domingo, 15 de marzo de 2026

 La noche se esconde en la esquina cansada,
y el barrio bosteza su sombra final;
un fuelle suspira detrás del mostrador
y el piano se anima de a poco a llorar.
Sola en la penumbra, callada y serena,
una mujer toca mirando al río;
desnuda de miedos, de noche y de pena,
le roba a la aurora su primer suspiro.
El tango se arrima despacio a la mesa
como si aún lo cantara Edmundo Rivero,
con esa voz honda que al barrio regresa
cuando el recuerdo se pone a doler.
Y suenan en ecos del viejo arrabal
las sombras de Osvaldo Pugliese
y el fuelle sagrado de Aníbal Troilo,
mientras la esquina parece escuchar
la voz desvelada de Roberto Goyeneche.
En un hilo de luz se levanta el cantar
de Susana Rinaldi en la memoria,
y raspa la noche, con filo de bar,
la garganta ronca de Adriana Varela.
Pero el piano insiste bajo sus manos,
y el amor respira sobre el teclado;
nota tras nota, despacio y temprano,
va naciendo el día sobre el empedrado.
Y cuando el sol pinta de oro la esquina
y el río despierta la ciudad entera,
Buenos Aires cambia su vieja rutina…
pero el tango queda
raspando en la madera.


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