viernes, 3 de octubre de 2025


 El 67 es mucho más que un colectivo, es parte de la identidad urbana de Buenos Aires y, en especial, del barrio de Saavedra, donde sus unidades forman parte del paisaje cotidiano desde hace décadas.
Sus orígenes se remontan a los primeros años del siglo XX, cuando comenzaba a consolidarse el transporte automotor en la ciudad. 
En aquella época, la línea se distinguía por sus colectivos grises con una franja celeste, que marcaron la primera identidad visual del servicio.
En 1942, la Corporación de Transporte la expropió como parte de una reorganización general, y en 1948 pasó a depender del Ministerio de Transportes de la Nación. 
Sin embargo, el gran cambio llegaría en 1955, cuando los propios trabajadores se hicieron cargo de la línea, fue entonces cuando adoptaron los colores que la distinguen hasta hoy, un símbolo de pertenencia y esfuerzo colectivo.
Con el paso del tiempo, la 67 se fue adaptando a la evolución de la ciudad. 
En 2016, su recorrido se vio modificado con la inauguración del Metrobus  una obra que modernizó la movilidad en Belgrano, Colegiales y Palermo, agilizando el tránsito y reduciendo los tiempos de viaje de más de 16 líneas de colectivos, incluida la 67.
Hoy en día, la línea 67 conecta la localidad de Munro, en el partido de Vicente López, con el corazón de la Ciudad de Buenos Aires.
La línea 67 no solo transporta pasajeros, transporta historias. 
Para los vecinos de Saavedra, verla pasar es parte de la vida diaria, un lazo que conecta al barrio con otros puntos estratégicos de la ciudad y la provincia. Su paso constante por calles y avenidas lo convierte en un emblema del barrio, al mismo tiempo que sigue siendo un puente indispensable entre Buenos Aires y Vicente López.

 Un panadero, un heladero, un publicista, un martillero, un odontólogo y un carpintero. 
Oficios distintos, vidas distintas, pero un mismo sueño, el de un barrio mejor, esa fue la chispa que encendió en Saavedra, a principios de la década del 60, el fuego solidario de una comunidad que entendió que su progreso no podía depender de individualidades aisladas, sino de la unión organizada de sus vecinos.
En tiempos donde el crédito parecía ser patrimonio exclusivo de los grandes capitales y de instituciones lejanas a la vida cotidiana, surgió la idea de algo distinto, una caja de crédito de, por y para los vecinos. Así, en 1962, nombres que hoy son memoria viva del barrio  Illuminati, Ángel Piacentini, Domingo Alfonso Molina, José Addario, César Panno, Santiago Spinogatti, entre tantos otros dieron forma a la Cooperativa de Crédito, Vivienda y Consumo de Saavedra, nacida en el seno del Club Estrella, primero en un local prestado y luego en su propia sede.
El día de su inauguración quedó grabado en la memoria colectiva. No fue solo el corte de cintas de una nueva institución, fue una verdadera fiesta popular, con un gran show en la puerta de la sede, con vecinos, comerciantes, profesionales y familias celebrando lo que significaba tener, por primera vez, una entidad financiera propia, administrada con honestidad y transparencia por gente del mismo barrio. 
Ese día no solo se abrió una caja de crédito, se inauguró un símbolo de pertenencia y confianza.
Lo que siguió después fue la prueba más clara de que el cooperativismo, lejos de ser una teoría, podía ser una práctica transformadora. 
La Cooperativa Saavedra llegó a tener más de 6.000 asociados y se convirtió en el motor de innumerables proyectos colectivos: acompañó a comerciantes y profesionales, apoyó a las escuelas, colaboró con los clubes y centros culturales, impulsó obras públicas como la instalación de cloacas, y hasta participó en la recuperación de empresas de transporte como las líneas 21 y 71. Todo esto, mientras en paralelo alimentaba la vida cultural con su sala Spilimbergo, que fue escenario de conciertos, teatro, conferencias y cine, gracias también al empuje de su activa comisión de damas.
No era solo una caja de préstamos: era un corazón latiendo al ritmo del barrio. De allí nació la frase que todavía resuena con orgullo: Saavedra engrandeciendo a Saavedra.
Ese esfuerzo fue reconocido en 1970, cuando la entidad recibió el prestigioso premio Pinos de Oro del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos. Pero más allá de los galardones, lo esencial fue siempre el espíritu que la animaba: el compromiso vecinal, la transparencia, la solidaridad como norte. Como decía Santiago Spinogatti, el vecino tenía su banco, su propio banco administrado por los vecinos. No entendíamos mucho de números, pero sí sabíamos lo que significaba la conducta y la solidaridad.
A pesar de los embates de las dictaduras que intentaron sofocar la fuerza del cooperativismo, la Cooperativa Saavedra resistió y dejó un legado que hoy sigue vivo. En su antiguo edificio funciona actualmente una filial del Banco Credicoop, heredero directo de aquella gesta barrial y de tantas otras cajas de crédito que en todo el país demostraron que la unión solidaria es una herramienta económica tan eficiente como profundamente humana.
Hoy, al recordar a aquellos pioneros, no hablamos solo de nombres y oficios. Hablamos de un barrio entero que entendió que el verdadero poder está en la comunidad, en la capacidad de organizarse, en la voluntad de poner el hombro unos por otros. El panadero, el heladero, el publicista, el martillero, el odontólogo, el carpintero y todos los que se sumaron después dejaron una enseñanza que sigue vigente, cuando un barrio se une, no hay proyecto imposible.
En tiempos donde tantas veces se nos quiere convencer de que cada uno debe salvarse solo, la historia de la Cooperativa de Saavedra nos recuerda que la verdadera grandeza surge de la solidaridad, del esfuerzo compartido y del orgullo de decir: Lo hicimos entre todos.



