domingo, 15 de marzo de 2026

 El sol se esconde despacio
detrás del ancho Río de la Plata,
y la tarde se vuelve un suspiro largo
sobre la costa de Vicente López.
Queda flotando en el aire
ese olor salado del río,
mezcla de brisa, de noche naciendo
y de promesas que nadie dice en voz alta.
Caminamos despacio,
como si el tiempo tuviera miedo
de romper el silencio.
La luna empieza a levantarse
sobre el agua inmensa,
y su reflejo se dibuja en el río
como un tango que todavía no se anima
a empezar.
La brisa nos rodea suave,
trae el murmullo del agua
y ese perfume extraño del río
que no siempre es confiable
pero siempre es verdadero.
Y ahí estás vos.
Sentada a mi lado
mientras saboreamos la cena
como si fuera parte del paisaje:
la noche,
la brisa del río,
las luces lejanas
dibujando el horizonte.
No hace falta decir demasiado.
El río habla por nosotros
con su voz profunda
golpeando despacio contra la orilla.
Entonces caminamos.
La luna nos acompaña
dibujando caminos de plata sobre el agua,
y cada paso por la costanera
tiene ese algo tuyo
que cambia el color de las cosas.
Las luces de la ciudad
quedan atrás, suaves,
como si Buenos Aires respirara lento
para no interrumpir este momento.
El río sigue ahí,
inmenso, oscuro, paciente.
A veces parece abrazarnos
con su rumor constante,
como si conociera todos los secretos
de los que caminan junto a él de noche.
Y en medio de esa noche
entre la brisa, la luna y el agua
entiendo algo simple
que hay momentos
que son la forma más pura de la vida.
Caminar despacio por la costa,
escuchar el río,
sentir la noche abrirse sobre el mundo…
y saber
que con vos al lado
todo se vuelve tango.


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