sobre la avenida
la noche despliega
su manto de misterio.
El living queda a media luz,
dibujando sombras suaves
sobre tu figura,
mientras tus brazos me rodean
con la calma de un refugio esperado.
El murmullo lejano del televisor
se vuelve apenas un eco,
porque el mundo se detiene
cuando tu presencia lo llena todo.
Entre cafés compartidos
y palabras que despiertan sonrisas,
tu voz se desliza lentamente,
como una caricia que encuentra
los rincones más profundos del alma.
El minutero deja de avanzar.
Tus ojos sostienen los míos
y el aire parece cargarse
de una tibia electricidad,
de esa cercanía que no necesita explicarse,
porque habla en silencios,
en miradas prolongadas,
en el suave roce de las manos.
Y con tu conversación,
la vida vuelve a ser hermosa.
Hermosa como la luz tenue
que acaricia tu rostro.
Hermosa como el perfume
que permanece en el ambiente
cuando te acercás.
Hermosa como cada instante
que compartimos,
más allá del mundo
que insiste en correr apresurado.
Porque cuando la luna se esconde
y la noche nos encuentra así,
tan cerca,todo parece rendirse
ante la magia de tu presencia.
Y en esa media luz,
entre palabras, suspiros
y el calor de tu abrazo,
la vida vuelve a florecer,
tan dulce,tan intensa,
tan bella como vos. 
 Valderrama entre Tronador y Plaza,
casi llegando a la esquina de Tronador,
guardaba historias sencillas
que el tiempo no pudo borrar.
Delante del camión de don Pedro,
descansaba aquel viejo furgón verde,
pintado a pincel, sin apuro,
como se pintaban antes las cosas
que estaban hechas para durar.
Antes de que amaneciera,
cuando la noche todavía abrazaba al barrio,
Arnaldo padre y Arnaldo hijo
partían rumbo a Mataderos.
Volvían cargados de aromas:
achuras, embutidos, salames,
chorizos colorados y bondiolas,
tesoros cotidianos de la mesa porteña.
Vestidos de blanco, prolijos,
como quien honra su oficio,
recorrían las calles del centro,
donde cada día los esperaban.
Al regresar, la esquina volvía a ser escenario.
Los tachos de acero inoxidable brillaban bajo el agua,
la caja del furgón era lavada con paciencia,
y el hidrante, trabado con un palo de escoba,
dejaba correr un pequeño río
por la vereda de Valderrama.
El agua se llevaba el trabajo del día,
pero nunca los aromas.
Mi viejo les compraba para la parrilla,
y entre la mercadería y las conversaciones
siempre aparecía Platense,
esa pasión que llevaba Arnaldo en el corazón
mientras pasaba el rodillito verde sobre la caja del furgón.
Un día faltó Arnaldo padre.
Se fue demasiado joven,
dejando un vacío que el barrio sintió.
Entonces Arnaldo hijo siguió adelante,
repitiendo cada madrugada el mismo camino,
como quien mantiene encendida una luz
para que la historia continúe.
Hoy cierro los ojos
y todavía veo aquella esquina.
El furgón verde recién pintado,
el agua corriendo hacia la alcantarilla,
los vecinos conversando en la vereda,
las puertas abiertas de las casas,
los chicos jugando hasta que cayera la noche.
Entonces el barrio era una gran familia
y la calle era una prolongación del hogar.
Hoy vivimos más encerrados.
La modernidad cambió costumbres,
la inseguridad levantó rejas,
y muchas veces desconocemos
el nombre de quien vive enfrente.
Pero el pasaje sigue ahí,
custodiando recuerdos que el tiempo no pudo llevarse.
Y mientras alguien recuerde
a Arnaldo padre y Arnaldo hijo,
el viejo furgón verde,
el agua del hidrante,
los aromas de Mataderos
y las charlas sobre Platense,
la esquina de Valderrama seguirá viva.
Porque hay lugares que no permanecen por sus paredes,
sino por la gente sencilla que les dio alma. 
 La mañana en el Carapachay despierta despacio,
como si el mundo aprendiera nuevamente
el antiguo oficio de la belleza.
