Una vez más, como tantas otras y como tantas que vendrían después, volví a subir aquella escalera.
Era oscura, con ese olor mezcla de humedad y tiempo que parecía no irse nunca, pero para nosotros estaba llena de vida.
Cada escalón tenía algo guardado; una risa, una discusión interminable, un mate compartido, algún silencio de esos que dicen más que cualquier palabra.
Subirla no era simplemente llegar a un lugar, era volver a un mundo que sentíamos propio.
Abrí la puerta sin anunciarme, como quien sabe que siempre hay lugar.
La pava ya estaba sobre el calentador redondo y eléctrico, casi en su punto justo, como si alguien hubiera calculado la hora de mi llegada.
Y entonces, como tantas veces, sin sorpresa pero con esa calidez intacta, se escuchó el hola, pibe.
Era Donca. Siempre, Donca. Ahí estaba, ocupando su espacio de siempre, pero en realidad ocupando algo mucho más grande: un espacio en la vida de todos nosotros.
No hacía falta que dijera mucho; su presencia ordenaba el ambiente.
Era el que escuchaba cuando no sabíamos explicar, el que entendía cuando ni nosotros entendíamos.
Con él nos juntábamos alumnos, exalumnos y todos esos que ya no sabíamos bien qué éramos, pero que igual volvíamos.
Íbamos a matear, a charlar, a dar vueltas sobre problemas que parecían imposibles hasta que, entre todos, dejaban de serlo. También a compartir tristezas, dudas, pequeñas derrotas y grandes alegrías. Donca siempre estaba.
Ese día, sin embargo, era distinto, porque había trabajo. Faltaban quince días para la carrera de regularidad y el clima ya era otro. Yo llevaba unos avisos del barrio para la revista, y apenas los apoyé nos pusimos a organizar.
Al rato llegó el profesor Luis Ferroni, y después algunos chicos que terminaban la jornada se fueron sumando.
Como siempre, el grupo crecía casi sin darnos cuenta, cada uno aportando algo: una idea, una mano, una opinión.
El mate circulaba y entre charla y charla íbamos aceitando cada detalle.
El domingo de la carrera, a las 6:32, largábamos. Mingo y yo, en el Fitito, teníamos por delante un nuevo desafío.
Pero en realidad la carrera nunca era solo la carrera; era la excusa para colaborar, para devolverle algo al campamento y a la escuela que tanto nos habían dado.
El sábado anterior fue de esos días intensos que quedan grabados. Pasamos la tarde pintando los números en los autos, pegando los carteles de Mendicrin y de otros auspiciantes, revisando que todo estuviera en orden.
La carne para el asado ya estaba lista, la bebida acomodada, y las mesas se armarían temprano al día siguiente. Había cansancio, pero sobre todo había entusiasmo, ese entusiasmo que nace cuando se hace algo entre todos.
El domingo llegó temprano, con ese aire fresco de las mañanas que prometen un día largo.
La largada fue puntual. Tres, dos, uno, y salimos. Íbamos regulando el tiempo rumbo a Lima, donde terminaba la carrera. La concentración era total, atentos a los autocontroles, a los controles ocultos, al cronometraje y a cada detalle de la planilla. En medio de esa seriedad apareció Fidel, en su Fitito. Nos pasaba, lo dejábamos pasar, después lo volvíamos a pasar, y otra vez nos alcanzaba. Era una situación extraña. Le hacíamos señas para que mirara el reloj, para avisarle que algo no estaba bien, pero él respondía con una sonrisa y seguía, como si nada. Mingo se inquietaba y me decía que le avisara, que algo andaba mal. Yo trataba de hacerle entender mientras miraba la planilla, pero Fidel simplemente levantaba la mano en señal de saludo y aceleraba un poco más, como si estuviera en otra carrera, o tal vez entendiendo todo de una manera distinta.
Así llegamos a Lima. La mañana seguía fresca y había ese clima particular de cuando algo termina pero todavía no se asimila del todo.
Entregamos las planillas y emprendimos el regreso a la escuela, que nos esperaba como siempre. Porque en realidad lo importante venía después: el asado, el truco, las charlas interminables mientras se aguardaba la entrega de premios. Era una fiesta, año tras año, una de esas cosas que no se olvidan.
Como era habitual, los primeros puestos eran para quienes se dedicaban de lleno a las carreras. Nosotros habíamos quedado bastante más atrás, en el puesto 54, más o menos en la mitad de la tabla.
No era sorpresa, era lo esperable. Sin embargo, Fidel festejaba. Lo hacía con una alegría genuina, como si hubiera ganado. Nos mirábamos sin entender.
Si nos había pasado, si lo habíamos pasado, nada terminaba de cerrar. En las mesas empezaron los comentarios, las discusiones, los de siempre que se enojaban y decían que si ganaba tal o cual no corrían más.
La expectativa crecía a medida que se anunciaban los resultados.
Llegó el tercer puesto, después el segundo, y de repente alguien gritó Fidel.
Por un instante pareció posible, pero enseguida se supo la verdad: Fidel ni siquiera estaba anotado en la competencia. La risa fue general, de esas que alivian todo, de esas que explican por qué estábamos ahí. En esa risa estaba el sentido de todo lo vivido.
Nos fuimos cuando el sol empezaba a caer, despacio, sin apuro, como queriendo estirar el día un poco más. Quedamos en lo de siempre, en volver a encontrarnos al año siguiente, en el mismo lugar, en el campo de deportes del Raggio, que para nosotros era, simplemente, casa.
Con el paso del tiempo, muchos de aquellos compañeros tomaron distintos caminos.
Algunos siguen cerca, otros aparecen de vez en cuando en un saludo o en un recuerdo compartido. Nombrarlos a todos sería imposible, pero no hace falta, porque de alguna manera todos están presentes en estas historias.
Y están, sobre todo, los que dejaron una marca más profunda. Donca, con su hola, pibe que todavía resuena cada vez que uno vuelve, aunque sea en la memoria.
Y Fidel, con su sonrisa, su Fitito y su forma tan particular de vivir cada momento, recordándonos que no todo pasa por ganar, que muchas veces lo importante es simplemente estar, compartir y disfrutar.
Este fue uno de tantos domingos inolvidables en el campo de deportes del Raggio, uno más de esos días que, sin saberlo en el momento, se vuelven eternos con el tiempo.
Un recuerdo que sigue vivo, como todos aquellos que formaron parte de esa etapa y que, de una manera u otra, siguen estando cada vez que decidimos volver a subir aquella escalera.
PD. Gracias, Fidel, Luis, Donca, gracias por tanto.

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