 En el año 1954, en medio de un escenario económico complejo que atravesaba nuestro país, un grupo de comerciantes del barrio, conocidos entre sí y en muchos casos amigos de larga data, decidió comenzar a reunirse. La motivación principal era clara: la necesidad de afrontar juntos las dificultades del momento y encontrar, en la unión y el intercambio de ideas, soluciones que individualmente hubieran sido mucho más difíciles de alcanzar.
Al principio se trataba de encuentros informales, donde se compartían problemas cotidianos y se proponían posibles respuestas. Pronto se hizo evidente que la conversación y el trabajo colectivo eran un camino fértil: las experiencias de uno podían servir a otro, los conocimientos se complementaban, y la fuerza del grupo daba impulso a proyectos que de manera aislada hubieran resultado imposibles. Así, paso a paso, las reuniones fueron tomando forma hasta cristalizar en la conformación de una comisión que, con gran esfuerzo, tramitó su personería jurídica.
Lo primero fue asociar a los comerciantes y, con entusiasmo, comenzar a darle vida comunitaria al barrio. Junto al mástil de la plazoleta de Tronador se organizaron los primeros festejos de las fechas patrias, izando la bandera con orgullo y compartiendo el sentimiento nacional. También se impulsó la costumbre de dejar en cada local una franja recordatoria con mensajes de felicitación para cada fecha importante: el Día de la Madre, el Día del Niño o las fiestas de fin de año. Estos gestos sencillos fortalecieron los lazos entre comerciantes y vecinos, consolidando la idea de que la institución era parte esencial de la vida cotidiana.
Es fundamental destacar que en aquellos años los comercios de barrio tenían un papel central en la vida comunitaria. No existían supermercados ni grandes cadenas; las compras se realizaban en los negocios cercanos y el pago era siempre en efectivo, ya que aún no se hablaba de tarjetas de crédito ni de transferencias bancarias. Los comerciantes eran, entonces, verdaderos referentes: hombres y mujeres cuyos apellidos estaban íntimamente ligados a la historia del barrio y que brindaban, además de productos y servicios, un sentido de cercanía y pertenencia a cada vecino.
Cabe recordar que vecinos y comerciantes muy conocidos, como Galavani de la farmacia, Stella de la sastrería, Gómez de la ferretería, Spienza y muchos otros, fueron los pioneros de estas reuniones. 
Ellos sentaron la piedra valiosa de una institución que con el tiempo se transformó en clave para el progreso del barrio, dejando una huella imborrable en la historia comunitaria.
En paralelo, en otro sector del barrio comenzaba a gestarse un movimiento con fuerte impronta social: el cooperativismo. Vecinos visionarios se reunían con la idea de promover créditos, ayudas mutuas y formas de organización comunitaria que favorecieran la modernización del entorno barrial. Con el tiempo, tanto la comisión de comerciantes como el grupo cooperativista fueron consolidando su presencia, obteniendo resultados notables que beneficiaron a toda la comunidad.
Con el correr de los años, y gracias a la apertura de la Cooperativa de Créditos del barrio, la Comisión logró dar un paso relevante. Con el aval de salir como garantes, algunos comerciantes consiguieron un crédito que, con la ayuda de la Cooperativa, permitió comprar el primer piso de la esquina de Av. Del Tejar y Tronador. 
Allí adquirieron dos oficinas que, al unirse, se transformaron en un pequeño salón de reuniones con una secretaría y un baño, en una de las esquinas más céntricas del barrio.
Llegar a conseguir esa sede fue un logro que costó muchísimo, pero gracias al esfuerzo conjunto y al aporte de todos los comerciantes mes a mes, se pudo ir pagando el crédito otorgado. No fue fácil, pero se consiguió, y hasta el día de hoy se recuerda con gratitud el gesto de aquellos comerciantes que salieron de garantes de ese crédito inolvidable y significativo para la vida de la institución. 
Sería injusto nombrar a todos y arriesgarse a olvidar a alguno, por lo que solo se mencionan algunos referentes a modo de ejemplo; entre ellos estuvieron Giménez, Fumo, Méndez, Santos, Trípodi, Casenave, Marrero y muchísimos más. Lo importante es dejar en claro que cada uno de esos comerciantes fue protagonista y merece el mismo reconocimiento, porque juntos hicieron posible un sueño que parecía inalcanzable.
Con el correr del tiempo, la unión de los comerciantes se instaló con fuerza en el barrio. 
La Comisión estuvo presente en todas las fiestas patrias, organizando desfiles con bandas de distintas fuerzas, y con una conducción ordenada integrada por presidente, vicepresidente, secretario, prosecretario, tesorero, protesorero y vocales titulares y suplentes. 
Además, cada fin de año, junto con la presentación de la memoria y balance, se celebraba una gran cena a la que concurrían entre 300 y 500 personas. Allí no faltaban los sorteos y premios donados por los propios comerciantes y fabricantes de la zona.
La vida institucional se enriquecía con actividades que marcaron una época: la carroza para el Día de la Primavera, el Tren de la Alegría para el Día del Niño, los sorteos para el Día de la Madre, campeonatos de fútbol, y los inolvidables corsos de carnaval organizados por la Comisión de Comerciantes. Todo ello dejó una huella imborrable en la memoria del barrio.
Hoy solo queda el recuerdo de aquellos hombres y mujeres que con compromiso, esfuerzo y pasión dejaron todo por su barrio. De aquellas cenas multitudinarias, de los campeonatos, de los corsos y del tren de la alegría que llenaban de sonrisas a chicos y grandes. Sería imposible nombrarlos a todos, pero este artículo pretende recordarlos colectivamente: desde el alumbrado de la primera farola hasta la última luz encendida en un carnaval, en cada gesto, en cada aporte y en cada idea está presente el recuerdo de esa institución increíble y querida, que marcó para siempre la vida de nuestro barrio.

