viernes, 13 de marzo de 2026

 Nos sentamos en el banco de la vereda, sobre la  traza de Avenida San Isidro, en Saavedra. La noche caía despacio y el aire tenía ese perfume tibio a barrio que mezcla tilos, tránsito y azúcar tostada. Frente a nosotros, iluminado como si siempre fuera sábado a la noche, estaba el local de Chungo.
¿Sabías que todo empezó acá mismo, en septiembre de 1973? te dije, mientras mirábamos por la vidriera empañada.
Te conté que un joven de 29 años, Jorge Davalli, trabajaba en una empresa durante la semana y en esta misma heladería los fines de semana. 
Un día decidió comprar el fondo de comercio. 
Primero vendió su auto, pidió ayuda a su familia y se quedó con el local de la esquina de San Isidro y Arias. Que no sabía hacer helado, pero aprendió. Que dormía sobre bolsas de azúcar para no perder tiempo entre tanda y tanda.
Vos me mirabas como si te estuviera narrando una leyenda urbana, una de esas historias mínimas que hacen grande a una ciudad.
Te hablé de los detalles que lo volvieron distinto: el folleto explicando qué era el helado artesanal, los baberos descartables para los chicos, el mostrador de acero inoxidable cuando nadie pensaba en eso, la primera línea 0800 del rubro. 
Te señalé la esquina y te dije que antes las colas daban vuelta la manzana. 
Que venía gente de Belgrano, de Devoto, de San Isidro. Que una hora de espera era parte del ritual.
Pedimos un cuarto de kilo. de dulce de leche  que es el rey de la casa, que tiene siete versiones, que representa más del 25% de lo que producen. 
Que desde esta misma fábrica en Saavedra salen cientos de miles de kilos por año.
Probaste una cucharada y cerraste los ojos.
—Ahora entiendo —dijiste.
Pero yo seguí, porque la historia no era solo de helado. 
Era de hijos creciendo entre freezers, de un cartel que decía esta es la única sucursal, de un padre que no quería expandirse y de un hijo Ariel que lo convenció. 
De la fábrica propia en los noventa. De sumar café y pastelería para sobrevivir al invierno. De reinventarse en pandemia con locales más chicos, más ágiles.
La noche ya estaba encima nuestro y la esquina parecía suspendida en el tiempo. 
Un colectivo pasó lento. Un chico salió con un cucurucho más grande que su mano. Vos apoyaste la cabeza en mi hombro.
¿Y todo eso lo sabés por haber venido siempre? —me preguntaste.
—No exactamente.
Te conté que la verdadera historia, la que tiene detalles que no salen en ninguna nota ni en ninguna web, la conoce mejor mi amigo Alberto. 
Alberto vivía en la esquina de Ramallo y Cabildo, a unas cuadras de acá. Êl vio todo: los primeros inviernos difíciles, las noches largas de producción, Él sí te lo contaría con fechas, con nombres, con anécdotas -reales vividas por él y su primer despachante de helado  Yo solo te cuento la versión que con el tiempo fui escuchando que seguro no es tan real como la que sabe Alberto.
Nos quedamos en silencio un rato, compartiendo el último bocado. Las luces del local se reflejaban en el asfalto y pensé que algunas historias no se cuentan para informar, sino para quedarse un poco más en un lugar.
Al final murmuré: "Cuesta lo mismo hacerlo bien que mal.
Y en esa esquina de San Isidro, con gusto a dulce de leche y noche de barrio, la frase no sonó a lema empresarial, sino a realidad y parte de la historia de Saavedra ,un barrio con muchas anécdotas que algunos conocen y otros desconocen por completo, pero yo trato de buscar, de investigar y preguntar por qué este barrio tiene ese qué sé yo, viste.


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