La bruma se levanta desde el agua
y se enreda entre los sauces,
mientras los pájaros anuncian el día
con un canto tan cercano
que parece nacer dentro del corazón.
El mate espera sobre la mesa,
la pava suspira su vapor hacia el cielo
y dibuja formas caprichosas en el aire,
como recuerdos que todavía no han ocurrido,
como promesas que flotan
sobre la corriente mansa del arroyo.
Entonces aparecés vos.
Te movés por la casa isleña
con la naturalidad del agua que busca su cauce,
con la gracia de una gaviota
que conoce cada rincón del río.
Hermosa mujer de los días del Delta,
hay algo en tu presencia
que acomoda el universo.
Tu sombra ordena las cosas sencillas;
los mates compartidos, las manos que se buscan,
los besos demorados, las miradas que hablan
sin necesidad de palabras.
Y así, de los mimos nacen los besos,
de los besos el deseo de abrazarte,
del abrazo el camino hacia el muelle,
y del muelle la certeza de que el paraíso existe.
Porque está ahí,
en ese rincón del Carapachay
donde el agua conversa con los pilotes,
donde las lanchas dejan apenas una estela,
donde la mañana se refleja en tus ojos
como una luz imposible de olvidar.
Mientras la ciudad se consume
entre bocinas, relojes y apuros,
nosotros contemplamos el río.
Y el tiempo parece detenerse.
El termo pasa de una mano a la otra,
las hojas de los álamos susurran secretos,
y el sol comienza a dorar lentamente
la superficie del arroyo.
Entonces comprendo que el Delta y vos
forman parte de la misma maravilla.
Que hay mañanas que no se cuentan por horas,
sino por momentos compartidos.
Que existe una forma de felicidad
tan simple como verte sonreír
mientras sostenés un mate caliente
frente al agua.
Y que si alguna vez me preguntaran
cómo es la perfección,
no hablaría de palacios ni de riquezas.
Hablaría de una mañana en el Carapachay,
del canto de los pájaros,
del perfume húmedo de las islas,
de un muelle perdido entre los sauces,
y de vos,
llegando descalza hacia la luz del río
para completar, una vez más,
la belleza de todos mis sábados
Cuando llovía, la bajada de Tronador hacia Quesada
dejaba de ser calle y se volvía río,
un río marrón y apurado
que arrastraba hojas, ramas
y recuerdos de barrio.
Quesada parecía Venecia
cuando el agua, cansada de esperar salida,
se quedaba atrapada en aquel caño bajo las vías
y la esquina se hacía laguna,
espejo turbio donde flotaban papeles,
pelotas olvidadas
y el reflejo de los vecinos mirando el cielo.
Pero había que seguir igual.
Ir al colegio con los zapatos mojados,
al trabajo con el pantalón arremangado,
al médico, al hospital,
porque la vida nunca esperaba
a que bajara el agua.
Y entonces aparecía él,
el puente.
Ese puente sencillo y milagroso
que girábamos desde una vereda
y desde la otra
hasta unirlo en el medio
para poder pasar sin meternos al agua,
como si entre todos armáramos
un pequeño camino de salvación.
Cuántas historias habrán pasado por esos fierros.
Algunos lo cruzaron apurados,
otros se quedaron jugando encima de él,
saltando, riendo,
haciendo equilibrio sobre la infancia.
Era parte del folklore del barrio,
de esos barrios donde hace mucho tiempo
todos nos conocíamos.
Donde un saludo alcanzaba para sentirse en casa
y donde los vecinos se sentaban en el puente
a mirar correr el agua
como quien mira pasar la vida.
Había mates, charlas largas,
algún perro dormido cerca,
las madres llamando desde la puerta
y los chicos creyendo
que aquella inundación era una aventura.
Hoy  ya no quede el puente,
ni la esquina cubierta de agua,
ni aquellas tardes lentas de barrio unido.
Pero en la memoria sigue firme,
cruzando el tiempo,
como cruzábamos nosotros
de una vereda a la otra
sin miedo a mojarnos el alma

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...