 La Estación Luis María Saavedra, del ramal Retiro Mitre, fue inaugurada en 1891 sobre terrenos donados por don Luis María Saavedra, con la condición de que llevara el nombre de su sexto hijo, fallecido en la infancia. Desde entonces, se convirtió en un símbolo del barrio y en una referencia para generaciones de vecinos.
Durante décadas no solo cumplió su función ferroviaria. Además de ser un centro de maniobras de carga, donde se despachaban vacunos y cereales y de contar con un depósito de locomotoras que funcionó hasta 1992, la estación fue parte de la vida social de Saavedra.
A un costado del predio ferroviario había un gran terreno abierto, donde el barrio se reunía en kermeses, juegos y celebraciones comunitarias. 
Allí llegaban también circos y parques de diversiones, que llenaban de luces y música las noches del barrio. Ese espacio fue testigo de risas, encuentros y la magia de los espectáculos itinerantes, hasta que con el tiempo se perdió: hoy lo ocupa un supermercado, y lo que antes fue lugar de fiesta y comunidad quedó guardado en la memoria colectiva.
La estación misma atravesó momentos de esplendor y de silencio. Tras la decadencia de los años noventa y el cierre de los servicios de carga, llegó la oportunidad del renacer: en 2017 fue reabierta con andenes elevados, accesos para personas con discapacidad, molinetes con SUBE, nuevos refugios e iluminación LED. También se restauró el edificio histórico, respetando su valor patrimonial.
Hoy, la Estación Luis María Saavedra sigue funcionando como parte del ramal Mitre, pero para muchos vecinos su mayor riqueza no está solo en los trenes que pasan, sino en las historias que guarda: los circos que desplegaban su magia, los parques que traían alegría y los encuentros que hicieron del lugar mucho más que una simple estación.

