El conjunto escultórico que hoy se encuentra en el patio de las Escuelas Técnicas Raggio, tal como bien señalaba el profesor arquitecto Fidel Huerta, encierra una historia compleja que combina aspiraciones nacionales, urgencias constructivas y resignificaciones posteriores. Concebido por el escultor francés Jean Hugues como pieza central de la fachada del Pabellón Argentino en la Exposición Universal de París de 1889, el grupo representa a la República Argentina como una figura femenina joven, con gorro frigio y apenas cubierta por un paño agitado por el viento, acompañada por figuras masculinas y alegorías vinculadas a la agricultura, la ganadería, la industria y el comercio.
Era, en esencia, una imagen idealizada del país que buscaba proyectarse al mundo como moderno, productivo y en pleno crecimiento.
Sin embargo, la obra que hoy contemplamos en bronce no es exactamente la que estuvo en París.
La documentación conservada en el Archivo General de la Nación permite reconstruir con bastante precisión este desfasaje.
En 1888, durante la planificación del pabellón, se discutía si ejecutar la escultura en yeso o en bronce, siendo finalmente elegida esta última opción.
Pero los tiempos de obra, sumamente ajustados, hicieron imposible completar el vaciado antes de la inauguración.
Así, el conjunto que se exhibió en París era en realidad un modelo en yeso, pintado de dorado para armonizar con la estructura metálica del edificio.
Las cartas de Norberto de la Riestra Alcorta y su correspondencia con Estanislao Zeballos confirman que, incluso después de la exposición, se evaluaba no fundirlo en bronce para reducir costos.
La crisis económica de 1889 modificó drásticamente los planes originales.
El gobierno argentino llegó a ordenar la venta del pabellón en París, pero la intervención del intendente Francisco Seeber logró revertir la decisión y asegurar su traslado a Buenos Aires.
Es en ese contexto donde probablemente se concreta finalmente el vaciado en bronce del grupo escultórico por la firma Thiébaut Frères, una de las más prestigiosas de Francia, transformando una obra inicialmente provisional en un objeto duradero.
Una vez instalado en 1894 frente a la plaza San Martín, el pabellón tuvo una intensa vida urbana, llegando incluso a albergar al Museo Nacional de Bellas Artes durante más de dos décadas. Pero su demolición en 1933 marcó el inicio de una nueva etapa: sus componentes fueron dispersados por distintos puntos de la ciudad, perdiendo la unidad original con la que habían sido concebidos.
En este nuevo escenario, el conjunto de Hugues encontró un lugar singular dentro de las Escuelas Raggio.
Ya no como ornamento de una fachada monumental destinada a representar al país ante el mundo, sino como pieza central de un ámbito educativo, inserta en la vida cotidiana de la institución. Su presencia en el patio no es meramente decorativa: funciona como un verdadero testimonio material de una etapa clave de la historia argentina y de la formación de su identidad moderna. Para generaciones de estudiantes, la escultura ha sido parte del paisaje habitual, pero también un punto de referencia que conecta la enseñanza técnica con una tradición cultural y artística de alcance internacional.
Así, el grupo escultórico adquiere un nuevo significado.
De símbolo de exhibición universal pasa a ser patrimonio educativo; de imagen idealizada del progreso nacional, a objeto concreto de estudio, contemplación y memoria.
En ese cambio de contexto reside gran parte de su valor actual: no solo como obra de arte, sino como fragmento sobreviviente de una arquitectura efímera y como vínculo tangible entre la historia, la ciudad y la experiencia formativa dentro de la escuela.

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