viernes, 13 de marzo de 2026

 El Obelisco de Buenos Aires nos vio pasar apenas, de refilón, como si ya estuviera acostumbrado a presenciar historias que empiezan y se desvanecen entre la multitud. Era una de esas noches en que la ciudad parece respirar más despacio, y el aroma a pizza recién horneada subía desde los hornos abiertos hacia la avenida como un recuerdo caliente de barrio.
La vereda esta mitad tomadas por peatones y mitad por artistas callejeros. 
Algunos pintaban, otros cantaban, otros simplemente se animaban a existir ahí, desafiando la prisa de los que pasan. 
Entre ellos, el arte puro, el comercial, el improvisado, el de gorra extendida y mirada humilde. 
Y detrás de las marquesinas iluminadas se abrían los pasillos del Paseo La Plaza, como un pequeño laberinto donde el teatro, la música y la risa encuentran refugio en medio del ruido de la ciudad.
Ella caminaba a mi lado.
A veces me miraba y sonreía, como si supiera algo que yo todavía estaba aprendiendo a entender. 
Su sonrisa tenía esa forma suave que tienen algunas noches de Buenos Aires: algo entre promesa y despedida.
Yo mezclaba su sonrisa con una poesía improvisada que iba naciendo en mi cabeza. 
No la decía en voz alta; la guardaba como se guardan las cosas frágiles. 
Mientras tanto, entre el murmullo de la gente, los colectivos lejanos y las conversaciones que flotaban en el aire, yo escuchaba un tango. 
Nadie lo tocaba realmente. Pero estaba ahí, caminando con nosotros por las cuadras.
Tal vez sólo yo lo oía.
En Avenida Callao la noche parecía más tranquila. Los edificios altos, con sus balcones antiguos y sus fachadas gastadas por el tiempo, guardaban historias que ya nadie cuenta del todo. 
Buenos Aires tiene ese gesto elegante de las ciudades que envejecen sin perder la memoria.
Sin discursos, sin actos, sin políticos ocupando las esquinas, la avenida recuperaba algo de su verdadera naturaleza: la de ser simplemente un camino donde pasan vidas.
Al llegar a la esquina de Avenida Rivadavia nos detuvimos un momento. Estábamos esperando mesa en La Americana. 
La espera tenía ese sabor simple de las noches largas: hablar poco, mirar mucho.
Frente a nosotros, iluminada con una dignidad casi melancólica, estaba la Confitería del Molino.
El edificio parecía despertar de un sueño antiguo. 
Sus vitrales y molduras brillaban como si el tiempo hubiese decidido detenerse justo ahí. Pero las puertas seguían cerradas, como tantas promesas en esta ciudad.
Y sin embargo, cuando pasé por la vereda, tuve la extraña sensación de escuchar una voz.
La voz de mi abuelo.
Como si desde algún sótano invisible estuviera preparando caramelos, removiendo azúcar en una olla de cobre, trabajando en silencio mientras la ciudad cambiaba allá arriba. Hay recuerdos que Buenos Aires guarda mejor que nosotros.
Porque Buenos Aires es así.
Un poco tango.
Un poco nostalgia.
Un poco de luces que titilan sobre las avenidas… y, a pocos metros, un niño que busca algo para comer en un tacho de basura.
Una mujer que pide monedas para comprarse una porción de pizza.
La belleza y la herida caminando juntas por la misma vereda.
Mis pasos se mezclaban con los tuyos. Las sombras de nuestros cuerpos se alargaban bajo las farolas amarillas. 
Yo caminaba tomándome de tus silencios, y vos me sostenías de la cintura con esa naturalidad que tienen los gestos cuando todavía no saben que algún día serán recuerdo.
Desde una disquería abierta escapaban acordes de guitarra. Era Pappo, rugiendo desde un viejo parlante como si la noche también tuviera motor.
Las motos pasaban.
Los taxis se llevaban historias hacia otros barrios.
Algún bar cerraba sus persianas.
La noche corría por Buenos Aires como un río invisible.
Y nosotros caminábamos dentro de ese río.
Después vino la vuelta a casa, esa parte silenciosa de todas las noches. 
Las calles empezaban a vaciarse. La ciudad se iba acomodando lentamente, como alguien que busca la posición justa para dormir.
Desde lejos, el río respiraba en la oscuridad.
Buenos Aires, cansada de tantas historias, se recostaba poco a poco sobre el agua del Río de la Plata.
Y mientras la madrugada se acercaba sin hacer ruido, pensé que tal vez la ciudad no dormía realmente.
Tal vez simplemente soñaba con nosotros caminando otra vez por sus veredas.


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