viernes, 26 de septiembre de 2025

La Pelota Pulpo nació en 1936 en el barrio de Saavedra,  gracias a Gerildo Lanfranconi, un ex operario de Pirelli experto en caucho. 
Su apodo “Pulpo”, ganado por su fuerza, dio nombre a la pelota, que se distinguió por su diseño a rayas rojas y blancas, su dureza y su rebote impredecible.
Junto a su hermano Arístides, fundó la empresa G. Lanfranconi SRL, que además fabricaba ventosas, pelotas de tenis y otros productos. En su época de auge llegaron a producir 5.000 pelotas diarias, y dominarla en el juego era un desafío que entrenaba a generaciones enteras de chicos en los barrios.
Tras la muerte de los fundadores, la empresa pasó a Juan Carlos, hijo de Gerildo. Pero la crisis de los 90 golpeó fuerte, y en 1994 dejó la producción.
La familia Cena tomó el relevo y mantuvo viva la marca. Hoy, Luis Cena y su hijo Nicolás continúan fabricando la Pulpo en Villa Lynch, aunque en menor escala, preservando la esencia original.
Este ícono argentino también fue homenajeado en el arte: una muestra en 2013 (Alma de Pulpo) y un documental en 2017 reafirmaron su lugar en la cultura popular.
La Pelota Pulpo es mucho más que un juguete, es un pedazo de memoria colectiva. En cada callejón, baldío o potrero, esa pelota desafiante enseñó a gambetear no solo a rivales, sino también a la vida.
Su permanencia, aun con los vaivenes económicos, demuestra que ciertos objetos no son reemplazables porque están cargados de identidad. 
La Pulpo es argentina como el asado, el mate o la camiseta albiceleste, y sigue recordándonos que jugar también es un modo de construir cultura.

 Hubo un tiempo en que la primavera no solo llegaba con flores y perfumes nuevos, sino también con música, color y alegría en el corazón de Buenos Aires. Eran los desfiles de la Avenida Santa Fe, que desde 1952 supieron transformar la ciudad en una pasarela abierta, donde carrozas, modelos y vecinos celebraban la estación más esperada del año.
El tramo entre Riobamba y Plaza San Martín se convertía, cada septiembre, en un escenario de fiesta popular. La elección de la reina de la primavera, las carrozas engalanadas y el bullicio de comerciantes y vecinos dibujaban un paisaje urbano lleno de vitalidad, donde la moda y la cultura se encontraban con el espíritu barrial.
Pero como tantas otras expresiones de alegría colectiva, aquella tradición fue silenciada durante los años oscuros de la última dictadura militar. El color se apagó, las calles quedaron mudas, y la primavera quedó reducida a una estación en el calendario.
Hoy, al mirar hacia atrás, los desfiles de la Avenida Santa Fe aparecen teñidos de nostalgia. Eran mucho más que un espectáculo: eran la expresión de una comunidad que encontraba en la calle un punto de encuentro, un motivo para festejar juntos.
Tal vez la enseñanza que nos dejan sea simple pero profunda: las tradiciones no se decretan ni se imponen, nacen de la gente, de la unión, del deseo compartido de celebrar. Y cuando se apagan, lo que queda es la memoria, un eco dulce y melancólico que nos recuerda que hubo días en que Buenos Aires supo florecer en medio del asfalto.

Al mirar hacia atrás y recordar mis años en la Escuela Félix de Azara, siento que no solo hablo de un período escolar, sino de un verdadero capítulo de mi vida, mi paso por estas aulas dejó huellas profundas, porque aquí aprendí no solo a sumar, leer o escribir, sino a descubrirme en relación con los demás, a convivir, a respetar y a crecer como persona.
La historia de la escuela es también la historia de nuestro barrio y, en parte, la de cada uno de nosotros desde aquel 25 de febrero de 1925, cuando abrió sus puertas en un modesto edificio de madera en Coghlan, hasta convertirse en la institución moderna y amplia que conocemos hoy, su recorrido ha sido siempre de compromiso y esfuerzo colectivo. 
Me emociona pensar que los sueños de aquellas primeras familias, que pedían un espacio para educar a sus hijos siguen latiendo en las risas de los chicos y chicas que hoy pueblan sus patios y aulas.
Por esas aulas pasé yo, pero también pasaron mi padre y mi tío, cuando la entrada aún estaba sobre la calle Estomba y las clases se daban en aulas de madera. 
Esa continuidad familiar me hace sentir parte de una historia aún más grande, unida por generaciones que encontraron en esta escuela un espacio de aprendizaje, de afecto y de comunidad.
Mi experiencia personal se enlaza con esa larga tradición, fui testigo de una comunidad que nunca dejó de sostener a su escuela. 
Lo vi en la cooperadora, en las familias que acompañaban cada proyecto, en los docentes que iban mucho más allá de sus horas de clase. Siempre sentí que pertenecía a algo más grande que yo: una institución que abría puertas, que me ofrecía conocimientos y que, al mismo tiempo, me transmitía valores de solidaridad, esfuerzo y compromiso con los demás.
Cada rincón guarda un recuerdo,el patio donde jugué y soñé, la biblioteca que me abrió mundos nuevos, las aulas donde descubrí el poder de la palabra y de la ciencia. 
Recuerdo también a las maestras y maestros que me marcaron con su paciencia, con su exigencia justa, con su mirada alentadora cuando flaqueaban mis fuerzas, ellos son parte esencial de lo que soy hoy , porque en su tarea diaria supe reconocer no solo la enseñanza, sino el cariño y la entrega.
El nombre de Félix de Azara, aquel explorador y naturalista que dedicó más de dos décadas a estudiar estas tierras, también cobra un significado especial. Porque, al igual que él, aquí aprendí a mirar con atención, a observar lo que me rodea, a valorar la riqueza de nuestro entorno y a ser curioso frente a lo desconocido. En cierto modo, ser alumno de esta escuela fue también aprender a ser un explorador de la vida.
Hoy, a cien años de su fundación, no puedo dejar de sentir orgullo y gratitud. Orgullo porque pertenezco a una institución que creció junto al barrio, que se adaptó a cada época, que supo transformarse sin perder su esencia. 
Gratitud porque me brindó herramientas para ser quien soy, ya que me dio amistades que todavía conservo, y porque me enseñó que la educación es mucho más que aprender contenidos: es aprender a ser parte de una comunidad.
Sé que mi paso fue uno entre tantos, pero también sé que cada alumno y alumna deja una marca en la historia de la escuela. Yo guardo en el corazón la certeza de haber sido acompañado, formado y querido en este espacio. Y por eso, cuando pienso en la Escuela Félix de Azara, pienso en un hogar educativo que nos trasciende a todos, que nos une y que sigue siendo faro para las nuevas generaciones.
Gracias, querida Escuela N.° 22 DE 15, por todo lo que me diste. Gracias por ser testigo de mis primeros pasos, por acompañar mi crecimiento y por enseñarme que el conocimiento tiene sentido cuando se comparte y se pone al servicio de la vida. A un siglo de tu nacimiento, celebro tu historia, tu presente y tu futuro, con la emoción de quien siempre llevará tu nombre grabado en el alma.

La Sirena ya no está, pero yo la sigo viendo, como si las paredes todavía respiraran el humo de los cigarrillos, el murmullo de las discusiones, el chocar de los vasos llenos de vermut. 
Era más que un bar; era una especie de templo laico donde la vida se tejía entre charlas políticas, risas cómplices y silencios que también decían lo suyo.
En los comienzos de los 80, cuando el país despertaba de su propia sombra, yo empecé a escribir mis  poesías en esas mesas. Entre botellas de Cinzano y servilletas manchadas de tinta, descubrí que las palabras podían ser refugio y también trinchera. 
Allí aprendí que la poesía no nace en soledad, sino entre amigos que discuten, sueñan, se equivocan y vuelven a empezar.
Recuerdo los domingos como un rito sagrado, almuerzo sencillo, vermut con hielo, discusiones de política que duraban horas y que a veces terminaban en abrazos, a veces en promesas de seguir luchando. Todo parecía posible en esa esquina, porque el barrio tenía corazón y La Sirena lo hacía latir.
Hoy, en ese lugar que fue testigo de nuestras vidas, se levantan góndolas frías de un supermercado. 
Donde había canciones, hay ofertas; donde hubo abrazos, hay pasillos y, sin embargo, no pudieron borrarla del todo, porque La Sirena habita en la memoria, en cada poema que nació allí, en cada brindis compartido, en cada amigo que quedó en el camino.
No es nostalgia solamente, es agradecimiento, porque en ese bar empecé a ser yo, ya que allí comprendí que la poesía podía nacer de un vaso de vermut, de una charla de política, de un amigo que te tiende la mano. La Sirena se fue, pero nos dejó a nosotros con la tarea de mantenerla viva en la palabra.

 Hubo un tiempo en que el parque Saavedra tenía un aire de cuento. Entre sus árboles, donde hoy los chicos andan en bicicleta y los abuelos se sientan a tomar sol, se levantaba un molino que en realidad nunca fue molino. 
Era un tanque de agua, parte de la vieja chacra de un sobrino de Cornelio Saavedra, su estructura, con forma de torre fantástica, parecía fuera de lugar, como si alguien la hubiera traído desde otra historia para plantarla en el corazón del barrio.
Los vecinos lo miraban con cariño, no era útil, no giraban aspas ni sacaba agua, pero estaba ahí, dándole identidad al parque, como esos detalles que no tienen explicación y, sin embargo, se vuelven imprescindibles. 
Fue declarado Patrimonio Cultural y se sostuvo durante años gracias a la voluntad de quienes lo sentían suyo, hasta que, un día, el tiempo pudo más y el molino desapareció.
Hoy ya no se lo puede ver, pero basta caminar por el parque para sentir que sigue allí, escondido entre los recuerdos, quien cierre los ojos quizá lo vea reflejado en un lago que tampoco está, aquel Paseo del lago” alimentado por el arroyo Medrano, donde se navegaba en pequeñas barcas y las familias se sacaban fotos en blanco y negro.
La historia del parque es la historia de la vida barrial, donde antes sonaban los organitos y giraba la calesita con su música de campanitas que aun esta, hoy los chicos corren detrás de una pelota o trepan los juegos modernos, pero la risa es la misma, la de la infancia, eterna, que llena de vida las tardes de Saavedra.
Los fines de semana, el parque se convierte en un ritual compartido, hay rondas de mate bajo la sombra, grupos de amigos que se tiran en el pasto, vecinos que se cruzan y se saludan con la confianza de toda la vida. En los caminos se mezclan los que hacen gimnasia, los que salen a correr, los que pasean al perro o simplemente buscan un respiro en medio de la ciudad.
El molino ya no está, pero el parque sigue siendo su herencia. Es un espacio de encuentro, un punto de unión entre generaciones, donde los mayores cuentan cómo era aquel parque con lago y los más chicos inventan sus propias aventuras. Entre las ramas, las veredas y los bancos, parece flotar la certeza de que los lugares no mueren cuando son queridos: cambian, se transforman, pero siguen latiendo en la memoria colectiva.
Así, cada tarde en el parque Saavedra es un puente entre el ayer y el hoy. El molino, la calesita, el lago, los organitos, las bicicletas, los mates y los juegos forman parte de un mismo hilo invisible. Un hilo que nos recuerda que no solamente caminamos un parque, caminamos una historia que nos pertenece a todos.


 En la esquina de Larralde y Plaza antiguamente Republiqueta y Plaza vivió uno de los símbolos más entrañables de nuestro barrio, el Club Saavedra.
Fue uno de los primeros clubes de la zona, y su presencia marcó una época de esplendor social y deportivo.
Allí se alzaban dos hermosas canchas de tenis de polvo de ladrillo, orgullo de los vecinos que descubrieron en aquel deporte una pasión compartida.
Su sede, de estilo señorial, recibía con calidez a todos los que cruzaban sus puertas y en el jardín de entrada, una palmera majestuosa se erguía como emblema, brillando con la fuerza de una postal imborrable.
El club no era solo un espacio deportivo: era también el corazón de las reuniones y celebraciones.
Los bailes de carnaval quedarán para siempre en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de vivirlos, noches de música, alegría y comunidad que hacían vibrar las calles del barrio.
Muchos vecinos, pioneros en aquel tiempo, fueron forjando la identidad barrial a través de la práctica del tenis y de la vida social en torno a su sede.
Hoy, quienes cruzan la barrera y caminan por la actual calle Plaza que se extiende donde antes el terreno se interrumpía entre Larralde y Núñez ven un edificio y la continuidad de una calle. Pero pocos saben que, justo en ese lugar, latió alguna vez uno de los clubes más importantes que tuvo Saavedra.
Y aunque el club ya no esté, todavía queda en pie aquel símbolo, la palmera sigue allí, silenciosa y fiel, recordándonos la grandeza de un tiempo que no se olvida.

 


Todavía me acuerdo de la parrilla de Justo. No era un restaurante de salón, ni un lugar con mesas y mozos.
Era apenas una barra en la vereda, con unas pocas banquetas y sin embargo, parecía que todo el barrio pasaba por ahí.
Justo estaba siempre detrás de la parrilla, firme, con ese aire de hombre sencillo que cocinaba como en su casa, sacaba la carne justa del fuego, servía chorizos, vacíos, pero también tenía sus especialidades, unas lentejas inolvidables, bien de olla, y unas empanadas que todavía extraño, eran cosas simples, pero con ese sabor que solo tienen los platos hechos con el corazón.
Cuando Justo murió en 2021, a los 92 años, su parrilla murió con él. Aunque las puertas tardaron un tiempo en cerrarse del todo, el barrio ya sabía que algo se había apagado. 
A la parrilla no se iba solo a comer, uno iba a encontrarse con la gente. Enfrente estaba julio, el diariero, que se quedaba hasta la medianoche, Julio era como un faro, siempre tenía algo para contar, algún chisme, alguna noticia, muchos íbamos más a charlar con él que a comprarle el diario, era parte de la vida cotidiana, como la vereda misma.
Saavedra tuvo muchos lugares así, que parecían eternos, la librería Bramanti, por ejemplo, entré de chico con mi abuelo, después con mi viejo y más tarde con mis hijos, entre libros, cigarros y carpetas, siempre había algo para llevarse, pero también una conversación, un gesto conocido, hasta que un día cerró, y al barrio le quedó un vacío más.
Me acuerdo también de Vega con su tienda, de La Vitoria, de El Calamar, de El Colmao. Nombres que hoy parecen historias contadas, pero que para nosotros fueron parte de la vida diaria.
Hoy en esos mismos lugares se levantan torres, hay vecinos nuevos, pero ya no se conoce a nadie como antes, antes uno cruzaba la calle y se cruzaba con caras amigas, ahora es distinto.
El túnel de la Balbín trajo otro ritmo, otro tiempo, pero yo sigo caminando por Saavedra y en cada esquina me vienen los recuerdos, la barra de Justo en la vereda, las lentejas que no se olvidan, las charlas de medianoche con Julio, las carpetas de Bramanti, los helados de Firensze.
El barrio cambia, sí. Sin embargo, adentro mío, Saavedra sigue latiendo al compás de todo eso que ya no está y que, sin embargo, me acompaña cada vez que vuelvo a caminar sus calles.

Entre Vos y Yo. +

El brillo de tus ojos, el color de tu cabello y la sensualidad que despliegas en cada palabra de enojo, solo está en vos, en las canas que e...